CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 3. Un noviazgo peculiar #3
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3. Un noviazgo peculiar #3

Pensé en Rubén. En aquel atardecer de agosto en la playa, cuando nos enrollamos y él me metió los dedos con demasiada fuerza.

Me había dolido. Había sangrado un poco en la toalla.

Nunca llegamos a follar, pero el himen ya no estaba.

Con los demás chicos había habido besos, alguna mamada torpe.

Nadie había estado dentro de mí. Técnicamente seguía siendo virgen, aunque mi cuerpo ya no lo fuera del todo.

Rafa no lo notó. Empujó hasta el fondo y soltó un gemido en mi cuello, convencido de que acababa de ser el primero.

Abrí los ojos y le acaricié la espalda.

—Así —le susurré—. Más profundo.

Empezó a moverse. Al principio con un ritmo inseguro, pero pronto encontró el apropiado.

Cada embestida me llenaba por completo. Yo levanté las caderas para recibirlo mejor y enlacé las piernas alrededor de su cintura.

Se me clavaban las piedras del suelo en la espalda, pero la sensación era maravillosa.

Sus manos me agarraron las caderas con fuerza.

Ya no había miedo en su mirada. Me follaba con una concentración casi seria, mirándome a la cara cada cierto tiempo, como si necesitara confirmar que yo seguía allí, que seguía queriéndolo.

Yo le devolvía la mirada y le mordía el hombro cuando la intensidad subía demasiado.

—Teresa… —dijo mi nombre entre jadeos—. Te quiero.

Sonreí contra su piel.

—Y yo a ti.

Aceleró. El sonido de nuestros cuerpos chocando se volvió más húmedo, más rápido. Yo metí una mano entre nosotros y me toqué el clítoris mientras él seguía embistiéndome. La doble estimulación me hizo arquear la espalda. Un gemido se me escapó de la garganta.

Él lo notó. Cambió el ángulo, empujando más hacia arriba, y de pronto cada embestida me daba exactamente donde necesitaba. Mis uñas se clavaron en su espalda. Las piernas me temblaban.

—No pares —le pedí, casi sin voz—. Ahí… justo ahí.

No paró. Me folló con una intensidad que ya no tenía nada de principiante. Yo sentía el orgasmo acercarse como una ola que subía desde el bajo vientre, caliente e inevitable.

—Me voy a correr —avisé, y mi voz sonó rota.

Él embistió más fuerte, más profundo, y yo llegué. El placer me atravesó en oleadas, cerrándome la garganta, contrayéndome alrededor de su polla. Gemí una vez, y luego otra, mientras las contracciones me sacudían.

Él no aguantó mucho más. Noté cómo se tensaba todo su cuerpo, cómo sus embestidas se volvían irregulares y profundas. Con un gemido ronco se corrió dentro de mí, apretándose contra mi sexo y enterrando la cara en mi cuello mientras se vaciaba.

Nos quedamos quietos, jadeando. Su peso me aplastaba de una forma agradable. Yo le acariciaba el pelo húmedo de sudor y sentía cómo su polla todavía latía dentro de mí, suavemente.

Durante unos segundos no dijimos nada. Solo el sonido de nuestra respiración y el leve crujido de la hojarasca cuando él se movió un poco para no aplastarme del todo.

Él levantó la cabeza y me miró. Tenía los ojos brillantes y una expresión de incredulidad, como si no se creyera del todo lo que acababa de pasar.

Yo le sonreí y le limpié una gota de sudor de la sien con el dedo.

Él no había notado nada. Y yo, no sentí la necesidad de explicar nada. Se incorporó un poco, y se tumbó a mi lado, se quitó el condón, lo anudó y lo dejó caer al suelo. Luego me acercó a él, me abrazó y me dio un tierno beso en los labios.

A partir de aquella noche todo empezó a rodar con una naturalidad que casi me asustaba.

Rafa se volvió más seguro en la cama y fuera de ella.

Quedábamos casi a diario. Íbamos al cine, paseábamos por el parque y sobre todo follábamos en cuanto se nos presentaba la oportunidad.

Con sus amigos yo era ya la novia oficial, y todos me trataban como tal.

Durante semanas pareció que el mundo se había reducido a nosotros dos y que nada podía estropearlo.

La sombra llegó en julio, cuando comenzó a acercarse la fecha de su marcha.

Aunque trataba de que no fuese muy evidente, por dentro sentía un hueco frío en el estómago.

Seis mil kilómetros de distancia y un año entero fuera eran más que suficientes razones para provocarme angustia y un nerviosismo que me concretaba que cada vez estaba más enamorada de él.

Y eso sólo sería el primer curso de los cuatro de los que se componía la carrera.

Empezamos a hablar de cómo aguantaríamos.

Él juraba que no cambiaría nada. Yo asentía y guardaba silencio, porque sabía que no sería fácil.

Fue entonces cuando aparecieron los celos.

Al principio eran cosas pequeñas: una pregunta de más cuando le contaba que había quedado con alguna amiga, una mirada desconfiada si algún chico me saludaba en la calle.

Después se volvieron más densos. Quería saber con quién había comido, a qué hora había llegado a casa, si había hablado con alguien en particular.

Yo me reía al principio y le quitaba importancia.

Le decía que era absurdo, que solo tenía ojos para él.

Él se disculpaba, me abrazaba y prometía que no volvería a pasar. Pero volvía a pasar.

A mediados de agosto él tuvo que viajar a Estados Unidos durante diez días para firmar los papeles de la residencia y cerrar la matrícula.

Aproveché. Llamé a las niñas —Carmen, Sara y Luci— y organizamos un viaje a Valencia.

Habíamos hablado de hacerlo antes de comenzar el curso y nunca encontrábamos hueco.

Ahora el hueco estaba ahí. Alquilamos un piso pequeño cerca del centro, hicimos las maletas en una tarde y nos plantamos en la ciudad el mismo día que el avión de Rafa despegaba.

Los primeros días fueron exactamente lo que necesitaba.

Playa por la mañana, siestas largas, copas por la noche, risas hasta las tantas.

Bailamos en locales donde nadie nos conocía.

Flirteamos sin consecuencias con tíos que nos invitaban a chupitos y copas.

Yo me dejé besar una noche por un chico de Barcelona en la terraza de un bar, solo un beso, corto y sin importancia, y luego me reí con las chicas del asunto como si fuera una anécdota cualquiera. No pensé en Rafa mientras ocurría.

Al día siguiente, el chico de Barcelona volvió a estar en el mismo sitio. Yo no le había visto acercarse y me dio un buen susto cuando me abrazó desde atrás.

—¿Bailamos? – preguntó susurrándome en el oído