Cuando menos lo merezca Capítulo 22
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Capítulo 22

Sin salida

N oviembre, con su llegada, había traído la niebla como un manto denso que cubría Valladolid, junto a unas copiosas lluvias que ya hacían que el Pisuerga estuviera a punto de desbordarse.

Una de esas sorprendió a Julio mientras salía del instituto de forma apresurada, con una caja de cartón bajo el brazo, una expresión de horror en la mirada y un deseo de desaparecer que nunca había tenido.

Casi corrió hasta el coche, aparcado al final de la calle, frente al Parque de la Paz, en busca de un lugar seguro donde guarecerse no solo de la tormenta, también de la loca que había traspasado todos los límites posibles.

Abrió la puerta del conductor y se dejó caer en el asiento, tirando la maldita caja rectangular en el del copiloto. La caja rebotó, a punto de abrirse y desvelar el último regalo de Amara.

«Es exactamente el mismo cuchillo».

Las manos le temblaban, el corazón latía acelerado con tanta fuerza que podía sentir su sonido en los oídos, el miedo atenazaba su garganta. Estaba al borde de un abismo desconocido para él, pero capaz de tragárselo entre sus fauces.

Sacó el móvil del bolsillo de su abrigo, lo desbloqueó con la huella digital y llamó a la única persona que podría entenderlo. Los tonos se sucedieron y, por un instante, temió que no le contestara.

—Me está cazando —dijo en un murmullo quedo después del saludo de su hermano.

—Julio, ¿qué pasa?

—Viene a por mí, lo ha hecho —apenas le salía la voz—. Entregó un paquete al conserje del instituto. Tiene que ser ella, solo puede ser esa maldita loca.

—Cálmate, hermano.

—¡¿Cómo?! Me ha mandado un cuchillo con sangre —explotó entre balbuceos y rabia.

Estaba bloqueado, inmóvil, con las llaves del coche en la mano derecha y el teléfono en la izquierda, apoyado sobre su oído, aferrándose a cualquier cosa que lo mantuviera con los pies en la tierra.

—No sabemos si es sangre real y...

—Yo sí, no voy a soportarlo más, quiere que confiese, que me entregue o que pierda la razón como ella.

—Julio, respira. Tienes que calmarte. No hay pruebas contra ti, no puedes caer en su provocación.

—¿Y qué hago? Me ha mandado el cuchillo, el mismo con el que yo...

—No puede ser el mismo, es imposible. Ese estará en poder de la policía y esa desquiciada no tiene acceso a él.

—Viene en una bolsa de plástico, como de prueba policial, y...

—Falsa, como los guantes y como todo —respondió Jonathan tratando de infundirle un poco de cordura—. Ahora se puede conseguir cualquier cosa por internet. Eres mejor que ella, no la creyeron entonces y no tiene nada ahora.

—No sé.

—Sabes que tengo razón. Ahora vas a tirar esa mierda en el primer contenedor que veas y te vas a ir a casa con Sara. Seguro que te está esperando ya.

—No puedo presentarme así. Me preguntará y no sabré qué contestarle. No...

—Vale, te veo en media hora en el Selvático. Te invito a una copa, te ayudará a relajarte.

Recorrió el camino de gravilla blanca bajo su paraguas azul oscuro.

A través de la intensa lluvia podía ver el moderno edificio de paredes acristaladas al que se dirigía.

Era un oasis a las afueras de Valladolid, cerca del Pinar de Antequera, pero, en los días de tormenta, no era el mejor lugar para dejarse ver; sí aquel donde menos posibilidades había de encontrarse con nadie.

Amara llegó hasta la puerta de cristal, cerró el paraguas y traspasó el umbral. Frente a ella, junto a la larga barra, estaba el único que podría sacarla de casa con un tiempo como el que tenían.

—Qué puntual. Me alegra que hayas aceptado vernos hoy —dijo Rodrigo mientras le daba dos besos con las dos bebidas en la mano, que había pedido segundos antes de que apareciera.

