CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 3 #7
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Guardé mi polla ya flácida y también me coloqué la ropa lo mejor que pude.

Salí para abrocharme y sentarme en mi sitio.

Al arrancar Adriana me besó y me dijo – Te quiero.

—Yo también, mi vida. — le dije dándole un suave pico en los labios y arranqué para irnos a casa. Aunque el trayecto eran apenas diez minutos Adriana se quedó adormilada.

Aparqué y subimos al apartamento casi sin hablar. Nada más cerrar la puerta, la atraje hacia mí y la besé con hambre. Pero antes de que la cosa fuera a más, me separé un poco y la miré a los ojos.

—¿Hacemos lo de subir una foto a la web? —pregunté, con la voz ronca.

Adriana se mordió el labio. Dudó visiblemente. Caminó hasta el salón, se quitó las sandalias y se quedó descalza, mirándome. El vestido de raso se pegaba ligeramente a su cuerpo por el calor de la noche.

—No sé, Jose… Me da cosa.

—Solo una. Te borraré la cara completamente, y además, este apartamento nadie lo conoce, no es como si fuese en nuestra casa, que alguien podría reconocer algún mueble. Nadie sabrá que eres tú. Quiero ver qué pasa. Venga mujer, será excitante. Ya verás qué éxito vas a tener…

Ella suspiró, dio una vuelta sobre sí misma, pensando. Finalmente, con una sonrisa nerviosa pero excitada, dijo:

—Vale. Pero solo una. Y con cuidado de que no se me vea la cara.

La emoción me recorrió entero. Coloqué el sillón del salón frente a la ventana, con las luces encendidas.

Le pedí que posara semidesnuda con el vestido.

Adriana se bajó lentamente los tirantes.

La tela de raso cayó hasta su cintura, dejando sus tetas al aire, hermosas y pesadas bajo la luz cálida.

Luego se sentó en el sillón, abrió las piernas y, entre carcajadas nerviosas y salvajes, se abrió el coño con dos dedos de forma totalmente descarada.

Su vulva brillaba, hinchada y rosada después de los numeritos que había montado en la discoteca y durante toda la cena. Se reía mientras lo hacía.

—Joder, Adriana… —murmuré, sacando fotos sin parar.

—¿Demasiado…?

—Mejor algo menos directo. Quiero que sea elegante, provocadora, pero no tan bestia para la primera vez que subamos algo.

Ella asintió, todavía riendo, y comenzó a posar de forma más natural.

Se puso en pie, dejando que el vestido cayera hasta los tobillos.

Desnuda, solo con el raso arrugado a sus pies.

Posó girando el cuerpo, de perfil, arqueando la espalda para que sus tetas se proyectaran, luego de espalda mostrando su culo perfecto.

Se sentó de nuevo, abrió las piernas con elegancia, una mano cubriendo ligeramente su coño, la otra en el pelo.

Cada pose era más sensual que la anterior.

Yo disparaba foto tras foto, con mi polla palpitando en los pantalones.

Elegimos dos entre todas. Una en la que estaba de pie, de tres cuartos, con el vestido caído hasta la cintura y las tetas expuestas, mirando hacia un lado con expresión seductora y sujetando un folio con el nombre que habíamos adoptado para la web en la que yo quería colgarlas.

Para evitar perfiles falsos, algunas páginas, exigían una verificación, casi siempre por medio de un cartel manuscrito.

Era la forma de evitar que gente que se apropiaba de fotos de los millones que pululan por internet, pudiera crearse un perfil y engañar al resto de usuarios.

También elegimos la foto en la que aparecía Adriana sentada, con las piernas abiertas, pero más sugerente, con una mano entre los muslos tapando parcialmente su sexo. Eran perfectas, y mostraban a una mujer que estaba seguro que haría arder la web.

Le borré la cara con una aplicación sencilla del propio teléfono, pixelando completamente sus rasgos.

Nadie podría reconocerla. Luego, delante de ella, me di de alta en una web especializada en cornudos y exhibicionismo llamada “Morbosos Cornudos”.

Subí las dos fotos al perfil nuevo con un título sencillo: “Somos Pareja-Juguetona. Os dejo unas fotos de mi mujer estas vacaciones. Primera vez aquí. ¿Qué opináis de ella?” .

En cuanto pulsé publicar, el corazón me iba a mil.

Adriana se acercó y miró la pantalla por encima de mi hombro.

Me pidió ver otros perfiles, y estuvimos un rato trasteando.

Se quedó sorprendida de la cantidad de gente que se mostraba en la web, todos aparentemente reales.

Algunos de los perfiles enseñaban fotografías de tríos, incluso de alguna orgía. Adriana no daba crédito.

—Joder.

—Mira… ya están comentando —le susurré.

Empecé a besarla con pasión, bajando las manos por su cuerpo desnudo. Mi boca buscó sus tetas, chupando los pezones todavía sensibles y excitados. La empujé suavemente, dispuesto a follármela.

—Espera, Jose… —dijo ella, deteniéndome con una mano en el pecho.

Su voz sonaba cansada—. Tengo el coño en carne viva.

Hoy ya hemos follado esta mañana, luego en la playa casi me muero de calor, y con el vestido sin bragas toda la cena…

No puedo más. Me duele. No puedo volver a hacerlo ni una sola vez más esta noche.

Me quedé mirándola, frustrado pero comprensivo. Mi erección era dolorosa. Ella sonrió con picardía y bajó la mano hasta mi polla, acariciándola por encima del pantalón.

—Pero puedo ayudarte de otra forma… —murmuró.

