Cuando menos lo merezca Capítulo 15
52%

Capítulo 15

Secretos incómodos

E l viejo cascarón que un día fue uno de los centros comerciales que tenía Valladolid se alzaba imponente frente a ellos cuando Julio dejó el coche en el parking exterior, apenas ocupado, y se bajó casi con precipitación para abrirle la puerta a Sara con una sonrisa que trataba de encandilarla.

En otro tiempo el Equinoccio había brillado con luz propia; en ese, era un lugar que, con la música adecuada, podría ser el escenario perfecto para una película de miedo.

—Pensé que estaba todo cerrado —afirmó ella sin entender muy bien qué hacían traspasando las puertas de cristal y entrando en ese hall vacío y sin vida.

—Hay una cosa que no, la bolera, y ahí es donde vamos.

El brillo en los ojos de Julio la sorprendió, no recordaba haberlo visto antes y, como si fuera un imán, se quedó prendada de ellos más tiempo del que debería.

Él deslizó la mano en la de ella, en un gesto tan simple, pero novedoso para ellos, que el silencio los acompañó mientras sus pasos resonaban por los pasillos del desnudo centro comercial.

Los locales estaban tapados por lonas de colores chillones, la quietud era intrigante y la mente de Sara daba vueltas.

«¿Por qué ha escogido este lugar?», se preguntó, tratando de llegar a una conclusión por sí misma hasta que se dio por vencida. Se detuvo junto a una zona de juegos infantiles que ya no recibía las risas de los más pequeños y lo miró con mil interrogantes en la punta de la lengua.

—Me gusta esta bolera —respondió él antes de que ella soltara la pregunta, jugando en su terreno, sintiéndose cómodo como en su primera cita.

Necesitaba volver a sentir que era él quien dirigía y no un títere manejado a su antojo.

—Si fuera sugestionable, este lugar me daría mucho miedo, profesor —coqueteó ella mientras acallaba sus temores.

—Conmigo estás a salvo.

—Pero parece que tratas de esconderme.

Justo cuando acababa de decir esa frase, un pensamiento intrusivo la asaltó: ¿a cuántas habría traído allí para evitar que lo vieran? Era el lugar perfecto y dudaba mucho que un martes cualquiera lo frecuentara nadie. ¿Cómo podía mantenerse abierto un lugar así?

—¿Por qué debería esconderte? No hay motivos. Somos adultos. Solo quería tenerte para mí.

—Hay que compartir —dijo con una sonrisa pícara mientras él negaba con la cabeza.

—Jamás.

Se inclinó hacia ella y rozó sus labios tan brevemente que él se quedó con ganas de más, pero había sido impulsivo, casi irracional, y no quería espantarla de nuevo. No soportaría verla huir otra vez.

«Esto tiene que funcionar», se recordó en tono severo.

Retomaron su camino, terminaron de pasear por los pasillos desiertos y llegaron hasta las escaleras mecánicas, que seguían funcionando a pesar de todo.

—Aquí no podremos cenar en ningún lado.

—Siempre te puedo invitar a un perrito caliente en la bolera.

A pesar del tono jocoso de él, ella no sonrió, lanzó un suspiro al aire. Ya le conocía lo suficiente como para saber que era más bien tacaño, de los que, si pueden, ahorran hasta el último euro, y volvió a demostrarlo cuando entraron en el amplio recinto de la bolera.

En la primera sala había un montón de máquinas de juegos y arcades . Las ignoró por completo, pues consideraba que eso sí era una pérdida de dinero, y fue hacia la bolera, al final del local, en penumbra, que parecía sacada de algún vídeo de miedo más que un lugar real.

No había nadie más que ellos y dos trabajadores que los miraron con un deje de sorpresa, sobre todo el chico de unos treinta años, complexión atlética y pelo rubio.

—Queremos echar un par de partidas —dijo Julio sin saludar ni mirarlos a la cara.

—Profesor, ¿no me reconoce? Soy Omar.

Julio se quedó petrificado mirando a aquel joven. Sin pretenderlo, las imágenes de aquella fatídica noche de San Juan volvieron a su cabeza: nítidas y amenazantes.

