CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 3 #3
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Nos saludaron con la mano. Pasé rápido por la ducha y me tiré al agua.

Adriana por su parte solamente se duchó.

Era todo un espectáculo verla ducharse. Con aquel bikini rojo que apenas cubría su cuerpo y el agua cayendo por su piel parecía una modelo.

Guillermo indisimuladamente miraba como se duchaba, pero lo peor es que también vi a Adriana que al cerrar el grifo de la ducha miro hacia él y al verse observada, en lugar de sentirse incómoda, le sonrió.

Salí del agua mientras Adriana se secaba con la toalla. Nos secamos rápido y nos fuimos de nuevo al apartamento. Ya en la habitación Adriana se quitó el bikini y se quedó completamente desnuda. Ahí tenía otra vez sus tetas. Me fui hacia ella y se las cogí por detrás.

—El chaval de la playa seguro que está ahora dándole en su cuarto pensando en estas.

—¿Tú crees? La verdad es que no me quitaba ojo.

—Seguro que sí. Estará ahora encerrado en el baño haciéndose un pajote mientras mira la foto que te ha hecho. – Le decía pasándole la polla dura y caliente por el culo frio de ella.

—Mira que sois cerdos los tíos – me decía restregándose ella. —Os ponéis todos burros por un simple topless.

Llevé una de mis manos a su coño y la empecé a tocarlo mientras seguía con la otra mano manoseando sus tetas todo lo que podía.

La llevé bruscamente hacia la cama y la puse a cuatro patas en el borde.

Me agaché, le abrí las nalgas, y empecé a comerle el ano y el coño con ansia.

Sabía saladito del mar. Me gustó y comí con más ansía aún.

Por la posición mi nariz quedaba en su ojete y eso me excitaba.

Notaba su olor más íntimo de una forma muy embriagadora.

Estaba muy cachondo. No esperé más y me puse de pie.

Empecé a mojar mi polla en su coño y a metérsela.

Note como se abría paso por su coñito y como sus paredes vaginales se iban abriendo acogiéndola confortablemente.

Adriana gemía suavemente con cada acometida y yo cada vez iba dándole más fuerte. Recordé la imagen de ella en la playa y se lo empecé a decir.

— Me ha encantado que enseñases las tetas en la playa.

—Eres un guarro que quieres que se pajeen todos con las tetas de tu mujer – me dijo ella entre gemidos con voz de guarra.

Su comentario me sorprendía. Adriana no solía ser tan directa. Supuse que a ella también le había excitado el hecho de estar en topless delante de todos aquellos tíos en la playa. Yo cada vez la daba más fuerte. A ese ritmo no aguantaría mucho.

—¿Te ha gustado que te mirasen las tetas en la playa? El chaval y el negrito se han puesto las botas contigo.

—Ufff… me las han mirado bastante, sí… mmmm.

—El negro también te miraba el culo cuando te has agachado para coger la cartera.

—¿Si?... ¿y te molestó...?

—Me encantó… me gusta que te miren… seguro que te lo quería follar – le dije completamente excitado.

—La debía tener enorme – dijo ella – se le notaba a través del pantalón — La muy zorra se había fijado en la polla del negro.

— ¿Te gustaría follarte a un negro? – le pregunté agarrando fuerte su culo y abriéndoselo.

—Sería morboso. ¿También quieres verme con un negro?

—Mmm siiiii – le decía yo, al borde del orgasmo.

—Puedo bajar en topless a la piscina y luego que me espere el negro en casa. ¿Eso quieres?

Pensar en que se pusiera en topless en la piscina era algo que me volvía loco.

—¿Te vas aponer en topless delante de todos esos salidos? – le pregunté – Seguro que así conseguimos el viajecito en barco.

—¿Quieres que lo haga?

Pensaba en ella en tetas delante de todos esos cincuentones y me excitaba muchísimo. Me jodía la verdad que Guillermo la viese, pero he de reconocer que el hecho de que babease, lo hacía aún más excitante.

—Por mi sí. ¿Te atreverías?

—Mmmm… me lo pienso y a lo mejor lo hago, si quieres… ¿vale?

La conversación me estaba llevando a una sensación de excitación que nunca había sentido, así que, sin pensármelo, se lo solté:

—¿Me dejarías colgar tus fotos desnuda en una web? Por favor.

Adriana se quedó completamente quieta. Su coño, que hasta entonces me apretaba con fuerza, se relajó de golpe. Me miró con los ojos muy abiertos, incrédula.

—¿Estás de coña, Jose?

Me detuve dentro de ella, y sostuve su mirada. El corazón me latía con fuerza.

—No es broma —respondí con voz ronca—. Te taparía el rostro, por supuesto. Nadie sabría que eres tú. Solo quiero… ver las reacciones de la gente. Ver cómo te desean.

Ella parpadeó, procesando lo que acababa de oír. Empujó mi pecho con las manos y me apartó. Mi polla salió de su interior, brillante de sus jugos. Se sentó en la cama, cubriéndose instintivamente las tetas con un brazo.

—Ni en broma, Jose. ¿Estás loco? Eso es… demasiado. No.

El rechazo fue claro y rotundo. Por un segundo sentí una punzada de vergüenza, pero también una excitación extraña.

Su negativa no apagó el fuego; lo avivó.

Me levanté, cogí el móvil de la mesilla y me senté a su lado.

