CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 4. Experiencias #3
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4. Experiencias #3

Saqué la polla de la boca solo el tiempo necesario para contestar, manteniéndola pegada a los labios.

—Sí —dije, mirándolo a los ojos—. Exactamente igual. Con las mismas ganas. Con la misma forma de usar la lengua. Y a él también le temblaban las piernas.

Volví a metérmela en la boca y continué. Rafa gimió y empezó a mover las caderas con suavidad, follándome la boca al mismo ritmo que yo le estaba contando que me había follado la polla de Lucas. Yo seguí hablando entre chupadas, a ratos con la voz entrecortada por la polla que me llenaba la boca.

Rafa me escuchaba en silencio, solo interrumpido por su respiración cada vez más agitada y por el suave sonido de mi boca subiendo y bajando por su falo.

Su mano en mi pelo se había vuelto un poco más firme.

Yo sentía cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo estaba cerca, pero todavía no quería correrse, era como si quisiera oír más.

Y yo, arrodillada delante de él, con la boca llena y la voz pastosa, seguí contándole cada detalle mientras le chupaba exactamente igual que aquella noche le había chupado a Lucas.

Saqué la polla de la boca solo un segundo, lo justo para mirarlo a los ojos con desafío.

—¿Te la tragaste? ¿Se corrió dentro de tú boca? —preguntó Rafa, con la voz rota por la excitación.

—Sí. Hasta la última gota…—respondí con descaro, y volví a engullírsela hasta el fondo.

Él no aguantó más. Con un gemido grave que le subió por la garganta, se corrió. Noté los primeros chorros calientes golpeándome la lengua y la garganta. Intenté retirarme un poco por reflejo, pero él me sujetó la cabeza con las dos manos.

—No dejes ni una gota —ordenó entre dientes—. Trágatela toda. Como hiciste con él.

Obedecí. Seguí chupando mientras se vaciaba en mi boca, tragando cada pulso, cada sacudida.

El sabor era espeso, salado, familiar y al mismo tiempo distinto por la intensidad del momento.

Cuando dejó de correrse, limpié el capullo con la lengua una y otra vez, asegurándome de que no quedara nada.

Solo entonces me separé, con los labios brillantes y la respiración agitada.

Rafa me miraba como si acabara de ver algo sagrado y obsceno al mismo tiempo. Todavía tenía la polla dura y sensible, y yo le di un último lametón lento antes de seguir hablando. Me estaba poniendo a cien recordando aquella noche, y por qué no decirlo, por el efecto de mis palabras en mi marido.

—Aquella noche con Lucas no terminó en el sofá.

Me levantó en volandas y me llevó a la habitación.

Me tiró en la cama de espaldas y se subió encima otra vez.

Estaba sudado. Yo también. El olor a sexo y a piel caliente llenaba la habitación.

Me folló con una fuerza que no había conocido hasta entonces.

Me dobló las piernas contra el pecho y me empotró sin piedad, jadeando y mordiéndome el cuello.

Cada embestida me sacudía el cuerpo entero.

Yo gritaba. No gemía, gritaba. Le arañaba la espalda y le pedía más, más fuerte, más profundo.

Él me daba la vuelta, me ponía a cuatro patas y me agarraba de las caderas para follarme todavía más duro.

El sonido de su pelvis golpeando mi culo era obsceno.

El sudor nos resbalaba por la piel. En un momento dado me tiró del pelo hacia atrás y me preguntó si me gustaba que me follaran así, como a una puta.

Yo solo pude decir que sí, una y otra vez, mientras me corría otra vez apretándolo con fuerza.

Rafa, todavía de pie delante de mí, se arrodilló de pronto.

Me abrió las piernas con decisión y bajó la cabeza entre ellas.

Su lengua me encontró empapada, hinchada, sensible.

Empezó a lamerme el coño con hambre, chupándome el clítoris, metiendo la lengua dentro, bebiéndome.

Yo eché la cabeza hacia atrás y solté un gemido largo, casi un alarido.

—Joder, Rafa… —jadeé—. Nunca… nunca ningún tío me había follado así. Aquello… aquello fue demasiado.

