Capítulo 14
Dudas dentro de una caja
«Se lo merecía».
A ún no salía de su estupor al repasar el caso que tenía entre manos. Revisó las fotos, releyó el informe detallado de todas las pruebas y trató de ser profesional. Pero ¿acaso aquel hombre no era culpable?
Para él sí y una parte muy profunda de su ser se alegraba de que alguien lo hubiese encontrado y le hubiese impartido justicia, pero…
la paliza que había recibido, junto con la palabra «violador» grabada en la piel de su espalda varias veces, hasta casi cubrirla, lo convertía en víctima y debía hallar a quien había cometido semejante atrocidad.
Odiaba esa parte de su trabajo, esa sensación de injusticia cuando debía proteger al «malo». Cuando eso ocurría, su mente se llenaba de pensamientos intrusivos que debía apartar, pero, en el fondo, fantaseaba con convertirse en un justiciero y hacer lo que ella había hecho.
Por lo que había contado la víctima, la conoció un viernes de borrachera, se presentó como Atenea y lo engatusó.
El pobre tonto le había abierto las puertas de su casa, donde fue drogado y agredido.
No recordaba nada de su rostro, de sus facciones.
Solo que se había levantado con el sonido de alguien aporreando su puerta: era el 112 junto con la policía.
Ni siquiera reparó en el expediente que había bajo sus pies y que lo marcaba como pederasta. Había tantas pruebas que, aunque atraparan a Atenea, él recibiría su merecido.
Esa mujer era metódica y ordenada. No había dejado un cabo suelto.
—Estoy agotada —anunció Jimena, parada en el vano de la puerta de su despacho, mirándolo con ese gesto que indicaba que se estaba excediendo del límite que ellos habían marcado como pareja.
—Es normal, deberías acostarte ya.
—Tú también, Rodrigo, son las doce de la noche y mañana el despertador va a sonar igual. El caso no se va a ir de tus manos.
Lo sabía, pero algo trataba de abrirse paso en su mente y estaba tratando de llegar a ello.
—Tienes razón.
El inspector se levantó de la silla, cerró la carpeta marrón y le dirigió una sonrisa a su bella esposa embarazada. Jimena era su mundo, fue quien lo recogió con su amistad cuando la relación con Amara llegó a su fin, la que lo acompañó en su sanación y aguantó que no la amara como ella lo hacía.
Cuando parecía que solo serían amigos, la idea de perderla a manos de otro chico lo impulsó a confesarle unos sentimientos que no sabía que tenía.
Era un tonto y se arrepentiría toda la vida de no haber sido capaz de mirarla antes.
Sin embargo, la compensó con creces, con una boda rápida, con una convivencia idílica y un proyecto de familia que pronto ampliarían.
Caminó hacia ella y la besó con la calma de quien sabe que está seguro en su relación.
—¿Puedo engatusarte?
—Quizás sí, debemos aprovechar que esta barriguita aún lo permite.
Estaba a punto de besarla en profundidad cuando el timbre de la puerta los sorprendió a ambos.
—¿Quién será?
—Voy a ver, tú espérame en la cama, llego enseguida.
En cuanto la puerta se abrió, la imagen desaliñada de Amara lo dejó en shock.
No era habitual en ella mostrar esa dejadez, al menos no cuando trabajaba o estaban en la academia.
Llevaba una caja grande de cartón con las dos manos y, en la mirada, una mezcla de dolor y determinación que lo dejó aturdido.
—Siento presentarme así, ¿puedo pasar?
Rodrigo asintió y Amara entró, esquivándolo, rumbo al sofá marrón, donde apoyó la caja para después girarse y enfrentarlo.
—No te veo demasiado bien, Amara. ¿Quieres tomar algo?
—No, debo irme enseguida y son casi las doce de la noche. No quiero interrumpirte más el sueño, tan solo necesito que me hagas un favor y me guardes esta caja.
El denso silencio entre los dos se volvió una losa difícil de aguantar. Ella agitó la cabeza, exhausta. Miró por última vez su caja de objetos importantes y se despidió de ellos en su mente. Era un gran paso, pero necesario para avanzar.
Después se apartó del sofá y caminó hacia la puerta, aún abierta, de la casa de Rodrigo. Antes de que pudiera salir, este la agarró por el brazo.
—¿Qué está pasando, Amara? ¿Qué significa esto?
Ella miró su mano y él la retiró con rapidez.
—No estoy bien, Rodrigo. Se acaban mis vacaciones, pero necesito más tiempo.
—Me tienes muy preocupado, he vuelto a ver tu moto cerca del instituto. ¿Sigues haciendo seguimiento a ese hombre?
La respuesta murió en los labios de Amara y toda la rabia que llevaba conteniendo explotó, sin que hiciera ningún amago de sujetarla.
—Tiene todo lo que mi madre no puede tener: una familia, una nueva pareja que parece cuajar, una vida perfecta. Desde fuera es un gran tipo, pero yo sé lo que guarda en su interior, lo que fue capaz de hacer. Lo que podría volver a repetir.
—No puedes seguir así.
—Esa chica corre peligro.
El murmullo de ella se perdió bajo la frase de él, pero ser consciente de ello fue suficiente para afianzar su postura.
—Amara, tienes que volver a la psicóloga, debes ponerte en tratamiento cuanto antes.
—Lo haré, he pedido una excedencia. Me voy, necesito desaparecer un tiempo, dejar de ser policía.
Aunque sonaba cuerda, algo en el subconsciente de Rodrigo se activó. Quizás era la mirada perdida de ella, que parecía rozar la locura, o la forma en la que elevaba los ojos hacia la derecha como si estuviera mintiéndole, pero sus gestos contradecían su discurso.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó el inspector, dejando que su ansiedad se reflejara en sus palabras—. No puedes cometer una locura, no te lo perdonarías jamás.
Ella no respondió, dio un paso atrás, acercándose a la puerta, tratando de controlar sus ganas de salir corriendo, pues eso haría que Rodrigo tratara de detenerla.
«Reponte», gritó su mente varias veces hasta que la palabra caló en su interior y pudo alzar la mirada hacia él, con firmeza y determinación.
—Tienes ahí mi pistola y no tocaría a ese ser inmundo ni con un palo, mucho menos con mis puños, así que puedes estar tranquilo. Amara no va a molestarlo más.
Cuando Rodrigo se recuperó de la impresión que le habían causado esas palabras, ella ya no estaba frente a él. Sacó el teléfono de su bolsillo y la llamó; tras seis tonos sin respuesta se dio de bruces con la realidad: Amara quería desaparecer del mapa.
Escuchó los pasos de Jimena, sintió sus brazos alrededor de su cintura y su aliento en la espalda. Cerró los ojos conteniendo la furia y la rabia que sentía por no poder ayudar a su amiga, aun habiéndolo intentado de todas las maneras posibles.
—No puedes salvarla, cariño.
—Lo sé, pero ¿qué haré si comete una locura?
Con la duda planeando sobre su cabeza, cerró la puerta, metió el móvil en su bolsillo y se giró para abrazar a la mujer a la que adoraba por encima de todo.