5. Completamente descolocada #2
¿Soportaría nuestro matrimonio algo así?
Esa era la pregunta que más me asustaba.
Llevábamos años construyendo una estabilidad que me había costado mucho alcanzar.
Después de la ruptura en la época de la universidad, después del reencuentro, después de los roces y las reconciliaciones, habíamos llegado a un equilibrio que, hasta hacía poco, me parecía sólido.
Vivíamos francamente bien, en una casa con piscina a las afueras de Madrid, teníamos dos niños preciosos, trabajos estables y una situación económica más que envidiable.
¿Cuánto de todo eso estaba dispuesto a arriesgar Rafa por una fantasía?
¿Cuánto estaba dispuesta a arriesgar yo?
No me preocupaba tanto el acto en sí como las consecuencias emocionales.
Había leído suficientes testimonios en aquellos foros como para saber que, cuando la dinámica funcionaba, las parejas hablaban de una intimidad renovada, de una honestidad sexual que fortalecía el vínculo.
Pero también había leído los otros: los que terminaban en resentimiento, en comparaciones imposibles de borrar, en una distancia que ya no se podía cerrar.
No quería despertarme un día y descubrir que habíamos convertido nuestra cama en un campo de pruebas del que ya no sabíamos salir.
Mientras tanto, la vida cotidiana seguía su curso con una normalidad casi irónica.
Los niños habían terminado el colegio a mediados de junio.
El mayor, Martín, tenía siete años y hablaba sin parar de lo mucho que quería ir a casa de los abuelos porque allí le dejaban quedarse levantado hasta más tarde.
La pequeña, Sofía, de seis, estaba tan ilusionada como él.
Habíamos hablado con los padres de Rafa y con los míos.
Al final se decidió que pasarían tres semanas en casa de mis padres, en el pueblo, donde había jardín, piscina y una abuela dispuesta a consentirlos sin medida.
Después, si todo salía bien, nos uniríamos nosotros para las vacaciones de agosto.
La idea de quedarnos solos en casa durante aquel tiempo me producía una mezcla extraña de alivio y de inquietud.
Alivio porque, por fin, tendríamos espacio y silencio.
Inquietud porque sabía que Rafa aprovecharía ese espacio.
Sin los niños de por medio, sin las prisas de los deberes y los baños y las cenas tempranas, las conversaciones nocturnas se volverían más largas, más peligrosas, más difíciles de interrumpir.
Rafa continuaba con su trabajo como director de inversiones en el banco.
Llegaba a casa más tarde que yo la mayoría de los días, con gesto cansado, pero en cuanto cerrábamos la puerta de la habitación aquella fatiga parecía evaporarse.
Cuando lo veía de traje, con el nudo de la corbata perfecto pensaba en lo absurdo que resultaba contrastar aquel Rafa profesional, seguro, respetado, con el hombre que por las noches me pedía que le contara cómo me había follado un desconocido años atrás.
A veces me preguntaba si sus compañeros de trabajo sospecharían algo.
Si detrás de la fachada del directivo competente se escondía alguien que fantaseaba con ver a su mujer compartida.
La idea me producía un escalofrío que no sabía si era de vergüenza o de excitación.
Yo, por mi parte, seguía a media jornada en la clínica privada como anestesista.
Habíamos decidido que para que pudiese dedicarme mejor a los niños, podría trabajar solamente en la privada, para tener un horario compatible con su educación.
El trabajo me gustaba. Le daba estructura a mi vida, y me obligaba a concentrarme en algo que no fuera exclusivamente la anodina vida de un ama de casa.
Por las tardes, cuando los niños estaban en casa, intentaba mantener la normalidad.
Merienda, deberes, parque, baño, cuento.
Rafa llegaba y se sumaba a la rutina con naturalidad.
Cenábamos juntos, hablábamos de tonterías, reíamos con las anécdotas del cole.
Éramos la pareja estable, la familia bien avenida, los padres responsables que ya estaban organizando el verano.
Pero a raíz de aquella noche en la terraza, cuando los niños se dormían y la casa quedaba en silencio, la otra dimensión se activaba.
Entonces Rafa se acercaba por detrás mientras yo recogía la cocina, me besaba el cuello y murmuraba alguna pregunta que hacía que se me erizara la piel.
Entonces yo dejaba el trapo en el fregadero y lo miraba, consciente de que estábamos jugando con algo que ya no era solo una mera fantasía.
La proximidad de las vacaciones de los niños lo cambiaba todo.
Dentro de dos semanas estaríamos solos. Dos semanas sin interrupciones, sin puertas que pudieran abrirse de golpe, sin oídos al otro lado de la pared.
Rafa no lo había mencionado todavía de forma explícita, pero yo lo veía en su forma de mirarme cuando hablábamos de las fechas.
Había una expectación contenida, una impaciencia educada.
Sabía que, en cuanto se cerrara la puerta detrás de Martín y Sofía, la conversación cambiaría de tono.
Ya no sería “¿te gustaría…?” en abstracto.
Sería “¿lo hacemos?”. Y yo tendría que decidir si daba el paso o si, por primera vez en semanas, le ponía un límite claro.
Por las noches, después de follar —porque desde aquella noche, follábamos casi cada noche, con una urgencia que no habíamos tenido ni en los primeros meses de casados—, me quedaba despierta escuchando su respiración.
Él se dormía rápido, y parecía incluso tranquilo.
Yo me quedaba mirando el techo, repasando una y otra vez las mismas preguntas.
¿Quería yo aquello de verdad o solo me estaba dejando llevar por la excitación del momento?
¿Estaba alimentando una parte de él que después no sabría gestionar, abriendo una puerta hacia lo desconocido?
No tenía respuestas. Solo tenía la certeza de que el tiempo se estaba acabando.
Los niños se irían con mis padres. La casa quedaría vacía.
Y Rafa, tarde o temprano, dejaría de preguntar en abstracto y me pediría algo concreto.
La luz roja seguía encendida en mi cabeza.
Cada día un poco más brillante y un poco más difícil de ignorar.
¿Cómo era posible aquel cambio que se estaba operando en Rafa? De celoso controlador a aquella nueva personalidad que ni siquiera me atrevía a calificar. ¿Cuánto escondía él todavía en secreto? ¿Me lo estaba mostrando todo, o aún había más cosas por salir?