CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 3 #6
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Se presentaron y vi como daba le dos besos a cada uno.

Un nerviosismo recorrió mi estómago a la vez que la excitación recorría mi entrepierna.

Estuvieron un par de minutos hablando, pero finalmente Adriana se despidió y vino hacia mí.

Cogió su copa y le dio un sorbo grande. Parecía sedienta por el esfuerzo.

—Anda que no hay babosos aquí – me dijo con cara de asco y negando con la cabeza.

—Bueno, después de lo que acabas de hacer en la pista, me extraña que no hayamos tenido un altercado. – le dije todavía escandalizado por lo que acababa de ver – Joder, tía. Te he visto hasta el puto útero.

—¿Ha sido para tanto? – me preguntó.

—Me has dejado sin palabas. Nunca te había visto bailar de esta manera. Has provocado a todo el personal. A eso en mi país se le llama calentar pollas.

—Oye, no te pases… — protestó algo molesta. —Es por el vestido. Si llevase vaqueros no pensarías lo mismo.

—Solo te tomaba el pelo – le dije riéndome – La verdad es que les has dado pasaporte a la velocidad del rayo. No les has dado la menor oportunidad. No han tenido tiempo ni de presentarse. No deberías ser tan dura.

— ¿De verdad quieres que le dé coba a algunos de esos babosos?

—Oye, tú misma. Si te apetece calentarles un poco más… adelante. – dije abriendo las manos para mostrarle mi conformidad. —Pero no te pases tanto con el baile, en serio. No quiero que nos echen del local. Recuerda que debajo del vestido no llevas absolutamente nada.

Adriana dio otro sorbo a su copa y se marchó de nuevo a la pista con un “tú lo has querido”.

Se puso otra vez en el mismo sitio que antes.

Empezó a bailar sin mirar hacia mí. Yo la observaba tranquilamente desde la barra.

Bailaba mucho menos provocadora, pero no pasaron ni dos minutos cuando ya tenía otra vez a un tío hablando con ella.

Esta vez era de un hombre de entre treinta a treinta y cinco años.

Bien vestido. Con una camisa blanca remangada, algo de barba bien cuidada y muy sonriente.

Vi a Adriana darle dos besos y hablar con él.

Estaba más participativa que antes. Poco a poco la pista se iba llenando y cada vez me costaba más verla.

Además, necesitaba ir a mear, por lo que me tuve que marchar al baño dejándola allí sola con aquel chico.

No tardé ni cinco minutos, pero al volver a mi sitio no vi a Adriana por ninguna parte.

Empecé a buscarla con la mirada, pero no la veía.

Me moví mirando otras zonas de la pista, pero ni rastro de ella.

Decidí salir a la terraza a ver si estaban por allí pero tampoco.

De repente noté mi móvil vibrar en mi pierna. Tenía un mensaje de Adriana.

“Hemos ido a follar al aparcamiento”

El corazón casi se me para al leer aquella frase. ¿Se había ido al coche de aquel tío a follar con alguien al que acababa de conocer? No podía ni creerlo. Decidí ir al aparcamiento y justo en ese momento me llego otro mensaje.

“Jajaja, es broma, tonto. Estoy en la barra del fondo. Justo detrás de la pista. Te he visto que mirabas buscándome y he decidido hacerte sufrir un poco”.

“Eres una cabrona” le respondí.

Ella me puso caritas con risas. Al final escribió:

“O vienes a rescatarme o este tío se me tira encima. Va en serio”

Aun nervioso por el primer mensaje me dirigí a la zona que me había dicho Adriana.

Estaban tomando una copa. El tío cada vez le hablaba más cerca y me fijé que le había colocado una mano en la espalda desnuda.

Una mano, que estaba a menos de dos centímetros del comienzo de sus nalgas.

Ella le seguía la conversación sin apartarse, aunque aparentemente sin darle pie a que la atacara.

Me quedé a lo lejos observando y Adriana me vio, pero no dijo nada.

El tío, ajeno totalmente a nuestro juego, la hablaba al oído con la esperanza de acabar sacando algo de ese pedazo de hembra que acababa de conocer.

En un momento dado pude ver como la besaba el cuello y Adriana se apartó ligeramente al notarlo.

Pero el tío siguió insistiendo y volvió a intentar otra vez besar su cuello.

Ella volvió a apartarse al sentirlo, pero sonrió, como si aquello le gustase.

Finalmente saco su móvil y me escribió “por favor ven ya que no sé cómo pararle”.

Llegué a pensar en dejarla a su suerte, pero finalmente me acerqué hacia ellos y la saludé.

Me dio dos besos como si fuésemos dos amigos.

Mira Fran, este es Jose – dijo presentándome y obligándome a darle la mano al tío que estaba intentando ligar con mi mujer.

Adriana empezó a hablar como si no nos viésemos desde hacía tiempo y el tío dijo que volvía en dos minutos que iba al baño.

En ese momento Adriana me cogió de la mano y tirando de mi hacía la puerta me dijo que se quería marchar de allí.

Salimos de aquel sitio de forma rápida. Aquella imagen de Adriana recibiendo los besos de aquel tío en el cuello, me había puesto extrañamente cachondo y en cuanto giramos para entrar en el aparcamiento la cogí, la empujé contra la pared y empezamos a morrearnos.

Solamente fue un morreo, pero se notaba que Adriana estaba también sumamente cachonda y que me entregaba su lengua con pasión. —Vamos a casa me dijo apartándome.

