3. Un noviazgo peculiar #2
El mes de mayo tocó fin y dio paso a un verano que se acercaba a pasos agigantados. Después de la tensión acumulada con los exámenes, se nos venían días de fiesta, nervios por las notas y por la elección de los estudios que íbamos a elegir.
Organizamos un día de campo para celebrar el final de la selectividad.
Acudieron todos nuestros amigos, algunos compañeros de clase y gente a la que no conocía de nada.
Habíamos comprado cantidades ingentes de alcohol, refrescos y algo para picotear.
Debido a la sequía que azotaba el centro de España ese año, estaba terminantemente prohibido encender fuego en la sierra, incluso en lugares que en principio estaban acondicionados para ello, así que tuvimos que conformarnos con sándwiches fríos de Rodilla, ensaladas y por supuesto, las copas.
La tarde pasó entre presentaciones, juegos de cartas, tonteo de mis amigas con sus amigos y música a todo trapo. Entre el alcohol y lo mucho que nos deseábamos, terminamos buscando un sitio donde tumbarnos sobre las mantas que habíamos llevado.
Los dos nos alejamos del grupo, en el que quién más quién menos estaba ya morreándose y comenzamos a andar. Caminamos cogidos de la mano. Nos miramos y no hicieron falta palabras. Los dos podíamos ver a través de los ojos del otro. Él rompió el hielo.
—Hoy… ¿querrás hacerlo? — lo preguntó con miedo, como si temiese una nueva negativa por mi parte.
—¿Ha cambiado algo de ayer a hoy? — le pregunté para hacerle sufrir.
—A ver… me gusta mucho lo que tenemos. Creo que, aunque no lo hayamos formalizado, siento algo especial por ti, y me gustaría mucho que fuésemos novios.
Su impericia era palpable, y me generaba cierta ternura.
Sin ser yo ninguna experta, sí había tenido algunas relaciones anteriormente.
Eso me daba algo más de seguridad de la que tenía él, aunque a la vez me preocupaba que pudiese enfadarse cuando se enterase de que no era virgen.
Probablemente no me costaría demasiado fingir que sí lo era, pero no quería engañarle en aquello.
—¿Y no has pensado que tal vez, formalizarlo antes, sea un buen inicio?
—Claro, claro… —Rafa cogió impulso y empezó a hablar a una velocidad supersónica, —Me gustas mucho, Tere. Me encanta poder hablar contigo de todo. Me encanta quedar contigo que nos sentemos juntos, ir a la bolera…Me gusta formar parte de tu vida, pero…
—¿Pero?
—Bueno, pues que creo que estamos listos para ir un paso más allá. Cuando te toco, pierdo la respiración, y cuando nos calentamos me pongo a cien. Y creo que tú también.
—¿Y en qué estás pensando exactamente?
—¿Quieres que salgamos juntos? ¿Ser mi novia?
Respondí que sí. Que me gustaba la idea de ser su novia. Su cara se iluminó de una forma casi infantil, y por un segundo sentí un pequeño nudo en el pecho.
Nos besamos. Fue un beso largo, más seguro que los anteriores, como si la palabra “novios” le hubiera dado permiso para atreverse. Cuando nos separamos, su respiración era irregular y tenía las mejillas encendidas.
—¿Ahora… podemos? —preguntó en voz baja, casi como si temiera que alguien pudiera oírnos.
Lo miré un momento, disfrutando de esa inseguridad que se le notaba en los hombros ligeramente encogidos, en la forma en que no sabía dónde poner las manos.
—¿Podemos qué, Rafa? —dije, fingiendo no entender. Me gustaba hacerlo sufrir un poco.
Él tragó saliva.
—Lo de… ya sabes. Estar juntos. De verdad.
Me acerqué más y le acaricié el pecho por encima de la camiseta, sintiendo el latido acelerado bajo la tela.
—¿Y qué es “de verdad” para ti? —susurré.
Se quedó callado unos segundos. Sus ojos buscaban los míos y luego se desviaban, como si le diera vergüenza sostener la mirada.
—No quiero precipitarme —dijo al fin—. Sé que tú… bueno, que tienes tus límites. No quiero hacerlo mal. No quiero que te arrepientas.
Aquella confesión me removió por dentro. Me dio pena y, al mismo tiempo, un extraño poder. Él era más alto que yo, más fuerte, pero en ese momento parecía frágil. Y yo, que llevaba días deseando acostarme con él, disfrutaba de esa fragilidad.
—No creo que me vaya a arrepentir.
Le di un beso en la comisura de los labios y luego otro en el cuello. Sentí cómo se estremecía.
—¿Seguro? —insistió él, con la voz un poco ronca—. Porque si dices que no, paramos.
—Lo sé —contesté—. Y no quiero parar.
Le tomé la mano y la guie hasta mi cintura, debajo de la camiseta. Su palma estaba caliente y un poco húmeda de los nervios. La dejé ahí un segundo, sintiendo cómo dudaba, cómo no se atrevía a subir ni a bajar.
—Toca —le dije suavemente.
Obedeció. Sus dedos subieron despacio por mi costado, deteniéndose cuando llegaron al borde del sujetador. Noté la tensión en su brazo, la forma en que contenía la respiración.
