CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 2. ¿Me lo vas a contar? #2
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2. ¿Me lo vas a contar? #2

Mis amigas, por su parte, eran un recordatorio constante de que se podía vivir de otra manera.

Ellas no dramatizaban. Follaban cuando les apetecía, se aburrían cuando se aburrían y cambiaban de pareja sin grandes discursos filosóficos.

Las veía reírse de ligues fallidos, compartiendo detalles sin pudor, y yo aprendía de esa falta de solemnidad.

El sexo no tenía por qué ser siempre trascendente.

A veces simplemente era placer, y eso bastaba.

Otras veces era una forma de sentirse viva después de una semana de exámenes.

Otras, una manera de olvidar temporalmente que mi corazón todavía tenía cicatrices.

Con el tiempo, aquella etapa se convirtió en una especie de educación sentimental y carnal al mismo tiempo.

Aprendí a distinguir entre el deseo que nace de la carencia y el que nace de la plenitud.

Aprendí que podía estar soltera y no sentirme incompleta.

Aprendí que mi cuerpo respondía con generosidad cuando dejaba de vigilarlo.

Y, sobre todo, aprendí que la libertad sexual no consistía solo en follar con quien quisiera, sino en no tener que justificarlo después ante nadie.

Cuando Rafa reapareció en mi vida años más tarde, yo ya no era la misma chica que había llorado por sus celos.

Había atravesado una temporada de exploración intensa, de amigas cómplices, de noches en las que el único criterio era el placer.

Había sido, durante un tiempo, una mujer ardiente que se permitía serlo sin pedir disculpas.

Y aunque ahora, en esta cama, con su mirada insistente pidiéndome detalles del pasado, sentía la tentación de cerrar esa puerta, por dentro sabía que aquella etapa había sido necesaria.

Había sido el momento en que dejé de ser solo su novia y empecé a ser, también, dueña de mi propio cuerpo.

Le acaricié el pecho y le besé en los labios. Rafa me miraba con esa insistencia que últimamente tanto me desconcertaba. Sus manos me acariciaban suavemente mientras me hablaba al oído, como si le diese vergüenza decir aquello demasiado alto.

—De verdad me excitaría —dijo, con la voz ronca—. Que me contaras las cosas que hiciste con otros. ¿Por qué te niegas a hacerlo?

Frené un poco el movimiento y lo miré con seriedad.

—No quiero, Rafa.

—¿Por qué no?

—Porque una cosa es fantasear mientras follamos. Inventarnos historias, decir tonterías calientes en el momento. Y otra muy distinta es que tú te sientes a escuchar los polvos reales que ha echado tu mujer. Eso no es lo mismo.

Él frunció el ceño, pero no soltó mi cintura.

—¿Y si te digo que ahora sí es lo mismo para mí? Que ya no me genera el menor rechazo. Al revés. Me excita pensar en ello.

Me reí por lo bajo, sin entender nada de lo que estaba escuchando.

—Te conozco demasiado bien. Estuviste años siendo el tío que se ponía hecho una fiera si un amigo me sonreía demasiado rato. ¿Ahora resulta que te pone oírme hablar de cómo me follaban otros?

—Eso era antes —insistió—. Antes tenía una gran inseguridad.

Estaba lejos. Tú eras… joder, Teresa, eras la chica a la que todo el mundo miraba y yo no podía hacer nada más que imaginarme lo que podías estar haciendo en mi ausencia.

Ahora estamos juntos. De verdad juntos. Ya no hay distancia.

Ya no hay esa amenaza constante de que alguien te quite de mi lado mientras yo estoy a miles de kilómetros.

Me incliné hacia delante y le apoyé las manos en el pecho, sin dejar de mirarlo.

—Eso suena muy bonito dicho así. Pero yo recuerdo perfectamente las discusiones. Las llamadas a las tres de la mañana. Las acusaciones. El tono. No se me ha olvidado lo que se siente cuando tu novio te habla como si fueras una sospechosa.

Él bajó la mirada un segundo y luego volvió a alzarla.

—Lo sé. Me equivoqué, pero soy otro, en ese aspecto. Fui un puto desastre de celos. Pero he cambiado. Y parte de ese cambio es que ahora… ahora me excita la idea de tu pasado. No me genera rabia. Me genera… otra cosa.

Me quedé callada un momento, sintiendo cómo su polla volvía a endurecerse. Respiré hondo.

—¿Y qué es exactamente esa “otra cosa”?

—Curiosidad. Excitación. La sensación de que eres más de lo que yo conocí entonces. De que hay una versión de ti que yo no llegué a tocar y que ahora, de alguna forma, puedo reclamar escuchándola.

Negué con la cabeza.

—No es reclamar. Es fisgonear en mi pasado, y no me gusta la idea de convertirme en el relato pornográfico de tu mujer para que tú te corras mejor.

Él me acarició el muslo con lentitud, como intentando suavizar el tono.

—No tiene por qué ser así. Podemos ir poco a poco. O ni siquiera hablar de nombres. Solo de sensaciones. De lo que te gustaba hacer. De lo que descubriste cuando ya no estabas conmigo.

—Rafa…

—Escúchame. Antes me aterraba la idea de que alguien más te hubiera tocado. Ahora… ahora me calienta. No sé explicarlo del todo. Solo sé que cuando imagino que otros te han deseado, que te han visto cómo te veo yo ahora, en lugar de enfadarme me excito.

Lo miré en silencio. Había sinceridad en su cara, pero también una especie de hambre nueva que no terminaba de fiarme.