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— Venga que estás embobado. Es un vestido ideal para una cena con mi marido en vacaciones. Y ahora vámonos, que se nos hace tarde. — me apremió. Yo cogí las llaves del coche y nos fuimos al restaurante.
La verdad es que el sitio que nos había recomendado Guillermo era precioso. Una terraza en lo alto del pueblo con vistas a toda la costa. Una mesa muy íntima. Iluminada con una pequeña vela en el centro y con luces colgadas que daban una perfecta iluminación.
—Es precioso, cari – me dijo Adriana entusiasmada — ¿Ves como sí que sabes encontrar sitios secretos?
—Bueno la verdad es que fue Guillermo el que me habló de este sitio – le reconocí.
En el restaurante, varios hombres la miraron sin disimulo.
Yo sentía esa familiar mezcla de orgullo y excitación mientras cenábamos.
Adriana estaba radiante, riendo, cruzando las piernas de forma que el vestido se le subía peligrosamente.
Sabía que no llevaba bragas. Cada vez que se inclinaba hacia delante para coger la copa, el escote se abría y yo podía ver el nacimiento de sus pezones.
Mi polla estuvo medio dura toda la cena.
Nos encantó el sitio. La comida estaba buenísima, el vino era afrutado, y estaba a la temperatura perfecta.
Era el clásico lugar que se esmeraba con cada detalle.
Tendría que felicitar a Guillermo por la recomendación.
Terminada la cena, cogimos el coche y nos dirigimos a uno de los locales que había visto en internet, y que decían que era ideal para tomar algo en un entorno con ambiente, pero tranquilo.
Estaba bastante cerca de casa así que era perfecto por si bebía, ya que así podría dejar el coche allí, regresar a casa dando un paseo y volver a recogerlo a la mañana siguiente.
El sitio no estaba muy lleno. Aún era pronto para los horarios que se manejan en ese tipo de locales en temporada de vacaciones. Solamente eran las doce y media, y empezaba a llegar la gente. Entramos, nos sentamos en una mesa alta en la terraza y pedimos un par de copas.
— Me están encantando las vacaciones – le confesé a Adriana – Hubiese sido una pena que te hubieses ido con Emma y su grupo.
—Pareces tonto. Sabes que nunca me habría ido con ellas y esos dos spaguetti.
—Bueno, yo la verdad es que te lo comenté por hacerme el moderno, pero prefiero que te hayas querido quedar aquí. Sin ti aquí, esto no tendría gracia.
—No hace falta meter a nadie en nuestra relación para darle morbo. Que llevamos dos días aquí y no hemos parado de darle al tema y de hacer “cosas morbosas” – me dijo dando un sorbo a su copa y sacando el paquete de tabaco.
—La verdad es que desde que hemos llegado, no hemos parado… – dije yo cogiendo el cigarrillo que me ofrecía – Me está encantando todo lo que estás haciendo. ¡Menuda pájara que estás hecha!
—¿Pero qué he hecho yo? Si he sido muy buena – me dijo poniendo carita de no haber roto en su vida un plato.
Sin embargo, sus piernas cruzadas con medio muslo al aire por la abertura del vestido me hacían ver en ella un diablo disfrazado de ángel.
Y mirando alrededor pude ver como había un grupo de varios chicos mirándola descaradamente y haciendo comentarios entre ellos.
—Tanto como nada… el chaval de la playa a estas horas debe andar que no puede ni moverse de tanta paja que se habrá hecho contigo. Y “chica guapa” lo mismo – le dije imitando el acento del africano y haciéndola reír.
—¿Me dices en serio que de verdad te ha dado morbo que un tío se pajee pensando en mis tetas? – me preguntó en voz baja y muy seria.
—Ya te he dicho varias veces que sí.
—Ya, pero me lo has dicho mientras follábamos y eso no vale. En esos momentos se dice de todo.
—Bueno en ese momento se dice la verdad – le aseguré yo – Otra cosa es que luego en frio nos de vergüenza lo que decimos. De todas formas, ahora no estamos follando, y te lo repito. “Me da muchísimo morbo pensar que un tío se masturba pensando en ti”.
—Es verdad lo de que follando se dicen cosas de las que después nos avergonzamos–confesó – ahora pienso en algunas de las cosas que hemos dicho y me muero de la vergüenza al pensarlo.
—Son cosas de pareja. Es más, demuestra la confianza que hay entre nosotros. No pasa nada por confesarnos estas cosas. Además, yo quiero que sigamos con este tipo de juegos. No tenemos que avergonzarnos de nada y nos estimulan de cojones.
—Por mi parte, no hay problema y, si a ti no te importa, yo estoy encantada con nuestros juegos – me dijo acercándose a mí y besándome en los labios. A mí también me excita.
—Además recuerda que tienes que enseñarles las tetas a los de la piscina. Seguro que todos los tíos, Guillermo el primero, están deseando vértelas – le dije yo besándola y metiendo un poco mi lengua en su boca, que ella recogió juguetona.
—Eso no te lo puedo prometer, pero seguro que alguna otra cosa se nos ocurre –me dijo con cara morbosa.
Acabamos la copa y nos fuimos a la parte de dentro. Pedimos un par de copas más en la barra y nos la tomamos allí de pie mientras Adriana se movía con la música. Yo simplemente la observaba.
