CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 3 #12
34%

3 #12

Sin embargo, esta vez, no sé si producto del alcohol, se quedaron demasiado tiempo allí y Nuria se dio cuenta.

Avergonzado continúe como pude con la conversación y ella no dijo nada, aunque no pareció molestarle aquella larga mirada a sus tetas.

Llevábamos ya unas cuantas copas cuando Bea le dijo a Alberto que quería marcharse ya, que estaba muy cansada.

Alberto, como siempre, accedió a los deseos de su mujer y se retiraron, aunque yo noté que él se habría quedado un rato más de buena gana.

Guillermo bajó un poco la música. Carlos y Eva también se disculparon diciendo que querían ir temprano a la playa y que también se iban y Javier y Rosa dijeron que ellos se retiraban.

De repente nos habíamos quedado los cuatro solos.

Nos habíamos quedado un poco de bajón, aunque a Guillermo pareció que quedarse a solas con nosotros, le parecía mejor, pues inmediatamente comenzó a preparar otra ronda más.

—Son todos unos mataos. A las doce en la cama como cenicienta – nos dijo riéndose – Con los años cada vez están peor.

—Anda, no digas tonterías – le regañó Nuria – A ti lo que te pasa es que enseguida te animas y no sabes parar.

—Me animo a todo — le dijo haciéndole cosquillas y metiéndole mano descaradamente.

—Estate quieto — le volvió a regañar Nuria riéndose e intentando apartarse de él.

—Ya sé lo que vamos a hacer… – dijo Guillermo mientras se le iluminaba la cara y se dirigía a su apartamento.

— No, Guillermo, por favor ni se te ocurra – le dijo Nuria tratando de no gritar mientras Guillermo le hacía gestos de tranquilidad y que bajase la voz.

Adriana y yo nos miramos sin saber muy bien qué pasaba, mientras Nuria hacía gestos y nos decía que era imposible con él. Guillermo regresó con una bolsa y se fue a la parte de la piscina que tenía unos banquitos y una mesa. Le seguimos y nos sentamos los cuatro juntos.

—Esto es un secreto – nos dijo a Adriana y a mí mientras sacaba de la bolsa papel de liar, filtros, y lo que supuse que sería marihuana.

— De verdad que no puedes estarte tranquilo – le riñó de nuevo Nuria — ¿Qué van a pensar Jose Y Adriana de nosotros?

—Por nosotros no te preocupes Nuria – la tranquilizó Adriana – Estamos de vacaciones. No veo que darle un par de caladas a un porro, sea nada malo.

—¿Pues lo que le faltaba a Guillermo, gente que le siga el juego! – nos dijo mientras Guillermo preparaba el porro con habilidad.

Guillermo lo encendió y le dio un par de caladas pasándosela a Nuria. Ella también fumó y me lo pasó a mí y después yo a Adriana.

—Esta hierba es jamaicana. Me la consigue un amigo y la verdad es que es estupenda. – Nos explicó.

Todos permanecíamos atentos a sus explicaciones mientras el porro “rulaba”. La verdad es que con solo un par de caladas y todo el alcohol ingerido a mí personalmente se me empezó a subir rápidamente.

—Está bueníiiisima –dije mientras se me trababa la lengua, lo que provocó las risas de todos.

—Ya vemos, ya— se rieron bastante afectados también.

—Tu tranquilo que mañana no tendrás resaca – me aseguró Guillermo – Así os podréis ir a una de esas calitas que tanto os gustan a follar como conejos – Sabes Nuri –dijo dirigiéndose a su mujer – Hoy han estado en nuestra calita especial. Ya sabes, en la que…

—Guillermo cállate ya — le dijo Nuria – ni se te ocurra contarlo.

—Pero si son de confianza. No pasa nada, mujer – se excusó él con cara de no entender tantos remilgos.

—¿Qué pasa con esa calita? – preguntó Adriana sin saber de qué iba todo aquello, pero a la que le picaba la curiosidad.

—No pasa nada. Es una calita a la que vamos y en la que a Nuri le gusta hacer topless – le explicó —Hace años, cuando era todavía más solitaria que hoy, varias veces terminamos haciendo el amor sobre la arena. Es el efecto que siempre ha causado esta mujer en mí…

—De verdad que siempre lo cuentas todo. No sabes callarte. – protestó ella sin demasiada convicción.

—Hombre la verdad es que es un buen sitio para hacerlo – contó Adriana – Yo también lo he hecho. Este es el primer verano que lo hago y la verdad es que el sitio está muy bien porque no hay mucha gente.

—Sí, y sobre todo, que no suelen estar los tíos esos que van a venderte cosas y que parece que están esperando a que te pongas en topless para acercarse– dije yo.

—Esos son los peores – dijo Nuria riéndose – Acostúmbrate Adriana aquí es ponerse en topless y todos los negros van a ti. Fíjate que siguen viniéndome a mí y soy una vieja.

—Pero que dices de vieja – saltó Adriana – Yo te veo estupenda. ¿A que sí Jose?

Me quedé cortado ya que no me esperaba aquello. Sin embargo, envalentonado por el alcohol le dije que por supuesto, que desde luego seguía siendo una mujer guapísima. Quizás hasta exageré en la forma de decirlo porque Guillermo le dijo a modo de broma:

– Nuri, ten cuidado con este que es peor que los vendedores de la playa.

Yo como estaba francamente animado por el porro y el alcohol seguí con la broma diciendo que, porque estaba ya con Adriana que si no tendrían que tener mucho cuidado conmigo. Adriana empezó a decir que me ponía demasiado gallito cuando bebía.

