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—Si bueno, la verdad es que no puedo decir lo contrario, Adriana es una mujer espectacular – le dije siguiendo la conversación, no porque se lo hubiese prometido a Adriana, si no que me sentía cómodo hablando con él – Y entiendo lo que te pasaba con Nuria.
También es una mujer espectacularmente guapa.
—Sí, ya te he visto como le mirabas las tetas y el culo antes cuando hablabas con ella – me dijo de repente y haciendo que me pusiera completamente nervioso.
—No… hombre. ¿Cómo dices eso? – balbuceé sin saber muy bien que decir ante la tremenda sinceridad de sus palabras.
—Tranquilo hombre, es normal. La verdad es que las tiene grandes y todavía muy bien puestas— me dijo en voz baja – Además, que la mires supone todo un halago para mí. A medida que vas cumpliendo años cada vez eres menos celoso e incluso te gusta que miren a tu mujer – me dijo tranquilamente.
—No, si yo tampoco soy celoso – dije intentando parecer calmado.
—Mejor, porque con una mujer como la que tienes es inevitable que todos la miren. Y le pasará como a Nuria, que no la miraran precisamente a la cara – me dijo con complicidad.
—Si bueno, ya te digo que no soy celoso para nada. Hoy incluso la he convencido para que hiciera topless en la playa – le conté sin pensar demasiado en lo que decía.
—¿En serio? – dijo incrédulo – Mira que le he dicho a Nuria que fuésemos hoy a la playa...
—Sí, lo cierto es que era la primera vez que lo hacía. Pero ha estado muy natural. Parecía que lo llevase haciendo toda la vida. Yo al principio estaba un poco nervioso, pero luego me he ido relajando y la verdad es que tiene su morbo.
—Te comprendo perfectamente, Jose – me dijo en tono paternalista – Te contaré una cosa Nuria y yo vamos de vez en cuando al atardecer a alguna cala de las que te he contado y se pone en topless.
Te aseguro que no lo hace por tomar el sol ni nada, es más por el morbo de exhibirse, y a mí me encanta que lo haga. – Me confesó.
— ¿A ti no te importa? – le pregunté curioso.
—Que va, todo lo contrario. Para mi resulta muy morboso. Ya verás cuando llegues a mi edad. Lo verás con los mismos ojos con lo que lo veo yo. Es cuestión de perspectiva.
Nos quedamos unos segundos callados después de lo que me había contado y entonces Guillermo se dirigió a la bolsa que tenía junto a las toallas y sacó su móvil. Se puso a buscar algo en él y me dijo – Te enseñaré una cosa en confianza, pero ni una palabra a nadie ¿de acuerdo?
Yo le aseguré que no diría nada, entonces, me acercó su móvil y en el aparecía un primer plano de Nuria, tumbada en una toalla en la playa con sus estupendas tetas al aire.
Me quede turbado viendo aquellas tetas, que me mostraba su propio marido.
De mi boca solamente salió un “¡Joder!– que hizo que Guillermo se riese por el comentario.
—Fue un fin de semana del mes pasado que estuvimos por aquí. Para que veas que no te miento. Pero no le digas a nadie que la has visto.
—Te aseguro que no. – le prometí devolviéndole el móvil.
—Tranquilo hombre, no te preocupes. Puedes echar un vistazo hay unas cuantas más. Míralas. No me importa que las veas.
No sé por qué, pero le hice caso y empecé a pasar las fotos. Había un montón de fotos de Nuria posando con las tetas al aire. En una incluso estaba con uno de los negritos que vendían pareos. Guillermo me vio viéndola.
—Estos cabrones siempre se acercan a las tetonas – dijo como si no le diese la menor importancia.
— Sí, hoy a Adriana le ha pasado igual. Chica guapa de la playa la llamaba el cabrón — le conté yo.
—Ten cuidado que se las saben todas — me advirtió entre risas. —Si no se anda con cuidado, alguno ha llegado a propasarse.
Finalmente, un poco alterado por la visión de las tetas de Nuria, le devolví el móvil y solo acerté a decir que era una mujer espectacular.
Guillermo cogió el móvil cerrando la galería y guardándolo de nuevo.
Durante un instante pensé que tenía el mismo deseo que yo, mostrar a su mujer, compartir su mayor tesoro con otros.
No éramos cuatro locos los que lo hacíamos.
Había una legión de hombres haciendo lo mismo que hacía yo, y excitándose al mostrar a su mujer.
Y cuanto más profundizaba en las diferentes páginas de internet, más me concienciaba de que esto era así.
Tenía localizados a cientos de perfiles como el mío, o incluso más atrevidos, e incluso un hombre no protegido por el anonimato que ofrecen las redes, me había enseñado a su esposa desnuda lleno de orgullo.
—Por favor ni una palabra que me mata Nuria. – dijo Guillermo rompiendo el hilo de mis pensamientos.
—De verdad que no – le respondí sinceramente. No conocía a nadie a quién contárselo, y desde luego a Adri no se lo iba a contar.
—Bueno me voy para dentro. Hoy Nuri quiere que cenemos fuera y me tengo que arreglar – me dijo despidiéndose.
—¿A las calas? – le pregunté de cachondeo.
—Estaría bien pero hoy no. Aprovechad e id vosotros y le haces unas fotos a Adriana. Yo estaría encantado de verlas – Me dijo guiñándome un ojo y marchándose hacia su casa.
