Cuando menos lo merezca Capítulo 10
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Capítulo 10

Segundo intento

«Es inadmisible».

U na parte de él estaba ofuscada por la situación, la otra expectante. La llamada de Sara aquella mañana de sábado lo había pillado con la guardia baja, pensando que ella no tenía interés en él, descubriendo así que, muy a su pesar, él sí sentía atracción por esa muchacha.

Algo en su interior se activó cuando escuchó su voz, cuando sus disculpas llenaron el silencio y su propuesta de una nueva cita le dio alas.

A pesar de las dos semanas que llevaban sin apenas hablar, Sara lo estaba buscando, quería verlo, pasar tiempo en su compañía.

Era una buena señal, sin duda, y él no pensaba desaprovecharla.

A pesar de la emoción que sentía por verla, decidió volver a llegar tarde de forma deliberada.

Caminó por la amplia zona de comidas del centro comercial Río Shopping diez minutos después de la hora acordada, arrugando la nariz ante los ruidosos grupos de personas que cenaban allí en aquella noche de sábado.

Refunfuñó en su mente, odiaba la aglomeración de gente extraña a su alrededor.

Le hacía sentir incómodo, invadido, juzgado…

Su parte más irracional temía que, de una forma u otra, esas personas pudieran llegar a saber sus sucios secretos.

Cuando giró a la derecha y la vio parada frente a la puerta del cine, ralentizó el paso. Estaba ahí, enfundada en una falda de tubo negra, con una camiseta a juego cuyo pronunciado escote podría hacerle perder la cordura.

Bella, impecable, imperturbable, atenta a su llegada y era toda para él. Contuvo el aliento, entre sorprendido y halagado. Se había arreglado así por él, para su disfrute. La miró de arriba abajo y, cuando volvió a sus ojos, la mirada coqueta que recibió de ella disipó todas sus dudas.

Acortó la distancia que los separaba por inercia, como un velero sin timonel, guiado por un soplo de aire del norte.

—¡Profesor!

Ella no podía ser consciente de lo que despertaba en él cuando utilizaba esa palabra, con cierta picardía impregnando cada sílaba. Sí, quería ser su maestro, enseñarle sus artes amatorias, llevarla al límite de la cordura y…

El hilo de pensamiento de Julio se evaporó cuando ella rozó su cuerpo al acercarse y darle dos besos.

¿Cómo era posible que Sara le provocase tantas sensaciones con solo su presencia? No recordaba cuándo se había sentido así antes; sin embargo, empezaba a volverse adicto a esa oxitocina que lo recorría cuando estaba en su presencia.

—Sara —murmuró atrayéndola hacia su cuerpo en un abrazo improvisado que a ella la pilló desprevenida.

Aspiró su aroma, escondiendo la nariz cerca del nacimiento de su cabellera. Era deliciosa. Cuando se separaron, las mejillas enrojecidas de la joven validaron su acercamiento. Ella quería más, él deseaba dárselo.

—He tenido que cambiar las entradas para la última sesión —explicó ella sin reproche—. Habíamos quedado a las nueve y media.

Julio miró el reloj, sorprendido y descolocado, pues él estaba convencido de que habían fijado la hora a las diez y cuarto.

—No pasa nada —prosiguió ella a pesar del gesto contrariado de él—, así podemos tomar algo antes de entrar.

—¿Te he hecho esperar una hora? —cuestionó con un deje de arrepentimiento en la voz.

—Así es.

—Lo siento, no era mi intención tardar tanto, estaba convencido de que habíamos quedado más tarde y ni se me ocurrió preguntarte.

—Eres tan bonito, no hace falta que te disculpes más. Sé que ha sido sin querer.

La encantadora sonrisa de Sara lo hizo estremecer. Tenía que tener cuidado, estaba cayendo en sus redes, cediendo el control ante una jovencita que estaba seguro de que podría llegar a usarlo en su contra.

—Te invito a tomar algo —dijo, impulsivo, deseando compensarla por su despiste—. En lo que esperamos nuestra sesión me tienes que decir qué te debo de las entradas.

—Es mi forma de disculparme contigo por haber desaparecido estos días.

—No era necesario, pero no voy a discutir por ello.

—Con un gracias es suficiente.

Una leve chispa de ironía cubría las palabras de Sara, pero Julio ni siquiera lo percibió.

—Podemos ir al Corcho, al menos dejamos el dinero en negocios de la tierra.

—Está bien.

Julio rodeó su cintura con el brazo, sin pedir permiso, dispuesto a ofrecer una disculpa si era necesario por resultar invasivo, pero Sara no se inmutó y se dejó guiar hacia la barra.

Leyeron las diferentes posibilidades en el panel que tenían enfrente, consensuaron entre los dos qué pedir y, tras ello, hicieron su pedido a un camarero agotado, deseando acabar con el turno de cenas.

Frente a los ojos del resto del mundo parecían la pareja perfecta.

Ella, inclinada hacia él, moviendo las pestañas con coquetería, atusando su pelo mientras esperaban su bandeja.

