Cuando menos lo merezca Capítulo 12
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Capítulo 12

Una revelación inesperada

E l local era pequeño, escondido en una bocacalle sin salida cerca de la Plaza Circular.

Tenía apenas unos pocos metros cuadrados tan llenos de cosas que resultaba claustrofóbico.

Había varias mesas frente a una de las paredes, espejos, estanterías repletas de pintauñas resecos, polvo, dos lavacabezas al fondo, carros con cepillos viejos y llenos de pelos, tijeras y sillones de polipiel negro que prometían una buena sudada cuando te levantaras de ellos.

Era esperpéntico. El último lugar donde Amara permitiría que la peinaran o le hicieran ningún tipo de tratamiento estético.

Se detuvo en el vano de la puerta entreabierta y percibió un olor a laca mezclado con el potente aroma de un ambientador de limón que trataba de enmascarar la suciedad del lugar. Aquel desorden la molestó e irritó a partes iguales. ¿Cómo podía alguien trabajar entre tanta mierda?

Era horrible.

Aun así, superando su desagrado, empujó la puerta del todo y unas campanitas tintinearon sobre su cabeza.

—¡Está cerrado! —chilló alguien desde la trastienda con un marcado acento cubano y un deje de desdén adornando sus palabras.

Amara ni se movió, sintió cómo le recorría un escalofrío de rechazo por la columna vertebral. Algo le decía que no iba a salir contenta de esa conversación.

Esperó unos segundos hasta que una figura de curvas prominentes, ropa estrafalaria en colores chillones y moño desaliñado rojo apareció por la puerta del fondo del local. Su expresión facial era desagradable, vio cómo la evaluaba de arriba abajo y fingió una sonrisa que se quedó en mueca.

—Está cerrado. Lo pone en la puerta —chilló sin necesidad, pero ese parecía ser su tono de voz habitual.

—Lo he leído, tan solo tengo unas preguntas, si es usted a quien busco. Pregunto por Marian…

—Solo Ana, el María es demasiado católico para mí —dijo mientras rozaba con sus dedos un colgante con un pentagrama invertido—. ¿Quién me busca?

—Soy la inspectora Robles —la mentira salió de sus labios con naturalidad, como si la hubiera ensayado antes de llegar.

El rostro de la mujer mutó, la soberbia que exhibía se evaporó de un plumazo. La cautela se reflejó en sus ojos negros, como si temiera algo, y Amara sonrió, regodeándose en el poder que le otorgaba su placa.

Esperó unos segundos antes de hablar, dejando que la mente de aquella mujer se llenase de especulaciones y miedos.

—No se alarme, ni siquiera la estoy investigando a usted, pero sí a una persona con la que se relacionó en los últimos años de instituto.

—¡¿Qué ha vuelto a hacer ese malnacido?! —explotó en un tono de voz demasiado alto—. Debí caparlo cuando tuve oportunidad.

—Veo que recuerda a Julio…

—No podría olvidarlo.

—¿Puede contarme qué pasó con él? ¿Qué le hizo?

—¿Por qué? —cuestionó con soberbia.

—Sigo su pista, trato de saber de qué es capaz.

—Lo que pone en la denuncia es lo que pasó. Debería marcharse.

—¿Se niega a declarar?

—En su día no sirvió de nada, ¿sabe? Me dijeron que lo meterían en la cárcel, pero el juez poco menos que se rio de mí. Dijo que no era abuso, el muy estúpido, que me había dejao otras veces. Como si eso le diera derecho.

—¿Qué le hizo exactamente?

—Me negué mil veces y él insistía, decía que era una práctica habitual, que no pasaba nada, que me gustaría, y yo me negaba y me negaba una y otra vez.

»Así que era la noche de San Juan. Había ido a la playa del río con mis amigas a saltar las hogueras.

Estábamos medio enfadados, pero él vino, estaba de madre y yo muy achispá .

Empezó a tontear con una amiga y enfurecí.

Siempre ha sabido salirse con la suya. Cuando fui a reclamar, me engatusó.

