Capítulo 18
Un paso más
Una hora después la cena estaba lista y la cocina de Sara, empantanada.
Miró aquel despliegue de utensilios, cazuelas y manchas y estuvo a punto de colapsar.
Ella era metódica, pulcra en exceso y aquel caos era difícil de ignorar, pero Julio, de forma sutil y premeditada, la incitó a sentarse en la mesa del salón, ignorando su zozobra.
Colocó frente a ella un plato y se sentó tras el suyo. Orgulloso de su hazaña, deseaba que Sara lo alabara por su sazón y no criticara el desastre que había ocasionado.
La cena parecía apetitosa, pero el plato que él la había servido podría alimentar a dos personas de constitución media.
—¿Has hecho todo el paquete?
—Me he pasado un poco, pero bueno, así tenemos para mañana.
Aquel plural la puso en alerta, de forma inconsciente acababa de decirle lo que esperaba de esa noche y estaba muy alejado de la idea que ella había ido construyendo a medida que la sorpresa se fue diluyendo.
Él pretendía pasar la noche allí, ella no estaba dispuesta a consentirlo. Debía encontrar la manera de reconducir la situación para ganar terreno.
—No suelo cenar demasiado.
Introdujo el tenedor en el plato y lo giró para coger una porción de espaguetis.
—Imagino que llegarás agotada después del trabajo.
Aquella pizca de comprensión la agradó, en el fondo era lo único que necesitaba de él. No sermones ni comentarios inapropiados, sino que la escuchara y la hiciera sentir vista.
—Un poco, estos días hemos tenido bastante trabajo.
—Eso tiene una solución.
—Ilústrame —lo invitó Sara al ver que él no remataba la explicación.
—Si viviéramos juntos podría encargarme de las cenas. Sé muchas más recetas.
Sara lo miró asombrada, cogió el vaso de agua y le dio un sorbo mientras buscaba cómo contestar a aquella nueva insinuación. ¿En qué momento una relación de meses se había vuelto tan seria como para hablar de vivir juntos?
Sin duda Julio y ella no estaban en la misma línea y todos sus límites estaban siendo ignorados de forma deliberada por él.
—También me podría encargar de la compra, así tendrías siempre un buen vino, cervezas…
—No bebo —descartó ella, incómoda—, no me gusta perder el control.
—Ahora puedes permitírtelo, yo cuido de ti.
—No, es innecesario.
—Pero siempre que yo esté presente, claro —continuó él ignorando su negativa—. Tienes que estar muy graciosa desinhibida, soltando el control.
—Y mientras lo cogerías tú, ¿verdad?
Sara apoyó el tenedor en el plato a medias, se inclinó hacia delante y los ojos de Julio volaron hacia su escote.
—No va a hacerte daño dejar de controlarlo todo.
—Hay gente que se aprovecha de eso para obtener lo que desea, sin tener en cuenta a lo que la otra persona accedería de estar en sus cinco sentidos.
—Puedes confiar en mí.
—Tengo mis dudas.
—Eres mi novia, jamás haría nada que no supiera que te iba a gustar.
Sara se levantó con el ceño fruncido, mientras una ira seca amenazaba con asaltarla y romper aquel clima que Julio había creado.
—¿En qué momento me has pedido que sea tu novia, Julio?
Su voz tensa y fría como un bloque de hielo, congeló las intenciones de Julio. La vio salir del salón rumbo a la cocina y la perplejidad lo mantuvo pegado a la silla hasta que ella volvió minutos después, con la bolsa de queso rallado en la mano.
Se sentó de nuevo en su sitio, abrió el paquete y echó un generoso puñado encima de la pasta. Después lo cerró y lo dejó a un lado.
—Si actuara como tú, en estos momentos tendrías tu plato lleno de queso a pesar de que no te gusta.
—Sara, yo… —tragó saliva mientras buscaba la manera de calmar su enojo— no quería ofenderte, es solo que daba por sentado que se iba consolidando lo que hay entre nosotros.
—Julio, en una relación no se pueden dar las cosas por supuestas.
Se pregunta, se negocia, se respetan los límites; no se rompen a conveniencia forzando algo para lo que la otra persona no está preparado —detuvo por un segundo su explicación, sosteniendo su mirada hasta que vio la incomodidad en su rostro—.
Como has hecho tú esta noche —remató, asestando el golpe de gracia.
Siguieron comiendo en silencio, con las últimas palabras de ella flotando entre ambos, formando una barrera difícil de sortear.
Julio sabía que aquella idea absurda podía fallar, aun así se arriesgó y esas eran las consecuencias.
