Cuando menos lo merezca Capítulo 21
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Capítulo 21

Una realidad agridulce

L a noticia había llegado aquella mañana en forma de mensaje de texto junto a una foto que la conmovió. Dicen las malas lenguas que los bebés son feos al nacer, pero la hija de Rodrigo y Jimena no cumplía aquella norma, era preciosa.

Se quedó mirándola durante varios minutos, en los que se imaginó en otra posición, una que nunca podría ser. Al final, como si algo ajeno a ella la empujara, decidió ir a verlos, solo un momento, para acallar sus propios deseos.

Sin embargo, no estaba preparada para la sacudida que sintió cuando, tras aparcar cerca del hospital Clínico Universitario, cayó en la cuenta de que tenía que entrar allí.

Ver aquel trasiego de coches, de gente, de sillas de ruedas, de batas blancas la hacía revivir sus propios ingresos, conectándola con el horrible sentimiento de estar expuesta y vulnerable frente a todos.

Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no darse la vuelta y marcharse. Para empujar la puerta acristalada y entrar en el vestíbulo, pero lo consiguió y sus pasos la llevaron hacia la zona de información, pues no sabía adónde tenía que ir.

Minutos después estaba en una zona desconocida del hospital para ella, subiendo a la planta de maternidad. Notó cómo se relajaba un poco mientras el ascensor se elevaba y, cuando entró en los blancos pasillos, ya había recuperado el control.

Encontrar la puerta correcta no fue difícil, hallar el valor para entrar le costó un momento de inspiraciones largas y palabras de aliento en su cabeza.

Llamó a la puerta y la voz de Jimena la invitó a pasar.

Recorrió el pasillo hacia la zona de la cama y se detuvo al final.

La mujer de Rodrigo estaba sola, con su pequeña en brazos, mirándola con una sonrisa que no sentía merecer.

Si ella supiera lo que a veces pensaba, si pudiera meterse en su cabeza y averiguar que aún amaba a Rodrigo, no sería tan amable con ella.

—Hola, Amara. Pasa.

Dio dos pasos más, manteniendo la distancia, parándose mucho antes de llegar al borde de la cama. Estaba en una habitación individual, amplia, blanca, aséptica, de no ser por el ramo de rosas rojas que había sobre la mesilla de noche.

—Enhorabuena.

—Gracias.

—¿Cómo estás?

—Agotada, cansada. —Los ojos de Jimena se llenaron de lágrimas que se apresuró a contener—. Perdón, no suelen preguntarte cómo estás, solo se centran en el bebé.

—Ella está perfecta y en tus brazos, dudo que haya un lugar mejor.

—Te lo agradezco tanto.

La mirada de Amara se posó sobre el rostro de la pequeña, la foto recibida no le hacía justicia, era mucho más bonita en persona. Durante un segundo el nudo de su garganta le impidió decir nada más, absorta en aquella visión perfecta.

—Puedes acercarte un poco más si quieres.

—No, bastante es que me he atrevido a venir sin preguntar si queríais visitas. Ahora caigo en ello.

La policía, visiblemente emocionada, dio un paso hacia delante y colocó sobre la cama el sobre que había llevado con ella.

—Es mi regalo para la peque.

—Ah, genial.

—Siento haberme presentado así, la verdad es que no pensé en nada más y yo...

—Amara, eres bienvenida en nuestra vida, como siempre.

No imaginaba que ella le dijese esas palabras, era demasiado generosa, demasiado buena, un tanto estúpida. Se amonestó mentalmente por aquel pensamiento intrusivo, desde que la había conocido siempre la trató con cariño y, sin embargo ella se permitía el lujo de juzgarla.

—Creo que os dejaré descansar —afirmó, buscando una salida.

—¿Por qué no esperas un poco más? Rodrigo está en la cafetería —miró el reloj, calculando cuánto tiempo llevaba fuera—, no tardará en subir y...

—No creo que lo espere, en estos meses hemos tenido varios encontronazos y parece que no nos entendemos —confesar aquello en voz alta era doloroso, contárselo a la mujer de su amigo, un infierno, pero necesitaba soltarlo, pues en el fondo lo echaba de menos.

