Cuando menos lo merezca Capítulo 27
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Capítulo 27

Promesas vacías

C on premeditación y alevosía, así consideraba Sara que había actuado Julio al dejar salir a su gato y no podía perdonarlo por ello.

No quería hacerlo, no era tan generosa y había llegado el momento de acabar con él.

Durante la última semana había ignorado sus mensajes, sus llamadas que, como gritos desesperados, se sucedían durante toda la tarde tratando de llegar hasta ella.

Su insistencia, junto a la preocupación por el estado de Dante, la estaba volviendo loca, pero aquella mañana su mundo giró ciento ochenta grados: Dante estaba bien, recuperándose de la operación, comiendo de nuevo con ganas.

Había ido a verlo y había llorado sobre su pelaje naranja, suplicándole que se terminara de recuperar, que volviera a casa y prometiéndole que lo sucedido no quedaría impune.

Tras ello recogió la factura, le hizo una foto y se la mandó a Julio con un mensaje escueto: «Esto es lo que has provocado».

No esperaba que él, ignorando que debía estar dando clases, comenzara a llamarla con tanta intensidad que tuvo que silenciar el teléfono, pero lo que en realidad le sorprendió fue recibir una notificación de Bizum con el importe exacto de la factura.

Trataba de disculparse a su manera, pero no había nada que pudiera decir que inclinara la balanza hacia otra respuesta por su parte. La decisión estaba tomada.

A las cuatro y media de la tarde le escribió un nuevo mensaje: «Tenemos que hablar».

Sabía que no tardaría más de media hora en llegar a su casa, así que, con todo ya listo, se sentó a esperarlo mientras la niebla caía sobre Valladolid, en uno de los días más grises de noviembre que recordaba.

Parecía que el tiempo estaba a su favor, legitimando sus acciones.

Dos timbrazos y unos minutos después, Julio estaba en su puerta con el rostro demacrado, las ojeras rivalizando con una sonrisa que pretendía ser correspondida y el ramo de flores más grande que jamás le habían regalado.

Sara se apartó a un lado para que pasara con la barbilla en alto, sin coger lo que él le ofrecía, despreciando aquel detalle.

—Puedes dejarlas en la mesa.

Su voz despedía hielo y su postura no hablaba de reconciliación sino de ruptura, una que Julio temía más que cualquier cosa. En esos siete días de agonía y silencio había descubierto que la amaba más de lo que se imaginaba.

Por primera vez en su vida se arrepentía de haberse dejado llevar por la rabia. Gracias a ella la estaba perdiendo y no sabía cómo traspasar aquel puente de espinas hasta llegar a sus brazos.

La observó y el odio de su mirada se le clavó en lo más hondo del alma. Se acercó a ella, sin traspasar sus límites, pero con la clara intención de no permitir que aquello escalara a un nivel que no podría soportar.

—Lamento lo que ha pasado —comenzó a hablar con tono lastimero—. Jamás imaginé que saldría del portal y...

—¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer?

—¿Qué?

—Me acabas de confirmar que viste a Dante salir de casa y no hiciste nada para devolverlo a ella, ni siquiera me avisaste.

No podía rebatirlo, así había sido, incluso lo había incitado con las chucherías que más le gustaban. Quería vengarse de él, darle un disgusto a ella por la manera en que lo había despreciado la otra noche, pero no esperaba que fuera más que un susto.

—Lo siento. Tienes que creerme, Sara, jamás haría nada que te hiciera daño.

—Lo has hecho, me has lastimado tan hondo que ni te imaginas lo que has provocado.

—Sara, eres mi mundo. Me equivoqué, estaba furioso contigo y... actué sin pensar. Fue un impulso, pensé que él se quedaría en el rellano, que...

—Basta, déjalo. Tenías que haber sido sincero antes de venir a vivir a mi casa y haberme informado de tu ailurofobia.

—¿Me puedes explicar qué significa? —dijo arrastrando las palabras y deseando internamente que ella dejara de usar términos desconocidos para él.

—Tienes fobia a los gatos.

Julio cerró los ojos, tratando de serenarse. La reconciliación no iba como él esperaba, había imaginado que su sacrificio económico, que aún le pesaba, sería suficiente para inclinar la balanza a su favor. Se equivocaba, como siempre que trataba de anticipar las reacciones de ella.

—Sara, cariño. Déjame compensarte —suplicó.

—No es necesario, ya has hecho suficiente.

Asombrado vio cómo ella se ponía el abrigo negro y se colgaba al hombro una mochila pequeña. Después cogió las llaves que él había usado durante la convivencia.