—Pobrecito, si es una ricura – intervino Nuria poniendo cara de ternura – No como este descontrolado. Se toma dos copas y pierde el norte –dijo dirigiéndose a Guillermo.

—¡Oye, pues intercambio de parejas! – gritó Guillermo celebrándolo – Aquí eso se lleva mucho.

Adriana y yo cruzamos una mirada cómplice, y ella me guiñó un ojo. Era evidente, que había acertado con sus sospechas.

—Qué más quisieras tú – le cortó Nuria – Como que una belleza como Adriana se va a ir contigo. Vejestorio.

—Pero si no es por mi cariño, lo digo por ti, para que te lleves a un chico como Jose – dijo mientras me guiñaba un ojo y hacía que me quedase sin saber qué decir.

—Desde luego que me lo quedaba encantada, pero ya está con Adriana y yo contigo.

Esa mala suerte he tenido – dijo mientras nos reíamos – Bueno ya está bien por hoy.

Yo me voy a la cama que ya es tarde y esto se empieza a descontrolar – Dijo levantándose y marchándose sin darnos tiempo a intentar convencerla.

—Me acabo la copa y voy. Y prepárate, reina, que esta noche triunfamos – dijo Guillermo despidiéndola mientras ella nos decía adiós con la mano sin girarse y cambió a una peineta al escuchar a su marido.

Nos quedamos unos segundos callados en los que básicamente los tres bebimos lo poco que quedaba en nuestras copas. Como siempre Guillermo rompió el silencio.

—Vamos a bañarnos y luego a la cama. Esta noche la Nuri va a tener su ración – Soltó de repente quitándose la camiseta.

—Yo paso. Yo no me baño. Para una vez que tengo el pelo bien, no me lo quiero volver a mojar. Acaba como un estropajo – dijo Adriana tocándose la melena que brillaba a la luz de la iluminación de la piscina.

—Venga, anímate a estas horas está el agua buenísima. No metas la cabeza y punto – intentaba convencerla Guillermo.

—Qué no, que no me baño yo a estas horas – Dijo cerrando cualquier oportunidad.

Guillermo hizo un gesto de conformismo y se metió a la piscina. Adriana me miró esperando a ver qué hacía yo.

—Venga Adriana un bañito y nos vamos a acabar lo que tenemos pendiente— la intenté convencer.

—Jose, ya sabes que con este bikini no puedo. Se transparenta todo, ya lo has visto.

—¿Y qué? No pasa nada. Además, casi no hay luz. No se te va a ver nada.

—Estás loco. ¿En serio quieres que haga eso? ¿Pero a ti que te pasa? Guillermo va a verme hasta el útero si me meto en el agua.

—Bueno, haz lo que quieras, pero ya sabes que no me importaría – le confesé.

—¿No te importaría o realmente te gustaría?

—Veo que empiezas a pillarlo – dije en voz baja buscando su complicidad.

—En ese caso… Pero después no me montes un numerito de celos. Anda ve tu a bañarte que tengo que ir al baño a hacer pis – dijo tras unos segundos de silencio.

Me quedé alucinado y decidí hacerle caso. Necesitaba despejarme la cabeza, así que me fui al agua con Guillermo mientras veía como ella subía a casa. Supuse que iría a cambiarse el bikini, cuando desapareció tras los arbustos de nuestro jardín.

—¿Se va a dormir sin despedirse? – me preguntó Guillermo extrañad.

—No va al baño. Dice que ahora viene a bañarse.

—¿De verdad? –pregunto incrédulo – me tiene loco tu mujer. Es una preciosidad.

— Sí, bueno… pero no sé si se atreverá o se cambiará de bikini, pero… con el blanco que lleva ahora se le transparenta absolutamente todo cuando se moja – le dije a Guillermo.

—¿En serio? – preguntó con cara de incredulidad.

—Sí. Pero todo, todo. Pero no te hagas ilusiones porque me da a mí que se va a cambiar.

En ese momento apareció Adriana bajando de nuevo las escaleras del jardín que daban a la piscina.

Venia radiante con su bikini blanco en la oscuridad de las escaleras.

Se acercó hasta la piscina y se puso en el primer peldaño de las escaleras de entrada.

Estaba impresionante iluminada por los focos.

Su piel morena, sin marcas y aquel bikini resplandeciente que destacaba sobre ella.

—¡Anda está muy buena! – dijo al meter los pies.

—Venga métete, anda. – La animó Guillermo.

Adriana me miró. Veía en sus ojos como pedía mi consentimiento.

Ambos sabíamos perfectamente que en el momento que se mojase, todo su cuerpo quedaría expuesto a los ojos de Guillermo.

Simplemente hice un gesto con la cabeza para que entrase al agua.

Se hizo un moño en el pelo y se lo sujetó con una pinza y comenzó a bajarlas escaleras hasta que el agua cubrió su cuerpo.

Después nadó un poco hacia nosotros sin meter la cabeza en el agua.

—La verdad es que está buenísima –dijo al llegar a donde estábamos nosotros.

—Sí que lo está, sí – dijo Guillermo dándole un doble sentido que tal vez solo hubiese entendido yo.

Adriana se agarró al bordillo manteniendo su cuerpo totalmente cubierto por el agua.

—¿Bueno os ha gustado el sitio de la cena? – Preguntó Guillermo.

—Sí, me ha encantado la cena, la compañía y todo. Ha sido una noche muy agradable. –dijo Adriana nadando de forma un poco incómoda para que no se le mojase el pelo en el agua.

—La verdad es que me ha encantado. Tenemos que repetir otro día –confirmé yo.