Cuando menos lo merezca Capítulo 28
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Capítulo 28

Al descubierto

E l paseo era una caminata por la linde del río Pisuerga, que bajaba con un caudal a punto de desbordarse por las lluvias de los días anteriores.

Atrás quedó el Puente Mayor, cuyas luces apenas conseguían abrir pequeños círculos amarillentos que morían a pocos metros, devorados por la bruma.

El sonido del tráfico se iba disipando a medida que entraban en aquel paraje casi idílico.

La noche parecía querer adueñarse de ellos, pero Sara no se detuvo y Julio la siguió arrastrando los pies, notando cómo, a pesar del bocadillo que se había ido comiendo, no se encontraba del todo bien.

Se sentía muy torpe aquella tarde, resbalaba con las hojas húmedas que cubrían el suelo y apenas podía ver a causa de la niebla que ascendía con lentitud desde el río.

—Sara, deberíamos volver —dijo al ver que ella no parecía percibir la dificultad del terreno.

—Enseguida llegamos a lo que quiero enseñarte —contestó la mujer sin girarse a mirarlo—. Tú puedes, Julio.

Quería discutir aquella afirmación, pero estaba dispuesto a ceder si con ello conseguía que su novia volviera a mirarlo sin odio. Así que continuó caminando, en aquel paraje solitario y agreste en el que ella lo estaba metiendo sin importarle la dificultad del terreno, ni la oscuridad del mismo.

El sonido del agua rompía el silencio; allí, en ese punto del margen derecho, la ciudad parecía lejana y el ruido de coches, inexistente.

Diez minutos después apareció frente a ellos el lugar que Sara estaba buscando: las ruinas del antiguo Palacio de la Ribera. Los muros de piedra, ennegrecidos por cuatro siglos de humedad, aparecían y desaparecían a medida que la bruma avanzaba.

Para sorpresa de Julio se introdujo por un sendero escarpado, lleno de vegetación y maleza que dificultaba el avance. Sara buscaba algo bajo la atenta mirada del profesor, que intentaba averiguar a dónde quería llegar.

Al fin pareció encontrarlo, era un pedazo de tierra justo encima del agua desde donde podía verse la majestuosidad del río y lo peligroso que era.

—¿Qué hacemos aquí?

—Quiero contarte algo y he pensado que era el mejor lugar para hacerlo.

Aquella afirmación sonaba enigmática y una chispa de curiosidad desactivó la lógica de Julio.

—Ven, profesor, regálame otro poco de tu compañía.

Julio tomó su mano y, obviando cualquier pensamiento racional, entró en aquel paraje y acabó sentado sobre una húmeda piedra, justo al borde, de espaldas al río. No debería estar ahí, pero la luz que desprendía Sara era más que suficiente para obnubilarlo.

Ella se sentó a su lado y él se giró para poder mirarla a la cara.

—Dime que no es un lugar bellísimo.

—Es espectacular, pero da un poco de miedo. Quizás por las horas que son. Deberíamos volver otro día y...

Sara colocó su mano en la de él y el hilo de pensamiento que este estaba siguiendo desapareció.

—Antes de empezar quiero que me prometas que vas a ser sincero con cada pregunta que te haga.

—Pensé que querías contarme algo.

—Lo haré, pero primero merezco una respuesta o varias.

—Está bien.

—Así me gusta, profesor.

—Me pones a cien cuando me dices eso.

Él trató de acercarse y ella lo detuvo colocando una mano sobre su pecho.

—No es momento de ponerse romántico, sino sincero, solo así podrá avanzar nuestra relación hasta el punto que corresponde, ¿no crees?

—Claro, no tengo secretos para ti.

—¿Seguro?

—Por supuesto.

—Perfecto.

Sara se inclinó hacia él y rozó sus labios durante un segundo que le supo a poco. En su cabeza sonaba una despedida que él no esperaba.

—¿Has sentido miedo alguna vez?

Julio, absorto con la seducción de ella, balbuceó algo que ninguno de los dos entendió.

—Solo una. Estuvo cerca y... —cerró los ojos tratando de controlar un nuevo mareo inesperado—. No me siento muy bien, deberíamos irnos.

Tenía sed y un sudor frío recorría su columna vertebral, pero ella negó con la cabeza.

—No rompas el momento, aguanta. ¿Qué hiciste? —insistió ella pasando por alto los síntomas claros de que su plan había funcionado.

—Algo de lo que no puedo hablar, han pasado muchos años desde entonces, ya lo superé.

—¿Te acuerdas con nitidez de aquella noche?

—Yo no he dicho que fuera por la noche.

—Ahí es donde se cometen las mayores atrocidades, al amparo de la oscuridad. ¿No crees?

—Sí, bueno, fue de noche.

—Sí, lo sé. La de San Juan de hace dieciséis años.

Julio la miró horrorizado. No entendía qué pasaba ni por qué ella hablaba de aquello. Se levantó trastabillando hacia un lado, sujetándose a la rama de un árbol que lo salvó de caer al río.

—¡¿Cómo lo sabes?! Jamás te he hablado de ello.

Sara se alzó bajo la atenta mirada de él y se colocó a pocos pasos, mirándolo con superioridad. Conocía sus más oscuros secretos.

—Soy buena investigando cosas, ¿recuerdas?

—Cariño, no me encuentro bien, ¿por qué no volvemos a casa?

—No. Hasta que me digas por qué lo hiciste, Julio. ¿Por qué mataste a esa mujer?

Julio tragó el nudo que tenía en la garganta y cayó de rodillas frente a ella, sollozando como un bebé al que le privan de alimento, bajo la atenta mirada de odio de Sara.