Me fui con él y ese tremendo cara de tabla me la lió. Si lo agarro ahora, lo reviento.

La explicación se detuvo, como si aquella mujer la estuviera reviviendo en su cabeza de nuevo.

Una lágrima rodó por su mejilla, en el fondo aún se sentía ultrajada, no tanto por lo vivido, sino por no haber obtenido justicia.

Desde entonces no creía en la policía y menos en aquella blanquita que la miraba con una expresión que no podía descifrar.

Cuando el silencio se volvió tan denso que podía cortarse con un cuchillo, Amara regresó al ruedo.

—Siento tener que preguntarlo, pero ha dejado a medias la explicación.

—Si ha llegado hasta mí, ya sabe lo que pasó. Él me violentó y los suyos no hicieron nada por mí. Solo reírse y decir que era mi novio, que no pasaba nada.

—Entiendo su enfado.

—¿Sí? Lo dudo, como todos. Les sale el racismo en cuanto ven a alguien de fuera, pos llevo más años aquí que en mi Cuba querida, ni siquiera puedo regresar por el maldito de Castro.

—Le aseguro que…

—¡No jure y váyase! No les creo nada. ¡Fuera! ¡Se acabó!

Mariana, imprudente y deslenguada como era, se tomó el atrevimiento de acercarse a ella, con el dedo en alto, como si la amenazara.

La inspectora no se movió, retándola, casi pidiendo en su mente que cruzara la línea para poder devolverle el golpe con tanta contundencia que la haría volver a confiar en la policía, pero la cubana no era tonta.

Se detuvo antes de rozarla y siguió chillando como si la locura se hubiese apoderado de ella.

—Se libra porque no es a usted a quien estoy investigando —afirmó Amara con una actitud que amedrantaría a cualquiera más prudente—. Le recuerdo que soy la autoridad aquí.

—No tiene una orden, ni siquiera me ha enseñao su placa. No la creo.

—No necesita verla, tan solo déjeme asegurarle algo: Julio recibirá su merecido, también por lo que le hizo a usted.

La actitud de la mujer cambió por completo al oír aquello, sabía que no eran palabras vacías soltadas al aire para contentarla. No, aquella blanquita parecía dispuesta a cumplirlas y, en cuanto su cabeza procesó aquella idea, su determinación para echarla de sus dominios se desvaneció.

—Buenas tardes.

—¡Espere! —voceó al ver que la inspectora estaba a punto de girarse para irse—. ¿Qué es lo que hizo tan grave para que lo persiga?

—No puedo decírselo, la investigación está abierta, pero lo sabrá cuando ocurra.

Sin esperar respuesta, cansada de los gritos y los malos modales de aquella mujer, salió de allí, con la cabeza embotada y una idea rebotando en ella que no le gustaba. Caminó unos cuarenta pasos hasta llegar a su moto y, actuando por impulso, sacó el móvil y tecleó un mensaje para Rodrigo.

Sabía que él contestaría a esa pregunta indirecta.

Tan solo esperaba que lo hiciera como amigo y no como policía.

No tardó ni un segundo en leer su mensaje, después apareció la palabra «escribiendo».

Se quedó mirando, esperando, viendo cómo los segundos se volvían minutos en un incesante escribir y borrar que no parecía tener fin.

—No me falles —murmuró al teléfono, deseando que, de alguna forma, él tomara la decisión correcta según su criterio.

Cuando empezaba a sentir cómo la desesperación se apoderaba de su cuerpo y el deseo de gritar amenazaba con hacer que volviera a ser recluida en el hospital, apareció la respuesta: concisa, exacta y sin juicios ni peticiones absurdas.

De todo lo que había imaginado, eso era lo último que esperaba, pero decía más de Julio de lo que nadie podía imaginar: era un pervertido, un sádico, un ser capaz de herir a su pareja desde su adolescencia.

Otro mensaje apareció en la pantalla.

Exacto, no solo eso, casi podía imaginar el juicio público al que sometieron a aquella mujer y, aunque, en el fondo, no le daba pena por lo desagradable que era, entendía que se defendiera con uñas y dientes contra su propio interrogatorio.