A pesar de su traición, que su parte más racional llegaba a justificar, lo necesitaba en su vida.

—Todo se puede hablar y solucionar —recordó Jimena con gesto sereno—. Somos familia, Amara, lo sabes.

Las palabras se atascaron en su garganta. «Sí», concluyó para sus adentros. «Ella sabe lo que hubo entre nosotros, incluso lo que sigo sintiendo. No tengo ninguna duda».

Quería huir tan lejos como pudiera. La bondad en la mirada de ella era suficiente como para hacerla desistir y anhelar lo que tenía.

Eso que una vez intentó junto a Rodrigo: formar un hogar, tener una familia, volver a vivir la vida que Julio le había arrebatado. Con el paso del tiempo se dio cuenta de que no podía, que su amor era enfermizo, dependiente, insistente e inquietante. Que le hacía daño a él y los estaba destruyendo.

Decidir dejarlo había sido lo más duro que vivió después de la muerte de su madre. Romper con él y con todo lo que representaba fue horrible, pero Rodrigo se quedó junto a ella. A pesar del dolor que había provocado, aprendió a estar en su vida de otra manera.

—Estoy muy feliz por vosotros. Es preciosa.

—Sí.

—Debo irme, ya llevo demasiado aquí.

—Antes, cuéntame: ¿cómo estás? ¿Cómo te va en Palencia?

—He decidido regresar, mi padre intenta ejercer su paternidad ahora, cuando ya soy adulta, y me va ahogando con su insistencia en que retome la terapia.

—Podría ser una opción.

Si fuera otra persona la que dijera aquello, se dejaría llevar por la rabia que sentía hacia esa idea absurda. Hablar de su madre no podría devolvérsela, solo avivar su dolor una y otra vez, en un bucle sin fin.

—Lo pensaré.

La mentira, acompañada de una media sonrisa que no iluminó su rostro, flotó entre ambas.

—Rodrigo te echa de menos, necesita que regreses al trabajo.

Su corazón dio un vuelco al oír aquella afirmación, no quería, pero la chispa de esperanza se prendió en ella. Una esperanza vacía, hueca, que no conduciría a nada más que a una decepción.

Rodrigo ya había elegido a quién amar y ella jamás podría hacerle daño a su esposa y a su hija. Era un límite infranqueable.

—Ahora él va a ser el que no vaya en una temporada. Os tiene que cuidar, avísame si no lo hace.

—Claro, aunque le veo comprometido.

—Bueno, ya sabes, luego se despistan y se piensan que están de vacaciones, no lo permitas, Jimena —bromeó, obteniendo una carcajada a cambio.

—Confío en él.

—Sí, es el mejor que he conocido.

Entre los huecos de aquella frase se escondía algo que no pasó desapercibido a Jimena. Su intuición no fallaba, tenía frente a ella a una mujer que aún quería a Rodrigo. Lo sabía y, sin embargo, no le tenía miedo, estaba convencida de que Amara jamás les haría daño de forma deliberada.

—Me voy, dale recuerdos de mi parte.

Antes de que ella encontrara la manera de retenerla, Amara se marchó, usando las escaleras para no cruzarse con Rodrigo. No podía verle, al menos no en ese instante, que se sentía vulnerable y enredada en un sentimiento antaño enterrado.

Mientras ella corría por las escaleras, el ascensor se abrió en la planta de maternidad y un orgulloso padre regresó a la habitación, sonriendo y llevando una bandeja enorme de sushi.

Al llegar hasta la cama, no encontró la sonrisa de Jimena sino una perplejidad que había paralizado sus labios. Recibió de sus manos el papel que tenía y lo leyó dos veces.

—¿Qué es esto?

—El regalo de Amara para nuestra hija, acaba de estar aquí. ¿No os habéis cruzado en el ascensor?

Rodrigo negó con la cabeza.

—¡¿Un cheque de diez mil euros?! —dijo con asombro e incredulidad.

—Sí, y también una lista de cómo podemos hacer que crezca este dinero, quiere garantizar su futuro.

—No podemos aceptarlo, es excesivo.

—Entonces tendrás que llamarla y quedar con ella.

Él asintió, dispuesto a retomar aquella conversación que había quedado a medias.