CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 2. ¿Me lo vas a contar? #3
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2. ¿Me lo vas a contar? #3

—Eso es exactamente lo que me preocupa —dije al fin—. Que te caliente. Porque yo no sé si dentro de seis meses esa excitación se va a convertir otra vez en celos. Y no estoy dispuesta a volver a ese momento.

Él asintió despacio, como aceptando el golpe.

—Tiene sentido que lo digas. Pero déjame intentarlo. Déjame demostrarte que esta vez es distinto.

Comencé a hacerle una paja. Mi mano subía y bajaba lentamente mientras hablábamos de aquello. Seguí moviéndola con más calma, casi distraída. La conversación me tenía descolocada y había una tensión distinta entre nosotros.

—Hay otras cosas que también han cambiado —continuó él, de pronto—. Cosas más pequeñas.

—¿Como cuáles?

Dudó un segundo. Luego sonrió con cierta timidez, rara en él últimamente.

—Me gustaría verte en topless en la playa.

Me quedé quieta. Literalmente dejé de moverme.

—¿Qué?

—En topless. En la playa. Este verano, si vamos. Me gustaría.

Parpadeé, sorprendida de verdad.

—¿Tú? ¿El mismo que hace años me lo había prohibido?

—El mismo —admitió—. Pero ya no soy ese.

Me reí, esta vez con más incredulidad que humor.

—Rafa, hace no tanto te ponías nervioso si me bajaba un poco el tirante del vestido en una terraza. ¿Ahora quieres que me quite la parte de arriba del bikini delante de todo el mundo?

—Sí.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros mientras suspiraba ante mis caricias.

—Porque me gusta la idea de que te miren. De que vean lo que yo veo cada noche. Y de que sepan que luego te vienes a casa conmigo. Antes eso me hubiera matado de celos. Ahora… ahora me pone.

Me pasé una mano por la cara, todavía procesando.

—Esto es nuevo.

—Lo sé.

—Muy nuevo.

—También lo sé.

Me incliné y le besé la comisura de los labios, casi como para ganar tiempo.

—¿Y no te da miedo que luego te arrepientas? ¿Que un día en la playa me veas hablando con alguien con las tetas al aire y se te vuelva a retorcer el colmillo?

—Claro que me da miedo —respondió mirándome fijamente—. Pero ya no quiero que el miedo mande. Quiero probar.

Lo estudié en silencio. Su expresión era abierta, casi vulnerable. Ya no estaba el chico celoso que me gritaba por teléfono desde otro continente. Había algo distinto. Más adulto. Más peligroso, quizás, pero de otra manera.

—No sé si estoy preparada para eso —dije al fin—. Ni para contarte mis polvos del pasado ni para quitarme el bikini en la playa mientras tú miras quién me mira.

—No miraré quién te mira. Disfrutaré de las miradas —suavizó—. Solo… quiero que sepas que ya no soy el mismo. Que estas ideas me rondan. Y que me excitan de una forma que antes no me permitía ni admitir.

Volví a mover la mano arriba y abajo, recuperando un poco el ritmo. Él cerró los ojos un momento y soltó el aire.

—Todavía me cuesta creértelo —confesé—. Durante mucho tiempo tus celos fueron el problema más grande que tuvimos. El que nos separó. Y ahora resulta que quieres escuchar cómo me follaban otros y que me ponga en topless para que me miren.

—Porque ya no tengo que competir con la distancia —dijo—. Porque ahora estás aquí. Porque cada noche duermes a mi lado. Eso cambia las reglas.

—¿O solo cambia la forma en que te excitas?

Él abrió los ojos y me sostuvo la mirada.

—Quizá las dos cosas.

Me mordí el labio. Por un lado, una parte de mí —la parte que había disfrutado de su inseguridad años atrás, la que había sentido poder cuando él temblaba— se sentía extrañamente intrigada. Por otro, la mujer que había sufrido sus ataques de celos se mantenía en guardia.

—No te voy a contar mis polvos —dije con claridad—. Al menos no ahora. Y no porque quiera guardármelos como un secreto sucio. Sino porque no confío del todo en que esa excitación que dices sentir vaya a quedarse solo en excitación.

Él asintió, aceptando el límite sin pelearlo esta vez.

—Y lo del topless… —continué— me pillas de nuevas. Antes te incomodaba que enseñara demasiado. Ahora quieres que enseñe más. Es un cambio grande.

—Lo sé.

—¿Y si lo hago y luego te sienta mal?

—Entonces te lo diré. Como con cualquier otra cosa. Pero créeme, que eso no va a pasar.

Me quedé mirándolo un rato largo, moviendo mi mano con lentitud, sintiendo cómo la conversación se había metido entre nosotros de una forma casi tan íntima como el sexo mismo.

—Has cambiado —murmuré al fin—. O al menos estás intentando convencerme de que has cambiado.

—Estoy intentando ser honesto y decirte, que siento que necesito algo más para excitarme —corrigió.

Le acaricié el pecho, pensativa.

—Yo prefiero no hacerlo. Por favor, respeta esa parte de mi vida. No creo que sea lo que necesita nuestro matrimonio. Dejemos las cosas como están, creo que nos va razonablemente bien.

—Como quieras… Pero necesito que sepas, que me frustra. Estoy siendo muy sincero contigo, y me gustaría que confiases en mí.

—Dame tiempo, ¿vale? Déjame pensar en todo este cambio.

—¿Acaso me queda otro remedio?

Rafa se giró en la cama sin dejarme terminar la paja que le estaba haciendo y me deseó buenas noches.

Lo conocía perfectamente, y aunque trataba de mostrarse de lo más normal, sabía que estaba enfadado por mi negativa, pero no quise volver a sacar el tema.

Apagué la luz de la mesilla, y le abracé por detrás.