Capítulo 16
La noticia
H abía abierto el periódico casi por inercia, pues su hermano se retrasaba. Pasó las hojas sin mucha concentración, leyendo en diagonal los titulares hasta que uno de ellos le llamó la atención. Era una nota corta, de esas que parecen de relleno, pero con un contenido inquietante.
Estaba tan concentrado que no se dio cuenta de que Jonathan se acercaba hacia él tras haberse despedido de su esposa al principio de la calle Santiago.
—Hola, el parking está demasiado lleno, pero tu cuñada quería que aparcara aquí para poder ir dejando las bolsas de lo que va a comprar y…
Jonathan se sentó frente a él sin entender por qué no le hacía caso ni parecía escucharlo. Esperó unos segundos por si recuperaba su atención, hasta que, impaciente, volvió a llamarlo por su nombre.
—Perdona —dijo en un murmullo Julio, terminando de leer la sencilla nota de prensa por segunda vez. Después cerró el periódico, lo dobló y lo dejó a un lado.
—¿Qué estabas leyendo?
—Tenemos una chiflada por Valladolid, al parecer ya lleva tres víctimas en lo que va de año. Los droga y les mutila la piel. Para que luego digan que no hay feminazis —respondió asqueado, dejando que su propia esencia saliera a la luz.
—Qué perturbador.
—Menos mal que estamos fuera del mercado y no nos vamos a liar con ninguna Atenea —resopló asqueado—. Hay que ser muy gilipollas para caer en las redes de una mujer con ese nombre, seguramente no será ni su nombre real. No es nada corriente, ¿conoces a alguna en tu entorno?
—La verdad es que no, pero tampoco Daenerys y tu sobrina tiene una compañera en clase con ese nombre.
—La gente desvaría bastante, mira que ponerle un nombre así a una criatura de trece años.
—La madre es una forofa de Juego de Tronos .
—Otra tonta y el padre un eunuco.
Su hermano no le rebatió, ambos compartían la misma visión de cómo deberían ser las cosas y renegaban bastante de lo que ellos llamaban «libertades de las mujeres».
—La cogerán pronto, no creo que sea más lista que la policía.
—Eso seguro. ¿Y dónde anda mi sobrina? Pensé que la vería hoy.
—Ha quedado con unas amigas —respondió resignado—, luego me toca ir a buscarla.
—Se empieza a desmadrar.
—Maca dice que es normal, que tiene que ir volando sola, pero yo lo llevo fatal.
—En poco tiempo no vas a poder hacer vida de ella. Seguramente hasta tenga un noviete por ahí y tú sin saberlo.
Jonathan se alzó, incómodo por el camino que estaba tomando la conversación.
Él pensaba igual que su hermano, pero, cuando intentaba imponer el orden, marcando pautas más restrictivas, solo conseguía discutir con Macarena y un portazo por parte de su niña, que empezaba a mirarlo como si fuera un ogro.
Solo estaba tratando de protegerla, él mejor que nadie sabía lo que se podía encontrar y no quería que nadie la hiriese. Era su pequeña.
—Voy a entrar a pedir, que parece que no nos han visto.
Aprovechando ese rato a solas, revisó el teléfono, esperando encontrar alguna respuesta de Sara al plan de esa noche, pero, aunque lo había leído, no respondió.
«¿Por qué le cuesta tanto invitarme a su casa?».
Todo iba bien entre ellos, habían tenido citas memorables, besos apasionados y conversaciones interesantes, pero, a pesar de todo, ella no parecía cómoda cuando quería ir un paso más allá.
Necesitaba avanzar o sería él el eunuco.
—Vamos, nena —masculló entre dientes, como si pudiera escucharlo—, cede esta vez.
—Enseguida nos lo traen —dijo Jonathan, volviendo a su sitio—. Tan pronto sonríes como te pones serio, ¿qué pasa?
—Sara está en línea, lleva varios minutos escribiendo algo para luego borrarlo.
—Quién me iba a decir que esa jovencita te iba a tener en sus manos.
Julio alzó la cabeza, había percibido la envidia debajo de aquella frase adornada con una sonrisilla. No lo culpaba, Sara era todo lo que cualquier hombre desearía y, en cuanto fuera suya…
—Hacía tiempo que no te veía tan eufórico ni tan entregado en una relación.
Aquella frase de su hermano llegó junto a la camarera de la terraza en la que estaban sentados, en plena Plaza Mayor.
—Me tiene loco —confesó cuando volvieron a estar solos con sus cervezas delante.
—No hace falta que lo jures, llevo un mes tratando de quedar contigo. Te tiene absorbido.
—Es mutuo, hemos pasado de la desconfianza a vernos con regularidad. Estoy conquistándola poco a poco —afirmó con esa fanfarronería que le caracterizaba—, aunque…
Resopló y sus ojos se fueron hacia el móvil, una notificación había iluminado la pantalla, pero era propaganda. «¿Qué mierda tiene que pensar tanto?».
—Y vuelves a estar enfadado.
—No es eso, ella se resiste y yo desespero. Ya quiero dar el siguiente paso.
—¿Aún no habéis tenido relaciones?
