CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 3 #11
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La cena finalizó y al salir del restaurante Guillermo propuso que fuésemos a tomar algo.

Eva y Bea dijeron que no, que luego había que conducir y que ya habíamos bebido bastante.

Evidentemente tenían razón, pero todos teníamos ganas de seguir con la noche, así que Guillermo, que siempre parecía tenerlo todo controlado, nos propuso que trasladásemos la fiesta a la piscina de la urbanización, aduciendo que allí podríamos beber lo que quisiésemos,

e incluso terminar dándonos un baño.

—Venga, animaos. Yo tengo bebida de sobra en casa. Compramos unos hielos de camino y lo tomamos tranquilamente allí mientras nos bañamos.

A pesar de que era el mayor de todos, parecía también el más marchoso. —Solamente hacen falta hielos. —Adriana dijo que los cogeríamos nosotros de camino.

Nos montamos de nuevo en los coches y cogimos rumbo la urbanización.

Habíamos quedado en parar en la gasolinera a comprarlos y nos desviamos siguiendo las indicaciones del navegador.

La gasolinera se encontraba a las afueras.

Por el camino le pregunté a Adriana que le había parecido la cena y me dijo que se lo había pasado muy bien, que habían estado pendientes de ella en todo momento.

Supuse que Guillermo desde que había regresado del baño habría estado imaginando sus tetas en todo momento sin dejar de mirarla.

Llegamos a la gasolinera y aparqué el coche en la parte trasera en una pequeña área de descanso para camiones.

Adriana se quedó en el coche mientras yo iba a comprar.

Cuando bajé vi que un poco más lejos, en un descampado, había un grupo de chicos haciendo botellón.

Seguí mi camino y compré un par de bolsas de hielos, volví al coche, guardé las bolsas en el maletero y me subí.

Al entrar vi la pierna de Adriana por fuera del vestido.

Su falda se había abierto y se le veían hasta las bragas, ya que se había recostado en el asiento, con las piernas ligeramente abiertas.

No pude resistirme y comencé a acariciársela.

Adriana, que estaba bastante achispada, se dejó hacer, e incluso empezó a morrearme con intensidad, llenándome la boca de su dulce saliva.

Con ese vestido me fue fácil llegar hasta sus braguitas que aparté fácilmente sin que ella pusiese ningún impedimento, más bien al contrario, abrió más las piernas para facilitarme la tarea.

Es lo que causa en mi mujer una copa de más. Se pone cachonda y se deja hacer.

Mi dedo rápidamente comenzó a acariciar su raja encontrándomela muchísimo más mojada de lo habitual, que no era poco.

La lengua de Adriana se introdujo con más fuerza en mi boca y yo al percibir su estado de excitación comencé a masturbarla a la vez que nos besábamos con pasión.

Adriana se separó de mí y se recostó sobre el asiento con las piernas cada vez más abiertas dejando que la masturbase a mi antojo.

Los ojos cerrados, las piernas abiertas, la boca semiabierta dejando escapar suaves gemidos… La imagen era espectacular.

De repente vi cómo se acercaba uno de los chicos del botellón con la aparente intención de mear junto a unos arbustos delante de nuestro coche.

No se había dado cuenta de nuestra presencia en el interior del coche, y mucho menos de lo que estábamos haciendo.

Adriana en ese momento abrió los ojos. Pudo ver como el chaval abría la cremallera del pantalón y se sacaba una polla nada despreciable y cómo se ponía a mear.

Sin siquiera haberme dado cuenta, había dejado de masturbar a Adriana y me fijé la forma en la que ella miraba la polla de aquel chaval meando.

– Sigue tocándome. No me dejes así ahora – Fue una orden seca y directa por parte de Adriana. Comencé de nuevo a mover mis dedos y a introducirlos en su encharcado coño. Los movía de la forma en la que sabía que a ella le gustaba. Ella seguía mirando absorta al chaval que se sacudía ya la polla.

Yo miraba y masturbaba a Adriana que seguía con sus gemidos.

– Nos ha visto — me dijo entre suspiros. Yo seguía masturbándola cada vez más rápido. El chaval se acercó al coche y en seguida se percató de lo que estaba pasando dentro.

–¿Os ha gustado mi polla? – Yo seguía masturbando a Adriana que estaba a punto de correrse. Entonces el chaval, visiblemente perjudicado, se acercó a la ventanilla y dio unos golpes en el cristal con los nudillos.

— ¿Por qué no abres y me la ves bien putita? ¿o prefieres chupármela? – dijo volviendo a dar más fuerte al cristal.

Adriana se incorporó y le gritó: — ¡Lárgate payaso!

El chaval no se lo tomó nada bien y empezó a llamar a los amigos diciéndoles que viniesen a ver a la zorra que se había encontrado.

La situación se ponía fea y Adriana me pidió que nos fuésemos de allí.

Era evidente que, contra todos aquellos chavales, no tenía nada que hacer, así que arranqué el coche y nos fuimos rápidamente de allí.

Cogí el camino a casa mientras los chavales nos gritaban de todo. Incluso nos tiraron una botella, que de milagro no acertó en el coche. Una vez que cogimos la carretera comenzamos a reírnos de la situación.

—Menudo imbécil le dije a Adriana.

—Ya nos vale tío. Cada vez estamos peor. Últimamente nos estamos pasando de la raya.

