4. Experiencias #4
Yo estaba fuera de control. Le arañé la espalda y le enlacé las piernas alrededor de la cintura para que entrara todavía más hondo.
—Lo haría —susurré contra su boca—. Te dejaría hacerlo. Me dejaría follar por él delante de ti y después te dejaría comerme el coño lleno. Todo lo que digas.
—¿Todo? —preguntó, embistiéndome más fuerte.
—Todo. Se la comería a él mientras tú me follas.
¿Querrías eso? Si me dices que me ponga a cuatro patas y le ofrezca el culo también, me ofrecería sin dudarlo.
Si me dices que me deje marcar el cuello a besos para que mañana cualquiera pueda verlo, me dejaría.
Estoy tan caliente que haría cualquier cosa que me pidieras ahora mismo.
Rafa gruñó y aceleró. La mesa crujía bajo nosotros. El sonido de su polla entrando y saliendo de mi coño era obsceno, húmedo, rápido. Me agarró de las muñecas y me las inmovilizó a ambos lados de la cabeza.
—Entonces escucha bien —dijo entre dientes—.
Me gustaría que viniera, que te follara hasta dejarte temblando, que se corriera en tu cara y que después yo te follara la boca todavía llena de su leche.
Que te usáramos los dos hasta que no pudieras ni hablar.
Que te dejáramos el coño rojo, abierto, goteando. Y que tú nos pidieras más.
—Sí… —gemí, ya al borde de otro orgasmo—. Te lo pediría. Os lo pediría a los dos. Os diría que me usarais como quisierais. Que no pararais.
El nuevo orgasmo me atravesó como una descarga.
Grité. Me arqueé tanto que casi me caigo de la mesa.
Rafa tuvo que sujetarme las caderas para que terminase en el suelo.
Siguió embistiéndome sin piedad mientras yo me corría, prolongando cada contracción hasta que me quedé hecha un trapo, temblando, sin aire.
Cuando recuperé un poco la respiración, él todavía estaba dentro de mí, moviéndose con embestidas más lentas pero profundas.
—No he terminado —avisó—. Quiero correrme pensando en cómo te entregarías.
—Hazlo —le pedí—. Córrete dentro. Y mientras, dime más. Quiero oír las peores.
Rafa se inclinó y me mordió el hombro con suavidad antes de hablar contra mi piel:
—Me gustaría que después de correrme yo, él te montara otra vez. Que te follara con mi semen todavía dentro. Que lo sintieras salir mezclado cada vez que él empujara. Que te dejara el coño tan lleno que al levantarte se te escurriera por los muslos delante de los dos.
La situación estaba completamente descontrolada. Yo estaba otra vez acercándome a un nuevo orgasmo. Nunca en mi vida había estado tan sensible, tan abierta, tan dispuesta a decir cualquier cosa.
—Lo haría —jadeé—. Se lo pediría. Le diría que me llenara. Que me usara. Que me dejara hecha una puta delante de mi marido. Y luego me arrodillaría y os limpiaría las pollas a los dos con la lengua hasta que no quedara nada.
Rafa perdió el control. Yo le clavé las uñas en los hombros y le grité al oído que se corriera, que me llenara, que pensara en Lucas mientras lo hacía.
Él se tensó de golpe y lo hizo con un gemido profundo, vaciándose dentro de mí con chorros calientes.
Sentí cada pulso. Cada sacudida. Me agarró con tanta fuerza que supe que al día siguiente tendría marcas en las caderas.
Incluso después de correrse siguió moviéndose un poco, lentamente, hasta que la sensibilidad le pudo y tuvo que detenerse. Se quedó dentro, jadeando, con la frente apoyada en mi hombro.
Durante un rato solo se oyó nuestra respiración agitada y el lejano ruido de la urbanización. Yo notaba su semen empezando a escapárseme por los lados, caliente, abundante. Él todavía no había salido.
Al fin levantó la cabeza y me miró. Tenía los ojos oscuros, agotados y al mismo tiempo más vivos que nunca.
—¿De verdad harías todo eso? —preguntó en voz baja, casi vulnerable ahora que el orgasmo había pasado.
Le acaricié el pelo húmedo de sudor.
—En este momento… sí. Te lo diría todo y haría todo lo que me pidieras. Pero solo porque estamos así. Porque me tienes destrozada de placer y de fantasía. Mañana… mañana ya veremos qué queda de todo esto.
Él asintió despacio. Todavía no se había retirado. Seguía dentro de mí, ablandándose poco a poco, como si no quisiera perder del todo la conexión.
—No vamos a llamarle —dijo al fin—. Al menos no esta noche.
—No —coincidí—. Esta noche solo somos tú y yo… y todo lo que acabamos de imaginar.
Me besó entonces. Fue un beso lento, profundo, distinto a los anteriores. Ya no había urgencia. Solo el sabor a sexo, a sudor y a la confesión más sucia que nos habíamos hecho nunca, y no puedo negar, que me había puesto a cien.
Cuando por fin se retiró, sentí el vacío y el semen resbalándome por el muslo.
Él lo miró un segundo y luego, sin decir nada, se arrodilló otra vez entre mis piernas y me lamió con lentitud, limpiándome, saboreando lo que él mismo había dejado dentro.
Yo eché la cabeza hacia atrás y dejé que lo hiciera, todavía sensible, todavía temblando, mientras la fantasía de Lucas seguía flotando entre nosotros como un fantasma caliente al que, al menos por esa noche, habíamos decidido no invocar del todo.