CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 3. Un noviazgo peculiar #4
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3. Un noviazgo peculiar #4

—Pues creo que será lo mejor, a ver si así consigo despegar tu mano de mi culo — reí con ganas separando su mano de mi trasero.

Tenía que reconocer que, con tanta copa en el cuerpo, y tanto baile con Marc, me lo estaba pasando tan bien que me había olvidado por completo del tiempo.

Cuando miré el reloj eran las tres de la mañana.

En la pantalla del teléfono el icono del WhatsApp en el que aparecían más de diez avisos de mensajes sin leer y decidí mirarlos.

“¡Madre mía la que me espera! Mi cara se descompuso”.

—Tere, ¿qué te pasa? - me preguntó Carmen.

—Se me va a caer el pelo. Rafa tiene que tener un cabreo de cojones. Tengo un lote llamadas perdidas y más de diez WhatsApp preguntándome dónde estoy y por qué no le cojo el teléfono.

—Teresa, tranquila, dile que no has escuchado el tono. Aquí con tanto ruido es lo normal.

—Precisamente. No le va a hacer puta gracia que esté de marcha aquí en Valencia. Voy a llamarlo. Ahora vuelvo que aquí no voy a escuchar nada.

—¿Te vas? —preguntó Marc visiblemente disgustado.

—Ahora vuelvo Marc, tengo que hacer una llamada.

—¿Ocurre algo?

—No es nada serio, vuelvo enseguida.

Salí fuera del bullicio del local y en la relativa tranquilidad de la calle, llamé a Rafa.

Estaba bastante enfadado. Empezó con preguntas que eran más propias de un interrogatorio policial que de un novio molesto: ¿dónde estás? ¿con quién estás? ¿qué estabas haciendo para que no me cogieras el teléfono?...

Después la cosa cambió, y las preguntas se tornaron en valoraciones: seguro que estabas con otro... Tú no me quieres. Si me quisieras no te irías sola con tus amigas de marcha a Valencia…

Le dije que él sabía que teníamos pensado hacer un viaje a Valencia, y que se lo había avisado varias veces.

—Me dijiste que ibais unos días. No me dijiste que seguirías allí cuando yo volviera.

Me apoyé contra la pared del edificio. Me estaba empezando a tocar la moral tanto control y que me echase la bronca por salir con las niñas.

—Mañana vuelvo —contesté.

Hubo un silencio largo. Demasiado largo.

—¿Con quién estás exactamente?

—Con las niñas Ya te lo he dicho.

—Y nadie más.

No era una pregunta. Era una acusación disfrazada.

—Rafa, por favor.

—Llámame por vídeo llamada. Quiero verte.

—Estoy en la calle. Hay ruido. Mañana hablamos cuando llegue.

—Ahora, Tere.

La orden me sentó como una patada en la entrepierna. Noté cómo se me endurecía la mandíbula.

—No. Estoy de fiesta con mis amigas. Te llamo mañana.

—¿De fiesta? —Su voz subió de tono—. ¿Y qué coño haces de fiesta a estas horas?

—No tengo que avisarte de cada cosa que hago.

—Eres mi novia.

—Y tú te fuiste a Estados Unidos diez días sin que yo te montara un numerito.

—No es lo mismo. Yo estaba resolviendo papeleo. Tú estás… no sé dónde ni con quién.

Respiré hondo. Sentí el alcohol caliente en la sangre y una irritación que crecía rápido.

—Estoy con mis amigas. Bailando. Bebiendo. Riendo. Nada más. Mañana cojo el tren y estoy en casa por la tarde. Fin de la conversación.

—No cuelgues.

—Rafa…

—Dime la verdad. ¿Has estado con alguien?

La pregunta me golpeó como una bofetada. Me quedé callada un segundo de más y él lo notó.

—Lo sabía —dijo, y la voz se le quebró de rabia—. Llevas días sin contestar bien a los mensajes. ¿Acaso crees que no lo he notado?

—¡No he hecho nada!

—Baja el tono.

—Tú lo has subido primero.

Oí cómo él respiraba al otro lado, agitado. De fondo se escuchaba el silencio de su habitación, tan distinto del ruido que me rodeaba.

Colgué. El corazón me latía tan fuerte que lo notaba en las sienes.

Me quedé un momento apoyada en la pared, mirando la pantalla en negro del móvil.

Un mensaje suyo llegó al segundo: “Teresa, coño, no cuelgues”.

Luego otro: “Contéstame, por favor”. Luego otro: “Perdona, me he pasado. Llámame, por favor”.

No llamé. Volví al pub, me acerqué a las chicas y les dije que me marchaba a casa antes de que las cosas fuesen a peor.

—¿Ha sido él?

—Sí.

—¿Muy gorda?

—Bastante.

—¿Por qué te vas? - la voz de Marc sonó detrás de mí y me hizo dar un respingo.

—Porque he discutido con mi novio y no quiero que las cosas se pongan peor.

—No te vayas - su voz era una súplica que hizo acariciándome la cara y plantándome un beso en los labios.

—Me tengo que ir. Además, hemos bebido más de la cuenta y llevas toda la noche intentando seducirme. ¿Miento?

—No, no mientes. Y respeto que tengas novio y no quieras liarte conmigo, pero tampoco estamos en el medievo, y supongo que no hay nada de malo en que salgas de fiesta, ¿no?

No di más detalles. No quería. Dentro de mí se acumulaba una sensación rara: por un lado, la culpa de haberle dejado colgado; por otro, una claridad molesta.

Aquella escena me había parecido fatal. No por los celos en sí, sino por el tono, por la orden, por la forma en que había convertido mi noche con mis amigas en una traición.

Me había hablado como si yo fuera una adolescente a la que hay que vigilar, no una mujer de veinte años que se va de viaje cuatro días.