Capítulo 25
Punto sin retorno
—¡Sara!
L a voz de Julio llegó hasta ella anunciando su regreso a casa. Era pronto, algo extraño en él, pero la discusión que habían tenido hacía dos días había modificado sus rutinas. Como si al pasar más tiempo en casa pudiera arreglar el error cometido con Dante y con ella.
—Estoy en el baño —contestó con desgana mientras se colocaba las lentillas.
—Tengo una sorpresa. No tardes.
El resoplido de Sara cubrió el silencio después de aquella noticia. Llevaba días tratando de encontrar el modo de volver a vivir sola, lo necesitaba y, tras la patada que Julio le había dado a Dante...
«Menudo cretino».
Salió del baño y caminó hacia el salón por el pasillo, tratando de controlar la furia que tenía dentro de ella.
No esperaba ver aquel despliegue de generosidad en su salón: había un rascador, varios juguetes, algunas chucherías, varias latas premium , un ramo de rosas blancas y una botella de vino.
Considerando que Julio era más bien tacaño, estaba segura de que el tique se le había atravesado y dentro de unos días se lo echaría en cara.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó asombrada mientras él ponía en sus manos el ramo de flores, aprovechando que estaba perpleja.
—Es mi forma de decirte que lo siento, nunca quise hacer daño a Dante.
—No solo a él le has hecho daño, también a mí —afirmó con seriedad.
—No quería provocar esto, te echo de menos.
Parecía sincero, pero ella no estaba en disposición de creerle tan rápido como él esperaba. Agradecía cada detalle, pero sabía que se convertirían en arma arrojadiza en cuanto bajara la guardia.
—¿Ya te pesan las noches en el sofá?
—Un poco. Mira, me he gastado un montón de dinero, pero creo que es una buena forma de pedir perdón.
—Bueno, yo...
—Además, hoy me encargo de la cena, tú solo relájate y descansa.
Antes de que pudiera contestar nada, él desapareció por el pasillo rumbo a la cocina y la dejó ahí, plantada en medio del salón como el figurante de una escena ya acabada y que debe esperar a que el telón caiga.
Lanzó un suspiro al aire, estaba cansada de aquello, de tenerlo en casa, de compartir su espacio con él, de sus frases con doble sentido y del humor rancio que tan bien manejaba. Quería volver a estar sola, sin dar explicaciones ni justificar cada uno de sus pasos.
Porque Julio se había postulado como un manipulador de manual, controlando lo que hacía, adónde iba, con quién quedaba, cuestionando cada una de sus decisiones, buscando que ella cambiara de opinión cuando algo no encajaba en su cuadriculada cabeza.
Otra con menos personalidad hubiese caído en su juego. Ella lo ignoraba, a veces incluso lo enfrentaba, pero siempre seguía volando libre, aunque le pesara. No iba a entregar su libertad a ningún hombre y, mucho menos, a él.
Aprovechando que él estaba en la cocina, se ocupó de organizar el salón, colocó el enorme rascador con varias plataformas en una esquina y pasó la aspiradora de mano por la manta que cubría su sofá. Ese en el que Julio había dormido las dos últimas noches.
También dobló las mantas que había usado para taparse por las noches y barrió el suelo, que estaba lleno de migas de pan de sus bocadillos.
Él era el mejor candidato para desilusionarse de una convivencia con otra persona. No parecía ver el desorden, ni el cerco de la taza en la mesa de centro, ni la manta enrollada en un extremo del sofá junto a su pijama.
No quería imaginar el desastre en el que vivía.
Con el recogedor en una mano y la escoba en la otra fue a la cocina para tirar lo que había barrido. Ahogó un grito cuando vio que el agua de la olla estaba desbordándose y Julio lo ignoraba mientras miraba el móvil absorto. Se acercó, bajó el fuego y levantó la tapa con cuidado de no quemarse.
—Gracias, me está hablando mi hermano.
—Y es muy importante responderle al instante, no puede esperar un segundo mientras evitas una catástrofe.
La ironía de ella era ácida e innecesaria según el criterio de Julio.
«Aún está enfadada», pensó mientras maldecía al bicho que le había complicado la convivencia y la seguía a todos lados como un lazarillo.
—Tendré más cuidado.
—Tienes que tener más cuidado.
Sus voces sonaron al unísono, la de Julio, resignada por la reprimenda que le hacía sentir como cuando era un niño; la de Sara, molesta, al borde de una nueva discusión.
—Lo siento.
—Ya... no te has dado cuenta, como con los calzoncillos tirados en el suelo, a dos metros del cesto de la ropa sucia.
Odiaba cuando se ponía en ese plan, ella pasaba mucho más tiempo en casa y él esperaba que lo ayudara un poco más. Como haría una buena mujer.
