CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 6. El regreso
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6. El regreso

El regreso

Estaba en mi último año de carrera, y me pasaba el día estudiando para presentarme al temido MIR.

En aquel momento, no tenía novio, y se podría decir que era una chica que no estaba acostumbrada a tener una vida social especialmente alocada.

No solía salir mucho de noche y mucho menos a fiestas o discotecas, se podría decir que era una chica estudiosa y solitaria.

En el amor no había tenido mucha suerte.

Después de haber roto con Rafa, el único novio formal que había tenido, había picado de flor en flor, pero sin establecer ninguna relación seria.

Normalmente, en la universidad los chicos lo único que querían era sexo, y yo pronto comprendí que, en aquellos momentos, era preferible no complicarme en relaciones estables que pudiesen acarrearme problemas sentimentales que me pudiesen desconcentrar del principal objetivo, que era conseguir una buena calificación para elegir una especialidad atractiva.

Si querían sexo, tendrían sexo. Al fin y al cabo, tampoco yo es que estuviese buscando mucho más.

Mi rutina de estudio me obligaba a tener unos horarios muy estrictos, por lo que la única noche que salía de marcha era la de los sábados.

Todas mis amigas lo sabían, y aunque ellas sí salían con más frecuencia, solían reservar la tarde-noche sabatina para quedar conmigo.

La única que tenía novio medianamente formal, era Luci, que mantenía una relación tempestuosa con Pablo desde hacía más de cinco años.

Se habían dejado y reconciliado más de diez veces en aquellos años, y según ella, las reconciliaciones eran tan intensas, que casi le compensaba el mar trago que pasaba cada vez que se dejaban.

Normalmente, solíamos quedar a partir de las diez de la noche, y ya casi por rutina, yo solía dormir en casa de Carmen esa noche.

Era el ritual de todos los sábados desde que había empezado a preparar el MIR.

Llegaba a su casa con una pequeña maleta, nos cambiábamos, tomábamos unos chupitos para entonarnos y salíamos a bailar hasta las mil y a lo que se terciara.

Aquella tarde Carmen me llamó antes de lo previsto. Estaba histérica, cosa que no era del todo extraña, ya que tenía tendencia a dramatizarlo todo.

—Necesito que me hagas un favor, si no tienes nada importante que hacer ahora.

—Estoy estudiando.

—Eso puede esperar, esto es una urgencia. Hablo en serio.

—Me estás asustando. ¿Qué pasa?

—¡He engordado y no entro en los vestidos! Me he puesto como una puta ballena azul, y no tengo qué ponerme. Necesito ropa para esta noche. He pensado que podrías dejarme uno de los tuyos.

Carmen era una chica menudita y sin excesivo pecho, así que yo, que sí disponía de dos tetas generosas, era su último recurso para cuando decía que había engordado y que la ropa le apretaba tanto que parecía un chorizo embutido.

—¡Y que sea un poco sexi! No me traigas uno de tus modelos de convento de clausura. He quedado con un chico, que está como un tren de mercancías, y quiero causarle buena impresión. Tráeme un vestido chulo. El más escotado que encuentres.

—De acuerdo, estaré ahí lo antes posible. ¿Te parece bien el vestido rojo? Tiene un escote de narices.

—¡Guay! Con ese vestido, lo voy a dejar de piedra que, en el fondo, ya sabes que es lo que quiero. ¡Venga, a vestirse de putón! No tardes, reina. —dijo entre carcajadas antes de colgar.

Llegué a su casa sobre las siete, y Carmen me recibió completamente estresada.

—¿A qué estás esperando? —acertó a preguntar, nerviosa. Venga, tía que vamos a llegar tarde.

Le di el vestido, y se lo fue a poner al baño. Cuando salió, estaba estupenda, aunque demasiado escotada. Como tenía menos pecho que yo, el escote de pico no le realzaba demasiado el busto, pero a cambio, permitía una visión casi completa de sus tetas cada vez que se movía.

—¿Demasiado putón?

—En mi opinión, sí.

—¡Entonces es lo que necesito! Hoy Luis se va a poner las botas. ¿Y tú qué piensas ponerte?

—He traído el vestido de flores que me compré la semana pasada.

—Pues venga, dale. Póntelo mientras me termino de maquillar.

Salí del baño, y comprobé que el borde blanco del sujetador sobresalía por encima del escote y se me veían los tirantes.

Carmen sacudió la cabeza.

—Joder, Tere. Te queda horrible con el suje. Tendrás que quitártelo.

—¿Y qué me voy a poner? No tengo otro.

—Nada. Sin sujetador estarás bien.

—¡No! ¿Cómo voy a salir sin nada…?

—Tienes unos pechos preciosos y eres joven; déjate de tú recato monjil.

—¿Tú crees?

—Quítatelo a ver.

Con soltura solté el broche y contorsionándome un poco me lo saqué por el escote.

—Perfecto. Vaya peras tienes, reina. Me das una envidia…

Me miré en el espejo, y comprobé que la prenda dejaba al descubierto bastante más escote del que había enseñado nunca, pero me quedaba francamente bien.

—Se me marcan los pezones.

