6. El regreso #3
Luci, Sara y Carmen, a la que efectivamente, Luis había dado plantón, se nos unieron.
Cuando estaba en la pista riendo con Sara, me cogió por la cintura por detrás y me pegó a él.
Me di la vuelta y no sé si sería consecuencia del alcohol o que, la llama entre nosotros nunca se había apagado del todo, pero sentí un deseo irrefrenable de besarle.
Pegué mis labios a los suyos y lo besé con pasión.
Rafa me abrazó con fuerza y me pegó a su cuerpo.
Nos separamos unos instantes y cogió mi mano para después tirar de mí.
No veía con claridad, pero me daba igual porque sabía con quién estaba, y lo deseaba. Entramos en el baño y cerramos con pestillo, me besó con una intensidad que desconocía en él, con hambre, con desesperación. Me metió la lengua en la boca y la mía la recibió ansiosa por saborearla.
Sus manos viajaron por todo mi cuerpo y metió una mano por debajo de la falda del vestido hasta toparse con mi ropa interior, que separó de un tirón, llegando a mi sexo.
—Estás muy húmeda —murmuró con nuestros labios aún pegados.
Sus manos me recorrían con ansia. Molesto por el incordio que le suponía el tanga, me lo bajó de un tirón hasta los tobillos; me subió al lavabo y abandonó mi boca para bajar directamente hasta mi coño.
No tardé ni un segundo en notar su lengua en mi clítoris y gemí al sentir cómo se lo metía en la boca, cómo lo succionaba y tironeaba de él.
Rafa me comía el coño como si fuera el mejor de los manjares. No sabía si el alcohol me estaba haciendo perder la cabeza, pero me puse mucho más cachonda el hecho de que pudiese entrar alguien en el baño y vernos de aquella forma.
Rafa me bajó los tirantes del vestido, y me quedé con los pechos al aire y mis pezones duros como piedras. En mi mente vagaban miles de cosas que en aquel momento me gustaría hacer.
—Dios, esto supera mis sueños, Tere —dijo alejándose de mi coño para besarme en la boca.
— ¿Te gusta mi sabor? —le pregunté, y él asintió—. Quiero que me hagas tuya…
Rafa volvió a bajar hasta mis piernas baja y, mirándome fijamente, pasó su lengua por mi clítoris hinchado, y luego se volvió loco y me lo chupó de una manera que jamás había experimentado.
Pellizcaba mis pezones y entre una cosa y otra, sentía que me estaba llevando a un punto de excitación que no sabía cuánto tiempo podría soportar.
Abría mis pliegues y metía los dedos en mi interior, a la vez que su lengua seguía dándome placer. De vez en cuando, se incorporaba, para besarme lamerme los pezones y morderlos en una deliciosa tortura.
Se sacó la polla y me penetró de forma brusca. El lavabo crujió, y temí que se rompiese y montásemos un follón, pero él no dejó de embestirme con fuerza mientras yo suspiraba rendida a él.
—¡Oh, joder, me voy a correr! —Gemí a la vez que me chupaba los pezones con más fuerza, buscando mi orgasmo.
Sus embestidas eran cada vez más rápidas, más alocadas y, tras dos estocadas más, los dos llegamos al orgasmo y yo me corrí entre jadeos que apenas podía contener.
Rafa salió de mi interior y se arrodilló entre mis piernas.
Sentí su lengua recorrerme el coño, que me acababa de llenar con su leche.
Se incorporó de nuevo, se acercó a mí y me besó con el deseo de quién lleva años esperando un momento como aquel, inundando mi boca con su lengua, y yo volví a ponerme cachonda con solo oler su boca, pues olía a mí, a mi sexo y a su corrida espesa.
Nos quedamos agotados, con la respiración agitada, con el corazón latiendo desbocado.
Por el miedo a ser descubiertos de aquella guisa, nos colocamos la ropa apresuradamente.
Rafa abrió la puerta del baño, y nos encontramos con las miradas asesinas de los que estaban esperando para entrar.
Tuvimos que soportar comentarios e imprecaciones sobre ir a follar a un hotel, y mientras corríamos en dirección a la salida, nos íbamos partiendo de risa por lo que acabábamos de hacer.
Salimos a la calle todavía riéndonos, medio tropezando, con el pelo revuelto y la ropa mal puesta.
El aire frío de la madrugada nos golpeó la cara y, de pronto, la risa se nos atragantó un poco.
Nos quedamos parados bajo una farola, mirándonos.
Ya no éramos solo dos ex que se habían reencontrado por casualidad en una discoteca.
Habíamos cruzado una línea en aquel baño, y los dos lo sabíamos.
Empezamos a caminar sin un destino claro.
Las calles estaban casi vacías. De vez en cuando un taxi pasaba con las luces de fuera de servicio.
Rafa iba a mi lado en silencio, con las manos en los bolsillos de la chaqueta y la mirada fija en el suelo.
