CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 3 #9
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Estuvimos un par de minutos haciendo el tonto en el agua, pero Adriana dijo que se iba a tomar un rato más el sol.

La vi salir con dificultad del agua por las piedrecitas y el espectáculo que ofrecía con sus tetas bamboleándose de un lado a otro captó rápidamente la atención de la chavalada.

La pedí que me acercase una gorra, que temía sufrir una insolación, y la observé cogerla y venir de nuevo hacia mí.

Me acerqué a ella, pero cuando la vi de cerca aluciné.

Esperé a que llegara hasta mí y entonces se lo dije.

—Adriana, ese bikini… se te transparenta todo – y ella miró hacia abajo observando la braguita donde se le marcaba perfectamente la raja del coño.

—Joder tío, mira que te lo he dicho. – me decía como echándome la culpa a mí.

—Y yo que iba a saber…. Ha sido al mojarse– me excusé — Pero es que se te ve perfectamente todo. Menos mal que lo tienes depilado y disimula – intenté quitarle hierro al asunto.

—Toma anda – me dijo dándome mis cosas – Me voy a tumbar en la toalla y a no moverme.

Vi como los chavales la miraban y se lanzaban avisos con los codos y como Adriana debía de estar pasando un mal rato, puesto que caminaba con las manos por delante tratando de ocultar lo que era obvio.

Finalmente se tumbó en la silla mientras yo continué refrescándome.

Cuando llegué de nuevo a la orilla lo que me encontré me dejó descolocado.

Adriana estaba sentada en su silla, tomándose una cerveza, que nosotros no habíamos llevado, y con los cuatro chicos sentados a su alrededor charlando y riendo.

No se había puesto la parte de arriba, así que les mostraba las tetas a todos como si tal cosa.

—Mira Jose te presento. – y me fue presentando a los cuatro, aunque yo no presté la menor atención a sus nombres — Estos chicos me han ayudado.

Me he ido a bañar otra vez, y me ha picado algo.

Te llamé, pero no me oíste. Creo que ha sido una medusa.

— me dijo enseñándome una marca roja algo hinchada en su tobillo.

—¿Estás bien? – le pregunte yo agachándome y cogiéndole del pie preocupado

—Sí, sí. Sólo me escuece un poco, pero ya estoy mucho mejor– me tranquilizó – Por suerte tenían un bote con agua y amoniaco. Venían preparados.

—Por aquí es frecuente que haya medusas – dijo uno de ellos dirigiéndose a mí.

—Sí, he visto alguna ahora al salir. Debe haber un banco por las inmediaciones.

—Y encima me han invitado a una cervecita.

—¿Quieres tú una? – me preguntó el que estaba más cerca de Adriana.

—No quiero abusar – respondí.

Él se acercó a la nevera que había junto a Adriana a coger una. En ese movimiento llegué a pensar que le había rozado una teta, pero ella no pareció enterarse. Tal vez no la había llegado a rozar, o ella no le había querido dar mayor importancia. Finalmente, me entregó la cerveza.

—Muchas gracias, pero no me apetece – le dije bastante seco – nosotros nos iremos pronto por eso no hemos traído nada – dije poniéndome en pie para marcharnos.

Adriana les agradeció su ayuda y la cerveza que le habían dado y fuimos hasta nuestras toallas. Me senté junto a Adriana.

—Mira que eres borde… Han sido muy amables.

—Sí, y tú también con ellos. Vaya ración de tetas gratis que les has regalado…

—¿No te habrá molestado? —preguntó con una sonrisa pícara.

—Sabes que no… ¿No te ha quedado claro que me gusta que te exhibas? Me pone cachondo.

—Ay, cielo, con lo celoso que eras cuando éramos novios… ¡Quién te ha visto y quién te ve!

Nos estuvimos riendo un rato más, hasta que un poco hartos de tanto sol, regresamos al apartamento.

Comimos un poco de ensaladilla que Adri había preparado a primera hora, y nos echamos un rato como cada día.

Yo me desperté antes que ella y bajé a la piscina a darme un chapuzón.

La rutina de todos los días. Guillermo con su libro y Nuria nadando un poco.

Salió justo cuando llegué yo. Pasó por mi lado, me hizo una caricia en el hombro y se dirigió a su toalla.

A mi mente vino la imagen de sus tetas desnudas. Me fui al agua.

—Hoy hace un calor demencial. – dijo mientras se secaba. — Me voy adentro con el aire acondicionado. No aguanto más aquí fuera.

Nuria se fue a casa y Guillermo se vino al agua conmigo.

—Vaya repasito le has dado a las tetas de Nuria ¡eh!

– me dijo bromeando, aunque lógicamente me sorprendió lo directo del comentario.

– Una vez que las ves no puedes olvidarlas – me dijo divertido ante mi incomodidad – tranquilo, que no pasa nada.

Estoy acostumbrado. Si te enseñé anoche esas fotos es porque quería que se las vieses.

—La verdad es que son estupendas – le confesé entrando en su complicidad – Mira que Adriana está bien dotada pero las de Nuria son espectaculares.

—Sí que lo son, sí. Pero, no hables mucho que las de Adriana no se quedan atrás.

Esas sí que son unas tetas perfectas. Ya me gustaría poder verlas a mí también – me dijo como si fuese lo más normal del mundo.

Sin embargo, no me molestaba. Al contrario, me excitaba oírselo decir.

Incluso pensé en enseñarle las fotos que le había hecho en la playa.

