CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 6. El regreso #2
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6. El regreso #2

Al principio eran preguntas sin importancia.

“¿Con quién has salido esta noche?” “¿Por qué en la foto sales tan arreglada?”.

Después se volvieron más densas. Quería saber quién me había escrito, por qué había subido una historia con Luci y Carmen en un bar, si algún tío se me había acercado.

Yo intentaba tranquilizarlo. Le contaba todo con detalle, le mandaba capturas, le demostraba una y otra vez que no había nada que ocultar.

Pero cuanto más le daba, más parecía necesitar.

La inseguridad no se alimentaba de pruebas; se alimentaba de sí misma.

Después empezó a criticar mi manera de vestir.

No recuerdo que llegase nunca al insulto, pero sí me hacía críticas directas: “demasiado escote, demasiado corta, demasiados tacones…” Recuerdo una conversación especialmente fea.

Eran las tres de la madrugada en España, las nueve de la noche allí.

Yo acababa de llegar de una fiesta universitaria.

Estaba cansada, un poco bebida, con ganas de ducharme y dormirme.

Él me llamó por vídeo llamada y, en cuanto vio mi cara, se le cambió el gesto.

—Vas maquillada como si fuese pidiendo guerra. ¿De dónde vienes?

—He estado de fiesta, Rafa.

—¿Con quién?

—Con las niñas. Como siempre.

—En la historia que acaba de subir Luci salen unos tíos detrás de vosotras. Muy cerca.

Entré a ver la historia. Efectivamente, había unos chicos que habían salido desenfocados en el fondo de la imagen. Ni siquiera los había visto en la discoteca.

—No sé quiénes son. Ni hablé con ellos.

—Pues para no haber hablado con ellos, se les ve muy interesados. Aunque no me extraña… vestidas así, parece que vais de caza…

—Rafa, por favor. Estoy harta de esto.

Aquella noche terminamos mal. Al día siguiente me escribió disculpándose, como siempre.

Yo acepté, como siempre. Pero cada discusión dejaba un poso un poco más amargo.

La distancia convertía cualquier gesto inocente en posible traición.

Y él, desde su residencia universitaria a seis mil kilómetros, no tenía forma de comprobar nada excepto a través de mi palabra.

Y mi palabra, poco a poco, dejó de bastarle.

Cuando por fin volvió un par de semanas en Navidad, pensé que todo mejoraría.

Que al tenerlo cerca la inseguridad se calmaría.

Ocurrió exactamente lo contrario. Ahora los celos tenían escenario real.

Si un amigo me saludaba con un beso, él se tensaba.

Si me reía demasiado con alguien en una cena, después en casa había preguntas.

La minifalda de aquella noche fue solo la chispa final.

Había querido ponérmela para él. Llevaba meses sin verlo.

Quería sentirme deseada, guapa, un poco atrevida.

Pensé que le gustaría. En lugar de eso, en cuanto salimos a la calle empezó el interrogatorio: si pensaba que era apropiada, si era consciente de las miradas que atraía, si lo hacía a propósito.

Yo intenté restarle importancia. Le dije que exageraba.

Él insistió. En el bar, cuando un desconocido me pidió fuego y yo se lo di con una sonrisa educada, Rafa se levantó y se fue al baño.

Cuando volvió, el ambiente ya estaba envenenado.

La discusión empezó en la calle, de vuelta a casa y subió de tono en el portal.

Me acusó de no respetarlo, de disfrutar llamando la atención, de no tener en cuenta lo mucho que a él le costaba estar tranquilo.

Yo, que llevaba meses aguantando sus sospechas desde la distancia, reventé.

Le grité que estaba cansada de vivir bajo sospecha permanente.

Que no pensaba pasar el resto de mi vida justificando cada ropa, cada risa, cada conversación.

Que si no confiaba en mí, entonces no tenía sentido seguir.

Él intentó dar marcha atrás cuando me vio llorar.

Dijo que exageraba, que me quería, que solo le costaba controlar los celos.

Pero yo ya había cruzado un límite interno.

Aquella noche lloré hasta que me quedé sin lágrimas, pero tomé una decisión.

Al día siguiente le dije que lo dejábamos.

Él no se lo esperaba. Lloró. Prometió cambiar. Y yo, por primera vez, no le creí.

Los meses siguientes fueron duros. Él desde Estados Unidos me escribía mensajes largos, a veces desesperados.

Yo contestaba con educación, pero sin abrirle la puerta.

Necesitaba aire. Necesitaba recordar cómo se sentía no tener que rendir cuentas de cada movimiento.

Y, sobre todo, necesitaba comprobar si aquello que sentía por él era lo bastante fuerte como para sobrevivir a su inseguridad…

o si, simplemente, nos habíamos quedado enganchados a una versión de nosotros que ya no existía.

Ahora, en aquella discoteca, años después, lo tenía a escasos metros.

