Cuando menos lo merezca Capítulo
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Capítulo

El odio lo inunda todo

Q ué fácil sería acabar con todo.

Aquella idea se repetía en su cabeza una y otra vez, en un bucle infinito del que no sabía cómo salir.

Estaba en modo autómata: trabajaba, se alimentaba lo justo, montaba guardia frente al instituto donde trabajaba aquel hombre que le había robado su vida tal y como merecía vivirla e intentaba decidir cómo proceder.

Y, dentro de ese vals peligroso dejaba que los días transcurrieran mientras los recuerdos de aquella niña de catorce años que aún era la asaltaran sin piedad hasta hacerla enloquecer de dolor.

¿Cómo podía sentirlo todo con una intensidad tan grande?

—Lo hizo él —repitió Amara por enésima vez, casi gritando, mientras la sala de aquel tanatorio enmudecía en una congoja compartida por la pérdida de Cristina y la desesperación de su hija.

—Cariño. Te vendría bien salir un poco de aquí.

—¡No! No quiero, no puedo dejarla sola. No después de lo que pasó… Lo último que le dije es que la odiaba.

—Estabas enfadada, ella sabía que no era así.

—No hables en pasado de mamá.

—Cariño… —dijo su padre, tratando de alcanzarla.

Estaba desbordado. Jamás pensó encontrarse en una tesitura como aquella.

El embarazo de Cristina los había sorprendido siendo demasiado jóvenes.

Enfrentarse a algo así con dieciséis años no era lo que ninguno de los dos había imaginado.

La pareja no había sobrevivido. Él había estado ausente más de la cuenta, siempre rodeado de excusas: primero terminar el instituto; luego, la facultad; después, encontrar un buen trabajo.

Ella nunca protestó. Se sacrificó por los dos, salió adelante y jamás le reclamó nada.

Él se convirtió en el tipo de padre que compensa cuando puede, cuando tiene tiempo. Que rellena los huecos de ausencia con regalos y experiencias, pero que acaba por no conocer a su hija.

La observó durante unos segundos, tratando de procesar aquello. No sabía cómo sostenerla, no la conocía y no había regalo en el mundo que pudiera hacerle que aliviara el dolor que estaba sintiendo su hija: se había quedado huérfana y él se sentía un inútil.

—Fue él. Lo sé, tienes que creerme.

—Hablaré con los que lo están investigando —dijo aferrándose a la esperanza de darle un poco de luz—. Te lo prometo. No descansaré hasta que lo interroguen.

—Fue él. Es un monstruo, no puede estar en la calle, volverá a hacerlo.

Sin pensarlo demasiado, la atrajo hacia él, abrazándola. Tratando de calmar aquel torrente emocional, era lo único que podía hacer.

El sonido de llamada de su teléfono la sacó de ese recuerdo que la hería de una manera tan profunda que le impedía hablar.

Cogió el móvil y vio el nombre de Rodrigo.

Soltó un bufido y rechazó la llamada. No quería hablar con nadie, tan solo necesitaba estar ahí, esperando a Julio, tratando de decidir si era el momento de traspasar el límite impuesto por ella misma.

Podía hacerlo, lo sabía, pero aún confiaba en encontrar la manera de demostrar la autoría de los hechos, desenmascararlo y hacerle pagar por cada año que le había robado.

Los minutos se convirtieron en dos horas de dolor, de rabia, de resignación y lucha contra ella misma, sentada en uno de los bancos que había en el parque de la Paz, que le permitía ver la entrada del instituto.

No reaccionó cuando alguien se sentó a su lado, pensando que sería algún anciano aprovechando los últimos rayos de sol del día, que ya acababa.

—¿Qué haces aquí?

La pregunta de Rodrigo casi la hizo saltar del sitio. Volteó la cabeza hacia él y lo observó entre sorprendida y angustiada.

—Quizás deberías ser tú quien contestara a esa pregunta —respondió sin ocultar la molestia por ser interrumpida en aquel momento.

—Amara, no pareces tú, desde que te cruzaste con Julio y discutimos te siento muy distante.

—Sigo molesta contigo, todo este tiempo ha estado aquí y me lo ocultaste encriptando sus datos personales. No sé cómo lo hiciste.

—Luis me ayudó.

—No te haces una idea de las veces que lo he buscado, incluso utilizando todos los recursos tecnológicos a mi alcance. Lo habéis protegido de mí. No lo merece.

—Te equivocas, no es él quien me preocupa, sino tú.

Amara no supo qué responder ante aquello, tenía lógica, pero seguía siendo una traición. La peor de todas por parte de una de las personas más importantes de su vida.

—¿Cuál es tu idea, que lo olvide todo?

—No puedo pedirte eso, pero te ayudaría a avanzar.

—No, no pienso tirar al olvido lo que hizo. Mientras mi madre está enterrada bajo tierra, él está empezando a salir con una joven que tiene mi edad. No imaginas la rabia que corre por mis venas, las ganas que tengo de verlo pudriéndose en la cárcel.

—Amara, sabes lo que hay en el informe.

