Capítulo 20
Un plan que hace aguas
Había perdido la cuenta de los anónimos que recibidos durante los últimos tres meses, convirtiéndose en el verano más agobiante que recordaba, y no precisamente por el calor.
No llegaban todos los días, pero sí con la frecuencia suficiente como para sentir sobre su nuca la presión de aquel secreto que guardaba celosamente.
Desde la noche de San Juan, cuando recibió unos guantes de algodón blancos manchados de sangre, no había podido volver a dormir bien.
Estaba demacrado, ojeroso, cansado, extenuado hasta un punto que no reconocía.
Jamás se había sentido así y, por ello, trató de declinar la invitación de Jonathan para subir a las casetas que ponían en el recinto ferial junto a sus respectivas mujeres.
No fue posible, su hermano y su cuñada insistieron con tanto ahínco que al final se vio claudicando a su favor.
Al menos Sara había dejado de ser un quebradero de cabeza, era lo único que estaba bien en su mundo: era morbosa y decidida, sin miedo a experimentar.
En cuanto rompieron la barrera de las relaciones sexuales se había postulado como una dominante en la cama y él disfrutaba del morbo de soltar el control alguna vez.
No todas, no quería confundirla y que pensara que podía manejarlo a su antojo, pero follarla con las manos atadas, los ojos vendados y los ligeros golpes de látigo sobre su cuerpo lo hacía rozar el cielo con tanta rapidez que no lograba aguantar mucho tiempo el éxtasis.
Solo lo hacían así, solo entonces Sara se relajaba lo suficiente y él estaba dispuesto a todo por seguir teniéndola.
Abrazó su cintura mientras cerraba el coche con el mando a distancia. Estaban en el amplio y abarrotado aparcamiento que daba servicio a todos los visitantes de la Feria; frente a ellos, las luces y sonidos invitaban a entrar y montarse en los carruseles.
—Me daría mucho morbo hacerlo en el coche hoy —soltó en un murmullo junto a su oído.
—No tengo a mis ayudantes —contestó Sara sonriendo como si hubiese hecho una broma que solo ella entendía.
—No tienes por qué atarme siempre.
—Te encanta.
—También hay otras posturas, apenas me dejas explorar tu cuerpo desnudo y…
—Deberíamos dejar esta conversación para otro momento, no quiero enfadarme y tu familia viene hacia aquí.
Seca, ruda, orgullosa y controladora. Así era Sara cuando algo no le cuadraba y, aunque se había acostumbrado a ello, ese era uno de sus defectos. Si él había aprendido a soltar el control, ¿por qué ella no podía hacer lo mismo?
«Al menos ya no sale corriendo cuando algo no le gusta. No, solo es un poco más cruel en las relaciones…».
—Ya era hora. ¿Qué andabais haciendo? Llevamos quince minutos esperándoos.
El reproche de Jonathan lo molestó, por lo general siempre era él el que llegaba tarde.
—Ya estamos aquí.
—¿No estaríais…?
—No, lo que pasa es que Julio se retrasó hoy, no sé por qué.
Antes de que el profesor pudiera contestar, las dos mujeres se adelantaron hablando de otras cosas que a ellos no les interesaban. La preocupación se hizo presente en Jonathan.
—¿Qué te pasa?
—Llevo tres días sin dormir más que tres horas, estoy agotado. Entre el inicio de curso y preparar las clases siento que no puedo con todo.
—¿Por qué?
Julio se detuvo, dejando un poco de margen con sus mujeres.
—Se está acercando demasiado, he encontrado una rata muerta en mi felpudo. Me está acechando —dijo retomando la marcha, con la seguridad de que ellas no podían oírlos.
—No tiene por qué ser…
—Tenía una nota con mi nombre, otra amenaza más.
—Tienes que denunciarlo ya. No puedes seguir así.
