CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 3 #2
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Al poco vi a Adriana levantarse. Dejó las gafas en la bolsa y se dirigió andando hacia el agua.

A su paso todos se giraban a verla. Era hipnótico el bamboleo de sus tetas al andar. Se metió sin pensarlo y vino hacia mí.

Me beso en los labios, un piquito, el agua llegaba a sus pechos sin cubrirlos y parecían flotar.

—Joder que buena estás – le dije.

—Vaya, vaya. Ya te vas poniendo contento –me respondió con cierta ironía en la voz. —¿Te gusta que me miren? – preguntó de forma pícara mientras yo asentía con la cabeza – El chaval de al lado me da que me ha hecho hasta alguna foto. Como la ponga en internet lo mato.

—Será cabrón. A qué salgo y le quito el móvil.

— No seas tonto. Solo será para sus pajas. Se va a hacer un montón de pajas con las tetas de tu mujer. ¿Eso es lo que querías no? – sonreía maliciosamente mientras me lo decía y se agarraba a mi cuello para besarme de nuevo.

Joder escuchar eso hizo que mi polla se espabilase del todo y noté que comenzaba a crecer. No sé cómo lo supo, pero Adriana echó mano a mi paquete debajo del agua y me la agarró con fuerza.

—Ummm como estamos... Parece que te gusta la idea de que se pajeen con las tetas de tu mujer.

—Para Adriana, que me pongo malo – le confesé algo turbado por su desinhibición en público, algo a lo que no estaba desde luego acostumbrado.

—Tranquilo que no pienso dar un espectáculo aquí – me dijo soltando mi polla – Solo confirmaba mis sospechas — y se alejó nadando.

Fui tras ella y jugamos un poco en el agua mientras yo la sobaba todo lo que podía cada vez que la agarraba.

Finalmente, Adriana me dijo que se salía.

Yo tenía una buena erección y no podía salir.

Le dije que me quedaba hasta que se me pasara y observé como ella salía del agua como una sirena descubriendo poco a poco su cuerpo semidesnudo.

Otra vez vi los ojos de todos clavándose en ella.

Llegó hasta nuestra sombrilla. Colocó la toalla en la silla y se sentó.

Por mi parte observaba desde el agua pensando en que ese chaval se mataría a pajas hoy.

Incluso puede que les mandase la foto a sus amigos y todos lo hiciesen.

Eso me excitaba más. Así no podría salir nunca del agua.

Me fui un poco más para adentro y decidí mear.

Tuvo resultado y mi erección comenzó a bajar. Por fin podía salir del agua.

Al salir del agua miré hacia Adriana y un vendedor ambulante le estaba ofreciendo todo tipo de objetos mientras ella ojeaba tranquilamente unos pareos.

El tipo estaba de espaldas a mí. Era el típico negro de las playas que seguro que se estaba poniendo las botas. Llegué hasta ellos y me senté al lado.

— ¿Te gusta este, cari? – me pregunto Adriana señalando un pareo.

—Sí, está bien – dije con indiferencia, aunque algo incómodo por la cercanía del chaval.

—Tú muy guapa – decía el chico – chica guapa solo diez euros. Demás chicas quince euros. – nos decía en su castellano de supervivencia.

—Venga va, con esos piropos me lo quedo –dijo Adriana levantándose de la silla y cogiendo la cartera de la bolsa.

Al agacharse ofreció al negrito un primer plano de su culo.

No me había fijado hasta ese momento, pero aquella braga del bikini le quedaba aún más pequeña que la otra.

Casi parecía un tanga. El negro no le quitaba ojo.

El tío era muy alto y delgado. Pensé que con la fama de los negros este debía tener una polla descomunal. Por fin Adriana le dio los diez euros.

—Gracias guapa – dijo él – tu cuidar mucho.

Adriana dejó el pareo bien doblado en la bolsa y me dijo que era muy simpático el vendedor y que además por diez euros estaba muy bien de precio, que por menos de treinta no encontrabas nada en las tiendas del pueblo.

—Menudo espectáculo le has dado. El tío no te quitaba ojo.

—Jose, estás obsesionado, no todos me miran.

—Te puedo asegurar que este no ha parado de hacerlo. Tonto no es.

Adriana se tumbó boca arriba sobre la toalla.

El sol pegaba fuerte y su piel ya tenía ese tono bronceado que tanto me gustaba.

De repente, se incorporó, miró a ambos lados con naturalidad sin avergonzarse lo más mínimo de mostrar sus pechos perfectos.

Eran firmes, redondos, con ese peso natural que los hacía moverse ligeramente.

Sus pezones, de color oscuro y algo endurecidos, destacaban sobre la piel dorada.

Sin decir nada, cogió el bote de crema solar y empezó a echársela.

Primero por los hombros y el escote. Luego, con movimientos lentos y deliberados, se untó las tetas.

Sus manos resbalaban sobre la piel, extendiendo la crema blanca en círculos amplios.

Vi cómo sus dedos pasaban por encima de los pezones, presionándolos ligeramente, cubriéndolos de crema que brillaba bajo el sol.

La crema se deslizaba por las curvas inferiores de sus pechos, formando gotas que caían hacia su vientre.

Se tomó su tiempo, masajeando con cuidado, asegurándose de que no quedara ni un centímetro sin protección.

Era un espectáculo hipnótico y descarado.

Me sorprendió su falta de vergüenza. No miró alrededor con nerviosismo.

No se tapó con la toalla. Simplemente estaba allí, sentada con las tetas al aire, untándose crema como si fuera lo más normal del mundo.