Una simple cena había arruinado todo lo que habían construido hasta el momento.
Cuando los platos quedaron casi vacíos y la calma tensa que compartían se volvió insoportable. Él la miró con la decisión tomada, aquella relación era demasiado complicada para seguir intentándolo y ya estaba cansado.
—Creo que ya lo he entendido todo. No te gusto, está claro y yo me esfuerzo para agradarte, me gasto dinero en cosas absurdas y mientras tanto no valoras nada.
El tono de reproche de él activó las señales de alerta en ella, pero el victimismo que se asomaba entre las costuras de sus palabras era un indicativo claro de que él no era tan maduro como imaginaba.
—Lo siento. Será mejor que me vaya y deje de ser una carga para ti. He disfrutado cada día en tu compañía, pero está claro que no soy suficiente para ti, mereces mucho más que alguien como yo.
—¿Por qué llegas a esas conclusiones?
—Es más que evidente, ¿no crees?
Para sorpresa de Sara, por primera vez desde que lo conocía, ella no era capaz de adivinar su siguiente movimiento. Lo vio levantarse, echarla una última mirada de deseo y pena y caminar hacia la puerta. Allí se detuvo con la mano en el pomo y el último cartucho que utilizaría.
—Me encantaba pensar en ti como mi novia, siento no habértelo preguntado antes.
—Julio.
La voz de ella, acompañada de un arrastrar de silla para levantarse, lo detuvo. Se volteó a mirarla con un brillo de esperanza y anhelo.
—Pídemelo ahora, como corresponde.
—¿Por qué, si ya sé tú respuesta? —cuestionó sin ocultar la herida de abandono que cargaba en su espalda desde su más tierna infancia.
—Hazlo, no te arrepentirás, pero hazlo bonito, como si ambos tuviéramos quince años y el mundo a nuestros pies.
La chispa de emoción que creyó percibir en los ojos de ella fue suficiente para envalentonarlo. Agarró sus manos, se ancló a su mirada y sonrió anticipando la respuesta que iba a recibir de sus labios.
—Sara, ¿me concederías el honor de ser mi novia?
—Sí.
En cuanto ese monosílabo escapó de su boca, la de él la cubrió con la ansiedad y el miedo que llevaba un rato acumulando, presentes en sus avances. Primero, tímidos; después, tras comprobar que ella no lo rechazaba, atrevidos y anhelantes.
Se devoraron como no lo habían hecho antes, como si poner en palabras aquello hubiera derribado las barreras que los mantenían separados.
—Te deseo —murmuró contra sus labios, aferrándola hasta que sus cuerpos parecían uno.
—Yo también, pero…
—No digas más, no rompas el momento —prosiguió él entre besos jadeantes y caricias que incendiaban el cuerpo de ambos.
—¡No!
Aquella palabra, junto a una retirada que ninguno deseaba volvió a traerlos a la tierra.
—Sara, no me puedes dejar así —suplicó él, ansioso y excitado, volviendo a tomar sus manos—, marca los tiempos, pídeme lo que quieras, pero no voy a soportar más esta…
Ella puso su mano en la boca de él, deteniendo lo que iba a ser una explicación obscena e innecesaria.
—Yo dirijo, ¿estás dispuesto a tomar lo que pueda darte? —cuestionó ella con el miedo reflejado en sus pupilas.
—Solo lo que tú quieras, pero dame algo, lo necesito —dijo Julio con tono lastimero mientras su deseo se desbordaba.
Cualquier alivio sería bueno siempre que ella se lo proporcionara.
—Está bien, profesor. Yo mando a partir de ahora.
La pauta de Sara venía acompañada de una fortaleza que no había visto jamás en ninguna mujer, pero pronto su mente dejó de pensar, sobre todo cuando ella lo guió hacia su habitación exigiéndole caricias concretas que él se desvivía por darle.
Se sentó en la cama bajó su severa mirada, la vio buscar algo en un cajón y cuando lo sacó, su anhelo lo impulsó a levantarse, pero ella refrenó el impulso con un chasquido de dedos.
—Túmbate en la cama boca arriba.
—Sara, yo…
—¿Quieres más o no?
—Mucho más.
—Pues no discutas, bájate los pantalones, quítate la camiseta y túmbate en mi cama. Eres muy afortunado, el primero que pisa esta habitación.
—No te imaginas cómo me estás poniendo.
La ropa de él cayó al suelo, su erección se hizo visible bajo el calzoncillo minúsculo que llevaba.
—Ven aquí, desnúdate.