—No, no voy a arriesgarme. Algún gilipollas podría llegar a atar cabos y volver a investigar lo que pasó —dijo en un murmullo tan bajo que Jonathan tuvo que acercarse a él para entenderlo—. No voy a darle el gusto, parece que es lo que está buscando, que vuelvan a poner el foco sobre mí.
—¿Quién crees que es?
—La loca de la hija, me localizó y me tiene cocido. No he dado pie con bola estos días en el trabajo. Es un maldito desastre. Toda mi vida se está derrumbando, lo único que se mantiene en pie es mi relación con ella y, a veces, es tan complicada que no la llego a entender.
Sara y Macarena se pararon en una mesa alta y metálica. Ya había gente en el recinto que aunaba casetas regionales con diferentes propuestas gastronómicas, a pesar de ser las siete de la tarde, sin duda tratando de evitar la aglomeración de gente si venían más tarde.
—Vamos a pedir —anunció Jonathan hacia ellas—. Sabemos lo que os gusta.
Así, sin preguntarles ni poner en común lo que querían, fueron hacia la barra de la Casa de Cantabria a pedir varias raciones y unas bebidas.
—No puedes seguir así —prosiguió Jonathan mostrando su preocupación—. ¿Por qué no hablas con Sara y te vas a su casa a vivir una temporada?
—No va a querer y tampoco puedo contarle el motivo real.
—Podemos empujarla, ya sabes que tu cuñada es muy persuasiva.
—No creo que funcione. No actúa nunca como yo creo que debe hacerlo; si no fuera porque me tiene totalmente loco por ella, la dejaría por compleja.
Jonathan lo observó sorprendido, no era ni la sombra del hombre que admiraba, se estaba dejando vencer y eso tenía muy mal recorrido.
—No puedes seguir así.
Cuando regresaron junto a ellas, estaban enzarzadas en una conversación sobre la última serie de moda, una de esas para adolescentes que, por alguna extraña razón que ninguno de los dos entendía, devoraban y comentaban con un entusiasmo inmenso.
—Pínchame.
La orden de él la pilló desprevenida. Sara cogió la pluma de insulina que Julio le ofrecía con gesto contrariado y la cargó con un giro.
—Podrías habérmelo dicho en el coche —reprochó mientras él se levantaba la camiseta, exponiendo su bajo vientre, sin pudor alguno.
—No comprobé la insulina, se me olvidó, pero me acaba de pitar el móvil, tengo los niveles demasiado bajos.
—Ese no es el problema, no soy tu enfermera, Julio, y no pareces darte cuenta de ello.
Apoyó la aguja en su piel y presionó el botón con un movimiento sencillo y certero.
—Es muy simple, hasta un niño podría...
—Tan solo te pido un poco de ayuda —saltó él, molesto por su actitud frente a su familia, lo estaba dejando en ridículo—. Aún no soy capaz de hacerlo yo solo, me da repelús.
—¿Cómo lo haces en el trabajo?
—No suelo necesitarlo —mintió—, pero estoy harto de la cruz que me impusieron hace dos meses. Y, si no, tengo a Pablo, que lleva tiempo con esta mierda. En qué mal momento me hice esas pruebas médicas.
—Tienes que seguir las instrucciones al pie de la letra, Julio.
—Lo intento, pero es un coñazo. Si no fuera por la aplicación del móvil, pasaría totalmente de este rollo. No lo necesito, es una manera de mantenerte controlado, medicándote de más, cuando hace años los parámetros de la glucosa eran mucho más altos.
Podrían estar discutiendo sobre ello toda la tarde, pero estaban acompañados y Sara no quería incomodarlos, así que dejó que siguiera con su errado discurso sin interrumpirlo ni hacerlo reflexionar.
Julio se comportaba como un niño pequeño en lo que se refería a su salud.
No llevaba un control exacto, se saltaba pastillas o ni siquiera se preocupaba por tomarlas.
Por ello le habían puesto el sensor para la diabetes y el boli de insulina.
El médico pensaba que así sería más consciente de su situación, pero ella sabía que no; el orgullo le impedía comportarse como correspondía: un adulto responsable.
