CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 3 #10
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Sabía que si descubría el canal, las fotos, los retos, el apartado de correos…

probablemente se acabaría todo. Me dejaría.

Y con razón. Pero mi adicción era más fuerte que el miedo.

Me levanté sigilosamente, fui al baño y me masturbé viendo la foto de Montse con aquel monstruo dentro.

Imaginando a Adriana en la misma postura, forzando su coño apretado para recibir aquella polla descomunal, gimiendo de dolor y placer mientras yo la observaba y la fotografiaba para disfrute de aquellos enfermos.

Al cabo de un rato me asomé a ver qué hacía Adriana y pude ver que seguía hablando con Guillermo.

Ella estaba sentada en los escalones de la piscina de espaldas a mí y Guillermo apoyado en el bordillo mientras charlaban de lo que fuese.

El cabrón no le quitaba los ojos de las tetas.

Sé que me vio, pero no dijo nada y continuó con la conversación con ella y con sus miradas descaradas.

A eso de las ocho y media, subió Adriana corriendo diciendo que a las nueve y media teníamos que estar listos para la cena. Que se le había pasado el tiempo volando y que me tenía que contar un cotilleo, pero que lo haría más tarde porque no le daba tiempo y subió corriendo a la ducha.

Esperé a que se duchara y a continuación me metí yo.

Mientras yo me duchaba ella se maquillaba.

Solamente llevaba una toalla blanca en el pelo, pero estaba desnuda.

Camuflado entre los vinilos de la mampara la veía pintarse.

Desde luego para mí era como una diosa. Mientras la miraba, mi mano bajo hasta mi polla y empezó a menearla lentamente.

No era plan empezar pajearme otra vez, si quería cumplir por la noche, así que me concentré en la ducha.

Adriana, ajena a todo, seguía con su maquillaje mientras yo pensaba en sus tetas, en las de Nuria, en enseñar sus fotos a Guillermo, e incluso pensaba en que podríamos ir los cuatro a una esas calas y se quedasen ellas dos en topless para nosotros.

Adriana salió del baño sin hacerme ni caso diciendo – Venga date prisa que ya es muy tarde.

Cuando fui a la habitación me la encontré con un vestido negro largo.

Como a ella le gustaba, uno de los lados tenía una buena abertura que permitía ver su pierna en toda su longitud.

Los finos tirantes de sus hombros apenas sujetaban el vestido y formaban un escote que sin ser exagerado sí que atraía las miradas.

Además, parecía que no llevaba sujetador.

Me extrañó que no lo llevase, siendo una cena con gente a la que apenas conocíamos, así que me acerqué y le bajé los tirantes para comprobarlo.

—¿Pero qué haces? – me dijo sorprendida.

—Estaba viendo si llevabas sujetador.

—Tú estás tonto. Como para no llevar con el escote de este vestido. No quiero infartos en el geriátrico – me dijo burlona.

—Solo quería asegurarme porque parece que no llevas

—Pues claro, de eso se trata. Es un sujetador sin tirantes. Eso sí, no puedo moverme mucho porque se me baja a la mínima – me explicaba haciendo movimientos para q viese como enseguida se deslizaba para abajo.

—Bueno, pero te taparía el vestido – le dije – nadie te vería nada.

—Venga, anda déjate de tonterías y acaba que yo casi estoy.

Me fijé como se ponía sus sandalias de tacón que le daban un aspecto aún más imponente. Y bajó al jardín metiéndome prisa de nuevo. Acabé de vestirme y bajé junto a ella, que estaba ya lista para salir.

Habíamos quedado en la puerta de la urbanización. Ya estaban todos cuando salimos. Adriana se disculpó por haberles hecho esperar, pero me echó la culpa a mí, mientras guardaba distraídamente su móvil en el bolso.

—Bueno estáis elegantísimos – dijo Guillermo con Nuria cogida de la mano.

La verdad es que, aunque todos estaban muy bien vestidos Adriana destacaba entre todas.

Siempre estaba por encima. Vi como Guillermo la miraba de arriba abajo y yo observaba desde un segundo plano cómo era el centro de atención tanto de ellos como de ellas.

Sin embargo, en la mirada de ellas se veía cierta envidia.

En todas menos en Nuria que se mostraba tan sonriente y segura como siempre.

Como éramos cinco parejas decidimos ir en tres coches.

Adriana y yo fuimos solos en el nuestro y los demás compartieron vehículo.

Guillermo nos pasó la ubicación del restaurante a todos por si nos separábamos, pero la verdad es que solamente tuvimos que seguir al coche de Alberto que llevaba a Guillermo y que conocía el camino perfectamente.

A mitad de camino, recordé que Adriana me había dicho que tenía algo que contarme.

—Por cierto, antes me dijiste que tenías algo que contarme.

—¡Es verdad! Casi se me olvida. Es que es muy fuerte.

—¿Qué pasa? – le pregunté dejando de mirar a la carretera.

—Pues que creo que Nuria y Guillermo son de esas parejas que…

—¿Qué?

—Que follan con otros… Ya sabes, que hacen tríos, e intercambios.

—No jodas. ¿Cómo lo sabes?

—Me lo ha insinuado Guillermo. Me ha soltado un rollo sobre los convencionalismos que matan el matrimonio, y me ha dicho que no debemos caer en eso.

—¿Y sólo por eso crees que son una pareja abierta?

—Es por cómo lo dijo. Pero creo que estos dos son bastante más lanzados de lo que pensamos.

