Cuando menos lo merezca Capítulo 19
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Capítulo 19

Al límite

E l agua de la ducha caía sobre su espalda a una temperatura tan alta que cualquier otra persona no podría aguantarla; sin embargo, Amara sí.

Llevaba más de una hora sentada en la bañera, frotando la esponja por todo su cuerpo con tanta fuerza que su piel estaba enrojecida, pero no podía parar, debía hacerlo una y otra vez.

Su cabeza, en un caos absoluto, recreaba imágenes que no recordaba. No eran suyas, no podían serlo, no quería que lo fueran y, cuanto más se resistía a ellas, más aparecían, salpicadas de sangre, envueltas en risas e insinuaciones sexuales, aumentando su incomodidad hasta un punto insostenible.

Aún no había llegado a la conclusión de qué era la mancha que tenía en el antebrazo derecho, la misma que había iniciado aquella inacabable ducha, pero parecía sangre reseca y aquella certeza a medias era suficiente para saber que su cerebro no estaba funcionando bien.

No tenía ningún corte al que atribuir aquel hallazgo; entonces, los flashes que llegaban a su mente… No, no podían ser ciertos, ni unos ni otros.

Cuanto más luchaba contra esos recuerdos falsos, más angustia sentía en su cuerpo; podía notar cómo esa sensación se apoderaba de ella sin piedad: de sus miedos, de sus deseos de avanzar, incluso de su necesidad de venganza, incapacitándola para nada más que autodestruirse.

La pastilla que había colocado bajo su lengua hacía mucho que se había deshecho, buscando algo que detuviera el torrente de emociones nefastas que la asaltaba, pero no parecía surtir efecto.

«¡Medicación de rescate, menuda mierda! ¿Cuántas necesito? ¿Otras veinte?»

El agotamiento mental detuvo sus frenéticos restregones, su piel chilló por el trato recibido y sucumbió a la evidencia mientras lo que la acosaba seguía rugiendo en el fondo de su mente. No podía combatir contra ello.

—Me rindo —murmuró mientras su mirada se dirigía hacia la cuchilla que tenía en la pequeña estantería donde reposaba junto al champú.

Se miró las muñecas durante un segundo, después a la cuchilla, que parecía gritarle desde su posición.

«¿Cuántos cortes necesito para acabar con este sufrimiento? Parece sencillo, liberador y…».

Su pensamiento errático y dañino se detuvo por un instante mientras Julio se materializaba en su mente.

—Todavía no —dijo como si razonase consigo misma—. No hasta que él pague por lo que me robó. Después, quizás —prosiguió en un hilo de voz amortiguado por el agua.

La mano de ella se deslizó hacia un

lado de su cuerpo, la esponja cayó a la bañera, derrotada, herida, mientras la opresión en su pecho crecía hasta límites no alcanzados antes.

Le costaba respirar y, cuanto más lo intentaba, menos aire llegaba a sus pulmones, más opresión sentía en su cuerpo, menos control tenía sobre sí misma.

Apoyó la frente sobre las rodillas y se dejó llevar por ese mar que amenazaba con ahogarla de nuevo. No lo hizo, no sabía cómo, pero al cabo de un rato su respiración se volvió regular, la calma volvió a abrazarla y sus pensamientos autolíticos se fueron diluyendo.

«Me estoy hundiendo».

La certeza de aquel pensamiento la llevó al borde de las lágrimas, esas que llevaba años rechazando para no sentirse débil, y se entregó a ellas, como si al hacerlo pudiera sanar un corazón desgarrado por el dolor más horrible del mundo.

El tiempo se evaporó, el agua en ocasiones salía fría un rato hasta que volvía a calentarse, pero nada parecía sacarla de ese momento que estaba viviendo hasta que el sonido de una llamada la devolvió a la realidad.

«Ya colgarán», pensó cerrando los ojos, pero no fue así, diez veces sonó el móvil y acabó rindiéndose a la curiosidad de saber quién la llamaba con tanta insistencia.