—Adriana no quiere hacer topless aquí, delante de tanta gente.

—Nunca pensé que fuese tan pudorosa, sobre todo viendo los bikinis que se gasta.

Además, ella sabe que está muy buena. A veces ellas se cortan por nosotros, pero si las dejásemos a solas, a saber, que locuras harían.

Siempre he creído que la mayor parte de sus miedos e inseguridades, vienen del entorno que las rodea.

—No es solamente el pudor, creo que eso lo ha superado, pero coño es que los tíos no le sacan los ojos de encima, y eso también cansa. Los hombres no sabemos disimular – le expliqué.

En ese momento apareció Adriana con el bikini negro y su toalla y se metió en el agua.

Aunque era temprano, me preparé una copa, que disfruté mientras ojeaba el móvil y repasaba las fotos que había colgado de Adriana en la página web.

Después me di un paseíllo por el canal de Telegram, que tenía bastante abandonado.

Allí los comentarios eran bastante más explícitos por parte de mis amigos.

Animados por las últimas fotos que había subido yo, mis compañeros de canal, se habían animado a subir fotos de sus mujeres. Era evidente que ninguna le llegaba a la suela de los zapatos a Adriana, pero había una en concreto, una pareja catalana, que ella era una auténtica cerda.

Habían lanzado un nuevo reto. Montse, la mujer, a diferencia del resto, estaba completamente al corriente de lo que hacía su marido.

No solo lo sabía: lo disfrutaba y proponía retos y aventuras.

Ella alardeaba de que su marido tenía más cuernos que un ciervo, y ya habían colgado varias veces fotografías de ella siendo follada por tíos que no eran su marido, que se limitaba a hacer las fotos y los videos.

Estaban muy por delante del resto en cuanto a morbo y a atrevimiento.

Pues para el nuevo reto, habían comprado el consolador más grande que yo había visto en mi vida.

Era una réplica hiperrealista de una polla de caballo: negro, venoso, con un glande desproporcionado y un grosor brutal.

Medía casi cincuenta centímetros de largo y era tan grueso que parecía imposible que cupiera en el coño de una mujer normal.

La gracia del reto era que fuese rotando de una mujer a otra, pero sin lavarlo.

Supuestamente, esa era la gracia del reto.

Cada marido debía enviar fotos de su mujer penetrándose con él, tal cual llegaba, lleno de los jugos de las mujeres anteriores.

Los mensajes explotaban de euforia:

«Joder, esto es nivel dios.»

«Nuria es una máquina. Mirad cómo le cabe.»

«Que nadie se raje. Esto va a ser épico.»

Las primeras fotografías ya estaban subidas.

Montse, una rubia de bote de unos cuarenta y tantos años, pero de muy buen ver, aparecía tumbada en la cama con las piernas abiertas hasta el límite.

El monstruoso consolador estaba metido más de la mitad dentro de su coño, con los labios vaginales estirados al máximo.

Su cara reflejaba una mezcla de dolor y placer salvaje. Había escrito debajo:

«Primer uso. ¿Quién es la siguiente? Sin lavar, como debe ser 😉».

Mis fotos anteriores de Adriana meando en el baño habían pasado a la historia ante aquella barbaridad. Esto era otro nivel. Un nivel que me ponía la polla dura otra vez, pese a saber que aquello era una cerdada enfermiza.

Respondí en el grupo con el corazón a mil:

«Estoy de vacaciones hasta principios de septiembre. No estaré en casa. Ponedme de los últimos en la lista.»

Inmediatamente me contestaron con emoticonos de fuego y algún comentario:

«Tranquilo, Javier (que era mi nombre en el canal). Tú zorra va a ser la guinda del pastel.»

«Seguro que esa zorra tan guapa lo disfruta.»

«Tú mujer se va a comer los flujos de todas nuestras zorras.»

Tenía un apartado de correos alquilado precisamente para estos retos.

Ya me habían enviado lencería usada de otras mujeres como parte de desafíos anteriores: bragas con manchas de corrida y olor a coño, incluso un tanga todavía que olía intensamente a otra.

Todo llegaba allí para que Adriana no pudiera descubrirlo nunca.

Me sentía como una mierda. Estaba traicionándola de forma sistemática, y sobre todo, aquellos retos eran una cochinada.

Ella confiaba en mí, se estaba abriendo poco a poco a mis fantasías, y yo, mientras tanto, la exponía en un grupo donde hombres desconocidos se corrían imaginando cómo se la follaban.

Y ahora esto. Un consolador de caballo que había estado dentro de otras mujeres y que pronto estaría dentro de ella, lleno de los fluidos y salivas de las anteriores.

Me juré lavarlo a conciencia antes de que lo usase, aunque eso supusiera no cumplir con el reto al cien por cien.

Lo haría así, pero no podía parar. Era como una droga adictiva, que no conseguía abandonar.

Adriana siempre era la estrella. Sus fotos recibían el triple de comentarios que las demás.

Su cuerpo perfecto, su belleza sin comparación con la del resto…

no había color. Cada vez que subía algo nuevo, el grupo enloquecía.

Y yo, en lugar de sentir culpa, sentía un orgullo retorcido y una excitación que me consumía.

Cerré el móvil y miré a Adriana en la piscina.

La quería con locura. Y precisamente por eso necesitaba mostrarla.

Compartirla. Verla deseada. Sabía que era una contradicción enfermiza.