—Tendré más cuidado —repitió buscando apaciguarla mientras se acercaba a ella y colocaba las manos en su cintura—. Aún no te he dicho que estás preciosa hoy.
—¿Qué quieres, Julio?
—Que me perdones, que me busques como sabes, que me llames profesor con ese deje sexy que me vuelve loco —respondió dejándose llevar por el calentón que tenía desde hacía varios días.
No sabía por qué, pero ella era adictiva, su droga. Acarició su mejilla con delicadeza y pasó el pulgar por sus carnosos labios.
—Te juro que jamás volveré a hacer nada que perjudique a Dante.
Sonaba sincero, parecía arrepentido y Sara quiso creerlo.
—Eso espero, profesor —la sonrisa de él le erizó la piel—. Después de cenar veremos qué hacemos.
Se deshizo de sus manos y salió de la cocina con rapidez, poniendo distancia entre ellos, incapaz de complacerlo en ese instante.
Veinte minutos después, él la invitó a sentarse en la mesa y puso frente a ella unos espaguetis a la carbonara.
En realidad, era el único plato con cierta elaboración que sabía hacer: toda su habilidad culinaria pasaba por el uso de la freidora de aire o la sartén, dependiendo de lo que quisiera ensuciar.
—Jonathan y Maca quieren que vayamos en Navidad a su casa, ahora que nuestra relación está consolidada.
—¿Qué?
—Sí, vivimos juntos, somos algo más que novios y...
—Esto siempre ha sido un arreglo temporal y, como su nombre indica, tiene fecha de caducidad.
Julio enrojeció ante un rechazo tan flagrante.
—Nena, estamos bien así. Podemos compartir gastos y alquilar la otra casa. Todo son ventajas.
—¿Para quién? Para ti solo, porque yo no veo la supuesta mejora. No sabes convivir, Julio. Tengo que hacerlo todo yo. No te ocupas ni de lo más mínimo, que es mantener tus cosas en orden.
—Tú eres un poco maniática con eso.
—Prefiero eso a dejar la ropa interior sucia en el suelo del baño esperando a que la recoja yo.
—Solo ha sido un par de veces.
—Alguna más, te lo aseguro. Así que lo siento, esto puede funcionar un tiempo, pero no para una convivencia a largo plazo. No tengo madera de ama de casa de hace setenta años.
Si le hubiese tirado por encima la botella de agua no hubiese sentido tanto frío. La observó regresar a su plato sin importarle que acabara de desmontarle todas sus ilusiones y trató de encontrar una manera de llegar a ella. Estaba tan distante que el temor a perderla apareció de golpe.
—Ya lo entiendo, has conocido a alguien, ¿verdad? —dijo en tono lastimero—. ¿Cómo se llama?
Sara alzó la mirada, apoyó el tenedor en el filo del plato y cogió el vaso de agua para digerir aquella pregunta que aparecía cuando él se sentía inseguro.
—No hay nadie más.
La respuesta de ella llegó demasiado tarde, pausada, desapasionada... ¿estaba frente a una media verdad o ante una mentira que hacía aguas, amenazando con ahogarle?
—Entonces ¿qué te pasa? ¿Es por lo de Dante? Ya me he disculpado, no puedes seguir así indefinidamente. No es normal.
—Tan solo quiero ir despacio, conociéndonos bien, estableciendo las normas que harán que esto funcione. Te lo dije al principio, cuando empezamos a vernos.
—Pero estamos viviendo juntos.
La mirada de ella fue suficiente respuesta para él. Estaba claro que esa no era su casa, que era un invitado y supo, con la certeza que le daba el tiempo que llevaban conviviendo, que aquel arreglo ya no la satisfacía.
Terminaron de cenar en un silencio tenso que se suavizó solo cuando él recogió la mesa y volvió con su postre favorito: tarta de queso con arándanos. Colocó el plato frente a ella y le dio un beso en la coronilla, obteniendo, por primera vez en dos días, una sonrisa de sus labios.
—Gracias, te has esforzado mucho esta noche.
—Te lo debía, ¿por qué no vas eligiendo una película y yo recojo la cocina?
Sara se limitó a asentir, demasiado sorprendida con ese cambio de actitud que intuía que duraría poco. Demasiado poco. Aun así, se permitió disfrutar del postre con calma.
Cuando terminó, lo dejó recogiendo y ella fue hacia el sofá, se sentó, encendió la televisión y paseó por la guía, descartando películas y series.
Justo cuando estaba a punto de cambiar de plataforma para ver las novedades, Julio regresó.
Se colocó a su lado, atrayéndola hacia su cuerpo para abrazarla.