Asentí y le besé de nuevo, esta vez con más intensidad. Mientras nuestros labios se buscaban, él se atrevió un poco más. La yema de sus dedos rozó la piel bajo el sujetador y yo solté un suspiro deliberado, más largo de lo necesario, solo para ver cómo le temblaba la mano.
—Me gusta —le susurré contra la boca—. Sigue.
Se atrevió a desabrocharme el primer botón de la camisa.
Luego el segundo. Cada movimiento era lento, casi reverente, como si temiera romper el embrujo del momento.
Yo, en cambio, sentía un calor creciente entre las piernas y una impaciencia que me costaba disimular.
Quería que fuera más rápido, que me tocara con menos miedo, pero al mismo tiempo no quería perder aquella inseguridad suya. Me excitaba.
Cuando la camisa quedó abierta, él se quedó mirándome el pecho unos segundos, sin decir nada. Yo me quedé quieta, dejando que me observara.
—Eres… —empezó, y se interrumpió—. No sé cómo decirlo.
—Dilo —le animé, sonriendo un poco.
—Hermosa. E… intimidante.
Me reí.
—¿Intimidante?
Me incorporé un poco y le quité la camiseta de un tirón, más brusca de lo que él esperaba. Él se dejó hacer, sorprendido. Puse las manos en su pecho desnudo y sentí el corazón golpeándole las costillas.
Le guie la mano hasta uno de mis pechos, ya sin el sujetador. Él apretó, demasiado suave, como si temiera hacerme daño. Yo arqueé la espalda ligeramente, empujándome contra su palma.
—Un poco más fuerte —le susurré.
Obedeció. Sus dedos se cerraron con más decisión y yo solté un gemido.
Eso pareció darle valor. Se inclinó y me besó el cuello, luego la clavícula, bajando despacio.
Cada vez que sus labios tocaban mi piel, yo notaba el temblor de sus manos y la forma en que contenía la respiración, como si estuviera a punto de cometer un error.
—Rafa… —dije, y él levantó la cara de inmediato, preocupado.
—¿Qué? ¿He hecho algo mal?
—No. Al contrario. Sigue.
Me desnudé por completo, y él me miró embobado. Nunca me había visto desnuda del todo y se quedó mirándome un segundo, con la boca entreabierta, y luego bajó la cabeza y posó los labios en mi pecho. Comenzó a besarme y a lamerme los pezones. Yo le acaricié el pelo y le susurré que no se detuviera.
Mientras tanto, mi otra mano bajó por su abdomen hasta el cinturón. Noté cómo se tensaba todo su cuerpo cuando mis dedos rozaron la hebilla.
—¿Puedo? —pregunté. Era la primera vez que le iba a tocar.
Él asintió, sin palabras. Le desabroché el pantalón con calma, dejando que la espera lo volviera todavía más nervioso. Cuando pasé la mano por encima del calzoncillo, él soltó un jadeo ahogado y apretó los ojos.
—Teresa…
—Madre mía, Rafa. —observé, casi con sorpresa.
Acaricié con lentitud, sintiendo el calor y la tensión bajo la tela. Él temblaba. Yo también, aunque por motivos distintos. Parte de mí quería quitárselo todo de una vez y montarme encima. Otra parte, más cruel y más curiosa, disfrutaba de alargar el momento, de verlo al borde de la desesperación.
Le baje el pantalón y el calzoncillo juntos. Él se levantó un poco para ayudarme. Cuando quedó desnudo, se quedó quieto, como esperando un juicio. Yo lo miré con calma, dejando que pasaran unos segundos más de los necesarios.
—No está mal. Nada mal —dije al fin, con una sonrisa.
Él soltó el aire que estaba conteniendo.
Estaba completamente desnuda frente a él. Su mirada bajó y subió varias veces, como si no supiera dónde posarse. Yo me senté de nuevo en la manta y le hice una seña para que se acercara.
—Ven aquí.
Se arrodilló entre mis piernas, inseguro todavía. Le tomé la cara entre las manos y lo besé con lentitud, mientras con una de mis piernas rozaba su costado.
—Tócame —le pedí.
Su mano subió por el interior de mi muslo.
Dudó cuando llegó cerca, y yo abrí un poco más las piernas para facilitárselo.
Cuando sus dedos me rozaron por primera vez, ambos soltamos el aire al mismo tiempo.
Él estaba siendo cuidadoso, pero yo estaba tan excitada que incluso esos toques inseguros me hacían respirar ansiosa.
—Así… un poco más arriba —le guie en un susurro—. Ahí. Sí...
—Teresa… ¿estás segura?
Lo miré a los ojos y le acaricié la mejilla.
—Estoy segura —respondí—. Quiero que seas tú. ¿Habrás traído condones, supongo?
—Sí, sí. Los llevo en los vaqueros.
Buscó en el bolsillo de los pantalones, y tras rasgar el paquete, se lo colocó con cuidado.
Abrí más las piernas y lo atraje hacia mí.
Rafa se colocó entre ellas con naturalidad.
Sentí la punta de su polla rozarme y, por un segundo, el mundo se redujo a esa presión cálida y a la forma en que me miraba.
Le animé con la mirada. Él empujó despacio.
Noté cómo me abría, cómo su grosor me llenaba poco a poco.
No hubo resistencia de himen, ni ese pequeño desgarro mítico del que todo el mundo habla, pero él no se dio cuenta de nada.
Siguió avanzando con cuidado, concentrado en no hacerme daño, y yo cerré los ojos un instante.