CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 2. ¿Me lo vas a contar?
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2. ¿Me lo vas a contar?

¿Me lo vas a contar?

Cerré los ojos ante la cara absorta de Rafa situada a dos centímetros de la mía mientras me follaba.

—Sí… sí, No pares, por favor…

—Quiero que me lo cuentes. No te hagas más de rogar, Teresa.

Al abrir los ojos vi que me miraba fijamente y me hacía un gesto de asentimiento. Yo trataba de mantenerme fría y no caer en sus provocaciones. Aquella mirada y aquella insistencia de nuevo.

—¡Deja de preguntarme eso! — dije entre gemidos.

¿A qué viene que últimamente me pregunte por mis relaciones pasadas?

¿Cree que voy a caer en la trampa? Aunque tengo que reconocer que lleva mucho tiempo sin mostrar su cara más celosa, no quiero abrir ese melón.

Sus celos ya nos costaron nuestra relación en el pasado, y no pienso volver a tropezar en esa piedra.

Percibo cierta frustración en su gesto, como si mi negativa le dificultase alcanzar el orgasmo y correrse.

Para compensarle, le pido que me escupa.

Sé que es una de las cosas que le ponen a cien.

Lo hace, y yo saco la lengua para limpiarme los labios de los restos de su saliva.

Es como si hubiese activado un interruptor, que activa su corrida.

De repente, se echa hacia atrás, y comienza a correrse sobre mi tripa, dejándome empapada de blancos chorretones de leche caliente.

—¿Por qué te niegas? —preguntó con cierto enfado en la voz.

—¿A hablarte de mis antiguos amantes? Porque te conozco, Rafa. Eres celoso, y seguro que una parte de ti se excita al oír mis andanzas en el pasado, pero sé que, a la larga, eso nos traerá problemas.

—Eso era antes, cuando era un tío inseguro, que debía mantener una relación a distancia con una tía a la que perseguía todo el mundo. Eras la chica más guapa de la universidad, y yo estaba en Estados Unidos sin poder hacer nada. Eso ahora ha cambiado.

—¿El que fuese la chica más guapa? —dije fingiéndome ofendida.

—El estar en Estados Unidos sin poder hacer nada. —dijo besándome en los labios con su habitual suavidad.

—Es que no puedo llegar a entender que te excites escuchando cómo follaba con otros. Además, no pasó tantas veces. No me pasaba el día follando.

En mis años de universidad, después de que Rafa y yo lo hubiésemos dejado por sus constantes ataques de celos, había tenido mis escarceos.

Pero no fue solo eso. Fue algo más profundo, más físico y más mental al mismo tiempo.

Fue el momento en que por fin entendí que mi cuerpo no era un territorio en disputa ni una prueba de fidelidad constante.

Fue el momento en que dejé de pedir permiso para desear.

Recuerdo el alivio casi físico de los primeros meses sin él.

Como si me hubieran quitado un peso del pecho que ni siquiera sabía que llevaba.

Durante la relación a distancia, cada mensaje, cada foto, cada “¿con quién estás?” se había convertido en una pequeña cadena.

Yo me había acostumbrado a medir mis palabras, a suavizar mis salidas, a restarle importancia a cualquier hombre que se me acercara para que Rafa no se sintiera amenazado a seis mil kilómetros de distancia.

Cuando por fin cortamos, la primera sensación no fue de tristeza.

Fue de espacio. Un espacio enorme y silencioso donde de pronto cabía yo entera.

Y en ese espacio empecé a explorarme. No de forma teórica ni romántica.

De forma concreta, sudada, a veces torpe y a veces voraz.

Descubrí que me gustaba el sexo de una manera que durante la relación con Rafa había mantenido a medias.

Con él había habido deseo, sí, pero también una vigilancia constante de sus reacciones.

¿Se pondría celoso si gemía demasiado? ¿Se mosquearía si yo tomaba la iniciativa con demasiadas ganas?

Después de la ruptura esas preguntas se evaporaron.

Me quedé a solas con mi propia piel y con una curiosidad que había estado dormida.

Las amigas tuvieron mucho que ver. Carmen, Luci y Sara no eran exactamente un ejemplo de contención.

Nos llamábamos “las golfas” entre nosotras, con cariño y sin juicios de valor.

Ellas habían seguido follando con sus ligues de fin de semana durante mi año de noviazgo formal, y cuando me vieron libre me recibieron como quien abre la puerta de un club al que por fin te dejan entrar.

No me empujaron. Simplemente me mostraron, con naturalidad, que el deseo femenino podía ser ruidoso, insistente, incluso egoísta.

Que no pasaba nada por querer correrte sin tener que cuidar del ego de nadie.