Mientras los comentarios empezaban a llegar a la web (“Qué tetas más perfectas”, “Esa zorra está para follársela en grupo”, “Marido con suerte”), Adriana se arrodilló frente a mí y me bajó los pantalones.

Me la chupó con devoción, mirándome a los ojos, mientras yo revisaba el móvil y le leía en voz alta los más sucios.

Pronto comenzaron las clásicas preguntas: “¿De dónde sois? ¿Os interesa contactar?” y por supuesto, comentarios de todo tipo. Adriana los leía con cierta excitación en la mirada.

—Te estás excitando. – le dije al ver su cara absorta en los comentarios y una media sonrisa con cada barbaridad que leía.

—Puede que un poco. Lo que pasa es que me imagino a cientos de viejos babosos masturbándose con mis fotos, y eso me da algo de asquito.

—Te equivocas por completo. Muchísimos usuarios y perfiles de estas páginas, son tíos y parejas incluso más jóvenes que nosotros. Es gente a la que le gusta morbosear. El sexo amateur tiene cada vez más seguidores. Es más real, más de verdad. Espera…

Estuve buscando en una página que tenía en favoritos, y aparecieron una serie de web cams.

Tras un rastreo rápido, apareció una pareja.

Ella, protegiendo su identidad con una máscara veneciana, le hacía una mamada al hombre.

Aparecían innumerables comentarios y peticiones de gente que hacía aportaciones.

—Esta gente gana pasta haciendo esto. Y fíjate, hay cientos de usuarios conectados en este momento.

—No sabía que veías tanto porno. Qué calladito te lo tenías.

—No veo porno habitualmente, pero sé que estas páginas existen.

—Y ahora yo formo parte de esto. La verdad, cari, es que eres un vicioso. – dijo besándome claramente excitada.

—Joder, tía. Es una suerte que te gusten también a ti estas cosas, estas pequeñas perversiones que tanto me molan.

Ella me dio un manotazo.

—¡No seas guarro!

—Hablo en serio, joder. Está genial estar casado con alguien a quien le gustan las mismas mierdas que a mí No tengo que ocultarlo ni avergonzarme de las cosas que me ponen.

—Estás como una puta cabra—contestó ella entre risas.

—Qué va. ¿Quién no tiene alguna fantasía que no ha cumplido porque le da demasiado miedo decirla en voz alta?

Vamos, Adri. Hablo en serio. Tengo fantasías, y creo que me siento tan cómodo contigo, que me atrevería a contártelas todas, porque sé que estamos en una onda parecida.

Todo el mundo tiene una, o varias, y en realidad no son tan raras.

Absolutamente todo el mundo tiene una fantasía concreta de la que le da miedo hablar.

—¿Y tú crees que conmigo puedes hablar abiertamente de ellas?

—Sí. Es lo que siento, y eso me encanta.

¿Qué tiene de malo querer cosas que se apartan de los convencionalismos?

Mientras sea consentido y todos salgamos ganando, no entiendo por qué se lo sigue considerando un tabú.

Me gusta exhibir a mi mujer. ¿Qué daño le hace eso a nadie?

Si a mí me excita, y a ti… es evidente que también…

—No es que me excite. Más bien suscita mi curiosidad.

—Adri, escúchame. Eres una mujer inteligente, guapa y con confianza en ti misma. No tengo por qué decirte lo que quieres: quiero oírtelo decir a ti. Créeme, me muero por escuchar tus fantasías y después ponerlas en práctica, así que adelante.

—No tengo nada realmente especial. Simplemente me pone verte excitado, y eso creo que lo he logrado, ¿no? Tal vez…

—Dímelo, por favor.

—Ser un poco puta, como esta noche… Me he excitado la sensación de estar calentando a ese tío delante de ti.

Sin previo aviso, se abalanzó sobre mí. Me cogió la cabeza con ambas manos y pegó su boca a la de mía con intensidad. Sentí su lengua juguetona. Me estaba dando un morreo en toda regla. Se subió encima empujándome hacia atrás.

—Joder… Pues sí que te pone cachonda… ¿No estabas tan cansada…? - exclamé asustado ante la intensidad de su beso. —Y ya que estamos siendo tan sinceros… ¿Qué tal te lo hacía Fito? —le pregunté.

—¿Fito? Joder, Jose. ¿Ahora precisamente quieres hablar de Fito? – dijo ella separándose de golpe.

Ese era el tío con el que acababa de romper cuando la conocí en aquella fiesta de ADE.

—¿Por qué no me cuentas lo que te hacía?

—¿Estás hablando en serio? Joder, cari…

—¿Te follaba bien…? —insistí.

—Pues… sí… —respondió clavando sus ojos en los míos con intensidad. —Follaba de puta madre.

—¿Y… cómo te tocaba? ¿Qué te hacía?

—¿En serio quieres hablar de eso ahora? —preguntó, sorprendida por la pregunta.

—Sí. Cuéntamelo.

—Pues, para empezar, tenía una polla de las que no se olvidan. De esas que están llenas de venas y con un capullo enorme.

—Entonces… ¿la tenía más grande que yo?

—Sí… Mucho más grande.

—¿Mucho? —pregunté, al tiempo que bajaba una de mis manos, en busca de su coño.

—Sí… Más gorda y más larga. —empecé a fantasear con Adriana siendo follada por una polla descomunal.

—Qué cabrona eres… —susurré.

—Es la verdad. Tenía polla de actor porno, y te aseguro que, con veinte añitos, tenía fuelle para pasarse toda la tarde dale que te pego.

—¿Te folló el culo?