5. Completamente descolocada
Completamente descolocada
Los días posteriores el sexo entre nosotros se convirtió en una auténtica barbaridad.
Rafa ya no se contentaba con los relatos de mis polvos universitarios.
Pedía más. Más detalles, más crudeza, más escenarios.
Aunque yo tenía una colección decente de historias, tampoco es que hubiera sido una devoradora de hombres; habían sido encuentros puntuales, intensos algunos, mediocres otros, pero limitados.
Él, en cambio, iba subiendo la apuesta cada noche.
Me preguntaba si me gustaría estar con dos hombres a la vez mientras él miraba.
Con tres. Si me excitaba la idea de que me usaran sin prisa, uno detrás de otro, mientras él se masturbaba en un rincón o me sujetaba las manos.
Me aseguraba, con esa voz ronca que se le ponía cuando estaba más excitado, que para él sería un placer sublime verme abandonada al deseo, completamente entregada a sensaciones que él solo no podía darme.
La situación me descolocaba por completo.
Por un lado, el sexo nunca había sido tan intenso; por otro, no dejaba de preguntarme de dónde había salido aquel cambio tan radical en el hombre que años atrás casi destroza la relación a base de celos.
Empecé a buscar en Internet. Escribí frases torpes en el buscador: “maridos que desean que sus mujeres les sean infieles”, “¿por qué a algunos hombres les excita que su pareja esté con otros?”.
Unos enlaces me llevaban a otros, y pronto aprendí términos como “psicología cuckold” “hotwife” “corneador” “beso blanco” …
Lo que poco a poco iba descubriendo, me mantenía leyendo hasta altas horas de la madrugada, o cuando Rafa se iba a trabajar.
Lo primero que encontré, y lo que más me sorprendió, fue la vertiente psicológica.
No se trataba simplemente de un fetiche aislado o de una perversión rara.
Había toda una literatura, foros, artículos de sexólogos y psicólogos que intentaban explicar por qué un hombre podía sentir una excitación profunda ante la idea o la contemplación de que su pareja disfrutara sexualmente con otro.
Una de las explicaciones que más se repetía era la erotización del miedo.
Muchos de aquellos hombres, según los especialistas, partían de un temor ancestral a la infidelidad.
El miedo a ser reemplazado, a no ser suficiente, a que ella encontrara en otro lo que él no podía darle.
En lugar de reprimir ese miedo o dejar que los destruyera, algunos lo transformaban.
Lo convertían en combustible erótico. La pesadilla se volvía fantasía.
Al imaginar o incluso facilitar la escena que más les aterraba, lograban, de algún modo, domesticarla.
Controlaban el relato. Ya no eran víctimas pasivas de un posible engaño; se convertían en cómplices, en espectadores, a veces incluso en directores de la experiencia.
El dolor potencial se metamorfoseaba en adrenalina sexual.
Había también quienes hablaban de una forma particular de masoquismo emocional.
No necesariamente el dolor físico, sino la humillación psicológica consentida, sentirse “menos”, ser comparado con el otro, saber que otro hombre podía darle a su mujer algo distinto o más intenso.
Para algunos, esa renuncia al papel de único proveedor de placer se vivía como una liberación.
La presión de tener que ser siempre el mejor, el más duradero, el más creativo, desaparecía.
Podían sentarse, mirar y disfrutar de la excitación que les producía el espectáculo sin la carga de tener que sostenerlo ellos solos.
En sociedades donde la masculinidad se construye todavía sobre la idea de exclusividad sexual y de posesión, romper esa norma generaba un tabú potente, y el tabú, como siempre, alimentaba el deseo.
Otra corriente explicaba el fenómeno desde la teoría de la competición espermática.
Según algunos investigadores, el cuerpo masculino estaría programado evolutivamente para responder con mayor vigor sexual cuando percibe la posibilidad de rivalidad.
Saber o imaginar que otro hombre ha estado o va a estar con su pareja dispararía respuestas fisiológicas: erecciones más firmes, eyaculaciones más intensas, un impulso más fuerte por “reclamar” a la mujer después.
Lo que en la naturaleza habría servido para maximizar las posibilidades reproductivas, en el terreno de la fantasía se convertía en un circuito de placer hiperactivado.