Más alto, más lleno de hombros, con un corte de pelo distinto y una seguridad en la forma de estar que no le recordaba al chico celoso que me había hecho llorar.

Luci me miraba esperando una reacción. Yo sentía el corazón todavía acelerado, la boca seca, y una mezcla confusa de rabia antigua y curiosidad nueva.

—No voy a acercarme —dije, más para convencerme a mí misma que a ella.

Luci me pegó un codazo que me devolvió al mundo real y volví a mirar a Rafa. Mi corazón se detuvo al notar que me había visto y que venía directo hacia mí.

—Dios mío… Tere…, cuánto tiempo. —Me dio dos besos y se separó para mirarme. —Estás preciosa. Madre mía.

Nos fuimos a sentar a una de las zonas menos ruidosa del local.

Yo noté de reojo cómo Roberto, el chico con el que había estado bailando un rato antes, nos observaba con la decepción marcada en el rostro.

Al cabo de unos segundos se giró y se perdió entre la gente, admitiendo la derrota sin ni siquiera intentarlo.

No sentí culpa. Solo una extraña sensación de inevitabilidad.

Aquella noche hablamos durante horas. La música seguía sonando a nuestro alrededor, la gente bailaba, las luces cambiaban de color, pero nosotros parecíamos encerrados en una burbuja donde el tiempo había dejado de avanzar al mismo ritmo.

Rafa me contó que había terminado la carrera en Estados Unidos y que, nada más volver, había entrado a trabajar en un banco, en el departamento de inversiones financieras.

Hablaba de su trabajo con una pasión que me sorprendió.

Ya no era el estudiante inseguro que medía cada frase.

Ahora había una contención profesional en su forma de expresarse, una seguridad que se notaba incluso en los gestos, y yo lo escuchaba preguntándome en qué momento exactamente había ocurrido aquel cambio.

Yo le conté que estaba a punto de presentarme al MIR.

Le hablé de los meses de estudio intensivo, de la presión, de lo cerca que me sentía ya de ese examen que iba a decidir los próximos años de mi vida.

Él escuchó con atención, sin interrumpirme, asintiendo de vez en cuando.

Cuando terminé, me dijo que no le sorprendía, que siempre había sabido que llegaría lejos.

La frase me llegó más hondo de lo que esperaba.

Durante la distancia y después de la ruptura, una parte de mí había llegado a creer que él solo me veía a través del filtro de sus celos.

Aquella noche, sin embargo, parecía capaz de mirarme de otra forma.

Lo observé mientras hablaba. El pelo un poco más corto, la forma de apoyar los codos en la mesa, la manera en que sonreía sin aquella tensión antigua en la comisura de los labios.

Se le veía más hombre. No solo por el físico —que también había cambiado—, sino por algo más difícil de nombrar.

Había dejado atrás la urgencia del chico que necesitaba confirmar cada dos por tres que seguía siendo suficiente.

Ahora ocupaba el espacio con una tranquilidad que, paradójicamente, me resultaba más atractiva que cualquier despliegue de seguridad forzada.

Con el paso de las horas la conversación se volvió más ligera.

Empezamos a beber. Primero copas de más, después chupitos que no hacían ninguna falta.

La tensión inicial se fue disolviendo y, en su lugar, apareció una complicidad antigua que yo creía perdida.

Reímos con anécdotas de la universidad, con recuerdos selectivos que ambos preferíamos mantener en la zona segura.

Evitamos durante mucho rato el tema de la ruptura.

No hizo falta. Estaba presente en los silencios, en las miradas que se alargaban un segundo de más, en la forma en que los dos medíamos las palabras para no reabrir heridas demasiado pronto.

Me dijo que quería ir a bailar. ¿En serio?

¿Rafa ahora bailaba? Por supuesto, acepté y cuando por fin nos levantamos a bailar, el alcohol ya había hecho su trabajo.

Bailábamos pegados. No de forma explícitamente sexual al principio, pero tampoco con la distancia de dos personas que se acaban de conocer.

Había una electricidad contenida, una conciencia mutua del cuerpo del otro que no necesitaba ser nombrada.

Cada vez que sus manos rozaban mi cintura o que yo apoyaba una mano en su hombro, sentía un eco de todo lo que habíamos sido y de todo lo que ya no éramos.

El mundo, efectivamente, parecía a punto de acabarse aquella misma noche.

O al menos, el mundo tal como lo habíamos dejado la última vez que nos vimos.

A ratos lo miraba de cerca y pensaba en lo mucho que había cambiado.

La inseguridad no había desaparecido del todo —se notaba en algún gesto fugaz, en la forma en que a veces buscaba mi aprobación con la mirada—, pero ya no mandaba.

Había aprendido a sostenerse. Y yo, que lo había dejado precisamente porque no soportaba el peso de aquella inseguridad, me descubrí preguntándome si aquella versión nueva de Rafa habría sido capaz de sostener la relación que la anterior no pudo.