CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 4. Experiencias #2
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4. Experiencias #2

—Mira Rafa, que ahora viene lo fuerte… - Meneé la cabeza avergonzada y sin saber cómo salir de aquello en lo que me estaba metiendo yo sola.

—¿Me ves celoso o preocupado? ¿Percibes algún tipo de incomodidad por mi parte?

—No. Te veo sorprendentemente bien.

—Entonces continúa, y deja de preocuparte de mis celos, que están a buen recaudo.

Tragué saliva y seguí.

—El chico —Lucas, aunque entonces todavía no sabía su nombre— sonrió como sonríen los tíos que saben que están buenos, como si la situación le divirtiera y estuviese acostumbrado a que las mujeres cayesen rendidas a su paso.

Se acercó lo justo para que el olor de su colonia me llegara por encima del olor del pub.

—Pues si tu amiga tiene razón —dijo mirándome directamente—, igual no debería dejar pasar la oportunidad. Aunque prefiero no hacértelo encima de la barra. Hay sitios más cómodos y más discretos.

Yo notaba cómo se me subían los colores. No solo por lo que Luci había soltado, sino porque el tío no había desviado la mirada ni un segundo. Me estaba devorando con los ojos de una forma que hacía tiempo que nadie se atrevía a hacer conmigo.

Le sostuve la mirada lo mejor que pude, pero no era fácil.

La verdad es que acabábamos de soltar exactamente eso.

Que era el más bueno del bar y que, si me lo pedía, le dejaría que me follara allí mismo.

Lo habíamos dicho en broma, o eso quería creer.

Pero ahora que lo tenía enfrente, la broma se me estaba atragantando.

Mi amiga exagera —intenté salvar la situación—. Bebemos demasiado y se nos va la boca.

—No exageramos ni un gramo —le dijo Luci, que no quería dejar marchar la presa, apoyándose en la barra—. Lleva media hora mirándote el culo cada vez que te giras. Y tú, Tere, llevas media hora inventando excusas para pasar por delante de él. Así que dejad de hacer el indio y presentaos de una vez.

Él rio por lo bajo. Tenía una risa grave, de esas que te atrapan.

—Lucas —dijo, tendiéndome la mano como si estuviéramos en una reunión de trabajo y no en un pub a las dos de la mañana.

Le estreché la mano. La suya era grande, cálida, y me apretó los dedos un segundo más de lo necesario.

Teresa.

—Tere —corrigió Luci—. Solo le decimos Teresa cuando está enfadada o cuando nos debe dinero.

—Pues Tere, entonces —repitió él, y mi nombre en su boca sonó distinto.

Rafa se removió un poco en la silla de la terraza. Yo lo miré de reojo, esperando cualquier gesto de tensión, pero él solo tenía esa media sonrisa de quien está disfrutando del relato.

—Vaya tela con Luci —comentó—. Siempre ha sido un peligro público. Sigue, no pares ahora que el tío ya tiene nombre.

Volví la vista al pasado.

Pedimos otra ronda. No sé quién la pidió. Solo sé que de pronto estaba más alegre de lo que había estado en mucho tiempo.

—¿Y cuándo empieza lo bueno? – dijo Rafa sorprendiéndome de nuevo. —porque, … el tío no se andaba con rodeos.

Respiré hondo y miré a Rafa a los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, no medí mis palabras.

Le dije la verdad. Que la frase de antes no había sido solo de boquilla.

Que llevaba semanas sin que nadie me tocara y estaba deseando que alguien me empotrara.

Que estaba harta de volver a casa sola y de masturbarme pensando en fantasmas.

Y que, si de verdad quería llevarme a algún sitio más cómodo que la barra de un pub, yo no iba a ser quien dijera que no.

—¿Te excita esta conversación? —le pregunté a Rafa, incrédula, mirando el bulto evidente que tensaba sus pantalones.

Él no contestó con palabras. Se limitó a mirarme a los ojos, bajarse el cierre con calma y sacarse la polla. Estaba dura como un mástil, gruesa, venosa, apuntando hacia arriba con una rigidez que no le había visto en semanas. La tenía tan tensa que la cabeza brillaba ya.

—Muchísimo —dijo al fin, con la voz ronca—. Mira.

Me quedé un segundo mirándola. Luego respiré hondo y continué el relato sin apartar la vista de su sexo.

Salimos del pub casi sin despedirnos de las niñas.

Lucas me agarró de la mano con naturalidad, como si llevara toda la vida haciéndolo, y me llevó calle abajo hasta un portal a dos manzanas.

No hablamos mucho. Solo nos mirábamos de reojo y de vez en cuando él apretaba mis dedos.

En el rellano del segundo piso, antes incluso de sacar las llaves, me empujó suavemente contra la pared y me besó.

Fue un beso profundo, lento al principio y luego más urgente.

Su lengua buscó la mía. Yo le rodeé el cuello con los brazos y me pegué a él.

Noté la dureza de su polla contra mi vientre y un escalofrío me recorrió la espalda.

Subimos los últimos escalones casi tropezando.

En cuanto cerró la puerta me levantó del suelo.

Yo enlacé las piernas alrededor de su cintura y seguimos besándonos mientras él me llevaba hacia el sofá.

Me tumbó de espaldas y se colocó encima.