Abrí Pajilleros y busqué dos perfiles que tenía controlados: cuentas relativamente suaves, donde las mujeres no mostraban todo de forma extrema.

—Mira esto —dije, pasándole el teléfono.

Adriana dudó, pero cogió el móvil. Empezó a leer. Primero las fotos de una mujer morena, parecida a ella en complexión, posando en lencería y alguna foto más explícita, pero sin mostrar la cara. Luego los comentarios de debajo.

Adriana leía en silencio, con las mejillas cada vez más rojas. Pasó a otro perfil. Más fotos, más comentarios brutales y directos. Algunos alababan, otros eran crudamente sexuales, detallando exactamente qué le harían a la mujer de las fotos.

Dejó el móvil sobre la cama y me miró. Su voz salió baja, casi temblorosa:

—¿Eso te excitaría? ¿De verdad?

—Sí —respondí sin dudar, mirándola a los ojos—. Es lo que más me excita ahora mismo. Imaginar a otros viéndote, deseándote, corriéndose por ti. Me encantaría leer los comentarios contigo, los dos en la cama, mientras te follo. Quiero que sepas lo que provocas.

Adriana se quedó callada un buen rato. Noté que su respiración se había acelerado. Sus pezones seguían duros. No parecía enfadada… parecía abrumada, confundida y, quizás, un poco intrigada.

—No sé qué decir —murmuró finalmente—. Me halaga que me veas así… pero también me da miedo. Es mi cuerpo. Mi intimidad. Si algo se filtra…

—No se filtraría —le aseguré—. Yo lo controlaría todo. Siempre el rostro tapado, nada que pueda identificarte. Solo el placer de saber que otros te desean.

Me acerqué y la besé en el cuello. Mi mano bajó entre sus piernas.

Todavía estaba mojada. Muy mojada. Incluso más que antes.

Empecé a tocarla despacio mientras le susurraba todo lo que imaginaba: fotos suyas en la playa, sus tetas al sol, su culo en primer plano, los comentarios que llegarían, los tributos…

Adriana gimió suavemente.

—Déjame probar solamente con una foto. La que quieras. Si no te gusta, la borramos y punto.

—Déjame pensarlo… Joder, tío… Estás un poco tocado… - dijo mientras yo la volvía a penetrar.

Fue demasiado para mi oír que se lo pensaría. La sola posibilidad de que me dejase colgar fotos suyas en la red, me hicieron correrme. No aguanté más y dando un par de empujones más se la saqué y me corrí sobre su culo. Se lo puse perdido.

Adriana no se había corrido, así que me bajé y metí la cabeza entre las piernas y la lamí, hasta que con un grito que me sorprendió, tuvo un orgasmo brutal, que me empapó la cara con sus jugos. Desde luego, era evidente que la conversación también la había puesto muy cachonda a ella.

Unos vecinos juguetones.

Como siempre me levanté de la siesta antes que Adriana y bajé a la piscina un rato.

Pude ver que estaba Nuria bañándose algo que me alegró, porque la tía estaba muy buena.

Sin ser espectacular me daba morbo aquella mujer con su magnífica madurez.

Lo malo era que debajo de la sombrilla estaba Guillermo, su marido, leyendo un libro.

Ni levantó la cabeza cuando aparecí yo. Me quité la camiseta y me fui al agua con Nuria.

En seguida Nuria vino hacia mí. Estuvimos charlando un rato en la zona de las escaleras de entrada.

La verdad es que a sus aproximadamente cincuenta años estaba impresionante.

Lo que más me llamaba la atención eran esas dos tetas caídas.

Sinceramente me daban ganas de liberarlas del pequeño bikini, un tanto excesivo para su edad, pero que le quedaba de muerte.

Finalmente, Nuria salió de la piscina y dijo q se iba a descansar un rato.

Fue hacia Guillermo, cogió su toalla se envolvió en ella, le dijo algo a su marido y se fue para casa aún empapada envuelta en su toalla.

Yo me quedé nadando un poco sin demasiadas ganas de hablar con Guillermo, aunque éste, al poco tiempo se metió al agua.

—¿Qué tal hoy en la playa?, ¿mucha gente? – me preguntó intentando empezar una conversación de cortesía.

—No, la verdad es que se estaba bastante bien. Siendo un día de diario tampoco había demasiada gente – le respondí educadamente como le había prometido a Adriana.

—Tampoco el fin de semana hay mucha más gente por aquí. Las playas son muy grandes y siempre tienes hueco. Esta zona no tiene nada que ver con la levantina. Allí hay que madrugar para conseguir hueco.

—Es bueno saberlo, aunque la verdad es que tenemos pensado movernos por un montón de calas preciosas que he estado viendo en el móvil.

Guillermo conocía bastante bien la zona y todas las calas de las que le hablaba.

Estuvimos un rato charlando y aconsejándome sitios donde podía llevar a Adriana.

La verdad es que era bastante más majo de lo que yo había pensado en un primer momento.

Finalmente salimos del agua y nos quedamos secándonos fuera al sol.

—La verdad es que me dais mucha envidia Adriana y tú.

Cuando os veo recuerdo las primeras veces que venía con Nuria aquí.

También me encantaba llevarla a calas con poca gente y aprovechaba cualquier ocasión para meterle mano – me decía riéndose – Pero vamos que te voy a contar a ti con la pedazo de mujer que tienes – Lejos de molestarme, su comentario me hizo sentir halagado.