Cuando menos lo merezca Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Como si de un eco se tratara, el nombre resonó en dos voces, la de Julio y la de Rodrigo. Al principio pensó que era una ilusión auditiva, pero cuando volvió a oírse en la voz de su amigo supo que este la estaba buscando. Tenía que apurar sus pasos o la detendría y no estaba dispuesta a ello.

—Aquello que tú calificas como un simple error, me destrozó la vida —siseó colocando las manos sobre su pecho.

—Lo siento muchísimo.

—Me enseñó a odiarte con toda mi alma.

—No quería hacerlo, yo la buscaba y ella me rechazaba, le dio miedo mis deseos sexuales, pero tú los entiendes. Nunca antes había tenido relaciones así y...

Amara no soportó ni un segundo más aquella explicación, lo empujó con todas sus fuerzas y él cayó al agua con un grito desesperado que murió segundos después.

La niebla le impedía ver el resultado, pero su mente enferma lo completaba por ella.

Imaginaba cómo trataba de mantenerse a flote, moviendo los brazos sin control, siendo arrastrado por la corriente.

Julio no sabía nadar y el Pisuerga haría su parte.

El alivio que sintió fue instantáneo, había completado su misión y su madre descansaría en paz.

—¡Amara!

La voz de Rodrigo, acompañada por la luz de una linterna que apuntaba al lugar en el que estaba, la hizo retroceder unos pasos hacia atrás antes de girarse.

—¿Dónde está Julio?

—¿Qué haces aquí?

—Despejar mis dudas, no podía creerlo cuando me escribió Clara hace unas horas, preocupada por ti. ¿Dónde está?

—Decidió acabar con su vida —aseguró con gesto desapasionado, obviando el horror que asomaba al rostro de su amigo.

—Por Dios, Amara, ¿qué has hecho?

—Justicia.

—Y me lo dices así, sin más. ¡¿Qué quieres que haga yo con esto?!

Con calma medida, Amara recogió la bolsa de plástico y la guardó en la mochila. Entendía el estallido de Rodrigo, no lo juzgaría tomara la decisión que tomase, pero, en su fuero interno, esperaba que la amistad que compartían pesase más que salvar a ese malnacido.

—Esperar.

—¿Qué insinúas? Se está ahogando una persona, hay que avisar al 112.

—Aunque avises ahora, no lo sacarán con vida. No sabe nadar y no se encontraba bien. Era un plan perfecto, sin fisuras, hasta que llegaste tú.

Sin mirar atrás, sacó una linterna del bolsillo de su abrigo y, apuntando al camino, salió de él rumbo a un terreno menos escarpado. Rodrigo la siguió, tratando de tomar una decisión que rivalizaba entre su sentido del deber y el de lealtad.

—Amara, no...

Ella se detuvo y lo miró con cariño.

—Tengo su confesión grabada, admitió que lo hizo, que mató a mi madre sin contemplaciones solo porque la dejó. Era un mal hombre, capaz de seducir a jovencitas de dieciocho años, un desecho social que no merecía seguir en este mundo.

—Pero no nos corresponde a nosotros tomar esa decisión, somos policías.

—Llevo días, semanas, meses, siendo solo hija, una que necesitaba cerrar un capítulo doloroso de su vida. Colgué la placa para acabar con él, ya está hecho.

—¿Qué pasará si te descubren?

—No lo harán, ha sido un accidente desafortunado.

—Su hermano puede sospechar.

—No, antes de salir le mandé un mensaje haciéndome pasar por Julio.

En él le decía que se iba de paseo solo y que iba a dormir en su casa.

Que la relación con Sara estaba bien, arreglada.

Cuando mañana él no aparezca en casa de su novia, esta llamará a Jonathan, preocupada, y se iniciará la búsqueda.

—Lo catalogarán como accidente.

—Exacto y yo haré mi mejor versión de novia doliente en su funeral, recordando el dolor que sentí al enterrar a mi madre.

—Has pensado en todo —afirmó Rodrigo, aterrado ante la precisión de un plan que parecía perfecto.

—Por supuesto, he tenido suerte, Julio era un desastre con la insulina, lleva toda la semana sintiéndose mal, descompensado, con vértigos, mareos y su entorno lo sabe. Le encantaba pasear por el río, nadie lo verá extraño. Solo hay un cabo suelto.

—Yo.

Para sorpresa de ella, él no la miró con miedo, sino con preocupación. Quería protegerla y eso desarmó toda la ira que tenía dentro de ella, devolviéndola a una realidad en la que no era una asesina, sino una buena amiga, una compañera de trabajo, una policía condecorada.

Inspiró hondo, buscando esa chispa de valentía que necesitaba, tocaba aceptar lo que el odio y la venganza habían hecho en su vida.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por quererme cuando menos lo merezco.

Aquella frase golpeó al policía con tanta fuerza que lo dejó mudo, incapaz de tomar una decisión coherente y justa.

—Asumiré lo que decidas. No importa lo que hagas, ni siquiera te lo reprocharé si me delatas.

—Me pones en una horrible tesitura.

—Lo entiendo, tú bien sabes lo que él me robó, lo que nos robó a ambos. Te amo, Rodrigo.

—¿Después de todo este tiempo?

Amara asintió y el corazón de él dio un vuelco.

No podía corresponderla, no de la forma en que ella lo quería, pues su amor pertenecía a Jimena, pero sí sintió que aquello abrió una herida profunda, antaño escondida bajo capas de culpabilidad y excusas vacías.

Aún recordaba cuánto lo habían intentado y cómo fracasó por culpa de un hombre que no supo entender un no.

El mismo que habían dejado a su suerte, luchando contra un río embravecido que lo engulliría bajo sus fauces a menos que ellos avisaran de lo ocurrido.

Sacó el teléfono del bolsillo del abrigo, sintió cómo ella contenía el aliento y negó con la cabeza segundos después. Eligiendo lo que consideraba correcto, ella merecía que se hiciera justicia, aunque fuera de una forma cuestionable.

—Te acompaño a casa.

Guardó el teléfono de nuevo y rodeó la cintura de ella con su brazo. Protegiéndola, como siempre, incluso de sus malas decisiones.