—Me voy a bailar — me dijo ella, extendiendo la mano hacia mí mientras el vestido se le abría ligeramente. Pese a que odio bailar, hice ademán de levantarme, pero ella me detuvo—. No, espera... primero yo. Quédate aquí y mírame. Bailaré para ti.
Me recosté en la barra, con el corazón latiéndome en sintonía con la música, y la vi alejarse hacia la pista con pasos que eran de una seducción que se me antojó casi cinematográfica: las sandalias alargando sus piernas y mostrando unos pies perfectos,
el vestido vaporoso adhiriéndose a sus caderas en un vaivén que parecía estar pidiendo guerra.
La pista era un círculo de unos diez metros, rodeado de sofás parejas acarameladas y grupos de amigos que nada más verla aparecer, centraron su atención en ella.
Adriana se colocó en el centro, bajo un foco, y comenzó a bailar.
Para mi sorpresa, lo empezó a hacer con una sensualidad que rayaba en lo obsceno, unos movimientos que no eran coreografiados sino instintivos.
Sus caderas se mecían en círculos, el vestido se le tensaba subiendo por sus muslos con cada giro, revelando la piel suave de sus piernas.
En uno de aquellos movimientos, percibí un flash fugaz de su pubis reluciente antes de que la tela cayera de nuevo para ocultar lo que no tardaría demasiado en volver a enseñar.
Sus manos subieron por sus costados, rozando los pechos libres bajo la tela, los dedos trazaron la curva de sus senos que hacía que los pezones se le marcaran nítidos contra la fina tela del vestido.
Era más que evidente, que las vacaciones la estaban desinhibiendo como nunca.
Pusieron una canción, que yo sabía que le encantaba, y ella dio un gritito y aceleró los pasos de baile.
Se dejaba llevar por la música mostrando más de lo políticamente correcto.
Un grupo de jóvenes silbó, y los comentarios entre ellos eran evidentemente irrespetuosos, lo que me incomodó un poco, pero me excitó muchísimo.
Observé que algunas parejas algo más maduras que nosotros, no le sacaban los ojos de encima, y hablaban entre ellos con cierto gesto de reproche, pero Adriana no se inmutó; en cambio, se giró de nuevo de frente,
con los brazos alzados por encima de la cabeza en una postura que elevó la tela del vestido para ofrecer una nueva visión instantánea del pubis.
Aquello era otra novedad. Mi mujer jamás salía sin ropa interior, y la idea de que solamente una finísima tela de raso ocultaba su completa desnudez, me excitaba enormemente.
Fantaseé con la posibilidad de que se le rompiese un tirante, y que quedase completamente desnuda delante de todo el mundo.
La verdad, es que me estaba poniendo a cien.
Sus movimientos se volvieron más fluidos, más invasivos: una mano bajó por su vientre, rozándolo a través de la tela, el vestido se le arrugaba contra los dedos mientras sus caderas ondulaban.
Bailaba con la melena suelta azotando su espalda desnuda con cada giro, el sudor le perlaba la piel y resbalaba por el valle entre sus pechos.
El carmín de sus labios se extendía en una sonrisa depredadora dirigida claramente a mí, que la observaba desde la barra con la mandíbula apretada sin poder retirar mis ojos de ella.
El baile era una pura provocación. Pechos, muslos, todo quedaba a la vista en aquellos movimientos que dejaban su espalda desnuda también expuesta.
Los tirantes finos apenas eran capaces de sostener la tela, y temí y deseé que en alguno de aquellos movimientos se soltasen.
Los espectadores asistían a un espectáculo impúdico y gratuito.
Los murmullos y confidencias se mezclaban con las miradas de deseo, pero Adriana bailaba solo para mí, con sus ojos clavados en los míos a través de la distancia.
En ese momento, ocurrió lo que llevaba un rato temiéndome, un par de hombres se apartaron de un grupo en la periferia de la pista y se acercaron con la confianza de depredadores en un territorio de caza conocido.
Eran atractivos, el primero, alto y de hombros anchos bajo una camisa blanca, con el cabello negro ondulado cayendo sobre la frente y una barba recortada que delineaba una mandíbula cuadrada; el segundo, más esbelto, con ojos claros penetrantes y una sonrisa chulesca,
vestido con una camiseta ajustada que marcaba los músculos de su torso y pantalones oscuros que caían rectos sobre unos zapatos relucientes.
Se posicionaron uno a cada lado, moviéndose a su ritmo.
Adriana no se detuvo, pero su cuerpo se tensó un instante. Giró, arqueando la espalda para que el vestido mostrase el comienzo de sus nalgas, y les dedicó una sonrisa lasciva, con los labios curvados en un gesto medido que contrastaba con la erótica ordinariez de su baile.
Sus ojos se desviaron de ellos hacia mí en un guiño cómplice, y se encaminó hacia donde yo estaba con una sonrisa provocadora.
Los hombres retrocedieron con el semblante de una dura derrota en el rostro, antes de fundirse de nuevo en el grupo de amigos entre risas y miradas cargadas de deseo.
Todavía no había llegado a mi lado, cuando se le acercaron otros dos tíos a los que les eché nuestra edad aproximadamente.
Se pusieron a hablar con ella. Esta vez ella les respondió algo.