CUANDO VUELVA TE LO CUENTO 1. Nota de la autora
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CUANDO VUELVA TE LO CUENTO

CUANDO VUELVA TE LO CUENTO

Por SELENA VALENTE

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1. Nota de la autora

Nota de la autora

Sé que esta temática genera rechazo en mucha gente.

Hay quien se ofende con todo lo que tenga que ver con la infidelidad consentida, y lo entiendo.

Siempre que el rechazo no se convierta en falta de respeto, me parece legítimo.

Después de escribir Cuando tu mujer se arregla para otro, me quedaron abiertas demasiadas preguntas sobre las motivaciones reales que llevan a un hombre a desear ver a su mujer en brazos de otro.

Disponía de las confesiones directas de Jose y de su mujer, con quien intercambié innumerables correos.

Ella estaba tan asombrada como yo ante esa faceta que había descubierto en su marido.

Esa sorpresa me impulsó a indagar más a fondo en otras historias.

No es sencillo separar el grano de la paja.

Muchas páginas y foros tienen una clara intención comercial.

Otras publican experiencias que cuesta creer.

Aunque, como ya he comprobado, en no pocas ocasiones la realidad supera con creces a la ficción.

Las parejas que hablan con sinceridad llegan a conclusiones parecidas, pero casi ninguna ofrece una explicación clara y definitiva de lo que sienten.

No pretendo escribir un ensayo psicológico —no soy tan osada—, pero sí he observado un patrón recurrente: muchos de estos hombres fueron celosos en los inicios de la relación y, con el tiempo, se desplazaron hacia el extremo contrario.

Hablan de una lucha interna constante entre el deseo y el dolor.

Algunos disfrutan llevando esa tensión hasta la humillación.

Otros, por el contrario, sienten que mantienen el control precisamente porque son ellos quienes deciden el quién, el cuándo y el dónde.

Las mujeres ofrecen un abanico todavía más amplio.

Las hay que descubren una sexualidad nueva y se sienten liberadas.

Las hay que no terminan de entender qué le ocurre a su pareja y conviven con la situación desde la perplejidad.

Y las hay que, con el tiempo, hacen suya la dinámica y la convierten en algo propio, que disfrutan.

Uno de los juicios más frecuentes que he encontrado en foros y conversaciones es el que reduce al hombre a “poco hombre” y a la mujer a “puta”. Me parece un reduccionismo perezoso y, sobre todo, profundamente injusto.

¿Es un cornudo —como se le llama vulgarmente— menos hombre?

Depende de qué se entienda por hombría. Si la medida es la posesión exclusiva y el control celoso, entonces sí: estos hombres fallan en esa prueba.

Pero si la medida es la capacidad de sostener contradicciones emocionales complejas, de confiar de forma radical y de convertir lo que la mayoría considera una amenaza en una fuente de deseo compartido, entonces la respuesta es exactamente la contraria.

En las confesiones más lúcidas que he leído, el hombre no se siente disminuido.

Se siente elegido. Sabe que su mujer podría estar con otros y, aun así, vuelve con él todas las noches.

Esa certeza, lejos de debilitarlo, le otorga una forma de poder que no necesita imponerse por la fuerza.

Como escribió una esposa en un foro: “No perdió el control. Me dio la llave. Y eso requiere más seguridad de la que la mayoría está dispuesta a admitir”.

¿Y la llamada “hotwife”? ¿Es una puta?

Solo si aceptamos que cualquier mujer que ejerce su deseo fuera del guion tradicional de la monogamia lo es.

El estigma funciona de manera casi automática: a ella se la llama puta por hacer exactamente lo mismo que a él se le celebraría como conquista.

La diferencia es que ella lo hace con permiso, con comunicación y, en muchos casos, con un placer que ya no necesita esconder.

En los testimonios reales, las mujeres hablan menos de “ser putas” y más de reencontrarse con sensaciones que no creían posibles.

Hablan de poder elegir, de sentirse deseadas sin culpa y de descubrir que el deseo de otros no las resta, sino que las devuelve más enteras a su matrimonio.

El insulto, en este contexto, suele decir más de quien lo lanza que de quien lo recibe.

He encontrado hombres que disfrutan de la humillación y hombres que la rechazan de plano.

Mujeres que se sienten empoderadas y mujeres que se sienten confundidas.

Parejas que salen reforzadas y parejas que se rompen.

No hay una única verdad. Lo que sí hay, una y otra vez, es la misma pregunta de fondo: ¿qué ocurre cuando dos personas deciden mirar de frente un deseo que la sociedad prefiere mantener en la oscuridad?

Esta novela no pretende dar respuestas definitivas. Porque no las hay. Detrás de las etiquetas fáciles —cornudo, puta, degenerados…— suele haber algo mucho más humano y mucho más complejo: dos personas intentando no mentirse sobre lo que realmente las excita.

No me enrollo más. De aquí en adelante, serán Rafa y Tere los que os lo cuenten…

Besos, Selena.