Yo sentía todavía el olor de su piel en la mía, el eco de lo que acabábamos de hacer.
No era solo sexo. Había sido demasiado urgente, demasiado cargado de todo lo que no nos habíamos dicho durante demasiado tiempo.
En un momento dado se detuvo. Yo también. Nos quedamos frente a frente en la acera. Él me miró de una forma como no me había mirado un hombre en mucho tiempo.
Me pidió que le permitiese intentar volver a enamorarme.
Lo dijo sin adornos, sin grandes discursos.
Simplemente me lo pidió. Yo noté cómo se me apretaba el pecho.
Había pasado tanto tiempo…, había habido tantas heridas, tanta distancia…
y sin embargo la respuesta me salió antes incluso de pensarla del todo.
Le dije que no sería necesario. Que, pese a todo, seguía queriéndole.
Que nunca había dejado de quererle del todo, aunque durante mucho tiempo hubiera necesitado estar lejos de él para no ahogarme en sus obsesiones.
Él bajó la mirada un segundo, como si aquellas palabras le hubieran golpeado más fuerte de lo que esperaba.
Cuando volvió a alzarla, había algo distinto en sus ojos.
Me dijo que ya no era el chico inseguro que temía que le fuese infiel con el primero que se presentase.
Que había cambiado. Que la distancia, el trabajo, los años, le habían obligado a mirarse por dentro y a entender que aquella forma de querer —agarrotada, sospechosa, siempre al borde del abismo— no era querer de verdad.
Me pidió que lo intentáramos de nuevo. No con la urgencia de quien quiere recuperar el pasado, sino con la calma de quien cree que, esta vez, puede hacerlo mejor.
Yo lo escuché en silencio. Parte de mí quería creer cada palabra.
Otra parte, más cauta, recordaba demasiado bien cómo empezaban siempre sus promesas de cambio y cómo terminaban.
Pero aquella noche, con el cuerpo todavía sensible y el corazón revuelto, no tenía fuerzas para levantar muros.
Le dije que necesitaba tiempo. Que no podía contestarle con un sí rotundo en mitad de la calle, a las cinco de la mañana, después de haber follado en el baño de una discoteca como dos adolescentes.
Él asintió. No me presionó. Solo me pidió que no le cerrara la puerta del todo.
Seguimos caminando. Hablamos más despacio.
Me contó, sin entrar en demasiados detalles, cómo había sido su vida en Estados Unidos después de la ruptura.
Cómo al principio había intentado llenar el vacío centrándose en los estudios y con alguna que otra relación superficial que no había llegado a ningún sitio.
Cómo, poco a poco, se había dado cuenta de que el problema no eran solo los kilómetros, sino la forma en que él mismo había convertido la distancia en un campo de minas.
Yo, por mi parte, le hablé de mis años aquí, de la sensación de haber recuperado el control sobre mi propia vida cuando dejé de tener que justificar cada movimiento.
Había una honestidad nueva entre nosotros. Ya no intentábamos quedar bien ni proteger al otro de la verdad. Hablábamos como dos personas que se habían hecho daño y que, a pesar de ello, o quizá precisamente por ello, seguían estando en el mismo plano emocional.
Cuando llegamos a una plaza con bancos, nos sentamos.
El cielo empezaba a clarear tímidamente por el este.
Rafa cogió mi mano casi con cuidado, como si temiera que yo se la retirara.
Yo no se la retiré. Dejamos que el silencio se instalara un rato entre nosotros.
No era un silencio incómodo. Era el silencio de quien está midiendo el terreno antes de dar el siguiente paso.
Le pregunté qué había cambiado realmente.
No quería promesas bonitas. Quería entender.
Él se tomó su tiempo antes de responder.
Me dijo que había aprendido a distinguir entre querer a alguien y necesitar controlarla para sentirse a salvo.
Que había entendido que la inseguridad no se cura con vigilancia, sino con trabajo interior.
Que ya no le aterraba la idea de que yo pudiera gustarle a otros hombres, porque por fin había empezado a creer que eso no restaba nada a lo que había entre nosotros.
Hablaba con una convicción que me desarmaba.
No era el discurso ensayado de quien quiere recuperar a una ex.
Parecía, de verdad, haber recorrido un camino.
Yo apoyé la cabeza en su hombro. Estaba cansada.
Cansada del alcohol, del sexo, de las emociones a flor de piel, de los recuerdos que se habían removido todos a la vez.
Le dije que tenía miedo. Miedo de volver a lo mismo.
Miedo de ilusionarme otra vez y descubrir, meses después, que los demonios antiguos solo habían estado durmiendo.
Él apretó mi mano con suavidad y me contestó que él también tenía miedo.
Pero que prefería tener miedo intentándolo a seguir cargando con la certeza de haberme dejado marchar sin luchar para conservarme.