Estaba guapa, tenía un aura oscura alrededor que no solía acompañarla hasta que Julio reapareció, pero al menos no lo miraba con odio.

—Insististe demasiado, incluso me amenazaste con venir a casa.

—Tenemos cosillas que hablar y no quería esperar —se excusó, su intuición le gritaba que ya no era bienvenido en su terreno.

—No podía invitarte a casa, está hecha un desastre, acabo de volver y el polvo amenaza con devorarme.

—Lo entiendo, pero... ¿quedar al otro lado de la ciudad? —cuestionó mientras tomaban asiento en una de las mesas que estaba pegada a los amplios ventanales.

—Me gusta este sitio, es poco probable tropezarse con nadie conocido. Me da seguridad.

Ahí, entre las costuras de su imagen que parecía perfecta, se escondía la verdadera Amara, la misma que él tan bien conocía. No, aún no estaba bien, lo sabía, pero no podía abordarla de frente o huiría.

—Quizás hubiese sido más considerado quedar cerca de tu casa, no quiero que Jimena piense que te estoy secuestrando.

—Ni te preocupes, tengo a mi suegra allí y ambas se entienden, yo creo que hablan su propio idioma.

—Suele pasar.

La conversación murió y ambos dieron un sorbo a sus cervezas, respetando aquel silencio que ninguno de los dos sabía si era agradable o no.

—Jimena y yo hemos estado pensando y... no podemos aceptar tu regalo para Elsa. Es demasiado dinero y tú ni siquiera estás trabajando.

—No lo necesito, forma parte de una cuenta que no toco para nada. Son... los ahorros de mi madre, ¿qué mejor que una vida nueva para honrarlos? Si no, acabarán esfumándose entre comisiones de mantenimiento y la devaluación.

—Ya, pero...

—Acéptalo, dile a Jimena que me puse burra o cuéntale mi verdad, pero quiero que ella lo tenga. Es un colchón que os puede ayudar cuando vaya a la universidad.

—Acaba de nacer.

—Lo sé, pero el tiempo pasa muy rápido. Si no lo puse en una cuenta a su nombre fue porque no sabía cuál habíais elegido. No me gustaría saltarme vuestra autoridad, pero no voy a cambiar de opinión y lo haré de una forma u otra.

—Está bien —claudicó al fin sin mucho convencimiento—. Tendré que explicarle a Jimena lo que me has contado.

—Claro, lo entiendo. Por Elsa —dijo Amara, alzando la cerveza e instándolo a brindar con ella—. Ojalá se convierta en una mujer maravillosa.

—Gracias —respondió él, emo

cionado con aquellas palabras.

Las copas chocaron en un tintineo que llenó la sala casi vacía. Dieron un sorbo largo y las apoyaron sobre la mesa.

—Te veo bien.

—A ratos.

—¿Cuándo te incorporas de nuevo?

—No tengo prisa, mi compañero anda de baja paternal y no tengo ganas de que me asignen a otra persona que no soporte.

—¿Quiere eso decir que me has perdonado?

—No te emociones, pero pesa más lo bueno que hemos compartido juntos que lo que hiciste.

—Eso se merece otro brindis.

Volvieron a repetir el gesto anterior, sonriendo con camaradería y Amara sintió que el tiempo separados no había pasado, que la traición no era importante y que Rodrigo volvía a ser una constante en su vida.

—Deberías volver ya, hay un caso que tiene tu nombre, creo que solo tú vas a conseguir resolverlo.

—Ponme al día.

—No debería hablar de esto.

—Mentiroso, te mueres de ganas de contármelo.

—Solo si así se inclina la balanza hacia el fin de tu excedencia. Te veo mejor, Amara.

—Eres un adulador. ¿Qué has dejado pendiente hasta dentro de cuatro meses?

—Hay una vengadora en la ciudad.

Amara resopló, negando con la cabeza.

—Cómo odio que la prensa se empeñe en poner títulos a los maleantes.

—No ha sido la prensa sino mi compañero y se me ha pegado. ¿Ves por qué necesito que vuelvas?