—Voy a dar un paseo —explicó, entregándoselas—. Recoge tus cosas, cierras la puerta y me dejas las llaves en el buzón. Espero que te vaya bien a partir de ahora.

Antes de que ella se separara, él sujetó su muñeca, deteniéndola con la mirada llena de un terror inmenso. No quería perderla, no a ella, no quería volver a enredarse en la sensación de abandono que tan bien conocía o enloquecería.

Debía hacerla claudicar a su favor.

—Nos merecemos una segunda oportunidad, Sara. Yo te quiero, eres la mujer de mi vida.

—Julio, no lo pongas más difícil.

—Te quiero —repitió, tirando de ella hasta que sus cuerpos se tocaron y él apoyó las manos en su cintura para retenerla si huía—. Daría lo que fuera por ti. Soy completamente imbécil y me dejé llevar por una emoción que me gobernó, pero no va a volver a pasar. Confía en mí.

Estaba cediendo, lo veía en sus ojos, en su manera de recibir el abrazo que él le estaba dando. No lo rechazaba y se sintió victorioso, pero necesitaba seguir presionándola.

—Prometo demostrarte cada día cuánto te quiero. Volvamos al principio, déjame conquistarte de nuevo. Nos lo merecemos.

—Julio, yo...

—Nadie va a amarte como yo. Con la devoción de un hombre que se arrodillaría frente a ti para ser digno de tu presencia.

Sara inspiró hondo, dio tres pasos hacia atrás, poniendo distancia entre ellos.

—Dime algo, no me dejes así —rogó él, con la desesperación en cada sílaba.

Sara lo observó, Julio estaba a un paso de caer de nuevo en sus redes, de arrastrarse por ella y era el punto exacto donde quería que él estuviese. La euforia le impediría anticipar sus intenciones.

—Tengo que pensarlo, me vendrá bien salir y dar un paseo. Aun así, creo que lo mejor es que no sigamos viviendo juntos.

—Claro, tienes razón —se apresuró a claudicar, con tal de que ella siguiera bajando la guardia—. ¿Has quedado con alguien?

La pregunta flotó entre ellos; a él le parecía lógica, a ella le chirriaba porque demostraba la inseguridad y las ganas de controlarla que habitaban en Julio.

—No, solo voy a pasear por el río antes de que se haga de noche. Me ayuda a poner en orden mis ideas.

—Te acompaño.

—No es necesario —declinó ella seca y distante.

—Por favor, es un paso más hacia nuestra reconciliación, estamos intentando arreglarlo y me apetece pasar tiempo con mi maravillosa novia, no me rechaces.

—Si insistes.

La felicidad inundó a Julio, pero le duró un segundo, pues su móvil pitó anunciándole que su cuerpo estaba descompensado a causa de la diabetes que le habían diagnosticado hacía tres meses.

—Odio esta mierda. Esta semana ha sido un infierno. He tenido muchos mareos, vértigos, un cansancio extremo. Todo el mundo preocupado, hasta el director me preguntó qué me pasaba.

—Tan solo tienes que seguir las indicaciones del médico —respondió ella cortante.

—Ya, pero no lo soporto, pesar comida, controlar si me tomo una cerveza de más y, lo peor, pincharme la barriga. Me da una grima que me muero y...

—Lo sé.

Abrió el bolso de cuero marrón que llevaba colgado del hombro junto a la mesa del salón, revisó su móvil refunfuñando, apagó la alarma y lo apoyó sobre la madera.

Después sacó la pluma de insulina, entregándosela a Sara con la confianza de siempre.

Creyendo que todo había vuelto a estar como al principio.

—Pínchame.

—Antes deberías comer algo y se empieza a hacer tarde. ¿Por qué no te quedas a descansar y yo me voy al paseo? Luego te ayudo a recoger tus cosas.

Saber que ella seguía echándolo de casa era doloroso, pero no pensaba darle el lujo de rechazarlo. Ya había accedido a concederle una oportunidad y la aprovecharía.

—No tardo ni dos minutos en prepararme un bocadillo y nos vamos.

Salió del salón rumbo a la cocina sin pedir permiso, ajeno a lo que ella estaba maquinando. Sara sonrió ante aquella oportunidad que no esperaba, tenía su teléfono y una idea que se iba materializando en su cabeza. Había llegado el día de actuar.

Observó la pluma de insulina, era un poco más grande que un rotulador permanente, de plástico brillante, con una rueda giratoria en el extremo contrario a la aguja. Estaba completa, evidenciando que apenas la había usado en esa semana.