Sus palabras tuvieron el mismo efecto que si le hubiese tirado una jarra de agua fría por encima. Se mordió la lengua para no insultarlo, concentrada en el daño que se estaba infringiendo a sí misma.

—Cero pruebas, mil dudas sobre él, una coartada que no se sostiene —se detuvo un segundo mientras el dolor amenazaba con ahogarla—.

No revisaron las cámaras. No empezaron a sospechar de él hasta que mi padre insistió en que lo interrogaran, y entonces ya era demasiado tarde.

Le dieron el tiempo suficiente para hilar con precisión cada detalle.

—Lo sé.

—Le dejaron ir.

—No tuvieron motivos para acusarlo, aunque me consta que trataron de hacerlo.

—¿Por qué lo afirmas con tanta seguridad?

—Hablé con el inspector que llevó el caso —la sorpresa refrenó la siguiente pregunta de ella—.

Cuando interrogaron a Julio estaba compungido, dolido, pero no parecía sospechoso.

Tenía coartada, entregó su teléfono para que lo revisaran.

Se puso a disposición de la policía, no opuso resistencia y mantuvo una actitud colaboradora durante todo el tiempo.

—¿Todo eso lo exime de lo que hizo?

—No, pero la falta de pruebas sí. No había nada: ni huellas en el cuchillo, ningún vecino lo vio… Nada. Solo tu palabra.

—La de una paciente psiquiátrica, una loca.

—El inspector te creyó, tuvo su duda razonable; a fin de cuentas, la relación de ellos había acabado dos semanas antes, pero no tenían nada.

—Nada.

Se alejó de él, moviéndose hacia el extremo del banco, sin querer mirarlo, pues, aunque no dudaba de su propio instinto, sabía que la falta de pruebas era lo que había salvado a Julio. Si tan solo hubiese habido un hilo del que tirar, la situación hubiera sido diferente.

—Amara.

La preocupación en la voz de Rodrigo la hizo estremecer. Se giró para devolverle la mirada y esperó, intuyendo que lo que iba a decirle no le iba a gustar.

—Lo siento. Te prometí hace años que lo encerraríamos. Hemos llegado hasta él y no tenemos nada. Su vida no tiene ningún evento reseñable, tampoco sus relaciones y no ha vuelto a verse envuelto en algo parecido.

—Entonces ¿tengo que asumir que la mató sin más? Es un narcisista, un ser capaz de cometer un crimen horrible y taparlo con ayuda de su hermano. Otro cabrón que no merece ni el aire que respira.

—Pudo ser un accidente.

Nunca antes Rodrigo había insinuado aquello, esa posibilidad que ella había descartado mucho antes de convertirse en policía. La misma que la había empujado a estudiar Criminología para tener todo el conocimiento necesario del tipo de persona que era Julio.

Estaba segura de que no había sido un acto fortuito, quizás no premeditado, pero él era mucho más alto que su madre y había aprovechado su superioridad, no solo de altura, sino de complexión, para acabar con ella.

—No lo fue.

—A veces ocurre.

—Esta vez no, lo sabes, no es la primera vez que analizamos el caso juntos. Conoces cada detalle igual que yo y…

—Amara, estás al borde, vas a caer y no voy a saber cómo ayudarte.

La inspectora se levantó del banco con furia, mirando alrededor como si así pudiera encontrar una salida a aquella conversación que no deseaba seguir manteniendo.

Rodrigo siempre había sido su apoyo, quien mejor la comprendía, quien no la cuestionaba, y parecía haber cambiado de bando en el peor momento, cuando su sed de venganza amenazaba con ahogarla o hacerla cometer una locura.

Debía mantener la cabeza fría y trazar un plan sin fisuras. Quería su confesión, refundirlo en la cárcel de Villanubla e ir a visitarlo para reírse de él. No era mucho pedir, un pago demasiado pequeño por la vida de la mujer más maravillosa que había conocido.

—Digamos que tienes razón, que todo fue fortuito y esto es una ilusión óptica —dijo, sacando del bolsillo de la cazadora negra una pequeña bolsa de plástico trasparente rectangular—, pero no es así y lo sabes.

—¿Por qué tienes eso?, es una prueba del caso.

—Una que desconocen. Me recuerda la ineptitud de mis compañeros —respondió ella mientras observaba aquel hilo de algodón—.

Nadie más que yo vio esta fibra enredada en el mango del cuchillo con él que la asesinó.

Ni siquiera eso hicieron bien o tal vez no les importó suficiente la muerte de una madre soltera.

Rodrigo se estremeció, ella estaba rozando límites muy peligrosos y no parecía ser consciente de ello.

—Amara, yo…

—Me gustaría entenderlo —prosiguió, ignorando la súplica que mostraba su rostro—. ¿Quién va a ver a su exnovia una noche de junio con guantes para no dejar huellas? No vino a mi casa con buenas intenciones, quería algo más y mi madre se lo impidió. Se lo debo.

Antes de que él fuera capaz de contestarle, la mirada acusadora de Amara detuvo sus palabras. Nada de lo que le decía llegaba hasta ella, estaba rozando un límite que iba a consumirla sin piedad y estaba dispuesta a permitirlo si con así conseguía lo que su madre merecía.