El verano pasado se habría muerto de la vergüenza solo con la idea del topless.

Ahora lo hacía con una seguridad que me dejó alucinado… y terriblemente excitado.

Saqué el móvil disimuladamente y empecé a hacerle fotos.

Primero desde un ángulo más amplio, capturando cómo el sol iluminaba su torso desnudo y el mar de fondo.

Luego acercándome más: primeros planos de sus manos sobre las tetas, de los pezones brillantes de crema, del contraste entre la piel dorada y la crema blanca.

Mi polla se endureció dentro del bañador.

Cada foto era un tesoro que sabía que compartiría más tarde en el grupo.

—¿Qué haces? —preguntó ella con una sonrisa pícara al verme con el móvil.

—Inmortalizándote —respondí—. Estás increíble así.

Adriana se rio suavemente y se tumbó de nuevo, sin volver a ponerse el bikini. Sus tetas quedaron expuestas al sol y a las miradas ocasionales de los que pasaban por la orilla.

—No me importa que mires —dijo—, pero ¿te molesta que otros también lo hagan?

La pregunta me pilló por sorpresa. Noté cómo se me aceleraba el pulso.

—Al contrario —admití, con la voz un poco ronca—. Me gusta que te miren. Me pone… bastante.

Ella giró la cabeza hacia mí intrigada, pero sin escandalizarse.

—¿En serio? Pues a mí también me está gustando esta sensación. Antes me habría muerto de vergüenza. Ahora… no sé. Me siento poderosa. Deseada. Es una sensación excitante.

Empezamos a hablar del topless con naturalidad, como si estuviéramos comentando el menú de la cena.

Le conté que llevaba tiempo fijándome en cómo la miraban otros hombres y que, lejos de molestarme, me excitaba.

Adriana escuchaba atentamente, pasando de vez en cuando la mano por sus pechos para extender mejor la crema.

—He estado pensando en hacerme un piercing en el pezón —soltó de repente.

Me quedé mirándola, alucinado. La seguridad con la que lo dijo me dejó sin palabras. Esta era la misma mujer que años atrás se ruborizaba si alguien mencionaba cualquier cosa relacionada con el sexo en público.

—¿Un piercing? ¿En el pezón?

—Sí —confirmó, tocándose distraídamente el pezón derecho—. He leído que es muy estimulante. Dicen que aumenta la sensibilidad brutalmente. Que los roces, el roce de la ropa, incluso el frío… todo se siente mucho más. Y estéticamente queda muy sexy, ¿no crees?

La imaginé con un pequeño aro plateado o una barrita atravesando uno de sus pezones perfectos. La imagen me golpeó con fuerza. Ya la veía en el grupo: fotos de cerca mostrando el piercing, los comentarios salvajes que llegarían. Mi erección era casi dolorosa.

—Joder, Adriana… sí que has cambiado —murmuré, sin poder ocultar la sorpresa y el deseo en mi voz.

Ella se encogió de hombros con una sonrisa confiada.

—Contigo me siento segura. Sé que te gusta que sea así. Y a mí me gusta sentirme libre, guapa, deseada. ¿Te imaginas cómo quedaría?

Me imaginé perfectamente. Y no solo para mí.

Para todos los que ya veían sus fotos en secreto.

Le dije que me parecía muy sexy, que si ella quería hacerlo, yo la apoyaba.

La conversación derivó en detalles: dónde hacerlo, si en uno o en los dos, qué tipo de piercing.

Adriana hablaba con entusiasmo, como si estuviera planeando unas vacaciones.

Yo solo podía pensar en las fotos que le sacaría después, en cómo brillaría el metal contra su piel, en los comentarios que recibiría.

Mientras hablábamos, varios hombres paseando por la orilla ralentizaron el paso. Sus miradas se clavaban en sus tetas desnudas. Adriana se dio cuenta y, en lugar de taparse, arqueó ligeramente la espalda, ofreciéndolas al sol… y a ellos.

Yo saqué más fotos. Disimuladamente. Para mí. Y para mis amigos virtuales.

—Bueno anda, ¿nos vamos a tomar una cervecita?

Fui recogiendo todo mientras que Adriana se colocaba la parte de arriba del bikini.

Eche un último ojo y el chaval seguía mirando sin cortarse.

Se había quitado las gafas de sol como para verla por última vez.

Cuando estuvo lista se puso su pareo y nos fuimos al chiringuito. Nos sentamos en una de las mesas.

—Guillermo me ha dicho que en estos chiringuitos preparan una sangría buenísima – lo que quería decir que quería que la pidiese.

—Ah bueno pues si lo recomienda tu amiguito Guillermo habrá que pedirla – le dije en tono irónico.

—No seas bobo. Además, es una oportunidad muy buena para hacer algo imprevisto este verano. Me encantaría dar un paseo en barco. ¡Como los ricos!

Solté una carcajada, y pedí la jarra de sangría como quería ella.

Nos la trajeron en seguida y hay que reconocer que estaba espectacular.

Se notaba que llevaba varios licores y aun así nos la bebimos rápido.

Adriana me dijo que si pedíamos otra y unas raciones y así comíamos.

La verdad es que estábamos a gusto y nos quedamos allí.

Cuando terminamos cogimos el coche y nos volvimos para el apartamento.

— ¿Nos damos un baño en la piscina y nos quitamos la sal? – le propuse.

—Bueno te acompaño, pero yo solo me doy una ducha me voy a echar la siesta.

Bajamos los dos a la piscina y allí estaban Nuria y Guillermo en sus hamacas leyendo ambos.