—Continúa —dijo arrastrando la palabra, obviando sus intentos de hacerla claudicar.

—Se hace llamar Atenea. Ataca solo a hombres, y no a cualquiera: cada uno de ellos tiene un historial que mete miedo.

Son pedófilos y pederastas, en su mayoría.

Los seduce, los droga y les tatúa la piel usando una navaja con diferentes insultos.

Cuando llegamos hasta la víctima, hay un informe completo con todas las fechorías que ha cometido.

—Les da su merecido.

—Es buena, no deja ni un cabo suelto salvo su método, que es bastante cuestionable.

—¿Qué dice el comisario?

—Que tengo que atraparla, la quieren fuera de las calles cuanto antes, pero no deja rastro. Te necesito. Lleva cuatro víctimas y no se va a detener hasta que no la paremos.

Amara se quedó pensativa mientras reflexionaba sobre aquel caso y Rodrigo apuró su bebida.

—¿Has llegado a alguna conclusión que nos ayude a encontrarla? —cuestionó él tras unos minutos.

—No, pero una parte de mí la entiende.

—¿Apruebas su proceder?

—No, pero son hombres que rompen la vida de niños inocentes —respondió con demasiada vehemencia, tanta que Rodrigo se puso en alerta—. Seguramente haya sufrido algún tipo de abuso o tenga un trauma con su sexualidad, pero no elige a cualquiera, sino a los desechos de esta sociedad enferma.

—Aun así no puede tomarse la justicia por su mano.

En cuanto dijo aquello, se arrepintió. Sabía que uno de los conflictos que planeaba sobre la cabeza de su amiga era la falta de justicia percibida, saber que el asesino de su madre nunca había recibido su merecido la hacía dudar de todo lo que creía.

Esperó al estallido por su parte, los reproches, pero Amara permaneció serena y comedida.

—Imagina por un segundo que es a tu hija a quien le hacen eso.

Él se estremeció al vislumbrar aquel escenario horrible que ella dibujaba ante sus ojos.

—Amara, yo...

—No hace falta que respondas, tan solo piénsalo. ¿Qué límites estarías dispuesto a traspasar por proteger a alguien que amas?

Él no respondió al momento, sabía que ella había llegado a un punto clave, de esos que uno no se atrevía a manifestar en voz alta por miedo a ser censurado y criticado, pero conocía la respuesta, estaba ahí, amenazando con delatarlo, pues él se sentía capaz de todo por salvaguardar a su familia, incluida Amara.

Carraspeó, buscando cómo salir de aquel momento incómodo.

—Bueno, dejemos que el inconsciente trabaje sobre esa idea —dijo Amara, lanzándole un salvavidas, consciente de la zozobra que había creado con su pregunta—. Quiero aprovechar que hemos quedado para contarte que, aunque no tengo prisa, como ya te he dicho antes, pronto estaré lista para volver.

Rodrigo no esperaba aquel anuncio ni la tranquilidad que le produjo.

—Eso se merece otra caña, me has alegrado el día.

Él se levantó, fue hacia la barra a pedir y, mientras esperaba, recibió un mensaje de Jimena, junto a una foto de la pequeña. Debería estar con ella, pero también sentía que Amara lo necesitaba.

Se giró para mirarla y su palidez lo sorprendió. Estaba absorta, con la vista fija en el ventanal que tenía a su izquierda, entrecerrando los ojos, tratando de averiguar por qué las dos figuras que se acercaban por el camino empedrado, bajo un paraguas negro, le resultaban familiares.

Un relámpago iluminó el lugar y Amara saltó de la silla con tanta rapidez que estuvo a punto de chocar con Rodrigo, que había regresado a la mesa.

Estaba intranquila, frotándose las manos con tanta fuerza que contrastaba con cómo se encontraba minutos antes.

—Tengo que irme.

—¿Ya?

—Sí.

Para sorpresa de Rodrigo, cogió su abrigo y su bolso y corrió hacia el baño. Diez segundos después, Julio y Jonathan entraban por la puerta de cristal del Selvático.

