CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 3
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Despertamos temprano con el sol que entraba por la ventana abierta. Adriana me besó y me dio los buenos días.

— Voy a preparar un café. Levántate tú y prepara tostadas, por favor – me pidió.

Desayunamos los dos juntos en el jardín y luego me fui a correr.

Adriana se quedó mirando su móvil. Cuando regresé y entré en casa no la vi.

Subí arriba y tampoco estaba. Bajé a la piscina y la vi hablando con un hombre que no conocía.

Un tipo de unos cincuenta y tantos años, alto, fuerte, bastante moreno de piel, y todo repeinado, que sonreía embobado con lo que le estuviera contando Adriana.

Me dirigí hacia ellos y el hombre se percató de mi presencia. Adriana se giró y me vio.

—Mira Jose, este es Guillermo, el marido de Nuria. Acaba de llegar.

Le di la mano. Me la apretó fuerte, muy fuerte.

Yo no solía dar la mano floja pero ese hombre la verdad es que hacía demasiada presión.

Tampoco me había gustado nada como miraba a Adriana cuando llegué.

No sentí celos, pero sí cierta incomodidad.

Detestaba a aquel tipo de hombres, que se creían atractivos y capaces de seducir a jóvenes a los que doblaban la edad solo por su poder y su dinero. Por fin me soltó la mano

—Nos dijo Nuria que venias el viernes – le dije por hablar de algo.

—Sí, pero se ha cancelado una reunión que tenía y he podido escaparme un día antes – me dijo sonriendo – Además ha sido una suerte. No sabía que la inquilina del seis era tan bella…

— ¿No es fantástico Jose? – me preguntó Adriana emocionada – Guillermo me acaba de decir que tiene un pequeño barco en Aguadulce. – dijo dirigiéndose a Guillermo – Le encantaría enseñarnos la costa almeriense desde el mar. ¿Qué te parece?

—Será un placer mostraros esta costa tan especial desde la perspectiva del mar. Además, en el barco, nos podríamos relajar. Allí no hay miradas indiscretas que te incomoden. De hecho, Nuria suele tomar el sol desnuda cuando navegamos. Así que ya os diré cuándo podemos ir.

—¡Estupendo! – exclamó, para mi sorpresa, una emocionada Adriana, que no parecía haber escuchado que aquel tío le estaba sugiriendo que se quedase en pelotas en el barco con él y su mujer.

No sé por qué, pero me intimidaba ese hombre. Su corpulencia, su perfecto aspecto, su sonrisa. Me hacía sentir inferior. Encima le ofrecía a Adriana un plan que parecía que a ella le encantaba.

—Bueno cariño, ¿nos vamos ya a la playa? – dije bruscamente cogiendo a Adriana de la cintura

—Sí, vamos. — dijo Adriana un poco extrañada por mi comportamiento — Bueno Guillermo pues nos vemos estos días por aquí, y no te olvides de lo del paseo en barco… – se despidió de él.

—Claro que sí pareja. Pasadlo bien – Se despidió Guillermo viendo como nos alejábamos.

Subimos a casa y sabía que Adriana había notado mi actitud cortante con Guillermo. Intente dejarlo pasar.

—Me doy una duchita mientras te vistes y nos vamos – le dije yéndome hacia el baño.

— ¿Se puede saber qué te pasa? – me preguntó con firmeza.

—¿A mí?, nada. No sé a qué te refieres ¿Qué he hecho? – mentí como pude.

—Jose has estado muy borde con Guillermo y lo sabes. A cuento de qué viene esa actitud.

—Bueno… a ver… es que me sorprendió no encontrarte en casa. Y bajo y te veo hablando y riéndote con el… Además, qué pasa, ¿que ponerte en pelotas en su barco no te da vergüenza? – le dije contraatacando.

—¿Tú eres tonto? Se ha acercado Nuria emocionada por la sorpresa del adelanto de su llegada y me lo quería presentar. También han estado Alberto y Bea, pero se han marchado también a la playa.

—Es que no me gustaba como te miraba.

—De verdad que no me lo puedo creer. Ayer me dices que quieres que baje en topless a la piscina y ahora me vienes con esto. No hay quien te entienda Jose. – Me dijo marchándose a la habitación y dejándome allí.

Me metí en la ducha para quitarme el sudor. Me puse el bañador y salí del baño. Adriana ya estaba prácticamente lista. Estaba guardando las cremas en la bolsa de la piscina. Me acerqué a ella por detrás y besándola en el cuello la dije

—Lo siento mi amor. Siento haber estado tan borde. No volverá a pasar – me excuse mientras la llenaba de besos.

—Joder tío, que encima nos estaba ofreciendo el hombre una experiencia diferente que me encantaría, ¡y gratis! – me dijo.

—Sí, de verdad que lo siento. Te juro que la próxima vez seré más amable – Le prometí.

—Venga anda vámonos.

Cogimos el coche. Íbamos a la playa más cercana.

Típica playa familiar. Ya habría tiempo de ir a calas solitarias.

Llegamos y aparcamos fácilmente. Eso de no ser fin de semana hacía que se notase en el aparcamiento y que la playa no estuviese tan abarrotada.

Yo bajé la sombrilla y las sillas. Adriana cogió la bolsa con las toallas.

Caminamos hasta prácticamente la primera línea y encontramos un hueco grande entre un matrimonio maduro de unos sesenta años y una familia con un chico y una chica adolescentes.

Adriana me hizo un gesto para que buscásemos otro lugar, y enseguida entendí que no enseñaría las tetas delante del viejo y de los dos jóvenes.

