Capítulo 8
La peor cita de la historia
D irigió la mirada hacia el móvil por enésima vez en la última hora mientras corregía el grueso de exámenes de cuarto de la ESO en la sala de profesores. Llevaba toda la tarde esperando un mensaje, ese en el que ella declinaría la invitación a cenar de esa noche porque hacía malo.
Si tuviera la capacidad de ser empático la entendería.
Hacía un día malísimo, llevaba lloviendo desde las doce de la mañana, hacía frío.
Otro hombre más considerado hubiese anulado la cita, sin embargo, él no lo hizo, quería ver hasta dónde llegaba ella.
Si Sara acudía sería un indicativo de que las palabras compartidas mediante mensajes durante los últimos días, tras su primer encuentro, no eran solo frases hechas para embaucarlo.
Si no venía, la desilusión sería grande y no le daría más oportunidades.
Su tiempo valía oro.
Miró de reojo el reloj que estaba colgado en la pared de la derecha.
Diez minutos debería llevar esperándolo, o tal vez fuera ella quien llegase tarde. No lo sabía, pero había llegado el momento de averiguarlo.
Guardó las cosas con parsimonia, se levantó, recogió la chaqueta del respaldo de la silla y salió de la sala de profesores, tras lanzar un adiós al aire que pocos respondieron. «Educación, ante todo», repitió en su cabeza cargándose de razón.
La virulenta lluvia golpeaba los cristales enmarcados en rojo del hall del instituto y, resguardada de ella, estaba Sara, de espaldas, mirando hacia fuera, ignorando que estaba siendo observada por un depredador.
Una sonrisilla se formó en su boca, anticipándose a la rendición de aquella muchachita.
Sí, porque era solo una niña comparada con él, la sacaba quince años. Un caramelito que iba a tener el gusto de desenvolver.
—Sara —dijo extasiado ante su presencia serena.
Ella se giró y su mirada chispeante lo golpeó en el pecho con una fuerza tal que se quedó sin aliento.
—Profesor, se ha hecho un poco de rogar —dijo cuando lo tuvo enfrente de ella.
Se estremeció cuando él la atrajo hacia su cuerpo para darle dos besos menos inocentes de lo que deberían ser, rozando la comisura de sus labios, envalentonado por su mente eufórica, que aún no podía creerse del todo que ella estuviera allí.
—Me han entretenido en el último momento —mintió sin apartarse de ella, tomándose unas libertades que no debía.
Sara dio un paso atrás, saliendo de su agarre, incómoda ante la cercanía que él imponía, pues apenas se conocían.
—Perdona mis pintas —dijo mirando hacia sus pies, enfundados en unas botas de agua negras—, era mi mejor opción si no quería acabar con los pies empapados.
—Son perfectas y no podías perderte disfrutar de mi compañía.
Sonaba petulante y pagado de sí mismo, no era para menos, saber que despertaba el interés de esa belleza hasta el punto de continuar con la cita en las peores condiciones atmosféricas lo halagaba.
—Claro.
La respuesta fue seca, un segundo más tarde de lo que debería, pero Julio no captó ese matiz. Estaba demasiado enredado en su propia adrenalina, sintiendo que la tenía en sus manos.
—Pensé que cancelarías la cita.
—Llevo soñando con ella toda la semana. Jamás estuvo en mi cabeza no venir.
—Bien, pues déjame sorprenderte, hoy invito yo.
—Vaya, qué generoso de tu parte.
—Llámame antiguo, pero así tiene que ser. El hombre provee y la mujer…
La repasó con la mirada, embelesado con su esbelta figura. Aunque era un poco más alta de lo que a él le gustaría, su rostro aniñado lo compensaba todo. Su sola presencia le rejuvenecía y saber que estaba interesada en él adulaba su ego hasta límites insospechados.
—Deberíamos aprovechar para irnos ya, parece que ha parado el diluvio —señaló Sara, imperturbable a pesar de sus desafortunadas respuestas.
—Vamos.
Julio empujó la pesada puerta acristalada para dejarla pasar.
Después abrió su paraguas negro y la tapó para que no se mojara mientras le ofrecía su mano.
Sara dudó, aquel gesto parecía demasiado íntimo para una primera cita, pero la obstinación en el rostro de él era suficiente para hacerla claudicar.
Dejó que la agarrara y la guiara hacia donde fueran.
No cogieron el coche, Julio la llevó junto a él entre las calles estropeadas y envejecidas de aquel barrio que lo llevaba acogiendo en su seno desde su nacimiento, mientras parloteaba sobre cosas en las que Sara no estaba prestando demasiada atención, pues trataba de no mojarse más de lo que ya estaba.
Cuando él paró frente a la puerta de un bar, por un instante la sorpresa apareció en el rostro de la joven.
El lugar parecía anclado en el tiempo, en los años cincuenta para ser exactos.
Estaba lleno de parroquianos ocupando la barra mientras comían cacahuetes y tiraban las cáscaras al suelo.
