Capítulo 11
Ven
L a sala del cine estaba a oscuras cuando entraron. Iban tarde, los anuncios ya habían empezado, pero, para deleite de Julio, no había nadie más. Revisó toda la sala mientras ascendían por la escalera hasta sus asientos, solo por corroborarlo, buscando entre las sombras alguna cabeza despistada.
No, estaban totalmente solos. Esperaba que nadie entrara en los siguientes cinco minutos. Elevó una plegaria al cielo mientras se sentaba en el cómodo sillón al lado de Sara sin poder apartar la mirada de ella.
—Espero que te guste la película que he elegido —murmuró la muchacha, girándose hacia él—. Tenía muchas ganas de verla, pero no he encontrado el momento y están a punto de quitarla del cine.
—De ahí que estemos solitos —dijo en el mismo tono que ella, inclinándose hacia su cuerpo, tentado a ir más allá.
—Eso parece, mejor, así nadie nos molesta comiendo palomitas. No soporto los ruidos en el cine, nos ha venido bien que te retrasaras.
Aquella frase, dicha en un tono normal, casi jocoso, lo molestó. Estaba casi seguro de que no se había equivocado en la hora, pero ¿por qué ella mentiría en algo tan absurdo? ¿Para molestarlo o incomodarlo?
No parecía el tipo de mujer que necesitaba hacer eso para ganar la atención de un hombre. A él lo tenía obnubilado. Repasó su figura, deteniéndose en esa falda que le gustaría quitar, y no pudo seguir conteniéndose.
—Sara —la llamó justo cuando salía el título en la pantalla.
Ella se giró hacia él y lo encontró a menos de un centímetro de su boca.
—¿Cuál es el sitio más extraño donde has hecho el amor? —cuestionó mientras deslizaba la mano por el cuello de la mujer, acariciando la piel de su nuca.
—En el baño de un avión —mintió ella siguiéndole el juego—. ¿Y tú?
—En los baños de una discoteca que estaba a punto de cerrar. Eso fue memorable.
Estaba saboreando el recuerdo cuando el gesto de disgusto en el rostro de Sara golpeó a su ego.
—Y antihigiénico, no me puedo imaginar la cantidad de mierda que podría haber ahí tras tantas horas de uso.
La burbuja estalló cuando Sara terminó la frase. Si había habido algo de sensualidad en el instante, se evaporó ante la imagen mental que ella creó con sus palabras. Julio enmudeció y Sara se giró hacia la pantalla, liberándose de su mano, centrándose en la película.
Una ligera sonrisa se dibujó en su rostro al oírle carraspear. Disfrutaba mucho arrebatándole el control que creía tener. Era predecible, casi podía intuir lo que su cabeza estaba maquinando, pero no iba a conseguirlo, no de momento.
Tenía un plan claro, establecido, transparente y no pensaba salirse de él. Julio acabaría justo donde ella había decidido.
La película era interesante, la adaptación de un libro que tenía pendiente. Así que se permitió evadirse, centrarse en ella y no en el hombre que, de vez en cuando, giraba la cabeza para observarla mientras trataba de encontrar la forma de doblegarla.
Era mucho más interesante para el profesor deleitarse recorriendo su perfil en la semipenumbra mientras su mente formaba imágenes que aún no había llegado a hacerse realidad que ver aquella película que mezclaba el drama con el romanticismo.
Así, perdido en su propia ensoñación durante más de una hora y cuarto, comenzó a sentir una excitación difícil de obviar.
—Sara —la llamó mientras se inclinaba hacia ella de nuevo, interrumpiendo su concentración.
—Julio —murmuró Sara, hastiada por su interrupción.
La mano de él acarició su mejilla, fascinado, distrayéndola, sin tener en cuenta lo que ella quería.
—Tengo que pedirte algo.
—¿No puedes esperar a que acabe la película?
—No —contestó él con cierta precipitación—, me puede el morbo de estar solos en este lugar. Sé que una parte de ti lo está deseando.
—Presupones demasiado.
—No seas mala conmigo.
—¿Qué quieres de mí?
—Déjame probar tus labios. No puedo contenerme más y, como ahora hay que pedir permiso, si me pilla más joven, ya te habría metido mano.
Sara resopló, quería volver a centrar su atención, pero él se lo impedía con pequeñas caricias que buscaban su rendición.
—Julio, nos estamos conociendo. Esta es nuestra primera cita —recordó, sin necesidad y más alto de lo que pretendía, porque estaba empezando a enfadarse.
—¿Y la que tuvimos hace unos días? Sé que lo estás deseando tanto como yo, no me lo niegues.
—Quizás sea así, pero ¿sabes que pueden vernos? No estamos solos del todo.
Julio bajó aún más la voz, inclinándose hacia ella, tratando de forzar una intimidad que no deseaba, al menos no en ese momento.
—No te pido más que un beso, aunque anhelo mucho más de ti. Sara, me tienes loco.
Ella se giró hacia él, apoyando el hombro contra el asiento, y la sonrisa de su cara le anunció que se creía el vencedor de aquel juego sucio que había iniciado sin previo aviso.
La estaba forzando a una acción para la que no estaba preparada, pero algo le decía que, si no cedía, ni siquiera llegaría a ver el final de la película.
—Cierra los ojos.
—Te encanta tener el control.
—Hazlo y no lo pienses tanto.
Él accedió a su pesar, pues quería mandar, controlar, tenerla en su mano; sin embargo, ella se resistía a cederle el mando. Aunque, en su fuero interno, sabía que conseguiría que Sara lo hiciera, no era así como se lo había imaginado. Pero, si protestaba, perdería la oportunidad de besarla.