Tras recorrer un trecho por la orilla, dimos con un sitio bastante despejado.

Adriana esperó paciente a que pusiese la sombrilla.

Cuando lo hice coloqué las sillas y Adriana empezó a dejar las cosas.

Odiaba llenarse de arena. Me quité la camiseta mientras ella se quitaba cuidadosamente el pareo y se quedaba con su imponente bikini rojo.

Estaba tremenda. Se sentó en la silla y cogió el bote de crema. Yo me senté a su lado.

—¿Quieres que te eche en la espalda?

—Sí por favor. — Adriana comenzó extenderme la crema por la espalda.

—Recuerda que si vas a bañarte tendrás que renovarte la crema que luego te quemas – me dijo en de forma cariñosa.

Mientras terminaba de echarme crema, llegó un chaval de unos dieciséis o diecisiete años, y se tumbó a unos escasos diez metros de nosotros.

Cuando terminó conmigo, empezó ella a darse crema por las piernas. Mientas lo hacía podía ver como el chaval miraba de reojo cómo lo hacía levantando de vez en cuando la cabeza de su móvil. Adriana ya iba por los brazos. Entonces la dije

—Te recuerdo que tienes que hacer algo.

—Viendo cómo te has puesto antes será mejor que no lo haga — Me dijo de forma tajante.

—De verdad que no cariño, ha sido una tontería. – le dije, casi en una súplica.

Se quedó unos segundos callada acabando de extenderse la crema por los brazos. Me dio el bote de crema y me dijo.

—Dame crema en la espalda y piénsatelo. Si quieres que lo haga desabrocha tú mismo el nudo del bikini. Si no extiéndeme la crema. Pero si no lo hago ahora no lo pidas más. No pienso hacerlo cuando este morena y las tetas blancas

Comencé a extender crema por sus hombros mientras ella estaba girada en la silla de cara al mar.

Me daba morbo la idea, pero la verdad es que sentía un pequeño nerviosismo, ya que ella no había visto acercarse al chaval.

No sabía qué hacer, pero desde luego que conociendo a Adriana no iba a tener otra oportunidad.

Era ahora o nunca. Aun así, le pregunté:

—¿Qué quieres hacer tú?

—Jose, ya te dije que es una decisión tuya. Lo prometido es deuda.

Dudaba que hacer. Tenía en mis manos el cordón del sujetador, pero no me atrevía a tirar.

No lo pensé más y tiré del cordón haciendo que se soltase la lazada.

Su bikini quedó suelto. Aún cubría sus pechos, pero ya sin ninguna fuerza.

Me hubiese gustado ver la cara de Adriana, pero estaba girada.

Me fijé y el chaval de al lado ya no miraba el móvil.

Estaba embobado mirando a Adriana cubierto en su mirada por sus gafas de sol.

Entonces Adriana cogió el cordón que todavía se lo sujetaba al cuello y sin deshacer el nudo se lo sacó de su cabeza haciendo que por fin sus tetas quedasen al aire.

Lo dejó encima de la bolsa y se recostó en su silla a tomar el sol.

Como si no pasase nada. El chaval miraba sin disimulo alguno a Adriana tomando el sol.

Ella no decía nada. Cubierta con sus gafas oscuras dejaba que los rayos del sol la tocasen.

Aunque ella era morena de piel sí se notaba una pequeña diferencia de color en sus tetas.

No demasiado exagerada, pero se veía que era la primera vez que hacía topless.

A unos quince o veinte metros de nosotros, había parejas maduras y yo veía como los hombres lanzaban miradas fugaces a Adriana. Era como el centro de atención.

—Adriana, te están mirando todos – le dije excitado.

—¿No era lo que querías? – Me dijo mirándome por encima de las gafas de sol. – Te he dado a elegir y decidiste esto. Ahora te jodes.

—Si solo te lo comentaba… – intenté sonar indiferente. — ¿Estás incómoda? – le dije queriendo parecer natural.

—Si no fuese por el crío ese que no me quita el ojo de encima…— dijo para mi sorpresa.

—Bah, olvídate del chaval. Ese se hará una buena paja pensando en las tetas de mi mujer en cuanto llegue a su casa. – le dije guiñándole un ojo mientras ella se volvía a colocar las gafas y se recostaba en su silla.

La muy cabrona sabía en todo momento lo que decirme, y tenía más que controladas a todas las personas que nos rodeaban.

Tenía a la que a mí me parecía la chica más guapa de la playa, tumbada a mi lado, provocándome, con sus perfectos pechos al aire y siendo la atracción de todos los hombres que la veían.

Empecé a sentir que la excitación se apoderaba de mí.

Me recosté en mi silla tomando el sol oculto tras mis gafas y observando a todos los hombres que miraban a Adriana, sin querer perderme detalle de todo lo que pasaba a nuestro alrededor.

Yo no soy mucho de tomar el sol así que al poco tiempo me cansé.

—Me voy a bañar, Adri. ¿Te vienes? – le pregunté.

—Ve tú que estás más tiempo en el agua. En un rato voy yo. – me contestó indiferente.

Me marché al agua yo solo. Estaba calentita como le gustaba a Adriana.

Me quedé flotando con las olas mientras miraba a Adriana desde el agua.

Parecía una diosa. También veía como los tíos de alrededor no le quitaban el ojo de encima.

Incluso el marido de un matrimonio maduro, mientras recogían sus cosas para irse, dijo algo a su mujer mientras señalaba en dirección a Adriana con la cabeza.

La mujer miró, se rio y le dio una pequeña bofetada en el brazo.