El marido no solo no se sentía amenazado de forma paralizante, sino que su sistema de recompensa se encendía.
Después estaban los testimonios de parejas reales.
Hombres y mujeres con aquel estilo de vida, que compartían sus experiencias en foros, casi para cualquiera que quisiera leerles.
Leí testimonios de hombres que confesaban haber descubierto el fetiche después de una infidelidad real.
El dolor inicial se había mezclado, de forma confusa y a veces vergonzante, con una excitación inesperada.
Al pedir detalles, al imaginar las escenas, algo en su interior había encendido una llama.
Otros negaban cualquier origen traumático y hablaban simplemente de una curiosidad creciente, de una acumulación de imágenes pornográficas, de una personalidad buscadora de sensaciones que necesitaba traspasar límites cada vez más altos una vez que los primeros tabúes habían caído.
Lo que más me impactó fue la insistencia de infinidad de personas en que, cuando la dinámica se vivía de forma consentida y con buena comunicación, no necesariamente derivaba en relaciones enfermizas.
Al contrario: muchos de aquellos hombres y mujeres hablaban positivamente respecto a aquellas experiencias, en la capacidad de verbalizar deseos y en la disposición a priorizar el placer de la pareja.
El problema surgía cuando el fetiche se imponía sin diálogo, cuando la humillación dejaba de ser un juego y se volvía una herida, o cuando uno de los dos lo utilizaba para tapar inseguridades no resueltas.
Pasé horas leyendo foros donde maridos describían con precisión lo que sentían al imaginar a sus mujeres con otros. También leí comentarios de otros que ya lo habían logrado, y todos los seguidores o partícipes en el foro, mostraban su envidia y felicitaban a los “cornudos” por haberlo logrado.
Todos hablaban de la mezcla de angustia y deseo, de la forma en que los celos se transformaban en algo casi adictivo, de cómo después de una escena real o fantaseada el sexo con ellas se volvía más urgente, más posesivo, más intenso.
Algunos confesaban que solo conseguían correrse de verdad cuando la fantasía incluía la presencia de ese tercero, aunque fuese inventado.
Otros insistían en que el verdadero placer estaba en el después: en recuperar a su mujer, en olerla, en limpiarla, en marcarla de nuevo como suya.
Cuanto más leía, más me daba cuenta de que Rafa no era un caso aislado ni especialmente raro.
Había todo un universo de hombres que habían convertido el miedo a la pérdida en una de las fuentes más potentes de su excitación.
Y yo, que lo conocía desde la inseguridad de aquellos primeros años, empezaba a entrever que quizá aquella transformación no había surgido de la nada.
Quizá llevaba gestándose en silencio desde hacía mucho tiempo, esperando el momento en que la confianza fuera lo bastante sólida —o la curiosidad lo bastante grande— como para atreverse a practicarla o por lo menos a pedírmela.
Una luz roja se encendió en mi cabeza. Era evidente, que con aquel ritmo que llevaba, no tardaría en pedirme que hiciera algo de forma real.
Estaba segura de que lo haría. No lo decía todavía de forma directa, pero cada conversación, cada fantasía compartida en la cama, cada pregunta cada vez más audaz apuntaba en la misma dirección.
Rafa estaba construyendo un camino y yo, sin darme cuenta del todo, lo estaba acompañando.
La duda ya no era si me lo pediría. La duda era qué respondería yo cuando llegara el momento.
¿Quería yo aquello? La pregunta me perseguía en los momentos más inesperados.
Por un lado, el sexo con Rafa nunca había sido tan intenso, tan adictivo.
Había algo profundamente excitante en verlo transformado, en descubrir esa faceta oscura que había estado dormida durante años.
Me gustaba el poder que sentía al narrarle mis historias, al ver cómo se excitaba solo al oírme contar aquellos recuerdos, que volvían a mi cabeza, para excitarme a mí también.
Me gustaba, incluso, la forma en que me miraba después, como si yo fuera algo más grande, más peligrosa, más deseable.
Pero otra parte de mí, la parte que recordaba las discusiones de los primeros años, los celos enfermizos, la sensación de estar bajo vigilancia, se mantenía en guardia.
¿Y si aquella excitación se convertía otra vez en posesión?
¿Y si un día, después de cruzar la línea, la inseguridad regresaba con más fuerza que nunca?