—Pues tú te lo estabas pasando en grande – le dije riéndome. —Y no le sacabas ojo al rabo.

—Se podía haber quedado quietecito y callado que estaba a punto de acabar. – confesó Adriana – Ahora llevo un calentón que no veas.

Me reí con ganas, mientras ella se recomponía el vestido y el pelo, que se le había revuelto.

—Tenía un buen rabo el tío.

—Calla anda – me dijo un poco avergonzada pero animada por todo el alcohol tomado durante la cena – Aunque sí, el chaval tenía una muy buena polla – confesó riéndose.

En ese momento le sonó el teléfono. Me lo enseño riéndose viendo en pantalla que quién llamaba era Guillermo.

Nos preguntó dónde estábamos. Adriana le dijo que no tenían hielos y habíamos tenido que ir a buscarlos a otra gasolinera pero que ya estábamos en camino, para no tener que decirle que nos lo habíamos empezado a montar en el coche.

Que en cinco minutos llegaríamos. Guillermo le dijo que nos esperaban todos en la piscina.

—Lo tienes loco. No hay más que ver cómo te mira.

—Sí. Yo también se lo noto. Pero me incomoda. Es simpático, pero demasiado intenso.

Aparqué el coche y salimos. Adriana se colocó bien el vestido y entramos en el apartamento. Bajé los hielos a la piscina mientras Adriana pasaba al baño. Estaban esperando ansiosos que los llevásemos para preparar las copas.

Cuando subí, Adriana me pregunto si se cambiaba o bajaba así. Le dije que estaban todos en bañador.

–Vale, pero yo no me pienso bañar – me dijo.

Le dije que hiciese lo que quisiera y vi que subía a cambiarse.

Empezamos a desnudarnos los dos en la habitación.

Yo me desnudé rápidamente y me puse el bañador mientras ella cuidadosamente colgaba el vestido en el armario.

A continuación, se desabrochó el sujetador y se quitó las braguitas dejándolas caer al suelo.

Me fijé en ellas y tenían una mancha de humedad enorme.

Me excitó muchísimo saber el grado de excitación en el que se encontraba.

Sentado en la cama la agarré del brazo, la giré hacia mí y eché mano a su raja.

Estaba empapada. El olor de su excitación me alcanzó.

Comencé a masturbarla, pero me sujetó la mano y me dijo:

–Venga, vámonos. Que nos están esperando desde hace un buen rato. Ya habrá tiempo luego. Porque no me puedes dejar así. Estoy a cien.

Pese a la decepción, tenía razón, pues ya nos habíamos retrasado bastante con el numerito en la gasolinera. Me levanté y le dije que iría bajando a la piscina. Adriana se quedó cambiándose.

Bajé a la piscina y enseguida Nuria, con su eterna sonrisa, me ofreció una copa. Me preparó un gin - tonic y me lo acercó mientras hablaba con Eva que se unió a la conversación. Guillermo hablaba con Javier y con Bea y me echó una mirada cómplice cuando vio que me quedaba hablando con su mujer.

A los pocos minutos apareció Adriana bajando por la escalera.

Estaba espectacular. Llevaba una camiseta blanca suelta de tirantes totalmente playera.

Su bikini blanco se veía por debajo. Una faldita bastante corta y unas chanclas.

Todos los ojos se posaron en ella, mientras yo me dedicaba a observar las caras de todos.

Eva torció un poco el morro en señal de desaprobación o de genuina envidia femenina.

Rosa y Nuria permanecieron indiferentes Todos los tíos trataban de disimular las miradas hacia mi esposa, a excepción de Guillermo que claramente se la comía con los ojos sin prácticamente cortarse.

Al igual que había pasado conmigo Nuria en seguida se acercó a Adriana y le ofreció una copa.

Se acercaron las dos a la zona de las bebidas.

Guillermo sacó un altavoz y puso algo de música.

Música ochentera. Adriana y yo nos miramos conteniendo una risa.

Parecían los famosos guateques de nuestros padres o abuelos.

En seguida se formaron dos grupos, uno de hombres y otro de mujeres.

Por suerte, a medida que bajaban las copas, nos fuimos mezclando.

Al cabo de un rato Nuria me dijo

—Mira esos dos – me dijo indicándome con la cabeza hacía la posición donde se encontraban Alberto y Adriana que reía agarrada al brazo de Guillermo mientras este le enseñaba algo en su móvil

—Bueno Adriana es de risa fácil – le dije disculpándola.

—Tranquilo que si se lo lleva se lo regalo – me dijo en tono jovial – Ya me lo devolverá rápido.

Guillermo que parecía estar atento a todo nos miró y nos dijo – Seguro que algo está diciendo de mí. Me pitan los oídos. No creas nada de lo que te cuente, Jose – dijo entre carcajadas. – Qué hablen, que hablen… aunque sea mal…

Continué hablando con Nuria. Me estuvo contando de cuándo habían comprado aquella casa, y empezaron a ir las primeras veces.

Eran de Sevilla, y para cambiar de ambiente, siempre iban a la costa de Almería a pasar las vacaciones.

Incluso en un momento dado me confesó de forma divertida que si esas paredes hablasen contarían muchas locuras que habían hecho.

Con ese comentario mi imaginación echo a volar recordando lo que me había dicho Adriana en el coche.

De nuevo mis ojos se dirigieron indefectiblemente a sus tetas.