Sara pasó la mano por detrás de su nuca, se inclinó hacia él y rozó sus labios durante un segundo. En cuanto se separó, un quejido brotó de la garganta de Julio. Abrió los ojos y trató de agarrarla, pero ella rechazó sus manos sin miramientos.
—Profesor, aún no te has ganado el derecho a seguir avanzando —respondió sin ocultar su crispación.
—Eres muy cruel —dijo en un murmullo mientras se colocaba sin sutileza la protuberancia que tensaba sus pantalones—. Estamos solos, podríamos aprovechar y…
—Hoy no.
La jocosidad había desaparecido del rostro de ella y esta vez Julio no pudo ignorarla. Como en la primera cita, se dio cuenta del cambio de tono en la voz de ella, de la rigidez de su cuerpo y de la mirada de desdén que le dirigió.
Antes de que pudiera decir nada y con la película en su recta final, Sara se levantó del asiento, cogió el bolso y pasó por delante de él rumbo a la salida.
Tras observar sus movimientos con perplejidad, pues había sido incapaz de prever aquella reacción, Julio logró salir de su estupor, se alzó y la siguió hacia el exterior, gritando su nombre y recibiendo varias miradas molestas de quienes se encontraban en el vestíbulo.
Logró alcanzarla justo cuando llegaba a la zona de restauración.
La agarró por el brazo, deteniéndola en seco, y se puso frente a ella, molesto con su actitud.
—Sara, te he llamado varias veces y…
—Te he oído, pero no tengo nada más que hablar contigo. No entiendes nada y…
—Explícamelo, así es como se construyen las parejas, hablando, comunicándose, no huyendo a cada rato.
—¿Y qué se hace cuando estás diciendo que no y la otra persona insiste?
La teoría la tienes muy clara, no así la práctica.
Desde el minuto uno te he dejado claro que venía a ver una película, no a protagonizar mi propio espectáculo porno, no soy esa clase de persona, pero te ha dado igual y has seguido insistiendo.
—Baja la voz.
—No me des órdenes. ¿Te jode que te ponga en evidencia? Pues lo siento, lo primero que deberías hacer es preguntarme qué quiero, no suponer que me voy a acostar contigo sin apenas conocerte.
Julio sabía que ella llevaba razón, pero dársela no estaba entre sus planes. Jamás pensó que una muchachita de su edad fuera tan remilgada; las que había conocido estaban deseando dejar de hablar para llegar a la satisfacción inmediata.
Empezaba a tener claro que Sara no era así, que era mucho más compleja que cualquiera de las que había conocido antes y se sentía inútil, pues no sabía cómo llegar hasta ella.
—Deberíamos ir a otro sitio, hablar de esto.
—No, yo me voy a casa, Julio.
Aquella negativa lo dejó abatido, todas sus ilusiones se habían esfumado y una cita que había comenzado bien, por sus acciones precipitadas, se había convertido en un desastre difícil de arreglar.
—Lo siento, no quería ponerme pesado, pero me gustas mucho, no te imaginas cuánto y, aunque odie admitirlo, llevo demasiado tiempo sin estar con nadie que me guste tanto como tú.
—Eso no te da derecho a traspasar el límite marcado. Me voy, Julio, es lo mejor.
—Espera, deja que te acompañe al coche, es muy tarde y…
La mirada que le dirigió ella fue suficiente para que sus buenas intenciones se congelasen y el resto de la frase muriese en sus labios.
—No es necesario —rechazó Sara con dignidad. Deseando perderlo de vista, amonestándose por obviar todas las cosas que lo marcaban como un mal candidato a pareja.
—Me quedaría más tranquilo si te acompaño, prometo que no te diré nada más.
Una parte de ella, esa que llevaba años ignorando, necesitaba justo lo que él le ofrecía, que la cuidaran, que velaran por ella, que no la dejaran sola a las doce de la noche en el desangelado parking de un centro comercial.
—Está bien, vamos.
Bajaron por las escaleras mecánicas y caminaron hacia la salida en absoluto silencio. No fue hasta que salieron de allí y enfilaron la marcha hacia el coche de ella cuando Julio reunió el valor para verbalizar aquello que le estaba incomodando.
—Me gustaría entenderte si hay algo en lo que pueda ayudarte.
Sara, que estaba disfrutando de la silenciosa caminata, tuvo que hacer un esfuerzo para no dejarse llevar por la rabia de nuevo. Contuvo un montón de improperios, inspiró hondo y negó con la cabeza.
Se detuvo frente a su coche y se giró para mirarlo.
—Julio, tan solo te pido que vayamos despacio, no tengo ganas de correr, quiero conocerte bien antes de tener relaciones.
—Eso es un poco…
—¿Arcaico? Puede ser, pero he tenido suficientes experiencias nefastas en mi vida como para saber qué es lo que quiero.
—¿Qué pasó? —cuestionó él con legítimo interés, pues veía en esa respuesta una grieta por la que abordarla.
—Uno de mis primeros novios no entendía los límites y yo cedía en tener relaciones para que no se enfadara.
—Bueno, era tu novio.
Supo que se había equivocado en cuanto dijo aquella frase y el rostro de ella volvió a teñirse de hielo y desdén, pero, antes de que pudiera buscar la forma de resarcirse, ella lanzó un adiós al aire y se montó en el coche, arrancó y salió del aparcamiento tan rápido que tuvo miedo de que lo atropellara en su huida.
«Mierda, seré gilipollas».