—No te imaginas cuánto te he echado de menos —afirmó con vehemencia, inspirando el aroma que desprendía su cabello.
Ignorando lo tensa que se había puesto Sara ante aquella cercanía forzada, besó su sien y deslizó la mano que tenía sobre el hombro de esa mujer que consideraba suya hacia su pecho.
—Julio.
—Sabes que lo deseas igual que yo —respondió pasando por alto la incomodidad de Sara—. Últimamente has estado un poco esquiva conmigo —continuó mientras la acariciaba sin su consentimiento—, sé que nos vemos más, que la convivencia a veces es difícil, pero...
Cuando la otra mano de él se deslizó cerca de la cinturilla del pantalón, Sara se apartó con un movimiento tan inesperado para él que no pudo frenarla.
—¡¿Qué mierda te pasa?! —estalló él, al verla de pie, con los brazos cruzados bajo el pecho y una mirada de odio que no comprendía.
—Que todo lo das por sentado.
Julio se levantó para ponerse a su altura, intuyendo que aquella conversación iba a acabar mal, pero no podía refrenar por más tiempo la mala leche que tenía acumulada.
«¿Por qué tienes que ser tan condenadamente difícil?»
—¿El qué? ¿Querer hacer el amor con mi mujer? Sí, claro. Estamos aquí, tenemos tiempo, ¿qué nos lo impide?
—No soy tu mujer —aclaró ella, obviando el aluvión de preguntas a voces que él estaba lanzando—, no estamos casados y ese «mi mujer» suena demasiado posesivo.
—Es una forma de hablar.
—Incorrecta.
Julio refrenó su lengua a tiempo, odiaba que ella se saliera de la estructura mental que él tenía. Era una cajera de supermercado y lo miraba como si fuese alguien superior a él.
—Sara, tenemos una relación —dijo en un tono de voz paternalista—. He preparado todo esto para ti, para reconciliarnos y qué mejor que acabar en la cama. Sabes que ahí nos entendemos muy bien.
—No. Hoy no, aún estoy dolida, Julio. Sé que no lo entiendes, pero con que lo respetes es suficiente.
Ella estaba ahí, parada frente a él, con la cabeza en alto, el orgullo como bandera, mirándolo con desdén, mientras él se arrastraba, suplicando por un derecho que consideraba adquirido. La certeza de que ella lo estaba manipulando a su antojo acabó por hacerlo estallar.
—¡Es solo un maldito polvo! —gritó con cierto desdén—. Solo tienes que abrir las piernas y dejar que lo haga yo todo. No te estoy pidiendo que me seduzcas, ni que dirijas tú como siempre. ¿Acaso no puedes soltar el control una maldita vez?
—No.
—¿Por qué? Quiero hacerlo como corresponde, quiero tocar tu cuerpo, metértela yo, marcar el puto ritmo que te haga gozar. Estoy harto de tus normas, de tus pautas, de tus límites, de la manera en que quieres dirigirlo todo. ¡¿Qué pasa con lo que yo deseo?!
A pesar del estallido, Sara se mantuvo firme, sin inmutarse. Observando aquel desastre que evidenciaba lo lejos que estaban de entenderse.
—Te dije que no iba a tolerar ni una falta de respeto más y estás traspasando todos los límites de una forma inaceptable.
Como siempre, ella no respondía como él esperaba, la tranquilidad que transmitía su postura contrastaba con la furia que rugía en su interior.
—¡A la cama, ahora! —ordenó exaltado, jugando su última carta.
Se acercó a ella, tratando de intimidarla con su presencia. Buscando a la mujer sumisa que había conocido al principio y que no sabía en qué momento se había convertido en la bruja que tenía delante.
—No me vas a forzar, Julio. Te puedo asegurar que no sabes de lo que soy capaz si tratas de hacer algo en mi contra.
Aquella advertencia a media voz provocó que su ira se apagara de golpe. No, no la iba a doblegar y había algo oscuro en su postura que activó su mecanismo de huida.
—¡Fuera de mi casa, ya! Hoy no duermes aquí.
—Cálmate, sabes que no tengo dónde ir y...
—Me da igual, vete ya o llamo a la policía y no creo que te apetezca tener una denuncia en tu expediente, profesor.
Aquella palabra que ella había usado mil veces para seducirlo se había convertido en un arma arrojadiza, en un puñal clavado en el corazón.
No, no podía permitirse algo así, no quería volver a ser investigado por culpa de una mujer.
Derrotado, recogió sus cosas bajo la atenta mirada de Sara y se marchó, incapaz de entender en qué momento lo que empezó siendo un plan de reconciliación se había convertido en una inmensa grieta que anunciaba la inminente ruptura.