No sabía por qué, pero desde que a finales de enero, Sara apareció en su vida, tenía a Cristina demasiado tiempo en la cabeza.

Se giró hacia su acompañante y, bajo la escasa luz artificial de aquel local, su imagen le recordó a aquella exnovia que debería estar enterrada, y no ocupando su mente todo el día.

—Me alegro de verle.

El entusiasmo del chico uniformado contrastaba con la indiferencia que trataba de mostrar Julio mientras recuperaba el control perdido. Parecía que todos los astros se estaban alineando para perturbarlo.

—No puedo decir lo mismo, tenía entendido que ibas a hacer una carrera.

El reproche del profesor hizo que Omar perdiera el interés y el respeto que sentía hacia él.

—La hice y trabajo de ello a media jornada, pero también aquí, para completar mi sueldo.

—Ya, hay que esforzarse más —respondió él, infravalorándolo.

La joven que trabajaba con él se adelantó, marcó las dos partidas en la caja registradora y les preguntó el número de pie para entregarles los zapatos, dando por zanjada la incómoda conversación.

Cobró las partidas y vio cómo la pareja se marchaba hacia el final del local; les había colocado en la pista más alejada posible.

—Será gilipollas.

—No me sorprende, en clase le encantaba echarnos la chapa sobre la importancia de estudiar.

—Otro millennial que tuvo suerte cuando salió de la carrera.

Julio podía sentir la mirada de Omar en su nuca.

De todos sus alumnos debía encontrarse justo con él.

Valladolid era pequeño, pero en quince años desde aquella noche de San Juan no había vuelto a verlo.

El chico cambió de instituto para hacer Bachillerato más cerca de casa y él, él lo metió en la caja del olvido junto con lo que sucedió aquella noche.

—Nunca había jugado a los bolos —dijo Sara, que había notado el cambio en Julio; estaba distante y quería traerlo de vuelta—. Voy a fallar todos los tiros.

Él la miró y se encontró de frente con el escote pronunciado de ella, pues se estaba atando los zapatos, sentada frente a él.

—Yo te enseño encantado —contestó con fanfarronería, recreándose en la maravillosa vista que tenía, dejando a un lado lo que lo había perturbado.

Sara alzó la mirada y pestañeó con coquetería, consciente de lo que había pasado segundos antes.

—¿Tienes una lista de todo lo que quieres enseñarme, profesor?

—Algo así.

La tensión sexual creció entre ellos y, durante un largo minuto, se retaron esperando el siguiente paso de su oponente, pero Julio no quería precipitarse y Sara aún no estaba preparada para ir más allá.

—Veamos qué tal se te da —concluyó él, sujetando su deseo con firmeza.

Se levantaron, pesaron las bolas de diferentes colores a ojo, eligieron con cuáles tirarían como si supieran lo que hacían y comenzaron a jugar, celebrando cada vez que tumbaban algún bolo.

Tras los primeros tres tiros, Sara se excusó con él y lo dejó esperando.

Traspasó el siniestro ambiente rumbo al baño.

Al pasar junto a la barra, la conversación de los trabajadores llamó su atención.

Estaban detrás de la barra y ni siquiera la habían visto, demasiado absortos en su intercambio de percepciones.

—¿Así que lo conoces?

—Sí, fue mi profesor en el instituto, ¿es habitual?

—Hacía tiempo que no venía por aquí, pero al menos esta no parece su hija.

—Ni su alumna —respondió Omar, ajeno a que Sara los estaba escuchando—. Siempre fue un poco atrevido, en mi época de instituto tenía favoritas y había algún que otro rumor escandaloso corriendo sobre él. En los botellones era tema de conversación.

—Me da cringe . Esa chica debería huir, calculo que tendrá tu edad.

—Es preciosa y él un pervertido.

—¿Cómo puede estar con alguien así?

Sara se alejó antes de que la vieran. Lo que había escuchado la persiguió hasta el baño y, cuando regresó junto a Julio, no pudo resistirse a indagar sobre ello, pero necesitaba preguntarlo de una forma sutil, sin que él se sintiera juzgado, así que, mientras jugaban, elaboró su plan de investigación.

