Capítulo 13
Una dolorosa verdad
B ajó por las escaleras con la cabeza gacha, las manos en los bolsillos y el corazón amartillando su pecho con tanta fuerza que tenía la sensación de estar al borde del colapso.
Empujó la puerta de cristal del portal y salió mirando alrededor.
No había ni un alma en la calle, tampoco en las ventanas.
Un trueno lo hizo saltar y, por un segundo, lo que acababa de hacer regresó a su mente con tanta nitidez como si lo estuviera viviendo en ese instante.
—Mierda.
Masculló entre dientes, agachando la cabeza bajo la gorra de la sudadera. Quería gritar, pero no debía, no podía llamar la atención. Caminó calle abajo, alejándose del lugar, apartando los remordimientos. No podía perderse en esas emociones.
No era su culpa, ni siquiera sabía por qué había pasado. Tan solo tenía claro que debía huir cuanto antes de ese lugar.
A lo lejos, el sonido de la sirena de una ambulancia hizo que su estómago se contrajera. Sin duda, la hija ya había llamado al 911. Era rápida e inteligente, pero ¿lo había visto?
No, el lugar estaba lo suficientemente oscuro como para no distinguir su rostro. No la creerían. ¿O quizás sí?
«Maldita seas, Cristina».
La amaba de una forma enfermiza.
Por primera vez en sus treinta años de vida había encontrado una mujer que no se asustaba de sus impulsos sexuales, que no lo recriminaba por consumir películas porno, que a veces incluso las veía con él. Eso era divino: podían recrear escenas y ella… era una diosa que adoraba ser sumisa con él.
Todo iba bien hasta que una maldita idea de mierda se coló en su cabeza. Comenzó a ignorarlo, a esquivarlo, a cancelar citas, a mirarlo con desconfianza.
«Solo quería formar una familia contigo. Lo has arruinado todo».
Hacía un par de meses le había propuesto vivir juntos, ser una pareja real, casarse. Eso pareció gustarle hasta que empezó a preguntarle por su mocosa.
Tan solo quería mostrar interés por ella, conocerla y…
«Mi hija ya tiene a su padre, no te necesita».
La voz de Cristina parecía resonar aún, fuerte y clara, como si siguiera con vida. Aquel día de primavera habían discutido; él trató de hacerse entender, ella dejó que la desconfianza lo cubriera todo y acabó sentenciando su relación.
«No quiero seguir con esto. Lo siento, Julio, pero lo nuestro se acabó».
Aquella ruptura lo había partido en dos. Tenía esperanzas, sueños, deseos…, y todo eso se había quedado ahí: en una discusión a las dos de la tarde, mientras se enfriaba la carbonara que le había preparado. En un cierre inesperado que él no deseaba y no pensaba tolerar.
Tenía la esperanza de arreglarlo. Por eso se volvió insistente: la buscaba en el trabajo, le llevaba flores, trataba de sorprenderla. Iba a los sitios que frecuentaba y la indiferencia se volvió temor bajo la mirada de Cristina.
Ella lo bloqueó en las redes sociales y en el teléfono, cambió sus rutinas y empezó a temer por su bienestar y el de Amara.
La situación fue escalando, tanto que, cuando en su trabajo le propusieron llevar un equipo en Palencia, no lo pensó, aceptó sin dudarlo ni un segundo, sin consultarlo con su pequeña, obviando las lágrimas de esta, pero la actitud de Julio rozaba el acoso y el miedo se había apoderado de ella.
El mismo miedo que Julio había presenciado esa noche cuando ella le abrió la puerta tan solo una rendija y le pidió que se fuera en un susurro agónico.
—¿Cómo lo has sabido?
—Estoy pendiente de todo lo que te incumbe —dijo él mientras empujaba la puerta con fuerza y la abría para entrar en la que debería ser su casa—. No puedes marcharte así, tú y yo tenemos algo muy especial. No nos merecemos esto.
Solo quería convencerla de que no se fueran, que entendiera que lo suyo era real y lo dejara conocer a su hija. Creía en su relación, pero ella no, ella siempre se oponía, ella parecía temblar cuando le pedía compartir tiempo en su casa.
Ella era imbécil e ignoraba cuánto la amaba.
Y entonces había perdido la cabeza, ella lo insultó, él la siguió hasta la cocina, ella sacó un cuchillo del cajón y…
La estrepitosa melodía de su teléfono lo hizo saltar justo cuando empezaba a cruzar el Puente Mayor.
