Cuando menos lo merezca Capítulo 26
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Capítulo 26

Dante

P ara disgusto de Sara, a la mañana siguiente se despertó sin el ronroneo habitual de Dante y con un cabreo que amenazaba con durarle varios días.

No, estaba claro que Julio y ella no tenían la misma forma de pensar en muchas cosas.

No iban a entenderse y sentía que habían rozado límites que no podrían superar.

Lo mejor era dejarlo antes de que acabaran destruyéndose.

Se levantó cansada y no era para menos. Al mirar el reloj se dio cuenta de que no eran ni las siete de la mañana. Se arrastró al baño, se aseó y volvió a la cama.

Podía permitirse echarse otro poco, pero la ausencia de su gato le resultaba extraña, incluso con Julio en casa no había dejado de colarse en su habitación y darle los buenos días con sus sonidos.

—Dante —lo llamó mientras recorría la casa sin encontrarlo.

Cuando estaba empezando a preocuparse, el timbre sonó con un largo pitido. Fue hacia el salón y se encontró a su vecino de enfrente ataviado con el traje de bombero y con expresión preocupada.

—¿Qué?

—Me he encontrado tu puerta abierta, iba a llamar a la policía si no salías.

—Dante —murmuró mirando alrededor como si así pudiera minimizar el daño.

—No creo que se haya salido.

—Estaba buscándolo, no está en sus escondites habituales y tengo la puerta abierta.

Empezaba a ponerse nerviosa, a faltarle el aire y él se dio cuenta. De dos pasos traspasó el umbral con gesto tranquilizador y tomó las riendas de la situación.

—¿Quieres que mire yo? Así me aseguro de que no haya entrado nadie.

Sara asintió y su vecino apoyó la bolsa de deporte que llevaba, con el resto de cosas que necesitaba para el trabajo, en el suelo junto a la puerta.

Diez minutos después regresó al salón, había hecho una inspección minuciosa no solo por el gato, sino porque no sabían desde cuándo estaba la puerta abierta, pero todo estaba en orden.

—Todo despejado.

—Tengo que salir a buscarlo.

—Te ayudaría, pero entro ahora a trabajar.

—No importa, gracias por preocuparte por mí.

—Estoy al otro lado del rellano para lo que necesites, seguro que aparece pronto —añadió él con una sonrisa tranquilizadora y se despidió.

Cuando la puerta se cerró tras él, Sara pudo soltar un grito de frustración al que le siguieron un sinfín de maldiciones porque, en una nueva inspección ocular, se dio cuenta de que sobre la mesa de centro estaban las llaves de Julio.

Él era el culpable. Había entrado en su casa mientras dormía y había dejado la puerta abierta de forma deliberada.

Corrió hacia la habitación en busca de su teléfono y marcó el número de memoria. La primera llamada fue ignorada, por la hora sabía que aún no había entrado a trabajar, así que siguió marcándole hasta que se lo cogió a la cuarta.

—¿Qué has hecho? —cuestionó sin saludar.

—No sé de qué me hablas.

—Viniste anoche —dijo en un tono ambiguo entre pregunta y afirmación.

—Sí, necesitaba unas cosas, me olvidé el maletín y...

—Lo has hecho a propósito.

—¿De qué mierda estamos hablando?

—Dejaste la puerta abierta y Dante se ha ido.

—Sara, estás histérica, es solo un gato, te aseguro que no me di cuenta.

—No es solo un gato. No te lo crees ni tú que fuera sin querer. Lo has hecho adrede cuando ayer me aseguraste que no volverías a hacerle daño.

—En vez de estar discutiendo conmigo, deberías seguir buscándolo, seguro que está en el portal muerto de miedo, esperándote. A fin de cuentas es un gato faldero, no soporta estar lejos de ti.

—Eres un capullo.

Sara colgó el teléfono y, metiéndolo en el bolsillo del pijama de cuadros rojos que llevaba, cogió las llaves y salió a buscarlo. Rellano por rellano, sin obviar ningún recoveco hasta llegar al portal.

La realidad la golpeó segundos después, Dante no estaba ni en casa ni en el portal.

Sin pensarlo, sin subir a por su abrigo ni cambiarse de ropa, salió a la calle llamando a Dante de forma desesperada. Revisando cada coche, cada contenedor, la linde del río en busca de su amigo perdido.

Cuando el día comenzó a clarear y la desesperación se instaló en su pecho con tanta fuerza que estuvo a punto de arrollarla, su teléfono sonó. No miró quién era, descolgó con un escueto sí y escuchó, derrumbándose segundos después.

Dante estaba en el veterinario: lo habían atropellado.

La oscuridad se cernió sobre ella, el dolor apareció como un golpe seco, atravesando su alma. Uno de los pocos seres vivos que adoraba estaba entre la vida y la muerte y la culpa no era del conductor, que con toda seguridad no había podido verlo por la mala visibilidad que había esos días.

No, la culpa tenía un nombre: Julio, y acababa de destruirla con sus acciones.