Finalmente me quedé solo. Me había dicho que quería que le enseñase yo una foto de Adriana en topless.
Estaba claro que me pedía que correspondiese a lo que él había hecho mostrándome a Nuria.
Lo pensé unos segundos y la verdad es que reconozco que lo de enseñarme él las fotos de su mujer había sido un puntazo.
Es cierto, que había tenido durante un momento, el impulso de enseñarle alguna foto de Adri desnuda, de las muchas que tenía, porque sabía cómo reaccionaría él, pero me lo pensé mejor, valorando las consecuencias de que ella se enterase.
Me mataría, sin duda, así que me felicité mentalmente por no haberlo hecho.
Cogí mi toalla y subí yo también a nuestro apartamento.
Adriana ya se había levantado y estaba tomándose un café helado.
—Qué buena siesta me he echado, cielo – me dijo sonriente mientras le daba un beso – Esta noche salimos, ¿vale? Me apetece que nos pongamos guapos, y salir a cenar y a tomar unas copas – me advirtió.
—Lo que tú quieras, Adri. Me parece perfecto ir a cenar y a tomarnos unas copas.
—Por cierto, que cuando me he levantado estabas hablando con Guillermo. Parecíais muy amiguitos. Ni siquiera os habéis dado cuenta de que me he asomado.
—No te hemos visto. – le dije un poco nervioso – Sí, hemos estado charlando un rato y la verdad es que ha sido una tontería lo de esta mañana.
Es bastante majo. Además, me ha recomendado unos cuantos sitios adonde ir.
Se conoce esto como la palma de la mano.
Parece ser que llevan bastantes años viniendo aquí.
—Lo ves tonto. Son todos muy majos – me dijo cariñosa.
Me puse a trastear con el móvil. Las reacciones a las fotos de Adriana meando, eran lo esperado, tal vez algo más “intensas” de lo habitual.
Al rato apareció ella con el bikini rojo y me dijo que se iba a dar un baño a la piscina.
Le dije que me quedaba allí, que me quería afeitar.
Aproveché cuando se fue y me metí en el baño y cerré la puerta.
Necesitaba un momento a solas para pensar en las tetas de Nuria.
¡Joder, estaba tremenda! Esas tetas caídas por la edad y el tamaño, me ponían malo.
Además, ver esos pezones grandes y oscuros había sido algo que no hubiese imaginado.
Sin darme cuenta me encontraba sentado en el váter con la polla morcillona.
Algo que me había llamado la atención era cómo posaba.
Recordé que el marido me había explicado que se notaba que se estaba exhibiendo, y que aquello le gustaba, y entendí que era cierto.
Recordaba sobre todo una sentada en una silla tomando el sol con las piernas abiertas y la cabeza echada hacia atrás.
Era la viva imagen de Adriana esa misma mañana en la playa.
¿También se estaba exhibiendo ella ante el chaval que no le quitaba ojo?
Sería una coincidencia, pero en mi mente se formaban mil conjeturas y eso hacía que cada vez me excitase más.
Salí del baño y volví al jardín. Me asomé y Adriana hablaba en el agua con Alberto y Bea.
Al otro lado de Adriana también estaban Javier y Rosa, otra de las parejas con las que habíamos coincidido un par de veces.
Volví a la mesa del jardín y me concentré en el móvil.
Hice una reserva en uno de los restaurantes que me había indicado Guillermo y estuve buscando los mejores sitios de la zona para tomar una copa.
Sobre las ocho, Adriana me hizo un gesto, y me dijo que se iba a arreglar. Cuando entré, se estaba duchando. Desde la ducha me gritó:
— Por cierto, me han dicho los vecinos que mañana van a irse todos de cena al pueblo, y que si queremos ir con ellos estarían encantados. Les he dicho que sí ¿te importa?
—No, para nada. Si a ti te apetece, por mi perfecto.
—Ah genial. Vamos todos me han dicho. Alberto y Bea, Javier y Rosa, Carlos y Eva y según me han dicho los que se conocen los mejores sitios que son Guillermo y Nuria.
—Si bueno, me lo creo. Antes le hablaba a Guillermo de todos los sitios secretos que había encontrado en internet y él los conocía todos. Para él no parece que haya sitios por descubrir.
Cuando salió del baño, Adriana me dejó sin habla.
Estaba espectacular, incluso provocativa.
Llevaba un vestido de raso negro suelto, pero increíblemente sexy.
La tela caía sobre su cuerpo, marcando sutilmente sus curvas y moviéndose con cada paso.
El escote era profundo, en pico, dejando a la vista gran parte de sus tetas firmes y bronceadas, pero lo mejor, era que dejaba toda la espalda al aire, casi hasta demasiado abajo.
No llevaba sujetador; solo la tela fina del vestido contenía sus pechos, y era evidente que no llevaba nada debajo.
La falda le llegaba a medio muslo, y cuando caminaba, la tela se abría ligeramente revelando sus piernas largas y suaves.
Completaba aquella imagen incandescente con unas sandalias de tacón alto negras que estilizaban aún más su figura y le daban ese contoneo irresistible al andar.
El pelo suelto, y los labios pintados de rojo intenso.
Estaba arrebatadora. Una mezcla perfecta de elegancia y pura provocación. Increíble.
— Joder, tía… ¿No es un poco demasiado…? – le pregunté mirándola con cara de asombro.