Él no contestó con palabras. Solo lamió con más fuerza, agarrándome los muslos para mantenerme totalmente abierta.

Yo me retorcía en la silla de la terraza, empujando mi coño contra su boca, completamente fuera de control.

El orgasmo me subió tan rápido que casi me asusté.

Me corrí contra su lengua gritando, temblando, mojándole la barbilla.

Él no paró. Siguió lamiéndome a través de las contracciones hasta que tuve que apartarle la cabeza porque estaba tan sensible que me dolía.

Entonces levantó la vista, con la boca brillante de mis fluidos, y me miró con una intensidad que me heló y me calentó al mismo tiempo.

—¿Conservas su teléfono? —preguntó.

Yo todavía jadeante, asentí.

—Sí.

—¿Te gustaría llamarle?

Estaba tan cachonda, tan abierta, tan perdida en la excitación, que la respuesta me salió sin filtro.

—Sí.

Rafa sonrió de una forma que no le había visto nunca. Una sonrisa oscura, peligrosa, excitada hasta el límite.

—Llámale.

Me quedé mirándolo, el corazón latiéndome en las sienes.

—¿Ahora?

—Ahora. Quiero oírte hablar con él mientras te follo.

Me pasé la lengua por los labios, todavía saboreando su semen y el mío mezclados.

—¿Querrías ver cómo me empotra aquí mismo? —pregunté, casi sin voz.

—Por supuesto —contestó sin dudar.

—Estás loco, Rafa.

Él sonrió, todavía enterrado dentro de mí hasta el fondo, sin moverse. Solo me llenaba por completo mientras su aliento caliente me rozaba la oreja.

—Lo sé. Pero tú también lo estás. Si no, no estarías tan empapada solo de oírme hablar de él.

Empezó a moverse otra vez. Despacio al principio, profundo, sacando casi toda la polla y volviendo a enterrarla de un golpe seco. Yo con los dedos aferrados a los brazos del sillón trataba de ofrecerle mi sexo expuesto.

—Dime —jadeé—. ¿Qué te gustaría que me hiciera Lucas si estuviera aquí ahora mismo?

Rafa aceleró un poco el ritmo. Sus manos me apretaban las caderas con fuerza.

—Me gustaría verlo llegar, mirarte doblada como estás ahora y no preguntar nada.

Que se bajara los pantalones, sacara esa polla que, según tú, es más gorda que la mía y te la metiera de un solo empujón mientras yo te sujeto.

Que te follara sin calentamiento, aprovechando lo abierta y mojada que ya te tengo yo.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Aparté una mano de la mesa y me toqué el clítoris, frotándome al ritmo de sus embestidas.

—¿Y tú qué harías mientras tanto?

—Mirarte. Agarrarte del pelo para que no pudieras esconder la cara.

Obligarte a mirarme a los ojos cada vez que él te diera más fuerte.

Y cuando notara que estás a punto de correrte, pedirle que parase un segundo solo para que yo pueda meterte los dedos en la boca y hacerte saborear lo mojada que estás por los dos.

—Joder… —gemí, y me corrí. Fue un orgasmo rápido, intenso, que me hizo apretar la polla de Rafa con fuerza. Él no paró. Siguió follándome a través de las contracciones, alargándomelo hasta que casi me dolía de lo sensible que estaba.

Cuando logré hablar otra vez, la voz me salió rota:

—¿Qué más? Dime más cosas. Quiero oírlas.

Rafa se retiró de golpe, me dio la vuelta como si no pesara nada y me subió encima de la mesa, de frente a él. Me abrió las piernas, se colocó entre ellas y volvió a entrar de una embestida profunda. Ahora me miraba a la cara mientras me follaba.

—Me gustaría que se corriera dentro de ti.

Que te llenara el coño hasta que se te saliera por los lados mientras yo te chupo los pezones.

Y cuando él se retirara, yo te dejaría limpia.

Te lamería el coño hasta sacarte hasta la última gota de su semen y de tú humedad mezclados.

Y después te haría besarme con la boca llena de los dos.