Bajo sus pies, el río Pisuerga descendía con rapidez; en las playas, cientos de personas celebraban la noche de San Juan; en sus manos, cubiertas con guantes de tela blancos, la sangre de Cristina le recordaba insistentemente lo que había pasado.
Se los quitó con cuidado y los dobló del revés para no ver el desastre ocasionado. Sacó el móvil, que empezó a sonar de nuevo con el nombre de su hermano rebotando en la pantalla.
—¿Cómo ha ido?
—Mal, la he cagado mucho, más de lo que piensas.
—Julio.
—Tengo que entregarme, me he jodido la vida.
Jonathan enmudeció al otro lado del teléfono. Lo que su hermano insinuaba era peligroso.
—¿Te ha visto alguien?
—Solo la niña, pero bajé la cabeza, estaba oscuro, no creo que me haya reconocido. No me ha visto jamás.
La irritación en el tono de Julio era latente, pero la ignoró, ya habría tiempo de maldecir a esa mujer por dejarlo tocado.
—Pues vuelve a casa, construiremos una coartada sólida, a fin de cuentas, antes de que te fueras estábamos juntos —prosiguió mientras al fondo se oían las voces de los amigos con los que estaban y con los que debería haberse quedado en lugar de ir a buscarla.
—Pero…
—No voy a permitir que esa zorra te rompa la vida. Ven ya y, si tienes algo que pueda incriminarte, deshazte de ello.
La llamada se cortó y Julio bajó la mirada hacia su mano izquierda, donde aún tenía los guantes enrollados. Sabía lo que debía hacer, miró alrededor sopesando la idea de lanzarlos al agua, pero ¿y si llegaban a encontrarlos?
No podía arriesgarse a eso, debía destruirlos cuanto antes.
El resplandor de las hogueras atrajo su atención, el barullo de los que festejaban desafiaba los truenos que anunciaban la tormenta que daría por finalizada la fiesta y una idea se dibujó en su mente.
Era perfecta, tenía que llevarla a cabo cuanto antes si no quería que la lluvia la echara a perder.
Con la determinación de un hombre dispuesto a todo por no recibir su merecido, terminó de recorrer el espacio que lo separaba de las primeras hogueras de la Playa de las Moreras.
Se acercó a la más grande ralentizando el paso, por un instante se quedó hipnotizado por el danzar del fuego, por los valientes que se atrevían a saltarlas.
Después, sacudió la cabeza, saliendo de su ensoñación, y lanzó los guantes blancos.
Vio cómo las llamas crepitaban, envolviéndolos hasta consumir la única prueba que podría incriminarlo.
¡Era libre! La sensación de satisfacción que lo recorrió aplacó el escaso remordimiento que le quedaba. Cristina era historia y él, un hombre que haría lo que fuera por salvarse de las consecuencias.
—Hasta nunca —murmuró saboreando el momento creado.
Cuando se giró, un grupo de chavales a los que daba clase, bastante achispados, lo saludaron.
—Profesor, ¿se toma una copa con nosotros?
Balbuceó uno de ellos. Omar, un muchacho de diecisiete años y aspecto desgarbado. Era uno de los pocos que habían aprobado todo, rozando el insuficiente en varias asignaturas, pero logrando esquivarlo. Un superviviente, como él. Aquella idea hizo que le sonriera a modo de saludo.
Se acercó hasta donde estaban. Eran diez, sentados alrededor de unas bolsas de supermercado con alcohol, vasos, hielos a medio deshacer. De botellón, nada nuevo.
—No debería —dijo tratando de aparentar seriedad, pero sabiendo que le vendría muy bien tomarse un trago y evadirse un poco.
—Vamos, aprovéchese, que invitamos nosotros —afirmó Elsa desde su top de lentejuelas y con unos pantaloncitos cortos que dejaban poco a la imaginación.
Si no fuera menor y él un hombre responsable, esa noche nadie la salvaría, pero no quería añadir otro problema a su lista, al menos no esa velada.
—Está bien, solo una, he dejado a mi hermano con unos amigos para quemar mis propósitos, pero que corra por aquí una Coca-Cola con misterio.
Estaban tan bebidos que ninguno de ellos recordaría a qué hora se tomaron una copa con su profesor, pero a él le serviría para completar su coartada. Su hermano no tendría que mentir por él.
Mientras Elsa le servía enseñándole las tetas al inclinarse para coger el ron, tecleó en su teléfono un mensaje a su hermano para decirle dónde estaba y este respondió al segundo .