Cuando menos lo merezca Capítulo 23
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Capítulo 23

Rozando la locura

«Maldita loca», al menos no sabes dónde estoy viviendo.

H abía revisado la calle varias veces buscándola. En el bolsillo de su pantalón reposaba el último anónimo, olvidado en su necesidad de llegar a casa y volver a sentirse a salvo.

Entró en el portal y estaba recorriendo el amplio espacio con paso raudo hasta el ascensor cuando su mirada reparó en ese detalle que llevaba meses ignorando.

Ralentizó el paso y se quedó mirando el buzón que le interesaba: el del piso de Sara.

Allí, como una burla que no lograba comprender, seguía apareciendo esa A.G.

, unas iniciales que no cuadraban con las de ella y que volvieron a activar sus dudas.

«¿Qué coño significan?».

Su mente estaba inquieta a niveles insospechados. Entró en el ascensor, presionó el botón mientras sacaba las llaves del bolsillo, dispuesto a descubrir lo que ella le estaba escondiendo de una vez por todas.

«No puedes ser tú», repitió en su mente varias veces, tratando de creérselo, pero la sospecha estaba ahí, acelerando sus latidos y haciendo que un maldito viaje en ascensor de apenas un minuto se volviera un duro vía crucis.

Cuando al fin pudo salir de ahí, el sudor frío que recorría su espalda, anticipando lo que iba a descubrir, lo hizo sentir incómodo. Se merecía una ducha caliente, una cena rica y una noche de sexo con la mujer que se había colado en su vida, manteniéndolo al filo de la locura.

Sin embargo, la necesidad de descartar lo que su mente inconexa le gritaba era más fuerte que sus anhelos.

Llegó hasta la puerta en ese estado de intranquilidad que amenazaba con enloquecerlo.

La abrió, entró en el domicilio y no había dado ni dos pasos cuando recibió un bufido del maldito gato con el que estaba obligado a convivir.

Sin pensarlo demasiado, le lanzó una patada y lo golpeó en el costado.

El animal siseó y una sonrisa comenzó a curvar sus labios.

—¡No puedo creerlo! ¡Acabas de golpear a Dante!

La voz de Sara, junto a la acusación, desvió el hilo de sus pensamientos y evaporó la hilaridad de su rostro. No era así como pretendía abordarla y el shock apareció para volverlo a presentar como un ser balbuceante e inseguro.

—No, yo... solo quería apartarlo.

—Sé lo que he visto, así que no insultes mi inteligencia con una dosis de gaslighting —señaló Sara mientras se secaba el pelo con una toalla. Parecía que acababa de salir de la ducha.

—¡¿Qué mierda significa eso?! ¡Por una puta vez en tu vida podrías hablar con términos que todo el mundo entienda!

Aquel estallido la tomó desprevenida. Hasta ese momento él jamás había perdido los papeles con ella, ni siquiera cuando lo contradecía por el simple placer de verlo colapsar y tratar de convencerla de que su postura era la adecuada.

—No tengo problema en explicártelo —añadió ella con frialdad, decepcionada con su actitud—: es una forma de manipulación. Tratas de hacerme dudar de lo que yo acabo de ver con mis propios ojos.

—Solo lo he apartado de mis pies —reiteró él, notando cómo su enfado crecía. Odiaba que ella lo tratase mal en deferencia a una simple mascota—. Siempre está colocándose donde no debe, pero no le pones límites.

—No es a él a quien debo marcárselos.

—¿Qué cojones estás insinuando?

Sí, él estaba descompensado y ella no estaba dispuesta a aguantar su mal humor por mucho que fuera su pareja. Inspiró hondo bajo la atenta mirada de Julio, que comenzaba a darse cuenta del error cometido.

Hasta ese momento había procurado enseñarle solo su buena cara, su lado morboso, adulándola y tratándola como una princesa, pero empezaba a cansarse de la manera que ella tenía de menospreciarlo, de sus medias verdades, de las dudas que le creaba con ciertas actitudes que mantenía.

Las iniciales A.G. volvieron a su cabeza y no pudo esperar más para saber la verdad.

—¿Por qué no pone tu nombre en el buzón?

—¿Qué?

Por primera vez desde que se conocieron, había conseguido sorprenderla y lo disfrutó por un breve periodo de tiempo.

—No cambies de tema, lo que has hecho es horrible.

—Contéstame, es una pregunta muy sencilla. En tu buzón tienes puestas dos letras: A.G. Que yo sepa te llamas Sara o acaso tengo que revisar tu DNI.

—No creo que se te ocurra.

—Pues dime por qué aparecen ahí, ¿qué significan? —insistió con rabia y una necesidad apenas encubierta de saber la verdad.

—Amalia González.

—¿Qué?

—Son las iniciales de mi abuela —respondió con una rapidez mental que hizo que él la creyera en el acto—. Este piso era de ella y lo heredé. No quise quitarlas para recordarla. ¿Por qué te importa eso ahora? Es irrelevante.

Sintió cómo el enfado se desvanecía junto a las dudas. Se relajó, pero ya era tarde, la actitud de ella, esquiva y a la defensiva, era un reflejo del tamaño del problema que había generado con sus dudas.

—Necesitaba saberlo —dio un paso hacia ella mientras trataba de encontrar la manera de suavizar la situación—.

He tenido un día horrible hoy —prosiguió obviando los malditos anónimos—.

Mis alumnos son unos cafres, siempre me tocan las peores clases, estoy convencido de que el director me tiene manía y...

—Julio.

La interrupción le molestó, pero no dijo nada. Siguió sus movimientos mientras se envolvía el cabello en la toalla y se cruzaba de brazos.

—Sea lo que sea lo que te ha pasado no justifica tus acciones ni tus gritos.

El horror en los ojos de ella se convirtió en una barrera infranqueable que no sabía cómo derribar.

—No voy a tolerar faltas de respeto en mi casa, ni hacia mí ni hacia Dante.

La fiereza de ella defendiendo su territorio volvió a encender su rabia. Estaba claro que por encima de él estaba ese puto bicho que no dejaba de bufarle, que le meaba en los zapatos y que, en ocasiones, le sacaba de la cama de ella al acomodarse entre ambos, clavándole las uñas.

Según Sara estaba amasándolo, él sabía que no era así, que era la forma gatuna de empujarlo para que se marchara.

—Ese maldito gato no es más importante que yo —concluyó más para sí mismo que para ella.

Necesitaba creérselo, que ella corroborara su percepción, atusara su ego un poco y le hiciera volver a sentirse importante en su vida.

—Es el único amor tóxico que soy capaz de tolerar. No sé qué te pasa ni por qué actúas así, pero si esta va a ser la tónica que sigas a partir de ahora, lo mejor es que vuelvas a tu casa y dejemos la convivencia. Está claro que esto no funciona.

Sorprendido y molesto, vio cómo ella se agachaba para recoger al gato y lo abrazaba contra su pecho con más devoción de la que jamás le había demostrado a él.

Después salió del salón, dejándolo solo, y la noche que él necesitaba, llena de sexo, risas y rica comida, se convirtió en una de bocadillo de mortadela con aceitunas, película a media voz y soledad.

Una soledad que hizo que su mente se activara y repasara, hasta bien entrada la madrugada, cada anónimo recibido en busca de una pista para encontrar a Amara.