3. Un noviazgo peculiar
Un noviazgo peculiar
Cuando nos conocimos.
Rafa era guapo. Tenía los ojos marrones, unos labios carnosos y bastante apetecibles, su nariz era grande y le confería cierta personalidad a una cara angulosa y francamente varonil.
Era alto, delgado y bastante atractivo. Debajo del polo que vestía, se adivinaban unos músculos marcados, pero para nada excesivos.
No eran músculos de culturista, sino de alguien que practica deporte habitualmente.
Estábamos a mediados de mayo, y la cercanía de la PAU era como una sombra para todos los que teníamos unos objetivos académicos elevados. Yo quería estudiar medicina, y pese a llevar un expediente impoluto durante todo el bachillerato, no podía despistarme si no quería ahogarme en la orilla.
Pese a que me pasaba los días encerrada en casa estudiando, los viernes solíamos salir a relajarnos y a dejar a un lado toda la tensión de los estudios, e incluso también salíamos algunos sábados.
Recuerdo que era el día de mi cumpleaños. Esa tarde habíamos quedado para ir a tomar unas cañas en “La Bolera”, una sala de juegos con mesas de billar, bolera, e infinidad de máquinas de todo tipo. Disponía también de una zona de tragaperras, a la que teníamos vedada la entrada por ser menores.
Carmen y Luci, mis mejores amigas, habían quedado con gente de otro instituto.
No tenía yo demasiadas ganas de conocer gente nueva, pero a pesar de mis reticencias iniciales, resultaron ser tres tíos de lo más divertidos.
Luci insistió hasta la extenuación en quedar con ellos, ya que le gustaba Pablo, el más pijo de los tres.
Pasamos todo el camino hasta La Bolera bromeando y contando anécdotas de nuestros respectivos institutos.
Pablo y Miguel, eran muy simpáticos, y se pasaron todo el camino haciéndonos insinuaciones de todo tipo, para el disfrute de Luci, que estaba colada por él.
Rafa era simpático también, pero bastante más callado, era un tío serio y realmente tenía cierto aire misterioso que lo hacía de lo más interesante. Además, me miraba de forma diferente y era distinto de los demás tíos con los que solía salir.
De camino a la bolera, paramos en un parque a tomarnos unas cervezas en el banco de siempre.
Normalmente, no solíamos ir a los macro botellones que se formaban en el centro, pues rara vez no terminaban en peleas multitudinarias o iba la policía.
Las posibilidades de terminar con un botellazo en la cabeza o con un porrazo en la espalda, eran demasiado altas, y a ninguna de nosotras nos apetecía terminar la noche en urgencias o en la comisaría.
A las ocho de la tarde llegamos al bar. Carmen y Luci, querían jugar al billar, aunque yo prefería echar unos bolos.
La verdad es que no era muy buena con los tacos, y me parecía mucho más divertido una partida a los bolos por equipos.
Me fijé que Rafa era un bomboncito. Estaba guapísimo.
Pantalón chino color caqui, polo Ralf Laurent de color azul y zapatos Castellanos burdeos.
A medida que transcurría la tarde, se hizo evidente que Rafa estaba más que interesado en mí.
Después de una partida de chicos contra chicas, en la que el resultado fue más igualado de lo esperado, se dirigió a la barra, y pidió unas copas.
Saludó a los camareros con complicidad y se acercó a mí con un vodka con naranja.
Luci seguía insistiendo en que jugásemos por parejas, pero Rafa prefería charlar un rato.
Nos fuimos a tomar la copa a unos asientos que había al fondo del local, en los que, pese a que no existía la menor intimidad, acababan las parejas que querían enrollarse un rato.
Hablamos de la próxima selectividad y de nuestros planes para el futuro inmediato.
Rafa debía de ser de familia con pasta, porque tenía pensado ir a estudiar la carreta a Estados Unidos.
Algo relacionado con finanzas, aunque si tengo que ser sincera, no le presté demasiada atención, concentrada como estaba en aquellos labios que estaban pidiendo a gritos ser besados.
No sé si fue capaz de leerme la mente, pero de forma inesperada me plantó un beso.
Fue un beso cauto, que rozó la comisura de mis labios.
Me quedé aturdida un momento y en cuanto reaccioné, le planté mis labios en los suyos, y nuestras lenguas se encontraron con timidez.
Tras aquel primer contacto físico, el ambiente entre nosotros cambió por completo.
—Eres preciosa.
—Gracias. - los dos nos reímos—. Tú también estás muy guapo.
—No tanto como tú — dijo rozando mi mejilla con sus dedos.
Nos enrollamos hasta que me dolió la lengua de tanto morrearnos. Llevábamos más de media hora sin parar, y era hora de hacer otra cosa.
—¿Jugamos esa partida por parejas? Te advierto que soy muy mala.
—No eres tan mala. Antes casi nos ganáis. — dijo mientras se levantaba y nos dirigíamos de nuevo a la zona de bolos. —Vale, chicos, juguemos por parejas.
Por selección natural, Carmen terminó con Miguel, y Luci con su deseado Pablo. Estuvimos jugando durante más de una hora. Recuerdo que Rafa y yo ganamos una de las partidas.