La sorpresa que envolvía la pregunta de su hermano lo incordió.
—No, quiere ir despacio, pero cada vez que la beso… necesito quitarme esto ya de encima o voy a provocar una ola de calor en plena Semana Santa. Ya le he dado demasiado tiempo.
—Está claro que ella no lo considera así.
—Es demasiado complicada a veces, cuando parece que estoy llegando a ella, gira hacia un lado totalmente inesperado.
Jonathan no contestó, sabía que con Julio era mejor esperar cuando estaba en modo reflexivo, pues, si te apresurabas a dar tu opinión, te soltaba alguna bordería y no tenía ganas de enfadarse.
Cogió el vaso de cerveza mientras le dejaba reordenar sus ideas.
—A veces me recuerda a ella.
Aquella confesión lo descolocó hasta el punto de soltar el vaso con tan poco cuidado que estuvo a punto de romperlo.
—¿Por qué? ¿En qué sentido?
—Depende del ángulo desde el que la observe o incluso de algún gesto. Me pasó la primera vez que la llevé a la bolera, aunque creo que es porque llevo unos días acordándome de Cristina. Se me pasará pronto.
Su interlocutor se quedó mudo, dio un trago largo a su cerveza vaciando medio vaso y después se quedó mirándolo hasta que la incomodidad se instaló entre ellos y obligó a Julio a preguntar qué estaba pensando.
—Ella tenía una hija.
—Sí, de catorce años.
—¿Cómo se llamaba?
—No me acuerdo, jamás la vi, Cristina era muy cuidadosa.
—En el fondo es la mujer que mejor te ha conocido.
Un escalofrío recorrió su columna vertebral.
Se acomodó en la silla, tratando de volver a la seguridad de antes, sin mucho éxito, mientras las palabras de su hermano se repetían en su cabeza.
Sí, Cris lo conocía bien. El año en que ambos se quisieron fue el más intenso que había vivido: ella lo adoró; después, lo odió por unos pensamientos prejuiciosos de los que él no se sentía culpable.
—No puede ser su hija —dijo zanjando el incómodo asunto.
—¿Por qué no? Si no calculo mal, tiene que tener la edad de tu novia.
—Acabó ingresada en un psiquiátrico. Dicen que enloqueció, que trató de quitarse la vida varias veces. Dudo que haya llegado a nada.
—Le jodiste la vida.
Si le hubiesen dado un bofetón no se sentiría tan ofendido como tras esa frase viniendo de quien venía. Se levantó ofuscado, lo miró airado, a punto de estallar. Apretó los puños conteniendo las ganas de golpearlo a duras penas y resopló.
—Nunca quise que pasara eso —replicó con la voz más chillona de lo habitual en él—. Yo la amaba, pero ella se negaba a seguir conmigo por tonterías, porque pensaba mal de mi interés por la cría.
—Tenía varios motivos, recuerda a la muchachita de prácticas.
—Ni siquiera se enteró de lo que había pasado.
—Quizás sí, no sé cómo lo hacen, pero ellas tienen un sexto sentido que es como un radar, preciso y a la yugular.
—Da igual.
—¿Por qué no te sientas o vas a pedir la siguiente?
—Se me han quitado las ganas, me voy, no me gusta la percepción que tienes de mí.
Jonathan no respondió, lo vio marcharse y sintió que la grieta que llevaba años formándose entre ellos se hacía más grande.
Desde aquella noche de San Juan, su héroe infantil se convirtió en villano, en un hombre capaz de algo oscuro, y ese secreto a veces le pesaba.
Sobre todo cuando miraba a su hija, no sabía por qué, pero en ese instante dudaba de su participación en el tema, del mutismo con el que lo ayudó y tenía que hacer un gran esfuerzo para no delatarlo.
Julio huyó del centro de la ciudad rumbo a su barrio: Las Delicias.
Estaba molesto, enfadado, casi rabioso con su hermano y su forma de decir las cosas.
Sí, le había jodido la vida a esa cría. Sin duda, su salud mental se habría deteriorado tanto que ya no habría nada que hacer por ella y, aunque no debería, en el fondo más hondo de su alma ennegrecida sentía un cierto resquemor.
Llegó a su portal casi sin resuello, entró sin saludar a la vecina que salía y fue al buzón por inercia.
Era un hábito adquirido, pero obsoleto, apenas recibía cartas, alguna del banco y, de vez en cuando, una carta de su tía, la que aún vivía en el pueblo y rondaba los noventa años con una salud envidiable.
La mujer era feliz escribiéndole y él se tomaba el tiempo de responderle por no hacerle el feo.
No había un sobre, sino un recorte de periódico del tamaño de una cuartilla.
Sin duda, algún negocio de la zona estaba haciendo una publicidad diferente, agachó la mirada, buscando la carta de un nuevo restaurante, y la realidad lo golpeó tan fuerte que se balanceó sobre sus pies y estuvo a punto de caerse.
—Qué mierda hace esto aquí —balbuceó mientras sus ojos recorrían el papel ajado y viejo que sostenía.
Era la noticia de aquella noche, la crónica de una muerte de la que él era culpable.