Giró la rueda tres veces, cargando el dispositivo con una dosis superior a la que él necesitaba. Ya no había vuelta atrás. Después cogió el móvil de él, metió la contraseña y limpió su camino con un certero mensaje.

Cuando Julio regresó con su bocadillo de jamón serrano en una mano y con la otra bajándose la cremallera del abrigo para después subirse la camisa, se encontró a una Sara tranquila, sumisa, accesible, justo lo que él deseaba.

Lo pinchó con el cuidado de siempre y después le acomodó la ropa para ayudarlo.

—Eres maravillosa —la ensalzó, deseando fundirse con su boca, pero sabiendo que debía ir con calma.

—Gracias.

Su sonrisa era hipnótica, al igual que sus preciosos ojos ¿verdes? Dio un paso hacia atrás asustado, pues en ese instante Cristina pareció emerger en su mente para recordarle sus pecados.

—¿Qué pasa? —preguntó ella al ver su turbación.

—¿Desde cuándo tienes los ojos verdes?

—¿A qué te refieres?

—Eran marrones, siempre lo han sido y ahora... no es posible.

—Eso es que no te has fijado bien en ellos otras veces.

—No es posible —repitió, incapaz de hilar nada más coherente que esa frase cargada de miedo—. Yo...

Tomó su barbilla sin poder dejar de mirar aquel descubrimiento que lo perturbaba hasta niveles insospechados.

—El tono de mis ojos es hazel .

—Tú y las palabras que nadie entiende —protestó él, demostrando su verdadera cara.

—Avellana. A veces parecen marrones y otras, verdes o dorados, según la luz. ¿Qué habrás estado mirando hasta ahora, profesor?

El tono seductor y jocoso de ella alivió la tensión que él sentía, devolviéndole la paz. A pesar de su reacción, Sara no se había puesto a la defensiva, algo que le tranquilizaba.

«Concéntrate en recuperarla», se amonestó en su mente.

—Pues te queda igual de bien el marrón que el verde, si es que eres un bellezón.

Su halago era exagerado, pero ella se guardó su ironía. Miró el reloj, se estaba haciendo tarde y no quería dejar pasar la oportunidad que él le había regalado.

—Vámonos, quiero enseñarte algo.

—Claro, contigo hasta el fin del mundo.

A contrarreloj.

Desprevenido, así le había pillado aquel audio de Clara en el que todo lo que creía hasta el momento se volvió una duda difícil de obviar.

Quería descartarlo por absurdo, pero, como una gota de agua recurrente sobre una piedra de río, cada palabra recibida en aquella tranquila tarde estaba erosionando la confianza en el buen criterio de su amiga.

Lo puso por segunda vez junto a Jimena, necesitando una opinión sincera y objetiva, mientras su pequeña dormía en sus brazos, tratando de descartar una teoría que le parecía demasiado retorcida incluso para Amara.

Un segundo audio saltó en cuanto acabaron de reproducir el anterior.

El sollozo ahogado que finalizó aquel segundo mensaje los sobrecogió. Jimena entendía el sentimiento de Clara, también el de Rodrigo, su preocupación era tan grande que era difícil de ignorar.

Recogió a Elsa de los brazos de su marido, que aún permanecía en shock . Acarició su mejilla, recibiendo una mirada llena de dolor, arrepentimiento e incertidumbre. Podía ver cómo se debatía entre su deber y su obligación hacia la familia que habían formado.

—Debes ir a hablar con ella. Está claro que vuelve a necesitarte.

—Tú también y nuestra hija, yo...

—Nosotras estamos bien, pero si te quedas con la duda, no podrás estar en paz. No quiero que te arrepientas por priorizarnos.

La generosidad de Jimena era tan grande que Rodrigo se sintió abrumado. No la merecía, al menos no bajo su manera de ver el mundo.

—Lo siento —murmuró, sintiendo un alivio que lo avergonzaba.

—Aunque te resulte extraño, puedo entenderlo.

—La quiero como a una hermana, no hay nada de lo que debas temer, te lo aseguro.

—Soy consciente de ello, ve, no pierdas el tiempo.

—Me niego a creer que ella haya podido hacer esto —respondió levantándose del sofá con premura, agradeciendo al cielo que Jimena jamás hubiese sentido que Amara era una amenaza para su felicidad.

Le dio un beso en los labios y salió corriendo en busca del coche mientras su mente le devolvía fragmentos de las conversaciones que había mantenido con ella en los últimos meses:

«Amara no volverá a molestarlo».

«¿Qué límites estarías dispuesto a traspasar por proteger a alguien que amas?».

«No merece la pena. Hagas lo que hagas, yo seguiré adelante. Julio no va a salir bien librado de lo que hizo».