La miré andar deprisa, su muslo asomaba por el vestido, y su pelo algo despeinado tras los bailes, se le movía al andar.

En cuanto llegamos al coche no pude más y la volví a empujar y a besarla.

Esta vez, además de besarla, empecé a acariciar su muslo por la raja del vestido.

No me costó nada ir subiendo la mano hasta su coño.

Adriana estaba muy cachonda. Me comía la boca con ganas mientras mis dedos se colaban ya en su sexo.

—Estas empapada – le dije.

—Vámonos a casa. Quiero que me folles hasta reventarme– me dijo sin dejar de besarme.

—Ni de puta coña, tía. No puedo aguantar tanto – le dije comiéndole la boca con tanta pasión que incluso le hice daño.

Adriana echó mano a mi polla y me la apretó por encima del pantalón. Yo me bajé la cremallera sin dejar de besarnos y de sobarla. Me empezó a tocar. Estaba empalmadísimo, y ella comenzó a pajearme.

—Jose, aquí no podemos. Vamos a casa por favor – me suplicaba, pero sin soltar mi polla en ningún momento.

—Adriana no puedo esperar a llegar, te tengo que follar ya.

—Entonces entremos en el coche, por favor – me pidió como última opción para no montar allí ningún espectáculo.

Llevaba razón ya que allí podría haber cámaras o vernos cualquiera que fuese a coger el coche.

Las plazas traseras del nuestro tenían las lunas tintadas y ahí sería más discreto.

Abrí el coche y la hice pasar metiéndome detrás de ella.

Le saqué las tetas por el escote del vestido y empecé a sobárselas.

—Necesito follarte. No te imaginas cómo me has puesto. Te has comportado como una vulgar calientapollas – le dije sentándome a su lado e indicándole que se subiera encima.

Al oír estas palabras, supongo que se excitó a tope, porque con un movimiento decidido, se sacó el vestido, quedando completamente desnuda, con el evidente riesgo de que alguien la viese de aquella forma si pasaba cerca del coche.

—Espera –y se subió directamente en mi polla. Fue ella misma la que se la clavó hasta el fondo. —Hostiaaa– dijo al notarla dentro y empezando a cabalgarme.

Notaba su coño ardiendo y empapado alrededor de mi polla. Ella cabalgaba a un ritmo como nunca lo había hecho. Echó los brazos por detrás de mi cuello y me morreaba con una pasión que me lastimaba.

—¿Así querrías haber estado con tu amigo en el aparcamiento? Tal vez tuviese una tranca de campeón. Nunca lo sabrás…

—Te …. Ufff, te has asustado, ¿eh? Pensabas que me lo estaría follando en el asiento de atrás de su coche, ¿verdad?

—Mucho, pero también me he puesto cachondo al pensarlo – Le decía yo empujando hacia arriba mi polla cada vez que su coño bajaba.

Adriana paró sus movimientos. Dejó mi polla dentro de ella. Yo apretaba mi polla hacia arriba mientras ella hacía ligeros círculos alrededor de ella. Me miró a los ojos. Con deseo. Sacó su lengua y yo la mía y simplemente se juntaron lamiéndose mutuamente.

—Júrame que te hubiese gustado que me fuese a su coche – me pidió cachonda pero seria.

—Te juro que sí. Y que después me lo hubieses contado con todo lujo de detalles – la respondí volviendo a hacer movimientos de cadera y haciendo que Adriana comenzase a cabalgarme de nuevo.

—Ese tío me quería follar, cari – me decía ella. Hablaba de forma lasciva, intentando provocarme.

—No me extraña. Todos te quieren follar.

—¿De verdad que no te importa?

—No… mmmm… te juro que no me importa. Me pone como una moto – Le dije a punto de correrme.

—El tío…no estaba mal del todo… —me dijo Adriana con un tono de voz que me estaba llevando el límite – y… la verdad es que me daba mucho morbo la idea de que creyeses que me lo estaba follando – confesó mirándome a los ojos.

Joder, mi mujer me acababa de confesar que le habría dado morbo follarse a otro solo porque a mí me gustaba eso. Era demasiado para mí. Iba a correrme y se lo hice saber a Adriana. –No aguanto más Adriana.

Ella se salió de mí y se puso a un lado. Me agarró la polla y empezó a pajearme y a lamerme el capullo con la punta de la lengua.

—Joder, Adri, me voy… — exclamé yo sintiendo las primeras punzadas del orgasmo en la pelvis.

—Me ha dado su teléfono. ¿Quizás quieras que le llame y me lo folle? – me dijo acelerando la paja.

Escucharla decir eso fue demasiado para mí.

Simplemente estallé a la vez que le decía que lo llamase.

Empezando a llenar todo su cuerpo con mi leche.

No paraba de soltar chorros y más chorros, seguramente generados por la excitación que había sentido desde que habíamos entrado en la discoteca.

Finalmente, Adriana fue bajando la intensidad de sus movimientos y mi cuerpo se fue relajando.

—¡Dios, qué corrida! – dije cuando pude recuperar el habla.

—Mira cómo me has puesto…— me dijo Adriana mostrando como habían quedado sus tetas y su torso, lleno de chorretones que se deslizaban manchando la tapicería del asiento.

Yo continuaba terriblemente excitado, e intenté tocarle el coño para masturbarla, pero ella me detuvo.

Mejor vamos a casa. Aquí me cuesta más correrme dijo abriendo la puerta y colocándose el vestido para pasarse al asiento delantero.