El policía, que había seguido el movimiento de ella, entendió su actuación, no quería tener cerca a ese desgraciado. Se sentó, observando sus movimientos mientras lo maldecía entre dientes. Dio un trago a su bebida y esperó.

«¿Qué va a pasar cuando salga del baño?», se preguntó inquieto, sin saber si moverse más cerca de la puerta o cómo actuar.

Quería ayudarla, pero no sabía cómo y su instinto le decía que no debía interponerse.

Amara había optado por marcharse, no por enfrentarse a él y eso, bajo su criterio, era una buena decisión.

Los dos hombres se sentaron junto a la cristalera, dejando tres mesas libres entre ellos y el policía. Estaban enzarzados en una conversación tan interesante que los mantenía absortos, hasta el punto de que atendieron con bastante desdén a la camarera cuando se acercó a tomarles la comanda.

Rodrigo estaba a punto de irse cuando vio a Amara salir del baño con rapidez y muy tapada, con el gorro gris oscuro calado hasta las cejas.

Se acercó a la barra, entregó algo a uno de los camareros, señalando a la pareja cuya presencia había activado su huida, y salió del local perdiéndose bajo la intensa lluvia de aquel día de otoño, olvidando su paraguas.

Su amigo no se movió, quizás debería haberla detenido, pero su instinto de policía le decía que sacaría más información esperando que yendo tras ella.

El papel blanco, doblado en cuatro, iba dirigido a Julio, que lo recibió cinco minutos después de que ella se marchara. El hombre lo cogió con curiosidad, lo desdobló y leyó la sentencia que había en él. La confusión no tardó en dar paso a la ira y lanzó una maldición que rebotó en las paredes.

—¡Está aquí!

Saltó de la silla mirando alrededor, buscando a la culpable entre los grupos de gente que disfrutaban de sus bebidas.

—¡¿Dónde está?! —interrogó al camarero, mudo espectador de lo que había provocado; pensaba que era un teléfono, no algo que pudiera alterar a nadie.

—Se ha marchado hace un rato, me pidió que esperara hasta en punto.

—Descríbela —ordenó con la respiración entrecortada.

—No sé, alta, morena, llevaba gafas de sol, no pude verla bien, tenía puesto un chubasquero negro.

—Mierda, mierda, mierda —con cada repetición el tono de voz de Julio se elevaba hasta que el resto de comensales se volvieron testigos de su falta de control—. Te dije que era ella, me está cercando, me va a alcanzar y... nos ha seguido hasta aquí, está desquiciada.

—Vámonos, Julio —dijo Jonathan tratando de sujetar las riendas de aquella situación—. Estás montando un espectáculo —le riñó en un murmullo.

Arrastrándolo del brazo bajo la atenta mirada de todos los presentes, que ya tenían una anécdota que explotar en sus redes.

Lo sacó del lugar sin pagar las cervezas que no habían llegado a probar y sin mirar atrás.

No sabía de qué manera, pero tenía que convencerlo de que no podía alterarse tanto por los desesperados intentos de una loca de hacerle sentir mal.

Él era inocente bajo su punto de vista, había sido un desafortunado accidente motivado por una mujer que no sabía hablar las cosas. Tan solo debía creérselo y dejar de estar en alerta constante.

En el interior la tranquilidad hizo que cada uno volviera a sus conversaciones.

El camarero retiró las cervezas y limpió la mesa mientras Rodrigo seguía cada uno de sus pasos, como si pretendiera memorizarlos.

En realidad no lo miraba a él, ni siquiera le importaba lo que estaba haciendo, sino que trataba de entender lo que había presenciado.

Sin pretenderlo, su amiga le había contado el plan que estaba llevando a cabo y, debía admitir, que si su intención era desquiciar a Julio, lo estaba consiguiendo con bastante eficacia.

«Amara, ¿hasta dónde vas a llegar con esto?», se preguntó Rodrigo, asombrado y preocupado a partes iguales.