—¡Madre mía, qué calor! — dije algo aburrida ya de jugar a los bolos.
—¿Damos un paseo?
—Vale — le tomé de la mano y salimos del salón de juegos. Me apetecía estar a solas con él.
Comenzamos a andar y ninguno habló demasiado.
Casi por inercia, volvimos hacia el parque en el que habíamos tomado las primeras copas y no hicieron falta palabras, sólo una mirada.
Una mirada que desató la pasión. Había habido una química brutal entre nosotros, pese a que no nos conocíamos de antes, me sentía la mar de a gusto con él, y creo que fue algo recíproco.
Besos, caricias, más besos, más caricias.
Sus labios eran tiernos y calientes. No eran los primeros labios que me besaban, pero sentí un extraño cosquilleo en el estómago, y también, por qué no reconocerlo, entre las piernas.
Pasaron minutos, quizás horas, pero el tiempo pareció detenerse mientras nuestras lenguas jugaban en una húmeda danza.
—Oye, ¿nos vamos a un sitio más tranquilo donde poder besarte sin que nos puedan ver? Detrás de aquellos setos hay un banco alejado de las miradas de los curiosos.
Sabía lo que pretendía, y a mí aquella idea no me desagradaba en absoluto, así que acepté la propuesta.
—Vale, vámonos.
Cogidos de la mano desaparecimos por el entramado de árboles y arbustos del parque. Rafa caminaba vigilando que no nos siguiera nadie.
Encontramos el sitio perfecto entre los árboles, y por suerte, no había nadie en el banco.
Rafa comenzó a besarme con más intensidad, pero manteniendo las manos quietas.
Nos abrazamos, nos acariciamos y poco a poco, empezó a aventurarse cada vez de forma más osada, supongo que para comprobar hasta donde estaba dispuesta a llegar.
¿Me estaba tocando las tetas? Pues sí, me estaba tocando las tetas por encima del sujetador. Lo hacía de una forma suave, demasiado para mi gusto.
—Tere, ¿te molesta? - dijo mirándome con cierto miedo a que le mandase parar.
—No. Puedes hacerlo por debajo, si prefieres.
Con cierta torpeza, metió las manos por debajo de las copas del sujetador, sin desabrochármelo y comenzó a masajeármelas.
Cada vez que sus dedos rozaban mis pezones, sentía una pequeña oleada de placer, pero no parecía tener demasiada experiencia en acariciar a una chica.
Yo ya me había enrollado antes con algunos tíos, y aunque he de reconocer que, todos se lanzaban como locos a pellizcarme los pezones, lo hacían con más pasión de la que mostraba él en aquellos momentos.
Al poco, su mano abandonó mis tetas, y se colocó sobre mi muslo.
Yo llevaba un vestido veraniego largo pero flojo, que daba acceso a mis piernas sin demasiados problemas.
Enseguida la mano empezó a subir y a acariciarme el interior de los muslos.
Tenía dos opciones: abrir las piernas y darle acceso a mi sexo, o negarme. Opté por cerrar las piernas.
—¿Tere?
—Dime.
—Quiero pedirte una cosa…
—Pide por esa boquita – dije sin dejar de reír.
—Verás, sé que es la primera vez que quedamos…
—Ni se te ocurra pensar que me vas a tocar ahí abajo o mucho menos, que me vas a follar. Rafa, me gustas mucho, pero no estoy preparada para eso y menos en un parque a la vista de cualquiera.
—Lo sé. Tranquila. No te iba a pedir que hiciéramos… eso.
—¿Entonces?
—Pero sí quiero decirte que me gustas mucho, y que me encantaría que nos volviésemos a ver.
—En ese caso… un buen comienzo sería que sacases la mano de entre mis piernas.
Rio con ganas y acabamos los dos riendo hasta que volvió a besarme y a tocarme otra vez las tetas y mi risa pasó a ser un gemido sordo. Estaba muy salida, pero una tenía que hacerse valer.
Y no hubo más palabras, sólo besos y caricias, aprendiendo con el tacto, con el roce de nuestras manos paseando por todos los rincones de nuestros cuerpos.
Pasado un buen rato emprendimos el camino de vuelta a casa entre besos, abrazos y caricias.
Pasaron los días, y las semanas, cuando nos encontramos en plenas pruebas de selectividad.
Rafa y yo nos convertimos en inseparables, y dábamos rienda suelta a nuestras hormonas casi siempre que nos veíamos.
Siempre encontrábamos alguna excusa para vernos por las tardes, después de estudiar y evidentemente los fines de semana.
Alternábamos sesiones de estudio, con paseos de la mano.
Otras veces me ayudaba a estudiar inglés o yo le ayudaba a él con la física, que era su caballo de batalla.
Tengo que reconocer que era muy buena en la materia y me lo pasaba genial explicándole los problemas más complicados de la asignatura.
Ahí fue donde comprobé que sus padres tenían dinero para aburrir, y que Rafa vivía prácticamente solo durante los días de semana.
Sus padres viajaban prácticamente de lunes a viernes, y salvo su hermana, en la casa no solía haber nadie nunca, lo cual facilitaba nuestros escarceos cada vez más atrevidos.