—Mejor. ¿No es lo que todos buscan? Se lo pondrás en bandeja. Estás impresionante. Ponte los taconazos y ahora vamos a maquillarte de verdad.

—No quiero ir pintada como una puerta.

—¿Parezco yo una puerta?

—Pero tú no estás maquillada.

—Sí lo estoy. Se trata de resaltar rasgos y nada más. Ya verás cómo te gusta cuando acabe.

Y la verdad, es que me encantó. Esa noche, sentía que tenía el “guapo subido” y tenía unas ganas enormes de ir a bailar. Lo que viniese después, bienvenido fuera.

Carmen estaba revisando el mueble bar en busca de lo que ella llamaba el empujoncito previo.

—¿Ron… ginebra… vodka?

—Vodka. ¿Tienes limón?

—¡Marchando!

Después de tomarnos un buen lingotazo, llamamos un taxi, y le dimos al taxista, que no nos quitaba los ojos de encima, la dirección de la discoteca. Allí estaban ya Luci, Pablo y Sara, que estaba rodeada de varios moscones con evidentes malas intenciones.

—Tías… menos mal que habéis llegado. Estos tíos están salidos que no veáis, y necesito ayuda.

—Pues conmigo no cuentes. He quedado con Luis.

Sara se acercó a nosotras y, abrazándome con fuerza, me susurró:

—Pues sólo me quedas tú… ¿Con cuál te quedas?

—Frena, frena. La noche acaba de empezar, y no me apetece empezar a sacarme manos del cuerpo tan pronto.

—Ya, ya…

—Hola, yo soy Roberto —se presentó el más atrevido de aquellos chicos que las rondaban agachándose y besándome en la cara—. Tú amiga es un desastre de modales, ni siquiera nos ha presentado.

—Teresa.

—¿Eres nueva? Nunca te había visto por aquí.

—Pues no. Venimos todas las semanas.

—Es raro, si te hubiese visto anteriormente, me acordaría. —dijo dándome un repaso con la mirada, que me incomodó.

Ni me gustaba el tío, ni tenía ganas de enrollarme con él. Me apetecía bailar con las niñas, echarnos unas risas y tomarnos unas copas. Me giré hacia Carmen, que estaba trasteando en el móvil para verse con su ligue de esa noche.

—Joder, tía. Yo paso de estos tíos. ¿Has visto el repaso que me ha dado?

Mi amiga miró al chico y me susurró:

—Tú sí que necesitas un repaso… y de los grandes. Está bueno. Baila un rato con él y después te lo tiras. No sé, tía. Ahora no puedo. Creo que Luis me ha dado plantón. ¡Será capullo!

Se giró y salió hacia la puerta para llamar por teléfono. Yo me quedé allí plantada, con Roberto empezando a desplegar un patético ritual de seducción.

—¿Hace mucho que conoces a Sara?

—¡Toda la vida! Somos amigas desde niñas. Carmen, Luci, Sara y yo.

El camarero nos sirvió unos chupitos de tequila que había pedido Roberto. Me jodía tener que aceptar una invitación, porque daba la sensación de que le debías algo, y que tenías que estar con él para agradecerle el gesto, así que después de tomárnoslos fui yo la que pedí otra ronda para compensar.

Nos lo bebimos de un tirón y sentí cómo me quemaba la garganta.

—¡Hostia puta! —gritó Luci mirando a un punto fijo de la discoteca.

Miré en la misma dirección y me quedé con la boca abierta cuando vi quién está a escasos metros de nosotras.

—¿Ese no es...?

—Sí, sí que lo es —afirmé con la boca seca.

—Acércate para saludarlo —me dijo, y la miré con los ojos como platos, y un subidón en mi ritmo cardíaco que me dejó casi sin respiración.

—¿Estás de coña? No voy a acercarme a él.

—¿Tienes miedo?

—No, pero no quiero hablar con él. Ya sabes lo que pasó la última vez —le recordé.

Y a mi mente regresó a aquellos instantes en los que nos dejamos, en mis lágrimas, en su estúpido enfado por un ataque de celos totalmente infundado.

Recordaba que aquella noche llevaba una minifalda un poco…

demasiado corta, pero me la había puesto para él, que acababa de llegar de Estados Unidos.

Pero Rafa no lo había visto de esa forma.

Se pasaba el día juzgando mi manera de vestir, la forma en la que hablaba con otros chicos e incluso le enfadaba que hiciese topless, aunque estuviera en la piscina solamente con las niñas.

Aquella noche, había explotado todo. La relación a distancia había empezado con promesas.

Cuando se marchó a Estados Unidos, los dos juramos que aguantaríamos.

Habíamos hablado todas las semanas, nos habíamos mandado mensajes a deshora, fotos, planes de futuro.

Los primeros meses funcionó. Había ilusión, ganas, una especie de romanticismo forzado por los kilómetros.

Pero la distancia no solo separa cuerpos; también distorsiona la realidad, sobre todo si uno de los dos tiene celos, y Rafa los tenía.

Cada silencio se volvía sospechoso. Cada retraso en contestar un mensaje se convertía en una película en su cabeza.

Y Rafa, que ya arrastraba una inseguridad de base, empezó a llenar esos huecos con fantasmas.