Este estaba pegajoso, como si hubieran pasado diez años desde la última vez que lo limpiaron con una fregona.
Julio no parecía molesto por esos detalles, empujó la espalda de Sara para que entrara mientras él cerraba el paraguas.
Un olor a aceite quemado y sudor inundó sus fosas nasales. Quería correr lejos de aquel lugar revestido con madera ajada y regentado por un hombre de aspecto descuidado y barriga prominente.
Julio, sin preocuparse por ella, se acercó a la barra a saludar a un grupo de hombres de su quinta, enredándose en una conversación que la dejaba fuera. La incomodidad la asaltó de nuevo, sobre todo cuando alguien se dirigió a ella con un comentario jocoso e inapropiado y no supo ni qué responder.
Cuando estaba a punto de retomar el control y marcharse, él regresó a su lado con gesto de disculpa.
—No te quedes ahí parada, puedes sentarte donde quieras.
Las mesas de madera ya estaban en las últimas. Julio posó su mano en la espalda de Sara, nuevamente tomándose unas confianzas que aún no se había ganado, pero ella no se inmutó y él interpretó su rigidez como una aceptación de aquel gesto.
«Vas a caer», pensó mientras la guiaba al fondo de aquel local que era como su segunda casa. En ocasiones pasaba más horas allí metido que en el instituto.
Apartó la silla para que se sentara y no pudo evitar ver el gesto de desagrado que se formó en su rostro durante un instante.
«¿Acaso no puedo ser caballeroso? Maldito feminismo de mierda, que lo está jodiendo todo».
Le tomó unos instantes calmarse. Sacó su teléfono y revisó los mensajes, ignorándola; en ese momento quería pelea y no podía caer en ello. Algo le decía que, si no tenía cuidado, Sara podía volar, estropeando todas sus ilusiones.
Contestó a un mensaje de su hermano con calma, después cerró el móvil, lo colocó boca abajo sobre la mesa y le devolvió su atención, evaluándola, esperando el reproche de su parte por ignorarla.
Su serena calma le hizo bajar la guardia.
Quizás esa joven era mejor de lo que imaginaba y él, un maldito afortunado por haberla encontrado.
—Disculpa que no te haya presentado, pero no me fío de ellos. Ven una cara bonita y se olvidan de las amistades.
—¿Defendiendo tu terreno?
—Algo así. No puedes juzgarme por ser precavido.
Le guiñó un ojo y la media sonrisa de ella disipó cualquier rastro de duda que pudiera haber tenido segundos antes.
—Me gusta sentirme cuidada.
—Entonces has llegado al puerto correcto, mi pequeña sirenita.
Esta vez sí fue consciente de la expresión de asco que se dibujó en su rostro.
—Disculpa, ha sido algo absurdo.
—No me gustan los motes tontos —se excusó ella con cierta premura—, prefiero que me llames por mi nombre.
—Anotado, no volverá a pasar. Voy a pedir, ¿qué quieres tomar?
—Un Aquarius de limón.
—¿Seguro? —cuestionó extrañado.
—Sí, es lo que me apetece, ¿hay algún problema?
Julio no respondió, pero la miró con mala cara.
Se levantó mientras en su cabeza trataba de encontrar la lógica a aquella petición.
En sus ensoñaciones la había imaginado de muchas formas, una de ellas un poco achispada después de unas cuantas cervezas mientras su mano se deslizaba por su pronunciado escote en busca de…
Llegó a la barra, apartó el falso recuerdo a un lado e hizo su pedido. Mientras esperaba sació la curiosidad de Mario, que devoraba a Sara con la mirada mientras le ponía las bebidas.
—Eres muy afortunado, es un bombón.
—Mi padre siempre me dijo: «Hijo, búscate una de diecinueve años, bonita, maleable y una fiera en la cama». Tiene treinta, pero lo compensa con esa carita de muñeca que gasta.
—Te envidio muchísimo, pregúntale si tiene alguna amiga.
—Para eso deberías ponerte en forma, como yo, y no te veo en el gimnasio ni siquiera para asaltar la máquina de snacks —respondió regodeándose en su falta de respeto.
—¡Dios me libre! Esas barritas son pienso para canario y ni hablemos de los polvos de proteína, ¿quién dijo que eso podría considerarse comida?
—Entonces tendrás que conformarte con la Mari.
—Eso o buscar a una jovencita como la tuya, con mal gusto.
Las risas de Mario lo acompañaron mientras daba dos viajes a la mesa, primero con las bebidas y los cacahuetes, después con la comida: un plato con dos pinchos de tortilla grasientos, otro con torreznos y el último con una ración de patatas bravas.
Aún pesaba sobre su cabeza la mofa del camarero, pero no estaba dispuesto a que nada le amargara aquella noche.
—Imagino que no cenarás mucho, tienes una figura envidiable —dijo sentándose frente a ella, ignorando la cara de incredulidad que tenía su cita.