—Estás infringiendo las normas, profesor —dijo ella, anclada al suelo, esperando a que él se doblegara del todo—, si no cumples no hay nada, todo depende de ti. ¿Qué eliges?
El desafío quedó entre ellos en esos segundos eternos en los que se retaron. Ella no iba a ceder, él, la deseaba tanto que prefirió arrodillarse ante sus órdenes, que perder la oportunidad que tenía al alcance de los dedos.
—Eres muy cruel conmigo.
—Puedo ser mucho peor.
Julio al borde de ese abismo de sensualidad y promesas al aire, cumplió con su mandato luchando contra sus propias creencias.
Se tumbó en la cama, apoyó la cabeza sobre la almohada y siguió los movimientos de ella por la habitación como pudo.
Sentía que se estaba volviendo sumiso ante ella, pero su deseo era más grande que su cordura.
Sara, con una sonrisa, complacida por su actuación llegó hasta él y le ordenó que colocara las manos sobre la almohada. Unos segundos después Julio había perdido el control de sus manos y tenía los ojos vendados.
Notó cómo ella bajaba sus calzoncillos para liberarlo y después se subía a la cama, sentándose a su lado y acariciando el pene erecto con los dedos.
—Hoy no voy a ser tuya como esperas, Julio —dijo ella, acercándose a su boca y dejando pequeños besos en su mejilla—. Aún no estoy lista, pero te irás de aquí, en cuanto acabe contigo, muy satisfecho.
—Sara, no puedes hacerme eso, yo…
Lo que él fuera a decir después desapareció, pues ella cogió su miembro viril con la mano y lo apretó, haciéndolo exhalar un suspiro de alivio que pronto se convirtió en jadeos.
—Dilo —ordenó Sara, parando de golpe los movimientos rítmicos que lo estaban enloqueciendo.
—¿Qué?
—Cuando te libere, te irás de mi casa.
—Sara, eres mi novia y…
—Pero hoy mando yo, ¿quieres que acabe contigo como mereces?
—Sí.
—Entonces dilo de una vez.
—Me iré, me iré cuando acabes, pero sigue, no me dejes a medias —suplicó ajeno a la sonrisa satisfecha que exhibía ella.
Sara cumplió con su palabra, siguió masturbándole hasta que Julio llegó al clímax.
Uno raro, intenso por tener los ojos tapados, incómodo por no poder participar de forma activa en él.
Cuando ella lo soltó la miró entre avergonzado y satisfecho.
Con una sensación extraña de que, a pesar de haber obtenido lo que quería, no había sido cómo él lo había imaginado.
Sara de nuevo lo sorprendía, no sabía si para bien o para mal. Se apartó de él casi corriendo, la vio entrar al baño a limpiarse. Estaba totalmente vestida y cuando salió la confusión había desaparecido de su mirada.
—Deberías vestirte.
—Sara —se acercó a ella, con la ropa tapándole las vergüenzas—, no imaginaba nuestra primera vez así.
—Estamos empezando, ¿no te ha gustado?
La inocencia en su pregunta, desarmó sus dudas. Parecía incluso compungida y sintió que le devolvía el control.
—Mucho.
Trató de agarrarla por la cintura, pero se escabulló y soltó una risita como si fuera una adolescente.
—Ha estado bien, la próxima será mejor. Ahora debes irte o mis padres te pillarán en mi habitación.
La confusión inicial, se transformó en anhelo cuando su mente procesó lo que ella quería decirle entre líneas.
—Ahora entiendo. Estamos jugando, ¿cierto?
—Sí, profesor, a algo prohibido. ¿No te gustan los role-playing ?
—Más de lo que imaginas —esta vez al acercarse ella no huyó, se mantuvo serena, en su sitio, con la picardía asomando a sus pupilas color avellana—. Me muero por verte con un uniforme escolar.
Casi podía saborear aquello, quizás Sara fuese despacio, pero saber que iba a entrar en su juego más tarde o más temprano era más que suficiente para que él siguiera esperando. Sí, sería su profesor, el que le enseñaría todas las perversiones que guardaba en su cabeza.
—Me lo anoto para nuestro próximo encuentro.
—Vas a acabar conmigo, pequeña.
La sonrisa de ella lo acompañó hasta el baño, se aseó y se vistió con prisa.
Al salir de allí, ella lo esperaba y lo abrazó, murmurando frases como si él fuera de verdad su profesor y ella una alumna desvergonzada que lo había colado en su casa.
Así, jugando, picándose y rozando unos límites esta vez imaginarios llegaron a la puerta de la «casa de los padres de ella» donde se despidieron con premura, besos robados y una promesa de volver a verse pronto.