Cuando menos lo merezca Capítulo 24
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Capítulo 24

Despedida

L as minúsculas piedras crujían bajo sus pies, el silencio solo era roto por el llanto de una madre agonizando y la niebla los cubría con ese manto gris que no dejaba ver el lugar con nitidez.

Siguió a la doliente comitiva entre hileras de tumbas, algunas sencillas, otras ostentosas, cada una de ellas el claro reflejo de lo único seguro que posee el ser humano: que, tarde o temprano, va a morir.

Sin embargo, esa chica era muy joven, demasiado, y la sociedad había fallado al protegerla de sí misma.

El sepelio inició minutos después alrededor de un hueco abierto en la tierra que pronto ostentaría un nombre, una fecha y unos recuerdos que teñirían de dolor a quien se perdiera entre sus fauces.

Ella lo observaba todo desde la distancia, más cerca de lo que le gustaría, pero incapaz de apartarse. Las palabras del sacerdote dando el último adiós le sonaban vacías, desprovistas de la emoción que el entierro de una joven merecía.

—Amara.

—Claudia —respondió en el mismo tono quedo para no molestar—. No esperaba verte por aquí.

—Imaginé que tú vendrías al no presentarte en el tanatorio.

—No tengo palabras que puedan consolar a esa madre y me siento culpable.

Aquella confesión alivió un poco la carga que sostenía. En su carrera por la venganza había obviado lo importante, dejando a un lado su moral, su ética profesional, incluso su propia promesa de ayudar al desvalido.

—Hablé con ella, mejor dicho, le solté un monólogo.

La parquedad en las palabras de Claudia decía mucho más que estas, Lucía no estaba dispuesta a intentarlo, se había rendido y nadie era capaz de sacarla de aquella situación.

Amara inspiró hondo, sentía una opresión en el pecho que amenazaba con inundar sus ojos con lágrimas desgarradoras. Apretó los nudillos contra sus labios y cerró los ojos ante aquella escena que la estaba lacerando el alma.

Desde la muerte de su madre no había vuelto a enfrentarse a una situación como esa, las rehuía, declinándolas sin pudor, pero el sentimiento de culpa que soportaba sobre sus hombros la había llevado a incumplir sus pautas de vida.

—No tenía que haber venido.

Negó con la cabeza y, para sorpresa de Claudia, se giró dispuesta a marcharse, pero el llanto de la madre de Lucía la detuvo en seco.

«Lo siento, no estuve a la altura de lo que necesitabas». Era una despedida, la suya, como si esa joven estuviera observándolos desde una elevada posición y pudiera oír sus pensamientos.

Iba a iniciar la marcha cuando una chica de unos veinte años y pelo rizado se detuvo frente a ella. Incómoda, la observó con cierto recelo.

—¿Usted es la inspectora González?

—Sí.

—Mi prima dejó una carta a su nombre. Iba a entregársela a la inspectora Gómez, pero he supuesto que...

bueno, me estoy enredando de más, aquí tiene.

Lucía hubiese querido que se la diera y mi tía me pidió que me encargara de ello para no verse tentada a leerla.

Me alegro de haberla visto. Gracias por venir. Adiós.

La caótica explicación rebotó en su cabeza tres minutos después de que concluyera.

A su espalda estaban a punto de introducir el féretro en el agujero.

No quería verlo, arrugó el sobre e inició el camino de vuelta a su moto, ignorando todo, sin despedirse de Claudia, incapaz de permanecer en aquel lugar ni un minuto más.

Condujo con rapidez entre calles, con la mente puesta en aquel adiós improvisado que Lucía le había entregado. No se sentía merecedora de ello, pero tampoco entraba en sus planes ignorarlo.

Media hora después, ya ataviada con la ropa de estar en casa, se sentó en el suelo, apoyó la espalda en la cama y cogió el arrugado sobre blanco, que parecía pesar más de cien kilos.

Armándose de valor, lo abrió y extrajo una hoja de cuaderno, el mismo que ella le había entregado en el hospital aquel diciembre que parecía tan lejano.

La letra era pulcra, medida, redonda. Su nombre adornaba el papel justo al principio y su corazón latía desbocado mientras su mente inventaba escenarios que aún no habían sucedido.

«Merezco sus reproches», pensó antes de comenzar a leerlo, convencida de que eso era lo que iba a encontrar.

Había fallado al ayudarla y, aunque no sabía cómo lo había hecho, eso era irrelevante.

Lucía se había quitado la vida porque no soportaba el sufrimiento que la aplastaba sin piedad ni contemplaciones.

Cerró los ojos durante unos segundos, buscando el valor que le faltaba, como si al esperar la misiva adquiriera otro tono o sus palabras cambiaran por arte de magia.

Era absurdo, pero necesario. No quería colapsar de nuevo, no quería sufrir y, de una forma u otra, en aquellos segundos de resistencia encontró la fuerza para empezar a leer.