No pudimos continuar con la conversación, porque llegamos antes de lo previsto al restaurante.

Al girar en la carretera, apareció a mano derecha el edificio con un gran rótulo de neón.

En cuanto entramos, se nos acercó el encargado y saludó a Guillermo y Nuria con educación, pero evidenciando que los conocía de sobra.

También nos saludó a los demás muy cortésmente.

Nos llevó a la terraza de la parte superior del restaurante.

La mesa estaba en un lugar privilegiado.

Un rincón con las mejores vistas al mar.

La luna casi llena se veía perfecta. Nos fuimos sentando como quisimos.

Guillermo se encargó de ponerse al lado de Adriana y Alberto al otro lado.

Yo, me senté enfrente, flanqueado por Nuria y Eva.

La cena fue perfecta. El vino, elegido por Guillermo era una delicia.

Yo intenté controlarme porque tenía que conducir después.

Aun así, entre Nuria y Eva me tenían bien entretenido.

La verdad es que Eva era una mujer bastante más divertida de lo que aparentaba su cara seria.

Nuria, era un encanto con una sonrisa siempre en la cara, y bromeaba continuamente.

De vez en cuando no podía evitar echar un vistazo rápido a su escote, pero tratando siempre de hacerlo disimuladamente.

En el otro lado de la mesa Alberto y Guillermo se encargaban de tener siempre llena la copa de Adriana que ya tenía una risita floja y se reía con cualquier tontería.

Cuando terminamos los postres, me levanté para ir al baño. Guillermo se levantó y me dijo que le esperase que él también iba. Nos dirigimos los dos juntos al servicio. En cuanto nos alejamos lo suficiente de la mesa Guillermo me soltó:

—Adriana esta hoy guapísima. Menuda suerte tienes, cabrón. – me dijo muy jovial, supongo que por los primeros efectos del vino.

—Sí, la verdad es que está guapísima con ese vestido.

—Está buenísima – enfatizó – No te vayas de marcha hoy con ella que vas a tener que sacarle a un montón de moscones de encima – me dijo abriendo la puerta y pasando al baño.

Los baños, como el resto del restaurante estaban impecables. Me puse en uno de los urinarios de pared y Guillermo se puso a mi lado. El seguía con su charla.

—A ti te he visto mirándole el escote a mi mujer.

Lo haces con disimulo, pero no le sacas ojo, macho– me decía mientras comenzaba a mear – pero tranquilo, por mí no te cortes – recalcó – ya te dije que a Nuria le gusta que la miren ya te lo dije, y a mí también me gusta ver que sigue levantando pasiones.

—Se me van os ojos de vez en cuando – le reconocí — pero sinceramente no creí que se me notase – le dije yo justo en el momento que él se sacudía la polla un pelín alejado del urinario para no mancharse.

—Se nota si sabes lo que tienes que buscar, y yo lo sé.

Mientras yo terminaba de mear Guillermo miraba su móvil. Justo cuando me di la vuelta me llegó un mensaje.

—Ahí tienes un regalo – me dijo guiñándome un ojo.

Saque mi móvil y mire le mensaje. Era suyo. Una foto. Sin descargar ya adivinaba lo que era. Se intuían perfectamente las tetas de Nuria en la playa. La descargué y la abrí al instante.

—Joder – le dije —Está impresionante.

—Como veo que te gustan tanto, quiero que tengas esa foto de recuerdo – me dijo – venga ahora volvamos – dijo mientras me lavaba las manos.

—Guillermo – dije antes de que saliese.

—¿Qué pasa?

Le hice una seña para que se acercase. El vino hacia mí. Entré en la galería y abrí una de las fotos que le había hecho a Adriana en la playa esa mañana. Le pasé el móvil. Cuando la vio se le iluminó la cara.

—¡Hostia puta! qué puta locura de tetas que tiene Adriana. ¡La leche! – Dijo alucinado.

—Si la verdad es que está tremenda en esa foto – le reconocí un poco avergonzado por la situación de estar enseñándole las tetas de mi mujer a aquel tío.

—La leche macho. Ahora no voy a poder mirarla a otro sitio cuando volvamos.

—No jodas disimula que me mata Adriana si se entera que te las he enseñado.

—La hostia. Las tengo que ver en directo algún día. Joder me dan ganas de quedarme y hacerme una paja – me soltó sin ningún miramiento y sin levantar la cara del móvil.

—Y yo con la de tu mujer – le dije siguiéndole el rollo.

—Pues porque este no es el momento, pero ganas no me faltan. – me dijo con un tono en el que se le notaba que estaba excitado por lo que acababa de ver – Si no te importa, podrías pasarme alguna de estas fotos. Sabes que puedes confiar en mí. – me dijo devolviéndome el móvil.

—Bueno ya veremos. Ahora vamos que van a sospechar que tramamos algo tanto tiempo en el baño.

Volvimos a la mesa. Al ver a Nuria no pude más que pensar que la tenía con las tetas al aire en mi móvil.

Por su parte vi a Guillermo sentarse y pude imaginar que estaba visualizando las tetas de Adriana que yo le acababa de enseñar.

Adriana, ajena a lo que acababa de pasar entre nosotros, le reía con algún comentario a Alberto.

Me fijé en que su copa estaba llena otra vez y ella reía más de lo habitual.

Creo que estaba bastante afectada, lo cual, en su caso, tenía cierto peligro.