Él, sin soltar su cintura salvo para pagar, deslizando sus dedos hacia el final de su espalda, rozando con cierta sutileza su redondeada nalga. Estaba en la gloria.

Se sentaron en una de las mesas que había junto al cine, con sus bebidas y un par de tapas para compartir. El murmullo de conversaciones a medias se fue diluyendo mientras se perdían en su propia conversación que, gracias al cielo, no era un monólogo como en la cita anterior.

Julio estaba dispuesto a conocerla un poco más y para ello necesitaba que ella hablase.

—No deberías trabajar tanto —dijo él con ese deje de suficiencia que le caracterizaba tras escuchar lo atareada que había estado los últimos tres días en el supermercado.

—Cuando falla algún empleado siempre hay que arrimar el hombro entre todos.

—Seguro que tu prima no ha estado al pie del cañón. Se habrá escaqueado dejándote a ti con el marrón —rezumaba soberbia en cada una de sus palabras.

—No es para tanto —dijo Sara, molesta ante aquel giro en la conversación.

—Deberías buscar un trabajo mejor, algo de mañana que nos permita vernos con más frecuencia. Eres demasiado sofisticada para estar trabajando en un supermercado.

—Me gusta mi trabajo, Julio —se defendió ella, molesta por el giro que había dado la conversación.

—Solo sugería que mereces mucho más, a fin de cuentas, has estudiado, tienes una carrera y…

—No siempre se consigue trabajo de lo que uno estudió. En mi promoción éramos demasiadas personas, tantas que el mercado laboral no podía acogernos a todas. Creo que solo cuatro o cinco de casi sesenta están trabajando de lo que estudiamos.

Julio la miró, envalentonado. Sabía que el argumento de ella era real, pero chocaba con su propia visión del mundo, en el que solo eran válidos aquellos trabajos que requerían una cualificación.

—Salen de la carrera y dejan de luchar, se conforman con cualquier mierda.

La sentencia de él provocó un vacío en la conversación que hasta el momento fluía en un tono agradable.

Sara agachó la mirada, mordiéndose la lengua para no explotar frente a él y su manera insidiosa de opinar de todo sin tener en cuenta el resto de factores de la ecuación.

Tenía una rigidez mental tan grande que era casi imposible mantener una conversación en la que hubiera puntos de vista diferentes.

Julio interpretó su silencio como una manera de darle la razón, reafirmándose en su idea. Sintiéndose victorioso mientras ignoraba la tensión que había provocado.

—Deberíamos ir entrando al cine —dijo Sara tras unos segundos que se hicieron eternos.

Sin esperar respuesta por su parte, se alzó con un gesto contrariado que encendió las alertas en él.

—Cuando he dicho eso no me refería a ti —se excusó Julio, consciente de la brecha que había abierto entre ellos, mientras seguía su movimiento—. Hablo de todos esos jóvenes que están esperando la oportunidad desde la comodidad de su salón. Tú eres distinta.

—¿Por qué?

—No vives con tus padres.

Su argumento era tan pobre que Sara se limitó a corroborar algo que ambos sabían, pues ya se lo había contado.

—No, tuve suerte, pero no todo el mundo la tiene, no por falta de ganas sino de oportunidades.

—Sí, pero…

—Debemos entrar ya —lo interrumpió ella, zanjando un tema en el que nunca estarían de acuerdo.

Sara recogió el bolso de la silla de al lado y se lo colgó al hombro mientras buscaba con la mirada el lugar donde depositar la bandeja, pero, antes de que pudiera cogerla, Julio le agarró la mano, deteniendo su movimiento.

—Hay gente para eso, que se ganen su sueldo —respondió con una sonrisa desagradable, al igual que su tono condescendiente.

—No cuesta nada echar una mano.

—Si todos lo hicieran, tendrían que despedir a la mitad de la plantilla porque no habría trabajo suficiente.

—Eso es…

—Te he dicho que estás espectacular hoy —murmuró atrayéndola hacia sus brazos, mirando sus labios rojos que lo tentaban sin medida, deseando que ella le diera permiso para explorarlos.

Sara se estremeció y él aprovechó para cerrar aún más el espacio que los separaba, pegándose a ella, notando cada una de sus curvas contra su cuerpo.

—Cuando te he visto hace un rato, apenas me llegaba el aire a los pulmones.

—Eres un adulador, profesor.

—No te imaginas lo que me provocas cada vez que me llamas así.

—Sí lo sé.

—¿Cómo?

—Lo noto en tus pupilas, veo cómo se dilatan cada vez que suelto esa palabra. Reaccionas casi igual que el perro de Pavlov, ahora solo tengo que decidir si mereces asociar esa palabra a un estímulo aún mayor o nos quedamos con las ganas.

Mudo, por primera vez en su vida, Julio se había quedado sin palabras ante una mujer. Él, que siempre se había creído el dominante en las relaciones, estaba salivando por ella, sobreexcitado y tratando de mantener, sin mucho éxito, el control sobre su cuerpo.

Sara se soltó de su agarre y comenzó a caminar hacia la entrada de los cines, exagerando levemente el movimiento de cadera, sabiendo, sin necesidad de girarse, que él la estaba devorando con la mirada.