—Sí —contestó tras unos segundos—, ceno bastante poco.
—Bien, pues ataca. Esta tortilla es la mejor del mundo —afirmó, dándole un tenedor pequeño e instándola a comer.
Sara no estaba nada convencida de aquello, cortó un trozo y se lo llevó a la boca: estaba ácido, tenía un regusto extraño que se le quedó en la lengua y tuvo que sacar de su boca un trozo diminuto de cáscara de huevo que el cocinero había echado por error. Era horrible.
Tragó con esfuerzo, conteniendo una arcada, y bebió un sorbo de su bebida. Al devolver el vaso a la mesa se dio cuenta de que tenía un cerco de pintalabios que no le pertenecía.
Estaba a un paso de vomitar.
Julio, ajeno a la situación que tenía enfrente, incapaz de ver más allá de su propio deseo por ella, comenzó a hablar, tratando de impresionarla con sus anécdotas como profesor, disfrutando cada risa contenida y cada pregunta para que siguiera hablando.
Estaba en su salsa: comiendo, bebiendo cerveza y en compañía de una joven que lo miraba con una admiración que era un bálsamo para su ego.
Por su parte, Sara aguantaba el tipo, había algo que la atraía hacia él, algo físico, que no compensaba lo egocéntrico y pagado de sí mismo que era Julio.
—Debería callarme, apenas me has contado nada de ti.
Sara no esperaba aquel giro repentino en la conversación y la pilló a punto de coger una patata, que era lo único que estaba medianamente decente en aquella cena cutre en la que estaba participando.
—Mi vida es muy sencilla, trabajo en el supermercado de mi prima, a veces más horas de las que debería, me encanta cocinar, leo mucho y adoro las series policíacas, también las de crímenes reales —recitó como si lo tuviera ensayado con antelación.
—¿Por qué? ¿Sientes fascinación hacia personas que han cometido un crimen?
—Se llama hibristofilia, profesor —dijo remarcando la última palabra, percibiendo cómo él se enorgullecía cuando lo llamaba así—, o el síndrome de Bonnie y Clyde.
—¿Te atrae? —cuestionó Julio mientras se inclinaba hacia delante, como una polilla persiguiendo la luz potente de una farola.
Sara imitó su gesto, dispuesta a confesar en voz baja su pecaminoso secreto. Recorrió su rostro expectante, disfrutando de la atención que él le proporcionaba. Por primera vez desde que había comenzado aquella cita, sentía que llevaba las riendas de la misma.
—Me gusta más cuando los meten en la cárcel.
Aquella frase cayó como un jarro de agua fría sobre Julio. Por un instante, en su mente enferma, había deseado que ella también fuera una perturbada como él. Poder compartir su mayor metedura de pata sin miedo a que ella saliera huyendo o lo delatara.
—No podría estar con alguien que hubiese cometido un crimen contra otra persona —remató ella, ajena al torrente de incomodidad que estaba viviendo él.
—Ya.
—Pero bueno, ese no es tu caso, ¿verdad, profesor?
Enrojeció ante su pregunta directa llena de coquetería, no por la sutil muestra de interés, sino por lo cerca que había estado de confesar su vergüenza a una desconocida.
No sabía por qué, pero Sara tenía un magnetismo que lo empujaba a hacer cosas que no debería. Iba a retomar la conversación, llevándola hacia su propio terreno, cuando ella se alzó con gesto despreocupado tras mirar el reloj.
—Debo irme, mañana tengo que entrar a trabajar muy temprano —explicó mientras se ponía la cazadora ante la atónita mirada de él.
Julio se levantó, confuso ante aquella muestra de impulsividad e inmediata huida, mientras trataba de buscar una explicación de por qué ella estaba actuando así.
—Aún no hemos terminado de cenar… —dijo con un deje de reproche.
—Yo no puedo más, estaba todo de diez, felicita al cocinero de mi parte —respondió Sara con una chispa de ironía mientras miraba de reojo la asquerosa tortilla.
Jamás había cenado tan mal.
—Has tomado apenas cuatro patatas, ni siquiera has terminado tu bebida.
—Lo sé, pero tengo que irme, pásame la cuenta y te hago un Bizum con mi parte.
Antes de que pudiera decir nada más, Sara se despidió, pero él la agarró por el brazo, impidiéndoselo. Julio introdujo la mano en el bol de los cacahuetes, cogió un puñado y se los metió en el bolsillo.
—¿Qué haces? —cuestionó Sara, incapaz de fingir el desagrado que aquella acción le había provocado.
—Son para después, ya que no me dejas terminar de cenar y…
—No necesito que me acompañes —contestó tajante y firme, casi en un tono desagradable que lo sorprendió—. Ni siquiera te lo he pedido. Quédate y disfruta de tu bar, de tu gente y de tu cena.
Antes de que él pudiera reaccionar, Sara se marchó de allí, con paso seguro, dejándolo atónito y con el ego por los suelos.
¿En qué momento había perdido su admiración?