Sus manos subieron por debajo del vestido negro de lycra hasta encontrarse con el hecho de que, tal y como Luci me había pedido, no llevaba bragas.

Me recorrió el coño con dos dedos, despacio, notando lo mojada que estaba.

Yo arqueé la espalda y abrí un poco más las piernas.

Tenía auténtica necesidad de sexo, y lo único que quería era facilitarle la tarea.

Él se arrodilló entre ellas, me subió el vestido hasta la cintura y me miró un segundo antes de bajar la cabeza.

Me lamió con lentitud, de abajo arriba, abriéndome con los pulgares y metiendo la lengua hasta lugares a los que nunca pensé que pudiese llegar.

El tío sabía lo que hacía. No había prisa ni torpeza.

Solo una lengua caliente y precisa que me buscaba el clítoris y lo rodeaba una y otra vez hasta que empecé a mover las caderas contra su boca.

No daba crédito a lo que veía. Rafa, tenía la polla en la mano, y se acariciaba con movimientos lentos, sin prisa, mientras me escuchaba.

—¿Te lo chupó bien? —me preguntó de pronto, la voz un poco más grave.

—Muy bien —contesté, mirándole la mano que subía y bajaba por su polla—. Sabía exactamente dónde tenía que insistir.

—Lucas me comió el coño hasta que estuve a punto de correrme.

Entonces se detuvo, se incorporó y se quitó la camisa de un tirón.

Tenía el pecho amplio, un poco de vello oscuro que bajaba hacia el ombligo, y los hombros anchos.

Me ayudó a quitarme el vestido por completo.

Me quedé solo con el sujetador de encaje negro, las medias y los taconazos.

Él se desabrochó el pantalón y se lo bajó junto con el bóxer.

Ahí fue cuando se la vi.

Rafa se inclinó un poco hacia mí en la terraza, con la respiración más agitada.

—¿La tenía muy grande? —preguntó.

Asentí despacio.

—Sí.

—¿Más que yo?

Lo miré a los ojos. Su polla seguía dura entre sus dedos, esperando mi respuesta.

—Sí —dije con honestidad—. Bastante más. Más gruesa, sobre todo. La cabeza era más redonda y tenía las venas muy marcadas.

Rafa tragó saliva. Su mano se detuvo un segundo sobre su propia polla y luego volvió a moverse, más lento.

—Sigue —pidió.

—Pues se colocó entre mis piernas y frotó el glande contra mi coño, mojándolo.

Me miró a la cara, pidiendo permiso sin palabras.

Yo asentí. Empujó despacio. Noté cómo me abría, cómo el grosor me llenaba centímetro a centímetro.

Solté un gemido cuando llegó al fondo. Nunca nada había llegado tan dentro de mi cuerpo.

Creo que me tocaba el útero. Él se quedó quieto un momento, dejando que me acostumbrase, y luego empezó a moverse.

Embestidas profundas, controladas, que me hacían subir un poco por el sofá cada vez.

Yo le clavé las uñas en los hombros y le pedí que me follara más fuerte.

Él obedeció. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenó el salón.

Me folló así un buen rato, cambiando el ángulo cuando notaba que yo empezaba a tensarme, hasta que me corrí apretándolo con las piernas y gimiendo contra su cuello, en el que, por cierto, dejé las marcas de mis dientes.

Cuando se retiró, todavía estaba completamente empalmado. Me miró desde arriba, con el pecho subiendo y bajando, y me hizo un gesto con la cabeza hacia el suelo.

—Ponte de rodillas —dijo sin dejar lugar a dudas.

Yo estaba acostumbrada a ti, que siempre habías sido muy suave, y dar con alguien tan rudo, se me hizo raro, aunque no te negaré, que aquella chulería, me estaba poniendo muy cachonda.

Me deslicé del sofá y me arrodillé delante de él.

Su polla estaba brillante de mis fluidos.

La sentí gruesa, pesada. La cogí con una mano y la acerqué a mi boca.

Lo miré a los ojos mientras sacaba la lengua y le recorría el glande con lentitud, saboreándolo.

Luego abrí la boca y me la metí dentro. Bajé todo lo que pude, notando cómo me llenaba las mejillas.

Él soltó un gemido grave y me puso una mano en la nuca, sin empujar, solo guiando.

Empecé a chupársela con ganas. Subía y bajaba la cabeza, usando la lengua en la parte inferior, apretando un poco con los labios.

De vez en cuando la sacaba casi del todo y lamia alrededor de la cabeza antes de volver a engullirla.

A él le temblaban un poco los muslos. Me acariciaba el pelo y me miraba fijamente, como si no quisiera perderse ni un segundo de la imagen.

Rafa no aguanto más. Se levantó de la silla, se acercó a mí y se detuvo justo delante. Su polla me rozó la mejilla. Yo, sin dejar de hablar, giré un poco la cara y se la cogí con la mano.

—Sigue contándome —pidió él, la voz ya muy baja—. Y mientras, hazme lo mismo que le hiciste a él.

Abrí la boca y me metí la polla de Rafa dentro. Empecé a chupársela con el mismo ritmo que le estaba describiendo lo que le había hecho a Lucas. Él soltó un suspiro largo y me sujetó el pelo con suavidad.

—¿Se la chupaste igual que me la estás chupando a mí ahora? —preguntó, mirándome desde arriba.