Apagó el grifo y salió de la ducha chorreando agua, formando un gran charco bajo sus pies, tan grande que la alfombrilla no podía con él. Se colocó el albornoz, envolvió la empapada melena con una toalla gris y salió del baño hacia la habitación.

Justo cuando entraba en ella, su móvil volvió a sonar. Lo cogió y el nombre de Claudia apareció en la pantalla, como un recordatorio furioso de quién era ella y qué debía hacer. Se estaba convirtiendo en una sombra y no podía permitirlo.

Sobre la mesilla de noche reposaba la caja de Alprazolam que había rescatado del fondo del cajón cuando empezó a encontrarse mal. Diecinueve pastillas esperándola, incitándola a cometer una locura. Una corriendo por su torrente sanguíneo, rivalizando con su deseo de acabar con todo.

—Hoy no. No ha llegado el momento preciso.

Era muy duro luchar contra aquellos pensamientos intrusivos que la asaltaban sin piedad, que cada vez se volvían más repetitivos e incómodos, pero si algo bueno tenía odiar a Julio con todas sus fuerzas era que se había convertido en un ancla para ella. Su motivo para seguir en este mundo infame.

Antes de que pudiera encontrar una excusa, apretó el botón de llamada y, segundos después, la voz de Claudia la saludó con una efusividad que la molestó.

«¿Por qué yo no puedo ser como tú?»

—No sabes lo que me alegra oírte, Amara.

—¿Qué ocurre? Me has llamado diez veces a las doce de la noche de un sábado.

—Tendrás que perdonarme, pero es importante. ¿Recuerdas a Lucía?

No, llevaba sin pensar en esa chica desde hacía meses. Demasiado centrada en su propia historia.

—Claro.

—Ha llegado un poco más lejos en su afán por desaparecer.

Amara contuvo el aliento. De todas las personas que conocía en su profesión, Claudia era la más directa de todas y, en ese instante en que su mundo era un caos, ella no sabía si podría mostrarse tan profesional como debería.

—¿Intentó suicidarse?

—Casi lo logra, ha estado muy cerca. Su familia está desesperada. No saben qué más hacer.

Amara no respondió, no entendía bien por qué Claudia la hacía partícipe de aquello. Ojalá tuviera la clave para ayudarla a salir del agujero en el que se encontraba Lucía, sin embargo, no era así, ella estaba en uno aún más profundo y luchaba por sobrevivir sin mucho acierto.

—Amara, habla con ella, he pedido autorización, pero habría que ir mañana al hospital a primera hora. Puedo acompañarte.

Aquella petición la estremeció. No se veía capacitada para cumplir con ella.

—Estoy de excedencia.

—No te pido que la interrogues, sino que la hagas reflexionar. Su madre dice que cuando salió en enero no hacía más que hablar de ti, de lo que le contaste. La dejaste impresionada.

—No puedo, no estoy en Valladolid y ni siquiera soy capaz de sostenerme por mí misma. Lo siento.

Por un instante aquella confesión las dejó mudas, ninguna de las dos la esperaba, había salido del inconsciente de Amara y reflejaba muy bien cómo se sentía ella en realidad.

—¿Quieres que vaya a verte o prefieres que se lo diga a Rodrigo?

—Ninguna de las dos cosas, no soy buena compañía para nadie. Estoy donde debo estar.

—Sabes que cuentas conmigo y…

Lo que fuera a decir después se perdió en el vacío.

Amara colgó el teléfono y lo apagó, reteniendo el impulso de golpearlo contra la pared hasta hacerlo añicos.

No quería compasión, no necesitaba la compañía de nadie, ni los buenos deseos dentro de palabras vacías que no tenían sentido para ella.

Solo había algo que podría sacarla del lugar donde estaba y había llegado el momento de incrementar la intensidad de sus acciones.

Quería verlo contra las cuerdas, asfixiarlo y hacerlo confesar de una vez por todas. No podía ser tan difícil lograrlo, era un hombrecillo despreciable que merecía desaparecer.