Molesta y asqueada, sacó una toallita del bolso y se limpió las manos varias veces hasta que quedó satisfecha. Ignorando la conversación que mantenían los demás, que ya había derivado hacia otros terrenos, sacó el móvil y revisó los mensajes.
Estaba tratando de serenarse o explotaría y demostraría su verdadera cara frente a la familia de él.
—Tienen que arreglar el agua caliente de mi piso. Van a levantar varias tuberías que van de la cocina al baño.
La explicación de Julio volvió a conectarla con la conversación.
—Vaya, vas a tener unos días horribles.
—Si fueran unos días, Maca, pero calculan que tendrán que estar un par de meses así y no sé cómo lo voy a hacer. No son condiciones para vivir allí.
Sara notó cómo un escalofrío recorría su columna vertebral. Algo en aquella charla ocasional olía a estrategia barata, pero no sabía para qué, todavía.
—¿Por qué no te vas a vivir con Sara? Os veis todos los días, no va a significar mucha diferencia.
El nudo en su garganta se volvió de acero ante la propuesta de Macarena, que contó con el rápido asentimiento de Jonathan.
—No... Yo... no.
—Así no puede vivir —prosiguió la mujer tratando de que empatizara con su situación—. A la larga va a pasar más tiempo contigo que en su casa, tan solo serán unos días.
—Sesenta —aclaró Julio con esa sonrisilla complaciente que pretendía hacerla claudicar.
—Desde lo de la diabetes os veis todos los días, cenáis juntos. Es algo lógico que os ayudéis en un momento como este.
—Estaría lejos de su trabajo.
—En Valladolid las distancias son mínimas, no vives a las afueras.
—Macarena, yo no me siento cómoda con esto y…
—Solo unos días —repitió Julio viendo que la determinación de ella comenzaba a flaquear—. Déjame demostrarte que puedo cuidarte mucho.
Sara resopló agotada, sintiendo cómo la presión sobre ella se intensificaba bajo la atenta mirada de los tres. Si Julio se lo hubiese dicho a solas, habría sacado a pasear su mala leche, pero, por una razón que no entendía, había congeniado muy bien con su cuñada y no quería quedar mal con ella.
—No notarás que estoy en casa.
—Eso es imposible, además Dante no sé cómo se lo va a tomar.
—Ya empieza a tolerarme, hace días que no me bufa cuando me ve. Está asumiendo que ha dejado de ser el macho dominante en tu vida.
Aquella broma casposa la hizo estremecer, sabía bien cuáles eran las debilidades de su relación y una de ellas era el carácter de Julio.
Chocaba contra sus propias ideas sobre cómo debería ser una pareja y, sin embargo, siempre parecía compensarlo con algún detalle cuando el ambiente estaba demasiado tenso.
—¿Unos días?
—Va, no te hagas la dura. Así probáis si ahí también sois compatibles. Tengo ganas de llamarte cuñada de verdad.
—La convivencia no es fácil y no llevamos ni un año juntos. Creo que es precipitado.
—Y temporal —añadió Jonathan con el mismo tono que usaba para regañar a su hija—. No lo pongas tan difícil.
El reproche hizo que ninguno dijera nada. Julio la miraba con esperanza, Macarena con un gesto amistoso y ella, ella se veía empujada hacia algo que no quería, que no veía necesario y que iba a convertirse en el mayor desastre de su vida.
Comenzaron a comer, pero la conexión que habían tenido en otros momentos se hallaba en paradero desconocido. Todo porque ella no quería ceder a algo como aquello.
La conversación viró hacia el trabajo y Sara no participó en ella, tan incómoda que buscó con la mirada la salida del recinto, tratando de encontrar una excusa que le permitiera huir de allí.
Julio, que no perdía detalle de sus gestos, se acercó a ella, rodeó su cintura y apoyó los labios en su sien en un gesto de complicidad.