Que se podía salir un jueves, beber hasta arriba, liarse con alguien cuyo nombre apenas recordabas al día siguiente y no sentir que habías traicionado nada esencial.

Al principio yo iba con más cautela. Había una parte de mí que todavía arrastraba el peso de la voz de Rafa en la cabeza, esa voz que convertía cualquier acercamiento masculino en una posible amenaza.

Pero poco a poco esa voz se fue apagando y dando paso a una ilusionante sensación de libertad.

Empecé a fijarme en lo que me excitaba de verdad: la forma en que un desconocido me miraba desde el otro lado de la discoteca, la tensión que me provocaba el no saber si aquella noche iba a terminar en mi cama o en la suya, el placer de decidir en el último segundo si quería o no.

Descubrí que me gustaba el control tanto como la entrega.

Que a veces prefería montar yo, marcar el ritmo, usar el cuerpo del otro para llegar exactamente donde necesitaba.

Otras veces me apetecía exactamente lo contrario: que me sujetaran las muñecas y me follaran sin demasiadas preguntas.

Había una libertad nueva en no tener que encarar reproches y alimentar egos.

Con Rafa cada encuentro sexual, incluso los mejores, terminaba diluyéndose en conversaciones posteriores cargadas de inseguridad.

“¿Te ha gustado más que otras veces?” “¿Has pensado en alguien más?” “¿Seguro que no echas de menos…?” Después de la ruptura con él, el sexo se quedó en eso, en puro sexo.

Podía ser tierno o podía ser sucio. Podía durar veinte minutos o tres horas.

Podía incluir conversaciones o apenas unas palabras.

Y al terminar, no había que rendir cuentas.

Esa ausencia de vigilancia me resultó embriagadora.

Me convertí, sin proponérmelo del todo, en una mujer más ardiente de lo que yo misma había sospechado.

No porque follara todos los días —que no era así—, sino porque cuando lo hacía, me lanzaba a ello sin frenos internos.

Aprendí a reconocer las señales de mi propio cuerpo con un conocimiento del mismo que antes no tenía.

Aprendí a identificar el momento exacto en que la excitación dejaba de ser mental y se volvía puramente física, la forma en que ciertas palabras dichas al oído me hacían mojarme al instante, la diferencia entre un orgasmo correcto y uno que me dejaba temblando y medio inconsciente durante varios minutos.

Empecé a pedir lo que quería. Empecé a decir “más fuerte”, “más despacio”, “no pares”, “así no”.

Y descubrí que la mayoría de los hombres, lejos de ofenderse, agradecían esa claridad.

¿Había sido Rafa un mal amante? Para nada.

Era intenso, imaginativo, y compensaba su (nuestra) inexperiencia con su intensidad y una nada desdeñable herramienta entre las piernas.

Lo que fallaba en Rafa no era eso, era la obsesión por controlarme y su desconfianza en mi comportamiento, algo que realmente me ofendía.

Recuperada mi libertad, mis amigas celebraban cada avance mío como si fuera un logro colectivo.

“Por fin te has soltado”, me decían. Y tenían razón.

Durante la relación con Rafa yo había sido una versión reducida de mí misma: cuidadosa, conciliadora, siempre pendiente de no activar sus alarmas.

Después me permití ser más incisiva, más directa, incluso más egoísta en la cama.

Había noches en las que salía solo porque me apetecía que alguien me deseara sin conocer mi historia.

Había mañanas en las que me despertaba en una cama desconocida y, en lugar de sentirme culpable, me sentía liberada.

Como si cada encuentro borrara un poco más la sensación de haber estado bajo la vigilancia de un gran hermano permanente.

No todo fue perfecto, claro. Hubo rollos mediocres, tipos que no escuchaban, mañanas de resaca emocional y física en las que me preguntaba si estaba pasándome de la raya.

Pero incluso eso formaba parte de la libertad recién estrenada.

Estaba aprendiendo los límites de mi propio deseo, no los límites que alguien había puesto por mí.

Y eso, después de años midiendo cada gesto para no herir la inseguridad de Rafa, lo sentía como recuperar un territorio que me pertenecía.

A veces, en medio de un polvo especialmente bueno, pensaba en él.

No con nostalgia exactamente, sino con una especie de asombro retrospectivo.

¿Cómo había permitido que el miedo a incomodarle condicionara tanto mi forma de gozar?

¿Cómo había llegado a creer que mi excitación debía pasar siempre por el filtro de su tranquilidad?

Esas preguntas no me amargaban el momento.

Al contrario: las usaba como combustible.

Cada vez que me corría sin tener que mirar de reojo la reacción de nadie, sentía que recuperaba algo.