CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 6. El regreso #4
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6. El regreso #4

Nos quedamos así un buen rato, viendo cómo la ciudad se despertaba poco a poco.

Cuando por fin nos levantamos, el sol ya rozaba los tejados.

Me acompañó hasta la parada de taxi. Antes de que yo subiera, me pidió otra vez, con la misma calma de antes, que nos diéramos una oportunidad.

Yo no le di un sí definitivo. Pero tampoco le di un no.

Le dije que habláramos. Que nos volveríamos a ver, y que iríamos poco a poco, que, por primera vez en mucho tiempo, estaba dispuesta a mirar hacia adelante sin tener que mirar constantemente por encima del hombro.

Y así, como si nunca hubiera pasado nada entre nosotros, retomamos nuestra relación.

Los primeros meses fueron una especie de luna de miel retrasada.

Nos veíamos casi a diario. Cenábamos juntos, y nos las apañábamos como podíamos para dormir juntos, ya que ambos continuábamos viviendo en casa con nuestros padres.

El sexo era constante, voraz, como si tuviéramos que recuperar el tiempo perdido.

Follábamos por las mañanas, por las tardes cuando yo volvía de estudiar, de madrugada cuando dábamos rienda suelta a noches de copas e insinuaciones.

Había una urgencia dulce en aquellos encuentros, una necesidad de confirmar una y otra vez que esta vez era real, que ninguno de los dos iba a desaparecer al día siguiente.

Lo que más me desconcertaba, y al mismo tiempo más me aliviaba, era lo distinto que se mostraba.

Ya no me decía cómo vestir. Si salía con una falda corta o con un top que dejaba a la vista el canalillo, él simplemente me miraba con deseo y, a veces, con una media sonrisa cómplice.

Tampoco le molestaba verme hablar con otros tíos.

En las cenas con amigos, en las terrazas, incluso en alguna fiesta, Rafa se mantenía cerca pero no vigilante.

Hablaba, reía, y cuando alguien se me acercaba demasiado solo levantaba una ceja en mi dirección, como compartiendo una broma privada.

Aquella ausencia de control me resultaba casi extraña al principio.

Durante tanto tiempo había vivido bajo la sombra de sus celos que, de pronto, la libertad me producía una sensación de vértigo.

Poco a poco, sin embargo, me fui acostumbrando.

Y con la costumbre llegó una confianza nueva, más sólida que la de los primeros años.

Yo seguía preparándome para el MIR con una disciplina casi monástica.

Las mañanas las dedicaba a estudiar, las tardes a clases intensivas, las noches, cuando no estaba con Rafa, a repasar esquemas hasta que se me cerraban los ojos.

Él respetaba mis horarios sin quejarse. A veces aparecía en casa de mis padres con comida preparada o con un café y se quedaba estudiando en silencio a mi lado, simplemente para hacerme compañía.

Cuando por fin llegó el día del examen, me acompañó hasta la puerta del edificio y me esperó fuera durante las horas que duró la prueba.

Aprobé. No con una de las mejores notas, pero sí con una lo bastante buena como para elegir plaza en una especialidad que me interesaba: anestesiología.

La noche que salieron las notas nos emborrachamos y acabamos follando en el coche.

Rafa, ascendió con una rapidez que a mí me dejaba un poco asombrada.

En menos de tres años pasó de analista a responsable de un equipo y, poco después, a director de operaciones en el departamento de inversiones.

El trabajo le absorbía muchas horas, pero nunca llegó a convertirse en una excusa para desaparecer.

Cuando llegaba tarde a casa, aunque fuera exhausto, buscaba mi cuerpo entre las sábanas con la misma hambre de siempre.

Había noches en las que apenas hablábamos: solo nos quitábamos la ropa y nos entregábamos a ese lenguaje que ambos entendíamos mejor que cualquier conversación.

La decisión de casarnos no fue un gran drama ni una propuesta de película.

Surgió casi de forma natural. La boda fue por todo lo alto.

Sus padres tenían un montón de compromisos, y teníamos infinidad de amigos.

Lo que en principio pensábamos limitar a la familia más cercana, unos pocos amigos, y una ceremonia en una iglesia pequeña, se convirtió en cuatrocientos invitados, coro, y una fiesta en un Parador, que duró hasta bien entrada la madrugada.

Los niños llegaron después, casi sin que nos diéramos cuenta del todo.

Primero Martín, fruto de una noche en la que habíamos olvidado las precauciones en mitad de una noche loca.

Después Sofía, casi un año más tarde, cuando ya creíamos que teníamos controlada la logística familiar.

La llegada de cada uno reordenó nuestras prioridades, nos obligó a dormir menos y a organizarnos más, pero no apagó el deseo.

Seguíamos buscándonos en cuanto los niños cerraban los ojos.

A veces con prisa, a veces con una lentitud deliberada, como si quisiéramos recordarnos que debajo de los roles de padres y profesionales seguíamos siendo las mismas dos personas que se habían reencontrado aquella noche en la discoteca.

Hubo momentos difíciles, claro. Discusiones por el cansancio, por la falta de tiempo.

Noches en las que uno de los dos llegaba demasiado agotado para nada más que un beso en la frente.

Pero la sombra de los celos nunca reapareció.

Rafa había cumplido, al menos hasta entonces, la promesa que me hizo aquella madrugada en la calle: ya no era el chico que temía perderlo todo con cada mirada ajena.

Y yo, por mi parte, había aprendido a confiar en que aquella versión más serena de él era real.

Así, entre ascensos, guardias en la clínica, pañales, cumpleaños y vacaciones improvisadas, construimos una vida perfecta. Solo nosotros dos sabíamos cuánto había costado llegar hasta allí.