—Fuiste valiente esa noche, demuestra ahora de qué pasta estás hecho y asume lo que hiciste.

—No quería hacerlo, yo la amaba —balbuceó entre lágrimas que no la conmovían, incapaz de mirarla a la cara—. Ella sacó el cuchillo, forcejeamos y...

—Se lo clavaste en el corazón, menuda puntería.

—¡No es lo que piensas! —gritó él recuperando algo de dignidad—. Fue un accidente —defendió alzándose con dificultad para encontrársela tan cerca de él que lo sorprendió.

—No lo fue, ambos lo sabemos.

—Sara, no sé qué te han contado ni quién, seguro que esa loca que lleva meses acosándome, pero no es como piensas, cariño.

—Eres un psicópata —prosiguió ella, implacable y certera en sus acusaciones—, mataste a una mujer y dejaste huérfana a su hija. ¿No te hace sentir culpable eso?

—No. No fue aposta, no quería hacerlo, sucedió y lo borré. Aprendí a ignorarlo.

—Qué fácil por tu parte.

—¡¿Qué podía hacer?!

—Sufrir, sentir culpa, remordimientos, pensar en una cría a la que destrozaste la vida.

—No puedo —contraatacó Julio sintiéndose entre la espada y la pared—, esa maldita trastornada es un puto cáncer.

Me manda cosas raras, me acosa, por eso te pedí vivir juntos, no están haciendo ninguna obra en mi casa, estoy huyendo de ella y ahora llegó hasta ti, lo único bueno que tengo en mi mundo.

—Lo sé.

—¿El qué? —preguntó él, confuso ante lo que estaba viviendo, no entendía por qué Sara no parecía la mujer que conocía.

—Que no estás haciendo obras en casa. Lo supe desde el primer día.

—¡Dios bendito! ¿Hasta dónde ha llegado esa perturbada para perjudicarme?

Ella no contestó, se limitó a juzgarlo con la mirada, con los brazos cruzados bajo el pecho y el dolor pugnando por ahogarla. Julio, confuso y asustado, trató de alejarse del río que rugía a sus espaldas.

—No te acerques y no hables así de ella.

—Sara, yo...

Ella negó con la cabeza y chasqueó la lengua, molesta, cansada de fingir algo que ya no tenía sentido.

—Déjame que te aclare un punto importante, mi primer nombre no es Sara.

Aquella afirmación contundente lo dejó sin palabras. No sabía por qué, pero de todo lo que había imaginado eso era lo último que esperaba o al menos llevaba semanas auto convenciéndose de ello.

—Piensa bien, tú sabes cómo me llamo.

—No —dijo negando con la cabeza—, no, no, no. No es posible.

La mueca que ella exhibía como sonrisa se volvió más pronunciada, con un toque tétrico que él identificó con rapidez. Dio un paso hacia atrás, tratando de huir de ella, sin ser consciente de que estaba casi al borde del terreno.

—Sí, dilo, me hace ilusión que sepas la verdad.

—¿Tú?

—No te resistas, profesor —lo incitó con sorna—, dame ese gusto, pronuncia ese nombre que tan bien conoces y que te ha atormentado.

—No es posible. Hemos tenido relaciones sexuales y yo...

La carcajada de ella detuvo su explicación. Siguió atónito sus movimientos cuando se quitó la pequeña mochila y sacó algo de ella que llevaba envuelto en una bolsa de plástico azul.

—Aquí tienes a tu novia Sara —dijo dando un paso hacia delante, forzando que él retrocediera otro poco y entregándole la bolsa.

Abrirla y descubrir su contenido golpeó su ego ya maltrecho. Era un juguete sexual cilíndrico.

—Los hombres sois tan básicos.

—No es posible —murmuró arrastrando las palabras, tratando de sobreponerse a la impresión recibida y al malestar que se intensificaba en su cuerpo cuanto más tiempo pasaba de pie.

—Con tal de meterla os da igual dónde, pero no iba a permitir que me violaras.

—Sara, yo jamás haría eso.

—¡Ya! ¡Asume que no soy ella! La Sara que tú crees conocer no existe salvo en el papel que yo creé para ti: sumisa, pero con chispa; radiante, bella, inalcanzable, joven.

Un caramelito ofrecido en sacrificio gracias a tu torpeza.

Tú perdiste tu cartera y yo te encontré después de años sin saber dónde estabas escondido. Lo demás puedes imaginártelo.

No podía, no sabía qué decir ni cómo actuar. Aquella explicación trataba de abrirse paso a través de su niebla mental sin mucho éxito.

—¿Cómo?

—Soy policía, de las mejores y solo tuve que esperar a que trajeran tu cartera a comisaría. No tardaron mucho y, como si alguien me lo dictara, el plan se materializó en mi cabeza. Caíste en el primer encuentro, ni siquiera tuve que pelearlo demasiado. Llevo años analizando cómo eres.

Dio otro paso hacia él y le arrebató la bolsa, tirándola a un lado. Disfrutando del miedo que asomaba en sus pupilas.

—Me encargaré de destruirlo por ti, nadie más conocerá tu vergüenza.

—Sara, yo...

Julio temblaba, estaba descompensado por la insulina que ella le había puesto de más, aterrorizado por descubrir la verdad, incapaz de valorar el peligro que corría al estar tan cerca del borde de aquel improvisado lugar.

—Si vas a suplicar, hazlo usando mi nombre real. Sabes cómo me llamo, llevas días hablando de mí con tu hermano.

—Amara.