—No te preocupes, me las arreglaré —murmuró cuando Jonathan los dejó unos segundos para ir al baño—. Va a ser bastante horrible, espero aguantarlo —prosiguió en ese tono victimista que tan bien manejaba.
—Lo siento, no quiero sentirme incómoda en mi propia casa.
—Lo entiendo.
Aquella frase estaba impregnada de un deje lastimero que acabó dejándola tocada para el resto de la velada.
No fue capaz de disfrutar de aquella salida, se convirtió en el punto de comentarios hirientes envueltos en fría ironía o falsa jocosidad, dependiendo de si era Jonathan o Julio quien lo hacía.
Al menos Macarena no participó en aquella caza de brujas e incluso intentó frenar a su marido en un par de ocasiones.
Así que, cuando ya no pudo aguantar más aquel ambiente enrarecido, se excusó diciendo que le dolía la cabeza y le pidió a Julio que la llevara a casa.
Este no la cuestionó, pero el enfado estaba tan presente en él que se vislumbraba en cada uno de sus gestos, en su forma de cerrar la puerta del coche, en la manera de conducir: dando acelerones justo cuando el semáforo estaba a punto de ponerse rojo, pegándose a las ruedas del coche de delante, frenando en seco con tanta brusquedad que tuvo que agarrarse al reposabrazos de la puerta.
—Julio, me estás asustando, puedes conducir mejor —le pidió cuando la presencia de un coche de policía cerca de ellos hizo que él dejara de conducir como un loco.
—Tan solo quiero llegar antes, para que puedas tomarte el paracetamol, has dicho que te iba a estallar la cabeza.
—No tanto como para que pongas en riesgo nuestras vidas.
—No es para tanto.
Quería contradecirle, pero el miedo a que él hiciera algo aún más temerario retuvo su lengua hasta que el coche estuvo parado frente a su portal y el riesgo se había evaporado.
—Te quiero, Sara. Nos vemos mañana.
Frío, seco, distante. Julio no estaba acostumbrado a perder y algo en la postura que mantenía en ese momento hizo que ella se estremeciera.
Ni siquiera la había mirado y, a pesar de sus palabras, algo le decía que aquel día iba a marcar el final de su relación, solo por no ceder un poco, en realidad mucho, porque su casa era su lugar seguro en aquel mundo hostil.
Sopesó su decisión, mientras miraba el perfil contrariado de él. Aborrecía sentir como la estaba empujando hacia algo que no quería hacer.
Tragándose su propia incomodidad y con la única intención de salvar aquel abismo que parecía separarlos en ese instante, soltó la pregunta que la condenaría.
—Julio, ¿cuándo empiezan las obras en tu casa?
Aquella pregunta lo sorprendió, se giró hacia ella, apoyando el brazo sobre el respaldo y la miró, evaluando su gesto. Estaba ahí, podía ver cómo estaba considerando ceder ante él.
—Empezarán a finales de septiembre, en cuanto comiencen a picar los suelos mi casa va a ser un caos.
—¿Y dónde tu hermano no hay sitio?
—No, para dormir en su sofá prefiero seguir en mi casa, aunque esté tragando polvo toda la noche —respondió con su habitual tono lastimero—. Pero no te preocupes, ni siquiera paso mucho tiempo allí entre las clases y demás. Creo que me apañaré o eso espero.
Un suspiro salió de los labios de Sara. Odiaba cuando él se atribuía ese papel de mártir que tan bien sabía interpretar.
—Está bien, solo unos días, Julio.
—¿Qué?
La emoción en la mirada de él contrastaba con la sensación de estar cometiendo un error que tenía ella.
—Que podemos convivir unos días cuando empiecen las obras, no antes y tiene fecha de caducidad.
—Por supuesto, sabía que podía contar contigo.
La abrazó y estaba a punto de lanzarse a sus labios cuando un coche les pitó. Se separaron y Sara salió del coche azorada, confusa y sintiendo los estragos de la jaqueca.