Capítulo 9
Colapso
E l sonido de la sirena de una ambulancia se coló entre la niebla en la que estaba sumida Amara.
La estaban hablando, pero no podía entender lo que decían.
Notó cómo la levantaban para colocarla en una camilla, cómo ataban su cuerpo con las anchas correas grises y la movían contra su voluntad, pero no tenía capacidad para oponerse.
Nada tenía sentido, salvo el dolor que estaba anclado en su pecho y su incapacidad para respirar de forma pausada.
En aquel estado de semiinconsciencia, mientras peleaba contra su propio cuerpo, se dejó llevar al hospital, aceptó los procedimientos médicos, contestó con monosílabos y acabó ingresada en una planta que odiaba, con un diagnóstico bajo el brazo y las miradas de pena clavándose en su nuca.
Cerró los ojos cuando la enfermera se marchó, dejándola sola en aquel espacio que olía a limpio. En el gotero, un calmante iba entrando en su torrente sanguíneo, serenándola o, al menos, ese era el objetivo, mientras su mente viajaba, una vez más, al pasado.
—¿Me dejas aquí? —reprochó ella mirando con odio a su padre.
—No puedo hacer nada más, he intentado ayudarte, pero tan pronto parece que estás bien como te descubro cortándote las venas. No sé qué más hacer contigo.
—Esta no es la solución, otra vez no.
—Tampoco puedo ir detrás de ti constantemente. Si vuelves a casa, deberás hacerlo con el firme compromiso de que no volverás a repetirlo
—Mamá jamás me habría dejado aquí.
Soltó un suspiro largo, mirándola con una expresión de dolor que la atravesó.
—Me lo imagino, ella siempre supo cómo ayudarte —prosiguió abatido—, pero yo ya no sé qué más hacer contigo. El médico considera que es lo mejor.
—Él solo sabe empastillarme para que no sienta, no quiero vivir drogada. Pide que me desaten, que me den el alta voluntaria, tengo que irme de aquí.
Su padre la miró tan serio que su verborrea se apagó. Lejos quedaban los tiempos de juegos y de conseguir todo con un puchero encantador. Antes de que él hablara supo que había perdido, él no iba a darle el gusto.
—Esta vez no. Respetaré el criterio médico y espero, por tu bien y el mío, que cuando te den el alta vuelvas a ser la hija que eras.
—Pides demasiado.
—No es tanto, tan solo tienes que elegir vivir por nadie más que por ti, busca un objetivo y agárrate a él, pero regresa de una vez.
Amara abrió los ojos de golpe, se había perdido en aquel recuerdo.
No era la primera vez que lo hacía, aquel ultimátum de su padre fue su gran revulsivo para no caer en la desesperación.
La sostuvo en los días grises, manteniéndola alerta; sin embargo, no había imaginado que estar acechando a Julio la dejaría así.
Tenía claro su objetivo, pero, cuanto más se acercaba a él, más se acentuaba la sensación de estar perdiendo el control: le dolía la cabeza de forma recurrente, no recordaba qué había hecho el día anterior, ni siquiera qué le podía haber llevado a un colapso como aquel.
El médico pasó a examinarla una hora después, con sus preguntas de rutina y un gesto estudiado de serena complacencia.
Sin pensarlo demasiado, dejó que se asomara a su trauma, le contó lo que había descubierto de Julio y cómo, desde que lo vio en la comisaría, aquel descontrol se había apoderado de ella.
—Deberías volver a la medicación, tuviste buena adherencia a ella cuando la comenzaste a tomar.
—No quiero dejar de sentir, el odio puedo manejarlo, la indiferencia, no.
—Aunque no te lo parezca, te entiendo.
—En ese caso no debería insistir.
—Te arriesgas a que esta crisis pueda repetirse —prosiguió sin inmutarse con su interrupción, como si recitara una ponencia a un público ingrato—.
Puedes llegar a perderte, Amara y, si lo permites, te será muy difícil volver a sujetar las riendas de tu vida.
Lo mejor sería que te fueras una temporada de Valladolid.
—Así, sin más, todo se reduce a poner distancia.
—No solo a eso, también a cuidarte.
—Mi mal tiene nombre propio, si él desaparece todo estará bien.
La afirmación sentenció la conversación que estaban teniendo. El doctor podía atisbar una chispa de locura en ella, como si estuviera a punto de cruzar un límite infranqueable, pero no podía apoyar un ingreso involuntario en una institución solo con una sospecha.
—Eso no lo decides tú —dijo para incitarla a confesar lo que estaba pensando. Si lo confirmaba tendría que notificarlo a las autoridades competentes.
Amara entrecerró los ojos, formó una sonrisa en su rostro con una lentitud que puso al doctor en alerta.
—Lo sé y esa impotencia es la que me ha traído hasta aquí. No poder hacer nada me está matando.
—Me alegra que aún seas capaz de valorar los riesgos, pero vas a tener que medicarte. Te pondré una dosis pequeña, lo justo para ayudarte en los peores momentos.
—¿Y ya está? —replicó con desdén— ¿Esa es la mágica solución?
—No, pero es la única que tenemos. Acéptala, no tires por la borda todo lo que eres por algo así.
Abrió los ojos, dejando que la ira asomara a sus pupilas, sosteniendo a duras penas un torrente de improperios que deseaba soltar.
—No es algo, doctor, es alguien, una madre, lo más sagrado que tiene cualquier persona, pero tranquilo, no voy a colapsar de nuevo. Sé lo que debo hacer.
—¿Estás segura?
—Claro.
—Bien. Es cierto que ya no estás como la primera vez que te vi, pero es fácil recaer, sobre todo cuando no está bien cerrada la herida. Piénsalo, quizás te vendría bien retomar las sesiones con la psicóloga.