Media hora después devolvieron los zapatos prestados. Julio ni siquiera se despidió, molesto con el escrutinio de Omar. Tomó la mano de Sara y la sacó de allí antes de que aquel muchacho lo pusiera en evidencia.

Trató de invitarla a cenar, pero ella lo declinó, recordándole que al día siguiente tenían que trabajar.

Así que el profesor la llevó hasta su casa y tuvo la suerte de aparcar en la misma puerta.

Él, caballeroso y atento, le abrió la puerta del coche con una sonrisa complacida; a pesar de lo ocurrido sentía que la cita había sido un éxito.

—Julio.

—Dime.

—¿Cuál es tu mayor secreto?

—No tengo ninguno, al menos no contigo.

—Bueno, todos hemos cometido errores alguna vez y me gustaría saber cuáles son los tuyos.

Aquel interrogatorio comenzaba a molestarlo, pero aun así decidió tratar de reconducir la conversación.

—Creo que esta vez ha salido bien nuestra cita. No has necesitado salir corriendo —dijo mientras colocaba la mano en su cintura sin notar resistencia por su parte.

—No ha hecho falta, profesor. Vas ganando puntos.

—Veámonos mañana.

—Tengo que trabajar, me tocan unos días demasiado intensos, pero te avisaré en cuanto me desocupe.

—¿Seguro?

—Claro.

—Suena bien, hacía tiempo que no me divertía tanto en una cita y el mérito es todo tuyo —lo halagó ella y sintió cómo él se relajaba.

—Debía dejar el listón alto si no quiero que te escapes.

—Vas por buen camino.

Él se envalentonó, la atrajo hacia él y rozó sus labios en un beso que duró poco y le dejó a medias.

—Eso significa que me estás haciendo un huequito en tu vida. Hay que celebrarlo.

—Digamos que hoy has avanzado un poco más. Dejémoslo ahí.

—Eres demasiado dura conmigo.

—La culpa es tuya por asaltacunas, mira que meterte con esas niñas.

Julio la soltó de golpe y la miró aterrado. ¿Cómo había llegado ella a esa conclusión tan certera? A pesar de lo que había afirmado no parecía molesta, ni dispuesta a censurarlo hasta el punto de no querer volver a verlo.

—Ninguna era menor de edad —se defendió él mientras la evaluaba, pero nada en su expresión le indicaba que ella estuviera criticándolo o juzgándolo por ello—. Siempre he tenido cuidado con eso.

—No, solo les sacabas ¿veinticinco años? Es demasiado.

—A ti te saco quince, pero te aseguro que puedo seguirte el ritmo sin problema.

—Lo veremos —esta vez fue ella la que buscó el beso, breve, apenas un roce de labios—. Adiós, tengo que ir a dar de cenar a Dante.

—¿Quién es él?

—Mi gato, un naranjoso que te va a encantar.

Sara desapareció en el portal antes de que él respondiera, dejándolo preocupado. ¿Por qué había llegado a una conclusión tan certera como esa? ¿Se había atrevido a preguntar a Omar? No, habían estado juntos todo el rato; no era posible, a menos que… El baño, mierda.

Sacó el teléfono y comprobó el mensaje que le había mandado a Jonathan hablándole del tonto de Omar; entre ese y el último que le mandó indicándole que ya no podía hablar habían pasado quince minutos. Un tiempo demasiado largo para una micción.

Se montó en el coche mientras la rabia se apoderaba de él, golpeó el volante tan fuerte que el claxon sonó y soltó una maldición que rebotó en el interior del vehículo.

La había llevado a ese sitio, alejado de todo, para tener la mejor cita del mundo y se había convertido en una trampa que no merecía. Estaba planteándose regresar a la bolera y golpear a Omar cuando el sonido de un nuevo mensaje llevó su atención hacia el móvil.

Leyó el mensaje dos veces. No, no había recelos ni críticas subyacentes, solo aceptación y eso disipó el nubarrón, devolviéndolo a la luz. Esa que Sara se empeñaba en prender sobre él.