—Tendré en cuenta tu criterio —afirmó en un tono monocorde, conteniendo el impulso de gritar.
—De momento te quedas aquí un par de días. Es todo lo que puedo hacer, pero necesitarás mucho más. Puedo hablar con tu médico de cabecera para que tramite la baja médica.
—No es necesario, estoy de vacaciones.
—Perfecto, te dejo descansar, mañana paso a verte.
Mientras su mente rabiaba por las palabras del doctor, su mirada se perdía a través de la ventana, observando cómo la lluvia volvía a teñir la ciudad de gris.
Toda la vida llevaría colgado el cartel de enferma mental, de inestable, de loca, aunque ese último término nadie se atreviera a usarlo por ser demasiado incómodo y real.
La sociedad actual estaba atrapada en lo que se consideraba políticamente correcto.
Después de la muerte de su madre y de la injusticia cometida hacia ella, redirigió la rabia que corroía su alma hacia su cuerpo. Tenía marcas de cortes por los brazos, las piernas, las muñecas… estaban ahí, testimonio vivo de su deseo de muerte, del calvario en el que Julio la sumió.
Todos le pedían que lo olvidara, que lo dejara pasar, que asumiera que él jamás obtendría su merecido, pero ella sabía que eso no podía ser. Que ese malnacido debía pagar por ello. Su madre se merecía descansar en paz.
«Le haré pagar por lo que te hizo».
Una semana después, cuando su mente volvió a ser funcional bajo el criterio del psiquiatra, le dieron el alta. Recogió sus cosas de aseo del punto de control de la planta de psiquiatría y se despidió del personal ocultando su deseo de no volver a verlos nunca más.
Bajó por las escaleras sin prisa, sabiendo que había obtenido un indulto, dispuesta a no desperdiciarlo y, cuando empujó la puerta de cristal y metal que daba a la calle, casi chocó con Claudia.
—Estaba a punto de subir a buscarte.
—¿Qué haces aquí?
—Rodrigo me pidió que viniera, al parecer no quieres verle, por lo que me ha dicho.
—No está entre mis personas favoritas en estos momentos —confirmó sin muchas ganas de dar más explicaciones.
—Eres dura con él.
—¿Te lo ha contado?
La sorpresa de saber que él la había delatado la golpeó con virulencia. De todo, lo que menos esperaba era que Rodrigo la expusiera.
—Por encima, lo suficiente para saber que solo trata de protegerte.
—Contra mi voluntad y sin tener en cuenta lo que necesito.
Por primera vez la mirada de la inspectora Gómez reflejó preocupación. Bajo su punto de vista, Amara no era capaz de valorar correctamente lo que estaba pasando, ignorando todas las demás variables.
—Ven, te llevo a casa.
—Puedo ir andando.
—Vale, no hay problema, demos un paseo.
Amara se detuvo de golpe, cruzó los brazos bajo el pecho y la miró con una frialdad impropia en ella.
—No necesito una niñera, no quiero que me acompañes y dile a Rodrigo que me deje tranquila de una vez. Ya obtuve de él todo lo que necesitaba.
Sus propias palabras, convertidas en puñales, la herían a ella tanto como a Claudia. La inspectora dio un paso hacia ella, tratando de borrar el abismo que las separaba, pero la mirada de odio de la primera fue suficiente para detenerla.
—He hablado con Izan —informó, tratando de atraerla hacia un terreno menos escabroso.
—Dudo que sirva de algo.
—Yo también, tenías que haberlo visto, es un narcisista de manual que no se preocupa por Lucía.
Amara notó cómo se relajaba y, a la vez, se ofuscaba con la situación que estaba viviendo aquella muchacha.
—¿Y qué sabes de la joven?
—Hablé con su madre, lo está pasando muy mal, no parece tener relación con nadie, se mofan de ella. Han tenido que denunciar varias cuentas de TikTok porque estaban publicando vídeos hechos con inteligencia artificial.
—Serán gilipollas —espetó Amara, odiando las cloacas que consideraba que eran las redes sociales—. ¿Y el instituto qué está haciendo? ¿Han abierto los protocolos de acoso?
—No.
—Pues ahí es donde te necesitan, Claudia, no aquí cumpliendo el deseo de Rodrigo de controlarme para acallar su culpabilidad. Ve a hablar con el director y cuéntale las consecuencias de no actuar como debe y recomienda a la madre de Lucía que lo lleve a Educación.
—Buena idea, hay que ponerle freno a este desastre.
—Me alegra que coincidamos de nuevo, me voy.
Estaba a punto de darse la vuelta cuando Claudia volvió a intentarlo, insistiendo en acompañarla hasta su casa.
Entendía que detrás de aquello había una preocupación real por el colapso que había sufrido, pero no quería que la trataran de forma diferente solo porque su mente hubiese decidido empezar a funcionar mal justo cuando estaba tan cerca de obtener su objetivo.
Los necesitaba fuera de su camino si quería controlar cada una de las variables y salir impune.
—Entiendo tu preocupación, incluso la de Rodrigo, pero no voy a ceder. Así que te agradezco que hayas venido, pero adiós.
Sin esperar respuesta ni dar más explicaciones, se giró y comenzó a bajar la empinada cuesta. Creyendo que tenía todo bajo control, hasta que se le ocurrió encender el teléfono móvil. Vio las innumerables llamadas que había recibido en esa semana. No le sorprendía ninguna, salvo la de su padre.
Abrió la aplicación de mensajes y lo que leyó la heló la sangre. De todo lo que había esperado y anticipado, esa era la única circunstancia que no tuvo en consideración: su abuela estaba ingresada en el hospital.